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04-07-2016 Versión imprimir

 
 
 
Volar del nido

 
¿Cómo es la vida del intérprete justo antes de enfrentarse al mundo laboral? Tres actores y tres actrices a punto de terminar su formación nos lo cuentan
 
 
ROBERTO PÉREZ TOLEDO
Texto y fotos
Todos coinciden: la formación de un actor nunca termina. Esta es una profesión intrínsecamente ligada a un constante proceso de exploración, aprendizaje y crecimiento. Pero hay un día en el que, tras el correspondiente periodo de formación en una escuela o en varias, se impone la necesidad de respirar hondo y gritar al mundo: ¡estoy preparado!
 
   Hay quienes afrontan el mundo real mientras aún acuden a las aulas. Otros prefieren terminar de formarse y sentir que cuentan con las herramientas adecuadas antes de lidiar con agencias de representación y convocatorias de castings. Porque el salto da vértigo y hace que los miedos y las inseguridades se vuelvan especialmente palpables.
 
   “Mientras estás en la escuela te aferras al hecho de que aún eres estudiante, y eso te protege”, me cuenta Lucía Estévez, actriz de 22 años que en la actualidad termina su formación en el Estudio Juan Codina. La metáfora surge enseguida: las escuelas son como un nido que te arropa y en el que la pasión de los pajaritos es alimentada al tiempo que aprenden a manejar sus alas.
 
   Pero lo particular, lo maravilloso y lo perturbador de cualquier dedicación artística es que, a menudo, entran en juego factores tan intangibles como el talento o la suerte. Ellos impiden que exista un modus operandi invariable para lograr un resultado satisfactorio. No puedes ser médico sin haber estudiado Medicina, pero sí puedes actuar sin haberte formado. Abundan los ejemplos, en nuestro país sin ir más lejos. Y a veces ganan hasta el Goya. Entonces... ¿cuándo es el momento? ¿Quién lo decide? ¿La suerte? ¿El talento natural de cada uno? ¿Los directores? ¿Los directores de casting?
 
   De todo esto y más he charlado con la citada Lucía Estévez y también con Fran Ropero, Cristina Bertrand, David López, María Algora y Daniel de Llano. Los seis tienen entre 22 y 32 años. Los seis se hallan actualmente concluyendo un largo periodo de formación en distintas escuelas. Los seis están más que preparados ya para desplegar las alas y volar del nido.
 
 

 
 
 
Lucía Estévez: saber lo que te gusta
“La primera vez que le dije a mi madre que quería actuar, a los 13 años, fue un momento tenso. Se lo conté sin mirar siquiera a sus ojos; ella me respondió que me apoyaría, pero que debía estudiar. A los 15, empecé a acudir los sábados por la mañana al Taller de Teatro Asura, y poco después elegí el Bachillerato de Artes Escénicas, Música y Danza”, recuerda Lucía Estévez. “Me siento afortunada porque encontré mi pasión muy pronto”.
 
   Desde entonces, Lucía no ha cejado en su empeño: cursa en la Universidad Complutense la carrera que, para muchos, es la que más se acerca a lo que soñamos, Comunicación Audiovisual, y ha continuado formándose como actriz en la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD), en un sinfín de talleres y seminarios y, desde hace tres años, en el Estudio Juan Codina, donde termina ahora el último grado.
 
   “Vivo prácticamente en esta escuela. Lo que más me gusta del Estudio es la pasión que demuestran hacia la profesión, porque nada te reconforta más que hablar con alguien que tiene la misma pasión que tú”, me explica Estévez. “Además, me gusta que mis maestros estén en activo y trabajen como actores, porque en otros cursos he notado cierta frustración entre profesores que me estaban dando clases porque no han conseguido lo que querían”. 
 
   ¿Y el próximo año? “Probablemente siga formándome, pero quiero empezar a buscarme la vida desde ya: aunque me dé miedo, tengo hambre de currar. Y el miedo no siempre es malo, también ayuda. Me siento actriz y sé que esto es lo que quiero: una profesión inestable, sin un futuro claro y que no se valora mucho en España, pero confío en mí. Por suerte, he hecho tantos cursos y talleres que he conocido a mucha gente que ama lo que hace. Si mañana no me llaman para trabajar, puedo juntarme con esos amigos con los que me entiendo y montar algo juntos. Soy optimista, hay oportunidades para gente joven pero hay que saber buscarlas; hay becas para espectáculos, salas pequeñas a las que puedes enviar un buen dossier de un proyecto y ser pesada hasta que te hagan caso... Formarme me ha enseñado a ser más valiente, a decir: esto es lo que quiero y esto es lo que soy. Aunque haya gente que menosprecie algo que yo amo tanto”. 
 
   Dice Lucía que a veces la llaman “repelente niña Vicente” por tenerlo tan claro y afirmarlo con tanta vehemencia. También porque se las sabe todas e intenta estar informada sobre el mundillo en el que quiere abrirse camino. “Soy friki de esto. Voy al teatro todo lo que puedo, así te creas también una opinión. Es muy importante saber lo que te gusta y lo que no, saber lo que uno quiere hacer. Porque, si lo sabes, vas a por ello”.
 
   ¿Y qué opina alguien que valora tanto la formación sobre algunos compañeros que trabajan profesionalmente y no se han formado? “Obviamente, hay actores que están trabajando sin haberse formado y no son buenos, pero también hay otros que me gustan. Es algo que ocurre en televisión y cine; no tanto en el teatro, donde sería más complicado. A quienes no se forman, simplemente me cuesta entenderles. Yo amo esto, y por eso formarse para mí no es una obligación, sino un disfrute. Lo que me apena es que haya gente que vea esto como un trabajo cualquiera y que no lo vivan desde la pasión”.
 
