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20-01-2017 Versión imprimir

 
 
El lujo del olvido



25 años de ‘Beltenebros’, la película de Pilar Miró sobre la novela de Muñoz Molina que se convirtió una de las mejores fusiones entre cine y literatura del cine español



JAVIER OCAÑA
“Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”. La frase inicial de Beltenebros ha quedado como una de los mejores arranques de la literatura española contemporánea. El misterio de una acción, de unos ideales y de un compromiso político se encerraban en unas palabras que luego darían paso a uno de esos personajes inolvidables: el capitán Darman, un exiliado político en Inglaterra tras la Guerra Civil española. En realidad un agente secreto de una organización antifranquista al que se ha encargado, como ya hizo tiempo atrás, que elimine a un traidor entre sus compañeros.
 
   Beltenebros se había publicado poco antes, en 1989, y pronto se convirtió en un fenómeno literario. Así que un productor avispado, Andrés Vicente Gómez, pensó en ella en términos de película. E hizo un encargo a una mujer que poco antes había tenido que dejar la política: Pilar Miró (Madrid, 1940-1997), veterana realizadora de televisión, directora de cine, que en dos etapas se había involucrado en la administración, primero como directora general de Cinematografía (1982-85) y luego como directora general de Radio Televisión Española (1986-89). Miró llevaba cinco años sin rodar y había tenido que dimitir, bajo la acusación de haber utilizado dinero público para vestuario que ella consideraba de representación. Fue absuelta en un juicio y vio en el ofrecimiento de su productor una gran oportunidad para lo que más le gustaba: colocarse tras la cámara. Y así legar a la posteridad una película pulcra, creativa, de gran poderío visual, madura, inteligente, de cine negro de corte clásico y abierta a uno de sus grandes temas: la memoria histórica.
 
   Con un guion escrito por Miró, Mario Camus y Juan Antonio Porto –que cambian el punto de vista, abandonando la primera persona–, y rodada en inglés con intérpretes internacionales, Beltenebros se abre con un plano secuencia de tres minutos que ya homenajea al negro americano, a la manera de Sed de mal. Y a partir de ahí, desplegada en dos épocas distintas, en los años cuarenta y en los sesenta, se articula una película magnífica protagonizada por el inglés Terence Stamp, muy creíble a los cuarenta y tantos y a los sesenta y tantos, reconocidísimo intérprete en películas mayúsculas como El coleccionista, de William Wyler; Lejos del mundanal ruido, de John Schlesinger; Teorema, de Pier Paolo Pasolini, y como uno de los villanos de Superman y Superman II. Un actor dotado de un rostro y una mirada tan inquietantes como atractivos.
 
 

 
 
 
Ruegos a Hopkins
Lejos habían quedado, y olvidadas, las primeras intenciones de Miró de contratar a Anthony Hopkins, al que llegó a enviarle una carta de ruego que aparece completa en el fundamental Pilar Miró: Nadie me enseñó a vivir, de Diego Galán. Entre otras cosas, aquel texto decía: “He analizado tanto tu trabajo que podría imitar tus gestos (...). Cuando nos vimos en Londres solo necesitaba saber si seríamos capaces de entendernos por encima del idioma”. Mientras, para interpretar a la prostituta Rebeca Osorio, Miró contó con la también cantante Patsy Kensit, creíble como actriz y cantante de cabaret, ya que en una escena había de entonar el mítico Put the blame on Mame de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946). Una secuencia que Miró planificó de forma exacta a la Vidor en la película de Hollywood, cine negro clásico, al igual que Beltenebros. “Es una copia literal, pero no por el gusto de copiar, sino porque el espectáculo en el que trabaja Rebeca es una copia de una película que en aquella época estaba marcando a este país”. 
 
   Miró, que no hablaba inglés, se había estado preparando para una filmación quizá difícil, pero una vez más demostró su personalidad. Durante el rodaje encargó a su traductor, Owen Thompson, que su misión era decir “exactamente” lo que ella dijera en cada momento: “Nada de diplomacia británica. Si digo ‘vete a la mierda’ di exactamente eso en inglés, no suavices nada”. Y Thompson tuvo que hacerlo. Como cuando en la escena del tango entre Kensit y Stamp, este no acababa de cogerle el hilo a pesar de que había recibido unas clases. Así que Pilar ordenó a Stamp que pegara su cuerpo al de la mujer, sin un centímetro de separación, y dijo a su traductor: “Dile que esta chica debe gustarle tanto que se le tiene que poner gorda, díselo sin suavizar ni refinar nada”. Así era Miró, en vena: directa, profesional, auténtica.
 
 

 
 
 
   Trasladar al cine a un gran autor, y Muñoz Molina comenzaba a serlo, no era nuevo para Pilar. De hecho, antes de la llamada de Andrés Vicente, su pretensión era rodar El temblor de la falsificación, adaptación de la novela de Patricia Highsmith que había escrito junto a Antonio Larreta. En épocas anteriores ya lo había hecho, en cine, nada menos que con Émile Zola (La petición) y J. W. Goethe, en Werther, mientras que en televisión había estado al frente de Estudios 1 teatrales de gran calibre, como Deseo bajo los olmos, de Eugene O’Neill, y de adaptaciones televisivas de grandes obras de la literatura, lo que ahora serían telefilmes, como Humillados y ofendidos (Dostoievski) o La feria de las vanidades, de Thackeray.
 
   “Cuando Muñoz Molina leyó el guion le pareció aceptable; cuando vio el primer montaje de la película no puso ninguna objeción, y, finalmente, me dijo que esa era su novela”, declaró, ya terminado el largometraje, la directora. “Hay casos felices en los que el escritor no solo admira sin reservas la película que han hecho de su libro, sino que además lo reconoce en ella (...). Cuando escribo no suelo ver las caras de mis personajes (...), pero en cuanto se apagaron las luces en aquella sala de proyección en la que Pilar Miró estaba sentado en silencio muy cerca de mí, y vi a Terence Stamp, supe que el suyo era el rostro del capitán Darman”, reflexionó el novelista jiennense, en un texto incluido en el programa de mano de los cines Renoir de Madrid.
 
 
Pilar Miró, directora del filme
Pilar Miró, directora del filme
 
 
 
Premios y regustos amargos
Presentada con excelentes críticas en el Festival de Berlín, obtuvo un Oso de Plata a la contribución artística y a la calidad cinematográfica. Seguro que tuvo mucho que ver el deslumbrante –por sombrío, tenue y adecuado–, trabajo de Javier Aguirresarobe al frente de la fotografía. Beltenebros consiguió también 10 candidaturas a los Goya y tres premios (fotografía, montaje y efectos especiales), aunque las estatuillas más codiciadas se las llevó otra de las grandes: Amantes. “Este premio significa mucho para mí”, dijo Miró en Berlín, “porque hace que mi vuelta a lo que considero mi verdadera vocación sea más firme. He hecho una película de género, pero no elegí para hacerla el camino fácil, sino el arriesgado. Ahora compruebo que no me arriesgué en vano”. Sin duda, los sinsabores políticos habían dejado un regusto amargo que ahora comenzaban a desaparecer.
 
   “Olvidar es un lujo, Darman”, le podría haber dicho el comisario Ugarte, ese cazador tranquilo que carece de pasado, y también de rostro, y que interpreta en la película José Luis Gómez. Miró, cansada, con el corazón grande y enfermo, moriría de un infarto seis años después. Ella sabía lo que significaba el tiempo, y a aquel saludo inmerso en la película a su protagonista, “¡Darman, cuántos años!”, podría haber respondido exactamente igual: “No muchos. Solo media vida”.
 
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