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01-09-2017 Versión imprimir

 
 
El hombre que nunca quiso ser actor
 
Se cumplen 100 años del nacimiento de Fernando Rey, estrella de nuestro cine, caballero español, e, irónicamente, intérprete que siempre dudó de su propio talento
 
JAVIER OCAÑA
Pocas veces un actor que ni siquiera estaba seguro de querer serlo y de tener talento para ello llegó tan lejos. “Fíjate, a veces me parecen patéticos”, decía su personaje respecto de sus compañeros de profesión en Cómicos (Juan Antonio Bardem, 1954), película sobre el oficio en la que encarnaba al segundo galán de la compañía, “25 duros” de sueldo. Harto de amarguras, de viajes en tren en compartimentos baratos, de papeles insatisfechos, ese personaje de ficción proponía matrimonio a una compañera: “Cásate conmigo y dejamos los dos el teatro”. Lo tremendo es que en esos instantes en los que Fernando Rey, una de las más grandes estrellas de la historia del cine español, recitaba esas líneas frente a la cámara, también rumiaba en su interior algo semejante respecto de sí mismo.
 
   La esencia temática de la película de Bardem se asentaba en el hecho de que había que “esperar”. Una oportunidad, quizá un triunfo. La espera, esa entelequia. Y más cuando Rey (A Coruña, 20 de septiembre de 1917 - Madrid, 9 de marzo de 1994) se había introducido en la profesión por pura necesidad y sin un convencimiento pleno de querer entregar su vida por ello. Abandonada pronto la carrera de Ciencias Exactas, se inició desde abajo, como extra de cine. Antes de la guerra, apenas un papel, en Nuestra Natacha, de Benito Perojo, en 1936. Y pronto, el drama de la contienda civil, que le tocó de lleno.
 
 
En 'La pródiga'
En 'La pródiga'
 
 
 
   Fernando Casado Arambillet, su verdadero nombre, era hijo de militar profesional, el general Fernando Casado Veiga, que había participado en la Guerra de Marruecos, había sido compañero de promoción del futuro dictador Franco, y que, leal a la República, combatió a los sublevados en la guerra civil como ayudante de campo de Manuel Azaña. Igual que su padre, también luchó el hijo contra el fascismo y, perdida la batalla, ya en 1939, ambos fueron hechos presos por los nacionales cuando se encontraban en Valencia. Llevados al campo de concentración (el estadio de Mestalla), de allí pudo huir Fernando en un descuido. Pero no su padre, juzgado y condenado a muerte, aunque posteriormente Franco le conmutara la pena por la de cadena perpetua.
 
Escondido entre el ganado
Tras la fuga, escondido en un tren de ganado, vuelta a Madrid. ¿A qué? A sobrevivir. El joven Fernando, de nuevo como extra, en la primera producción oficial tras la guerra: la divertidísima, qué paradoja, Los cuatro Robinsones (Eduardo García Maroto, 1939), donde sale apenas unos segundos, aunque ya con cierto aire de caballero, la tipología que le haría único: pipa en la boca y casco de explorador. Papeles mínimos que llegaron hasta Eugenia de Montijo (José López Rubio, 1944), su primer rol como Fernando Rey (apellido rescatado del segundo de su madre, Sara Arambillet Rey), donde, exageradamente si se observa la película, le dio vergüenza de su propia actuación. Un sentimiento que no le abandonaría hasta mucho más tarde. Una sensación que quizá llevó consigo siempre.
 
 
En 'Tristana'
En 'Tristana'
 
 
 
   Rey, como un trasunto de su propia imagen, se especializó en personajes históricos de alta alcurnia. Y no pocos. El duque de Alba en Eugenia de Montijo, el infante Alfonso en Reina Santa, Felipe V en La princesa de los Ursinos, Felipe el Hermoso en Locura de amor, el general Palafox en Agustina de Aragón, Felipe II en El Greco, de nuevo Felipe II en Cervantes, Lépido en Marco Antonio y Cleopatra, el rey Gaspar en Jesús de Nazaret, y Fray Antonio de Marchena en 1492: La conquista del paraíso.
 
