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03-07-2019


CULTURA LGTBI

 

Dos décadas en la primavera

de la adolescencia

 

En el vigésimo aniversario de su rodaje, la iniciática ‘Krámpack’ continúa generando referentes entre las minorías sexuales. Y sus dos protagonistas, Jordi Vilches y Fernando Ramallo, conservan la amistad que despertó entonces

 


Fernando Ramallo (izquierda) y Jordi Vilches (derecha), reunidos por AISGE para celebrar el vigésimo aniversario de la película

 

FRANCISCO PASTOR

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Los actores Fernando Ramallo y Jordi Vilches se reencuentran entre risas despiertas y grandes abrazos. Aunque el primero vive en Madrid y el segundo en Barcelona, tratan de verse cuando alguno de los dos está de paso en la ciudad del otro. Tienen la misma edad: 39 primaveras. Y ambos vieron su adolescencia inmortalizada, hace dos décadas, gracias a la cámara de Cesc Gay. Krámpack, aquella historia de dos amigos juntos durante el verano en un pueblo de la costa, les cambió la vida. Al madrileño Ramallo se le conocía por El corazón del guerrero(1999), pero esta cinta le expuso al público extranjero, pues los juegos entre aquellos jóvenes se presentaron en festivales de cine LGTBI alrededor del mundo. Vilches encaraba con Krámpack su primer largometraje. Y desde aquel momento, ni él ni su familia han vuelto a pagar la entrada del cine en Girona. “Allí estuvo en cartel más tiempo que la segunda parte de Misión imposible, ríe el intérprete. Nació en el pueblo gerundense de Salt, que ronda los 30.000 habitantes.

 

   “Sentí que entraba en el cine español por la puerta grande. Allí lo aprendí todo: lo que era una marca en el suelo, que me midieran antes del comienzo de un plano. Estaba muy atento. Hasta me fijé en lo tenso que andaba Fernando”, recuerda Vilches. Y Ramallo certifica que él sentía que aquel era el personaje de su vida. Incluso lo había preparado junto a un profesor de interpretación. “Había hecho algún protagonista con anterioridad, y me pareció que este sería el definitivo. Desde que supe que existía la película quise hacerla. Llamé a todas las puertas, hasta que me colé dentro. Claro, Cesc me pedía todo el rato que me relajara, que fuera más natural. Yo notaba que Jordi estaba más tranquilo. Me tocaba bajar a mí, ya que se trataba de una comedia, pero me estaba llevando el texto al melodrama”, explica. La pareja recuerda que el filme permaneció hasta 15 semanas en algún cine de Nueva York.

 

 

   La propia palabra Krámpack, de hecho, no existía en nuestro acervo cultural antes de rodar la película. Da nombre a una peculiar práctica sexual consistente en dejar que se nos duerma la mano antes de estimularnos nosotros mismos. “Aún hoy escuchamos aquello de que si nos hacemos un krámpack”, cuenta Vilches. En esta historia la pareja mantiene relaciones desde una naturalidad extrema: estas aparecen casi desprovistas del menor sentido del erotismo, la madurez o la perversión. Estamos solo ante dos colegas a la caza del placer estrictamente físico. Y Ramallo añade: “Creo que había muchísimo subtexto en esta cinta. Y que la sexualidad o la homosexualidad ni siquiera eran relevantes en ella. El cine ya no se hace así. Ahora se pone la luz muy alta para que todo el mundo lo vea todo, todo el rato. Los colores aparecen quemados”. El texto del que partió el guion es una obra teatral firmada por el dramaturgo e intérprete Jordi Sánchez.

 

Nada de etiquetas

Según Vilches, “esta era una película a la francesa, muy de autor, en la que la vida pasa. Los personajes crecen sin darse cuenta. Es lo que ocurre en otros largometrajes de Cesc. Con los demás cineastas ocurre lo contrario: todo son prisas”. Krámpack resultó iniciática también para el director, que se enfrentaba todavía a su segundo largo. Obtuvo tres nominaciones a los Goya, una de ellas para Vilches en calidad de actor revelación, la misma categoría donde figuró algunos años antes Ramallo por Carreteras secundarias (1997).

 

 

   A pesar de todo el revuelo levantado, ninguno de los artistas considera que con Krámpack rompieran algún tabú. Por mucho que todo ocurriera en aquella España en la que el matrimonio aún era cosa de parejas heterosexuales. “Si hoy rodaran Krámpack, tendría más sexo. El enfoque no sería tan saludable. Nosotros contamos la historia de unos jóvenes que prueban, que experimentan. Nuestros personajes escapaban de cualquier etiqueta. En la actualidad, por el contrario, nos empeñamos en ponerle nombre a todo”, reflexiona Vilches. Y añade entre risas: “A mí me parecía suave. De toda la vida, yo me he duchado con mis amigos y amigas, de fiesta. Y aquello a veces acababa en un todos contra todos, sin más ceremonia”. 

 

   Ramallo todavía recibe mensajes por redes sociales en los que le felicitan por su trabajo. “Los médicos curan enfermedades, los bomberos apagan fuegos. Pero los actores, ¿para qué valemos? Pues ahí lo vi. Me escribía gente que salía del armario gracias a nosotros. Personas que habían encontrado la forma de hablar con sus padres o habían descubierto que no pasaba nada por tratar de disfrutar del sexo con un semejante. Lo logramos gracias al tono tan desenfadado y nada dramático de Krámpack. Ahora bien, creo que hay cosas que en estos tiempos no se podrían contar”, comenta el actor. Se refiere concretamente a una secuencia en la que su personaje penetra a una joven cuando se ha quedado dormida. Tras el estreno de la película un familiar pasó un año sin hablarle.

 

Dueños de su trabajo

Aunque las carreras de Vilches y Ramallo se llenaron de promesas, sienten que, a grandes rasgos, nunca se cumplieron. De hecho, ríen al pensar en que consiguieron ganar sendos premios Cinema Jove, dedicados a “un futuro de cine”. “Según fui creciendo”, apunta Vilches, “aprendí a buscarme la vida. Empecé a colarme en producciones más pequeñas. Me di cuenta de que tendría que crearme, muchas veces, mi propio papel”. Aunque no está en un mal momento: aparece en la serie El pueblo, que prepara ya su segunda temporada. Y su amigo y compañero le felicita por su labor en el filme Murieron por encima de sus posibilidades (2014). Ramallo acaba de estrenar Un verano sin gazpacho, la primera obra de teatro en la que, además de actuar, dirige y produce: “Me cansé de que mi destino laboral se decidiera en un despacho entre dos ejecutivos. Ahora soy dueño de mi trabajo. Y aunque estamos en una sala alternativa madrileña [Nave 73], todos trabajamos dados de alta. Estoy muy contento”. También se ha acercado recientemente a la televisión como integrante del elenco de Derecho a soñar. Y David Trueba le ha reclamado en Casi 40 (2018), una especie de segunda parte de La buena vida (1996), en la que retoma el que fue su primer personaje para el cine.

 

 

   “De joven me perseguía una pesadilla recurrente: tenía un accidente con la moto, me deformaba la cara… y dejaba de trabajar como actor. Ya no vivo de esa manera. Me asomo al teatro y veo que 100 personas han pagado una entrada, han apartado un hueco en su agenda y vienen a verme. Me siento querido”, sentencia Ramallo. Entre sus sueños, ahora que se acercan los 40, está el de no dejar el panorama escénico. O montar su propia compañía. Vilches, por su parte, sueña con cosas más sencillas: llegar a fin de mes y estar siempre cerca de los suyos.



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