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05-05-2017 Versión imprimir

 
 
El beso estético de la Escuela de Barcelona
 
Se cumplen 50 años del estreno de ‘Noche de vino tinto’, de José María Nunes, muestra señera del atípico movimiento barcelonés


JAVIER OCAÑA
En el año 1967 el cine español se podía dividir en dos frentes principales: el popular, el que llevaba al público al cine, el de la comedia costumbrista, el de Pedro Lazaga y demás apóstoles de la comercialidad; y el mesetario del Nuevo Cine Español, el que había nacido junto a una generación de cineastas procedentes de la Escuela Oficial de Cine, el que había iniciado el retrato de una España atrasada y censurada, el simbólico, el literario, el de las películas de Carlos Saura, Basilio Martín Patino, Mario Camus y Miguel Picazo, entre otros. Sin embargo, desde Barcelona un grupo de artistas más cerca del éxtasis formal que del argumento de fondo, del ditirambo colorista y de vanguardia que de la narrativa tradicional, iniciaba un nuevo cauce para nuestro cine. La Escuela de Barcelona, todavía sin ser bautizada como tal, se estaba forjando.
 
   Con Mañana, de José María Nunes, la película más influyente para la escuela, había caído la primera gota. Pero aún no se sabía, porque corría el año 1957 y debió de pasar casi una década para que esa chispa se viera acompañada por otras. Primero, por Fata Morgana, de Vicente Aranda, pergeñada desde 1965 y estrenada finalmente en 1967; después, por Dante no es únicamente severo, de Jacinto Esteva y Joaquín Jordá, y por, seguramente, la película más especial del movimiento: Noche de vino tinto, de Nunes, de la que en estos días se cumplen 50 años de su estreno. La jornada nocturna de conversación y alcohol de un hombre y una mujer, ilusionante y a la vez frustrada, con la quimérica pretensión de “alcanzar el cielo del vino tinto”.
 
   Con una evidente influencia de la nouvelle vague, la película de Nunes aborda –como el Antes de amanecer de Richard Linklater y sus secuelas, pero en un tono muy distinto– las retóricas conversaciones de una pareja que en realidad no lo es, aderezada con flashbacks del pasado de ambos, de sus respectivas relaciones anteriores, las que quieren olvidar y regresan continuamente a sus cabezas. En el programa de mano de su reposición en el año 1970, en el cine Alexis de Barcelona, el propio director hablaba de “dos personajes casi vivos de una civilización casi muerta”, de dos personas que “no son, solo están”. Una ceremonia del vino que se desarrolla como evasión, pero que en realidad se consume de nuevo, o con más fuerza aún, en los problemas y la soledad, en el remordimiento y la autocomplacencia.
 
 

 
 
 
   Mientras todos los miembros de la Escuela de Barcelona eran hombres de la burguesía acomodada, Nunes (Faro, Portugal, 1930-Barcelona, 2010) provenía de una familia humilde. A diferencia de Esteve, Jordá, Jordi Grau, Pere Portabella, Romà Gubern y Gonzalo Suárez, José María se consideraba a sí mismo como “el patito feo” entre las gentes guapas de la gauche divine barcelonesa. Noche de vino tinto era su cuarta película y hasta entonces la censura no había parado de denegarle proyectos. Incluso se permitía el lujo de enmendarle la plana, de darle consejos, entre el risible paternalismo y la infumable caradura. “¿Por qué no hace usted películas normales, como hacen todos? Usted lo hace muy bien, y podría hacerlo”, contaba Nunes que le decían en las reuniones. Sin embargo, por una vez y tras muchas desavenencias, con Noche de vino tinto, no se sabe bien si por su calidad o por su empecinamiento, la Comisión decidió otorgarle la categoría de Interés Especial. Quizá porque corrían otros tiempos, con José María García Escudero al frente de la Dirección General de la Cinematografía, en pleno aperturismo e impulso del Nuevo Cine Español.
 
El rechazo y sus secuelas
“En cada mujer están todas las mujeres...”. Desde esta primera frase, Nunes, también guionista, evoca una poesía que se bifurca en dos vertientes: la del texto y la visual. Rodada en un blanco y negro muy especial, con una explosiva utilización del sonido y de la narrativa, de la voz en off, y en formato panorámico, lo que era poco habitual en la época, Noche de vino tinto es un relato lírico sobre el rechazo y el abandono, también sobre sus secuelas, sobre la resaca del amor. “Yo te daré esa serenidad que has perdido”, le dice él a ella. Él era Enrique Irazoqui, que venía de hacer de Jesucristo en El evangelio según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini. Un tipo sin el menor interés en desarrollar una carrera interpretativa y cuya ausencia de formación le hacía llevar a sus papeles a una línea intermedia entre el amateurismo y el distanciamiento brechtiano. De hecho, salvo en esta y en la de Pasolini, Irazoqui (mago del ajedrez y profesor de Literatura) solo rodó una película más: Dante no es únicamente severo.
 
   Y ella era, suspiros de deseo, Serena Vergano, la más hermosa de las mujeres del cine español de la época, aunque fuese italiana y esposa del arquitecto Ricardo Bofill, que en estos años también fue cineasta de la Escuela de Barcelona. Lo curioso es que Irazoqui y Vergano (que en la vida real eran primos, lo que añade un plus de ambigüedad a la intrahistoria) no eran más que dos intérpretes suplentes, porque la película estaba destinada en principio a Núria Espert y Julián Mateos. Pero los trámites de la burocracia para la realización de la película tardaron tanto que Espert se había comprometido ya con otro proyecto teatral.
 
 
José María Nunes
José María Nunes
 
 
 
   Antes del primer trago de la noche, Vergano e Irazoqui alzan sus copas. Parecen dos sacerdotes en plena celebración católica. No es casual. Es el lado más espiritual del cine, el que quería desarrollar Nunes, para el que hacer una película iba más allá de un oficio, incluso de un acto artístico. “¡Silencio, el cine es una misa!”, gritó un día durante el rodaje, ante las interrupciones del equipo durante una de las tomas. Calificada por algunos críticos como “retorcida”, “pedante” o “al margen de las verdaderas preocupaciones de la Humanidad”, Noche de vino tinto fue alabada por Eric Rohmer y Alain Resnais, pero poco entendida fuera de su órbita. Como escriben Casimiro Torreiro y Esteve Riambau en el magnífico ensayo La Escuela de Barcelona: el cine de la gauche divine, el movimiento “no gozó en vida de una buena salud crítica, y mucho menos de una buena publicidad más allá del círculo de publicaciones cómplices con sus desvelos”.
 
   En Barcelona fue un pequeño acontecimiento para la burguesía cultural: 36 días en el Publi Cinema, la primera sala exclusiva de arte y ensayo en España. En Madrid, en cambio, apenas se enteraron. Estrenada casi un año después, en enero de 1968, solo permaneció siete días en la cartelera del cine Gran Vía. Pocos comprendieron que el arte por el arte, sin mayores preocupaciones morales, pero con el latido de la estética, también forma parte del cine. Un espíritu que quizá viva dentro de uno de los diálogos de la película: “¿Me dejas besarte? Será un beso simple, sin profundidades, sin deseos. Será un beso estético”. El hermoso beso de una película al margen de las convenciones. De una noche de vino, miradas y paseos, de una apasionante misa cinematográfica.
 
 
 
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