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12-09-2019


Al final de la escapada está Cuenca

 

Se cumplen 25 años del estreno de la comedia romántica generacional de los años noventa: ‘Todo es mentira’, de Álvaro Fernández Armero

 


 

JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

El Festival de San Sebastián se partió en dos el 16 de septiembre de 1994. A un lado, la vieja guardia de la cinefilia, de la prensa especializada y de la crítica. En el otro extremo, un reducto de fanáticos del cine de última generación. Dentro de la sección oficial a concurso, en lucha por la Concha de Oro, se presentaba la obra de un debutante: Todo es mentira, de Álvaro Fernández Armero. La película de un director de 25 años, sobre jóvenes de ese arco de edad, y destinada principalmente a espectadores en ese primer paso hacia la independencia y una cierta madurez. Pocos de los asistentes al festival en edad adulta acabaron de entenderla. Las críticas de los grandes periódicos, tanto en el certamen como a la hora de su estreno en cines, cuatro semanas después, fueron tibias o malas. Pero el boca-oreja entre los más jóvenes había comenzado. Cuenca como paraíso para la escapada, la pelea conyugal más creíble y cercana, y la eterna duda entre ser el 51º de una larga lista de amantes o el cuarto de una corta lista de amores empezaban a abrirse hueco en el imaginario colectivo de una generación.

 

   En realidad, el runrún había empezado poco más de un año antes, pero algunos aún no se habían enterado. Una historia de apenas nueve minutos de duración estaba comenzando a cambiar las cosas en el hasta entonces anodino mundo del cortometraje. El columpio, premio Goya de la categoría en 1993, escrito y dirigido por Armero y protagonizado por Coque Malla y Ariadna Gil, contaba una bella historia de amor en el andén de una estación de metro madrileña, sin una sola palabra entre sus protagonistas y únicamente con pensamientos de deseo, fidelidad y futuro expresados en off. La primera frase de aquella pieza, de modo premonitorio, era: “Si es que todo es mentira…”.

 

   Bien aconsejado, el productor Enrique Cerezo llamó por teléfono al joven director y lo citó en su oficina. Le preguntó si tenía algún guion para poder hacer una película y Armero le dijo que sí, pero no lo tenía. Ni en sus más remotos sueños figuraba el hecho de poder hacer un largometraje tan pronto. Quedaron unos 10 días después y en esas jornadas al director le dio tiempo para encontrar el germen de lo que luego se convertiría en Todo es mentira. Eso sí, fruto de la inexperiencia ante los medios y como consecuencia del extraño proceso de gestación del guion, en la rueda de prensa de San Sebastián y en las entrevistas con los medios, se instaló la idea de que lo había escrito “en tres días”. Parecía el perfecto caldo de cultivo para que los no partícipes de la novedad, la efervescencia y la calidad de la película le atizaran por su atrevimiento, ya fuera por escribirlo en tan poco tiempo o por decir que lo había hecho (cuando en realidad no fue en tan pocos días).

 

 

   Con diversos toques autobiográficos alrededor de los primeros problemas sentimentales de una pareja en convivencia, tanto de él mismo como de la pandilla de amigos que le rodeaban, Todo es mentira se gestó además junto a un grupo de intérpretes de interesantísima intrahistoria, por lo que eran entonces y por el lugar que han ocupado después. Malla, protagonista masculino, con 24 años, era el carismático líder de Los Ronaldos, banda de rock de apabullante frescura, que en ese 1994 publicó su quinto disco y dos años después se disolvería. Hoy, Malla sigue siendo una estrella del rock español. Penélope Cruz, protagonista femenina, un torrente de espontaneidad a sus 19 años y con gran química con Coque en la pantalla, había debutado en cine solo dos temporadas antes con Jamón, jamón, venía del éxito de Belle époque y era un rostro conocido desde la adolescencia, cuando presentó en televisión La quinta marcha. Armero y ella se habían hecho amigos en 1989, cuando el primero manejaba la máquina del humo en el videoclip de la canción de Mecano La fuerza del destino, protagonizado por el teclista del grupo, Nacho Cano, y la propia Penélope, ambos pareja posterior durante un tiempo. Hoy, con un Óscar por Vicky Cristina Barcelona, aquella joven es una estrella del cine internacional. 

 

   Pero no solo ellos. Entre los secundarios, Gustavo Salmerón, hoy reputado director tras el éxito de Muchos hijos, un mono y un castillo; Jordi Mollà y Ariadna Gil, dos instituciones; Christina Rosenvinge, Premio Nacional de las Músicas Actuales en 2018, entonces líder de Christina y los Subterráneos tras pasar por Álex & Christina, e incluso presentar a finales de los ochenta junto a Diego A. Manrique un programa musical mítico para los mismos jóvenes que acabaron idolatrando la película: FM2; Santiago Segura, que ese mismo año había apuntalado con otro clavo la nueva historia del corto español con Perturbado, premiado con el Goya; Luis Martín, guitarra de Los Ronaldos, interpretando al portero de discoteca que deja una de las grandes frases para el recuerdo: “Hay una fiesta privada”; e incluso el escritor Ray Loriga, en un cameo, que con sus novelas Lo peor de todo (1992) y Héroes (1993) era ya una insólita estrella de las letras españolas.


“¿Y yo qué soy, el 51?”, preguntaba Pablo. “No, tú eres el cuarto”, respondía Lucía. Eran Coque y Penélope, en uno de los diálogos más famosos de la película, diferenciando amantes esporádicos y amores verdaderos, hoy muchos de ellos recordados de memoria por esa generación de espectadores. Como el “hay que ser sosa para traer una tarta” de Rosenvinge o el “con que te calles un minutito, me haces una mujer feliz”, aquel dulce despertar del personaje de Penélope. 

 

Las crueles sombras del ser humano

Todo es mentira era la historia de un chico y una chica que se querían a rabiar pero que no podían ser más distintos: el caos y el orden. Era una comedia, pero contenía un poso de amargura, de desesperanza, y en la actitud de los personajes se veía la imperfección de los seres humanos, sus dudas, sus extrañezas y, por qué no, sus crueles sombras. En el resto de parejas habitaban las envidias entre artistas, los problemas de la diferencia de edad y los resquemores por el estatus económico de cada uno. Y, en el centro de todo ello, la incapacidad para enfrentarse a la madurez quedaba representada por los continuos intentos del chico por huir de Madrid cada vez que las cosas se le torcían. Al final de la escapada siempre estaba Cuenca.

 

Fernández Armero, retratado ya en 2019 por Enrique Cidoncha


 

   Armero –que el 15 de noviembre estrena su noveno largometraje, Si yo fuera rico– otorgó además a su puesta en escena una agilidad desacostumbrada, con mucha cámara en mano, planos alejados del convencionalismo y un uso apasionante de los colores y la oscuridad. Una dirección que tuvo su cima en la secuencia de la discusión en la cocina, rodada en cuatro tomas y que luego montó con lo mejor de cada una, rompiendo moldes, ejes y continuidad, muy al estilo nouvelle vagueconformando así una escena de enorme credibilidad y de rotundo sentido dramático.

 

   En los Goya, Coque Malla fue nominado a mejor actor revelación y Armero en el apartado de dirección novel. Ninguno ganó: los dos premios fueron para La Cuadrilla y para Saturnino García, ambos por Justino, un asesino de la tercera edad. Pero no importó, porque, como en el dispar recibimiento en San Sebastián, la película se había hecho un maravilloso hueco en el apartado de las historias de culto. Las que definen, en sus virtudes y en sus defectos, a una generación. Todo es mentira es nuestra verdadera fiesta privada.

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