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20-02-2015 Versión imprimir

 

 
Cuatro funerales y ninguna boda


Manuel Summers hizo alarde de humanismo crítico con ‘La niña de luto’, joya cinéfila (y casi ignota) que cumple ahora 50 años
 
 
JAVIER OCAÑA
Luto riguroso, medio luto, alivio de luto y fin de luto. Parecen las fases por las que debe pasar cualquier preso en una cárcel, pero en realidad no hablamos de Derecho Penal, sino del derecho consuetudinario de una España en negro. De una costumbre reglada. De una obligación moral. De una pena.
 
   Por el fallecimiento del esposo/a o del cónyuge, dos años de luto riguroso y seis meses de alivio. Exactamente igual por la muerte de un hijo, en el caso de los padres. Por la muerte del padre o la madre, los hijos debían estar un año de luto y seis meses de alivio. Y por la de los abuelos, los nietos, hasta seis meses de luto y tres de alivio. Con semejante panorama, lo raro era no estar de luto de vez en cuando. Porque, claro, la gente se moría. Y como consecuencia, y ahí llegamos a nuestro tema: no había posibilidad de casarse. Porque eso es una fiesta, y en el luto no valen las fiestas. Se confundía el respeto con las argollas. Por no valer, no valía ni la radio encendida, ni el canario cantando, ni las macetas en el balcón, ni la corbata de color, ni la cervecita en el bar, ni las persianas subidas. Tal como describen de modo magistral, sin palabras, los primeros minutos de La niña de luto, la película de Manuel Summers que en estos días cumple 50 años de titubeante vida. Fue gloriosa al principio, con su presencia en la sección oficial del Festival de Cannes, olvidada más tarde y recientemente recuperada por unos cuantos fanáticos que la hemos venido reivindicando en cuanto hemos tenido la menor oportunidad: por una parte de la crítica, por la docencia cinematográfica, por una cierta televisión de calidad.
 
 
Alfredo Landa
Alfredo Landa
 
 
 
   En esa reivindicación hay quizá un punto claro de inflexión: el pase del 25 de febrero de 2014 en el programa Versión Española, de La 2. Hasta entonces, La niña de luto había sido una película casi invisible. Nunca estuvo editada en formato DVD, tuvo un fantasmal paso por el VHS y solo podía verse a través de los archivos compartidos vía P2P en Internet. Pero 791.000 personas se rieron y lloraron, descubrieron la historia de Rocío y Rafael, novios perpetuos siempre a punto de casarse pero interrumpidos por la muerte. O mejor, por el luto. Interrupciones y aplazamientos, inevitabilidad y verdadera mala suerte. Un drama expuesto por Summers (1935-1993) con la sorna de un humanista crítico, con la fuerza de un comediante de la existencia, con el humor negro de una España en derribo. Échele usted humor a la vida. Momentos para la historia: esa madre de familia espantando insectos de uno de los cadáveres a golpe de matamoscas, o esa pelota de plástico de llamativos colores que se encuentran en el coche funerario y sacan botando por encima del ataúd entre los avisos de uno de los portadores: “¡Un poco de cuidado, por favor, que esto es muy serio!”.
 
   Y tan serio. Tanto que a dos personas enamoradas se les resbaló el futuro, se les cayó la vida. En aquel programa de Versión Española, con la presencia de María José Alfonso, su protagonista femenina, y de los hermanos del fallecido Summers, Francisco y Guillermo, se desveló que la película estaba inspirada en la historia de uno de ellos, Francisco, que sí aguantó las mortales embestidas en la familia de su novia y acabó casándose con ella armado de paciencia. “Vale sí, yo tuve paciencia, pero la que realmente tuvo paciencia fue mi mujer”, dijo, como homenaje a ella. Porque lo peor quizá no fuese el luto físico, sino el luto mental. El castigo social de saltarse la norma. Las habladurías, el cotilleo, el esquinazo, la presión del pueblo. En este caso fue La Palma del Condado, la localidad onubense donde se rodó la película, con la participación de numerosos vecinos. Resultó un precioso escenario natural para La niña de luto: sus casas, sus calles, sus balcones, su Iglesia… Su gente. Sobre todo esos seres tan particulares que salían haciendo de sí mismos, a los que años más tarde homenajeó el director en To er mundo e güeno (1982), To er mundo e mejó (1982) y To er mundo e demasiao (1985). Antecedentes de las bromas televisivas con cámara oculta, divertían mucho a un Alfredo Landa en su primer papel protagonista en cine, que apenas podía aguantarse la risa durante las escenas en las que Summers había dado libertad de actuación a esos mitos del pueblo.
 
 
María José Alfonso
María José Alfonso
 
 
 
   Integrante del Nuevo Cine Español, de esa generación de directores egresada de la Escuela Oficial de Cine (Mario Camus, Carlos Saura, José Luis Borau, Basilio Martín Patino, Víctor Erice...) que aprovechó el aperturismo de la censura propiciado por José María Escudero en los años sesenta para desarrollar el mejor celuloide de nuestra historia, Summers tenía por entonces apenas 29 años. Pero allí estaba, luchando en el Festival de Cannes de 1964 por la Palma de Oro con una cinta que acabó obteniendo una Mención Especial del Jurado, a pesar de competir con gente como François Truffaut, Jack Clayton, George Roy Hill, Marco Ferreri y Kon Ichikawa. El realizador, que al año siguiente volvería al certamen con la también sensacional El juego de la oca (¡sobre el adulterio en la España de Franco y el luto!), había comenzado su carrera en 1963 con Del rosa al amarillo, Concha de Plata en San Sebastián y película de episodios de la que en principio formaba parte La niña de luto. Justo hasta que el autor se dio cuenta de que necesitaba un filme entero para esta historia, y que además quería rodarla en color para situarla en la España contemporánea. Así no se vería como un asunto del pasado, en blanco y negro, cuando era un problema de plena actualidad.
 
   Y aunque el planteamiento de Summers para La niña de luto tenía un lujoso antecedente literario en La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, la gran diferencia es que habían pasado tres décadas desde la mítica pieza teatral y aún seguíamos (casi) igual: con conceptos tan arcaicos como ‘muchacha casadera’. Ahora, medio siglo después del estreno comercial, el 16 de noviembre de 1964, es hora de reivindicar una película extraordinaria que nos explica a nosotros mismos, nuestra infancia o la de nuestros padres, desde la risa como guía. Y he ahí su genialidad. En este aniversario también participan los hermanos José y Manuel Lagares con un documental retrospectivo, La niña ya no está de luto, al que no estaría mal que se uniera alguna distribuidora de DVD para no tener que esperar a alguna emisión televisiva.
 
 
La pareja protagonista
La pareja protagonista
 
 
 
 
   “No puedo con todo esto, Rocío”, dice él, con su traje gris, camisa blanca, barba de dos días. “Lo comprendo, Rafael”, responde ella, vestida completamente de negro, con velo, mientras ambos observan lo que podría haber sido su futuro: un par de críos que juegan a apenas unos metros de la conversación. La charla, quizá una despedida, se produce, cómo no, en un cementerio. En el cementerio de la vida, en el cementerio del respeto sacado de quicio, en el cementerio del fundamentalismo. Religioso, desde luego, pero todavía más importante, social, que nace de una moralidad mezquina con la que puedes llorar. O, como Summers y su historia, llorar partiéndote de risa.
 
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