   No solo eso. Capaz de convencer a cualquiera con su tonalidad preciosa, con su dicción perfecta, con su porte de caballero calmado, fue la voz de la conciencia de los trabajadores en La venganza, el habitual personaje Pepito Grillo que solía introducir Bardem en sus películas. Y se convirtió en algo así como el narrador oficial del cine español, en off, naturalidad de relator de cuentos más o menos ficticios. En ¡Bienvenido, Mister Marshall!, Marcelino pan y vino, ¡Viva lo imposible!, La rana verde y Don Quijote de Orson Welles. Un papel de narrador que ya había experimentado en Velázquez, documental de Ramón Barreiro del año 1937 sobre el exilio forzado de los cuadros del Museo del Prado en plena contienda.
 
 
Como Don Quijote
Como Don Quijote
 
 
 
   Gracias a su dominio del inglés también fueron llegando los papeles internacionales. Primero en España, como en Campanadas a medianoche, de Orson Welles, aún sin barba. Esa barba que, llegados los años sesenta, acabaría por dibujarlo como el perfecto caballero, diciendo adiós a la mala fama de sus carrillos. El Mofletes, le llegaron a decir, y hasta en el interior de sus películas tuvo que admitir diálogos como este de Un marido de ida y vuelta (Luis Lucia, 1957), donde uno de los personajes femeninos, interpretado por Luz Márquez, le decía: “Me casaré con el que quiera y será más guapo que tú, sin ese par de mofletes colgando a cada lado".
 
Una confusión que acabó en Óscar
Y así, pese a la inseguridad de considerarse casi un impostor, un hombre sin el suficiente talento como para interpretar las maravillosas películas cuyo reparto encabezaba, llegaron los grandes trabajos. Con Luis Buñuel: Viridiana, Tristana, El discreto encanto de la burguesía, Ese oscuro objeto del deseo. Con Carlos Saura: Elisa, vida mía. Y, por supuesto, su mítico papel en la estadounidense French connection, ganadora del Óscar a la mejor película de 1971, en la que fue fichado, circunstancias de la vida, por un equívoco: William Friedkin, el director, había pedido al elegante señor de Viridiana, cuando en realidad se refería a Paco Rabal, y sus ayudantes pensaron que era “el otro”, es decir, Fernando Rey. Como decían en Cómicos, se ve que hay que saber esperar. Aquel papel le llevaría a algunas formidables películas internacionales, sobre todo en Italia (El desierto de los tártaros; Pascualino; siete bellezas; Excelentísimos cadáveres) y Estados Unidos (French connection II y Quinteto, en las que fue dirigido por John Frankenheimer y Robert Altman).
 
 
Con la Medalla de la Academia de Cine
Con la Medalla de la Academia de Cine
 
 
 
   En la fase final de su carrera destacan dos enormes interpretaciones. Una, la de El Quijote, en versión de Manuel Gutiérrez Aragón, en lo artístico. Otra, la de Madregilda, de Francisco Regueiro, quizá también en los sentimental. Porque aquí era nada menos que el padre de Franco, interpretado por Juan Echanove, con el que mantenía este jugoso diálogo de corte onírico e irónico:
― ¿Cómo has llegado a mandar tanto?
― Gané una guerra.
― ¿Qué guerra?
― Una... que hice.
― ¿Sabes? Me alegro de ser viejo. Me temo que una España gobernada por ti va a ser muy aburrida.
 
   Rey, en tono doloroso, desencantado y cruel, seguro que se acordó de un episodio de juventud, cuando, en compañía de sus colegas de trabajo de Suevia Films, fue invitado a una recepción en El Pardo a la que no quería ir y se vio obligado a ello. Allí, en público, como cuenta el historiador José Luis Castro de Paz en el fundamental El cine de Fernando Rey, el dictador se le acercó para preguntar con la mayor naturalidad: “¿Cómo está tu padre?”. El actor, quebrado, no acertaba a pronunciar palabra mientras escuchaba: “Su padre es un caballero, un gran militar. Una pena que no haya estado con nosotros”. Fue el día que Rey, caballero como su padre, siempre recordaría así: “El instante más cruel de mi vida”.
 
 
 
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