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22-12-2015 Versión imprimir
Chapito
Chapito
 

Festival Iberoamericano de Cádiz: 30 años
de ida y vuelta



Un recorrido sentimental y emotivo por la cita más internacional, junto a Mérida y Almagro, de la escena española



Por CARLOS BERNAL
Treinta años en la vida de un festival de teatro dan para mucho. Puede haber,  por ejemplo, tendencias que nacen con fuerza avasalladora y luego mueren discretamente. Igual ha pasado con compañías, con festivales e incluso con  personas.
 
   En la recién concluida edición del Festival Iberoamericano de Cádiz, el certamen cumplió 30 años y mostró que goza de buena salud. El FIT es, junto con Mérida y Almagro, una de las tres actividades teatrales españolas internacionales con más repercusión en el exterior. Cádiz es tal vez el que tiene más fans en el exterior, más gente que sabe de su existencia, que le importa y lo sigue. Hablo de los teatreros y estudiosos de los veintitantos países de la comunidad iberoamericana que incluye también teatreros de Portugal y de Estados Unidos. Para la gente de teatro de estos países es un acontecimiento relevante; saben de él como un espacio de encuentro, convivencia y reflexión donde los grupos muestran sus trabajos y los someten a la consideración de propios y extraños, y de allí sacan enseñanzas.
 
   En la variedad está el gusto. En sus primeros 30 años de vida, han pasado por los distintos escenarios y espacios no habituales de la ciudad 804 obras de autores tan diversos como Enrique Buenaventura, Julio Cortázar, Vargas Llosa, Juan Margallo, Santiago García, Arístides Vargas, Cervantes, Juan Mayorga, Peter Weiss, García Lorca, Sanchís Sinisterra, Alfred Jarry, Bertolt Brecht, García Márquez, Eusebio Calonge, Sófocles, Molière, Miguel Ángel Asturias, Enrique Vargas, Fernando Fernán Gómez, Franca Rame, Samuel Beckett, Julio Verne, Paloma Pedrero, Miguel Torres, Shakespeare, Franz Kafka, Ernesto Sábato, Heiner Müller, Miguel Rubio, Maritza Núñez, Antonio Onetti, Daniel Veronese, Claudio Tolcachir… Y la lista podría continuar. Pero no quiero dejar de destacar que un porcentaje muy elevado de las dramaturgias han sido creadas desde el interior de los grupos.
 
 
Teatro Andes
Teatro Andes
 
 
 
   En el caso de la programación de este año, con grupos de diez países, tuvimos el siguiente reparto por autoría:
 
   De dramaturgia propia: Las ideas, de Federico León y El loco y la camisa, de Nelson Valente (Argentina); Mar, de Arístides Vargas (Bolivia/Ecuador); Algernón. La angustia del conocimiento, de Moisés Angulo y Nicolás Fernandois (Chile); El sistema solar, de Mariana de Althaus (Perú); No daré hijos, daré versos, de Marianella Morena de Uruguay, y Juanita calamidad, de Antonio Álamo, y El grito en el cielo, de Eusebio Calonge, desde España
 
   En cuanto a creación colectiva: La imaginación del futuro, de la Re-Sentida de Chile; Cuando todos pensaban que habíamos desaparecido, de Vaca 35 de México, y Edipo, de la portuguesa Compañía do Chapitó.
 
   Versiones de textos universales: Othelo (Shakespeare), versionado desde Argentina por Gabriel Chamé; El burgués gentilhombre, de Molière, en versión de la cubana Liuba Cid, Marat Sade (Peter Weiss) a cargo de Ricardo Iniesta, español.
 
   En el apartado de danza: Libertino, de Marcos Vargas y Chloé Brûlé; Ánimo animal, de Barbirusa Danza, y Cuando yo era…, de Eva Yerbabuena, de España.
 
   Pasados treinta años no puedo evitar la tentación de ver qué y quiénes se han quedado en el camino y qué cosas se conservan. Es meritorio que este festival conserve sus señas de identidad casi intactas, los rasgos diferenciales que lo hicieron y lo hacen necesario y singular. Se apuesta por una programación mestiza en la que teatro es poesía, palabra, cuerpo, fiesta, belleza, la calle, el compromiso ético, etcétera.  Pero lo impagable es, sobre todo, la prioridad con que posibilita el encuentro, el dialogo y el contraste de los trabajos y las ideas en aras de la calidad, atentos a los vaivenes de las sociedades, a sus latidos.
 
 
La Zaranda
La Zaranda
 
 
 
   Varias generaciones de gaditanos y de actores han crecido con el FIT. En su maleta llevan emociones y sensaciones, recuerdos y vivencias recogidas en este viaje que ya dura 30 años, tantos que ya son parte de la historia reciente de la ciudad. La energía de los cómicos está en sus calles y en sus teatros; flotan en el recuerdo el eco de su risa y de los aplausos, la silueta de las cabriolas, sus músicas, sus trajes. Es agradable confirmar que el teatro de Colombia, después de España y Argentina, es el que más veces ha participado en el evento y que son el Teatro La Candelaria de Bogotá y La Zaranda de Jerez los grupos que en más ocasiones se han presentado. En la reciente edición la delegación colombiana la conformaban Patricia Ariza y Carmiña Martínez, de La Candelaria; Bibiana Díaz, de la California State Univercity San Bernardino; Carlos Satizábal, de Tramaluna Teatro; Juan Pablo Ricaurte, de la revista A Teatro; Wilson Escobar Ramírez, del Festival de Teatro de Manizales, y el que esto firma.

   Por mi parte, mientras escribo este artículo, muchos amigos y maestros hoy desaparecidos vienen a mi mente y no lo puedo evitar, y los extraño y los lamento. Pero me sana el privilegio alegre de haberlos conocido, de haber visto sus obras, disfrutado sus sonrisas y saboreado sus palabras. Los vinos que agotamos. Estoy seguro de que en mi andar teatral alumbran el camino.
 
   Trataré de ser breve. Omar Grasso, argentino-uruguayo del Teatro Circular y de El Galpón, también dirigía el CAT de Andalucía, gay elegante de sonrisa amplia y ojos claros. Francisco “Pacho” Martínez, actor fundador de La Candelaria: hizo de su teatro un artificio de ética y estética a favor de los pobres, le parecía que lo injusto era feo. Juan Sánchez, primer director de La Zaranda, los últimos meses refugiado en la poesía y la soledad constante como penúltimas estaciones antes del descanso infinito; este mundo y su arte no fueron capaces de ganarse su respeto. A Eduardo Galeano lo recuerdo en el bar del festival, en silencio, maravillado con tanto cómico cerca y cediéndonos “la palabra y el gesto”. Enrique Buenaventura, el maestro, mi paisano, me enseñó a mirar y considerar, a actuar, a escribir, inclusive a protestar.
   
   Y así muchos más: Javier Leoni, teatrero extremeño trabajador y exuberante; Pepe Enríquez, chileno de Madrid que se le escapó a Pinochet y se dedicó a defender desde el periodismo el teatro con enjundia; Livia Koppmann, la leona argentina de melena roja que con su interpretación de Olimpia reclamaba desde el escenario los derechos de las mujeres, o Athaualpa del Cioppo, el anciano maravilloso, uruguayo, el primero que partió, sobrevivió a exilios y dictaduras gracias al amor al teatro y a su confianza tenaz en el ser humano. Lo tengo grabado en el disco duro, que alegría, casi podría dibujar una a una las arrugas de su rostro.
 
 
Marcos y Chloé
Marcos y Chloé
 
 
 
   En esta fiesta del mestizaje que es el FIT ha habido vacas gordas (ma non troppo) y vacas flacas. Importante destacar el aporte de los hombres de teatro que en estos 30 años se han puesto al timón del festival. El primero fue Juan Margallo, que lo creó y acompañó hasta que la criatura se había convertido en un adolescente fuerte y sonriente. Luego José Sanchís Sinisterra: su paso fue raudo y veloz pero su impronta, en ese momento, vital. Y ahora, desde 1994, Pepe Bable Neira, que lo ha traído hasta la sana madurez actual con buen gusto y con un toque de humanidad y calidez que le honran. Se ha rodeado Pepe Bable de un equipo de gaditanos que con el pasar de los años resuelve más y mejor. A destacar, la simpatía y el don de gentes con que gestionan el festival.
 
   De Cádiz, este año y antes de que se acabe el papel, destacaría trabajos brillantes como Edipo de Chapitó, Libertino de M. Vargas y Ch. Brûlé o El grito en el cielo de La Zaranda de Jerez. Funciones que ustedes podrán disfrutar en Madrid y otras capitales y sacar sus propias conclusiones. No se las pierdan.
 
   En 1986 asistí al primer FIT. Lo que me gustaba estaba allí: el rigor y la locura, el compromiso y el humor, el amor y los proyectos… Y el mar. Un año después de ese festival, supe que de una pareja que se había conocido allí había nacido un niño en Montevideo, ahora debe rondar los 30, era el hijo de una actriz del Teatro Circular y un actor chileno de Los payasos de la esperanza. No sé si hace teatro. Ni siquiera sé si tiene trabajo.



Carlos Bernal (Ibagué, Colombia, 1952) es autor y director, y ha participado en más de la mitad de las ediciones del FIT. Reside en Madrid desde 1985
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