   Para terminar, le formulo una pregunta que personalmente odio que me hagan. Pero ahí va: ¿cómo se ve Lucía dentro de cinco años? “Me gustaría estar trabajando como actriz, claro, y seguir aprendiendo. No sé si me habrán llegado grandes oportunidades, pero no tengo miedo de no llegar a ser actriz, porque ya me siento actriz. La profesión no debe medirse por parámetros de ser conocido o famoso; admiro a muchos que no son conocidos y me parecen increíbles y quiero ser como ellos, manteniendo intacta esta necesidad de crear. No tienes que frustrarte porque no te pareces a María Valverde, sino saber qué tienes tú que ofrecer, asumirlo y explotarlo”.
 
 

 
 
 
Fran Ropero: de la pescadería al teatro
“De pequeño, en el colegio, era el primero en levantar la mano cuando se repartían papeles en las obras de fin de curso. Hubo incluso una vez en la que la protagonista de una de esas obras era un personaje femenino y ninguna niña lo quería hacer, así que propuse interpretarlo yo. No recuerdo mucho más de aquello, solo que iba vestido con un traje de anciana y llevaba una bandeja de pastelitos”, rememora entre risas Fran Ropero, natural de Gijón, cuya vocación se gestó en el seno de una familia sin ningún referente artístico ni cercano ni lejano.
 
   En su adolescencia, Fran lo verbalizó por primera vez. “A los 13 o 14 años le dije a mi tía, que vivía en Madrid, que quería ser actor. Ella me respondió que tendría que estudiar, que sería complicado. Creo que no volví a repetirlo en voz alta hasta los 20, pero nunca dejé de sentir que quería ser como los actores a los que veía en Los Serrano o Un paso adelante, series que me obsesionaban”, me cuenta. Al cumplir la mayoría de edad y sin ninguna carrera que le entusiasmara, comenzó a trabajar en la pescadería de su padre. “Me di cuenta de que esa no era la vida que quería para mí, y entonces mi novia de aquel momento comenzó a asistir a una escuelita de teatro de Gijón llamada El Callejón del Gato y me pidió que la acompañara para no ir sola. Allí me enganché”.
 
   Aquella novia de Fran, Lara, se presentó poco después a las pruebas de la Real Escuela de Arte Dramático (Resad) y fue aceptada. Un año después Fran hizo lo mismo, con resultado igualmente positivo. Y de Gijón a Madrid para estudiar los cuatro años de Interpretación Textual, que han concluido este mes de junio con un Trabajo de Fin de Especialidad en el que ha interpretado a Larry en Closer, el texto de Patrick Marber.
 
   “La decisión más acertada de mi vida ha sido venirme a Madrid. En la Resad he crecido personalmente, he aprendido lo que es el compañerismo y la humildad, he conocido a gente de toda España. Gente buena y gente mala. Valoro casi más lo que he aprendido a nivel personal que en lo interpretativo, que también ha sido mucho, claro”.
 
   ¿Y ahora qué? “Mi etapa en la Resad ha acabado, pero quiero conocer otros métodos y escuelas, incluso alguna de especialistas de cine. Sobre todo, tengo ganas de currar y siento que estoy preparado”, me responde.
 
   ¿Y qué diría Fran a un chaval de Gijón que hoy, como le ocurrió a él, sueña con ser actor? “Que siga su instinto y no escuche a quienes se lo pinten como  imposible. Y que se forme, porque parece que todo el mundo puede ser actor chasqueando los dedos, y no es así. No juzgo a quienes tienen una oportunidad y la aprovechan; yo habría hecho lo mismo si me llegan a ofrecer una serie o una película cuando trabajaba en la pescadería. Pero, a mí, formarme me ha cambiado y mejorado. Y sí, somos muchos los que lo estamos formados e intentándolo, pero cada día vemos a gente nueva despuntar. ¿Por qué no vas a ser tú?”. 
 
 

 
 
 
Cristina Bertrand: universitaria y polifacética
“Esto o lo tienes clarísimo y lo das todo al cien por cien o se queda en un hobby mientras estudias otra cosa”. Es lo que me asegura Cristina Bertrand, que está a punto de terminar los cuatro años de Artes Escénicas en la Universidad Antonio de Nebrija, pionera en España en ofrecer este grado universitario para jóvenes que quieran formarse no solo como actores, sino también como guionistas, dramaturgos, directores escénicos, productores y realizadores. “Lo malo es que se trata de una universidad privada y cara, yo no habría podido hacer este grado si no me hubieran becado. Pero soy muy cabezota: me propuse conseguir la beca y lo logré”.
 
   “Hay dos años comunes para todos”, prosigue Bertrand, “y luego puedes elegir intensificación en creación o interpretación”. Ella ha optado por la interpretación: “No es una formación actoral intensiva como puede serlo en la escuela de Cristina Rota o en la de Juan Carlos Corazza, porque además aprendemos a escribir, dirigir, realizar o montar, pero ahora siento que cuento con armas más interesantes para gestionar mi futuro. Para empezar, nunca he tenido que pagar a nadie para que me grabe escenas, me monte el videobook o me haga fotos. Es algo que sé hacer yo misma”. 
 
   Hace unos años, Bertrand ya escribió, dirigió, interpretó y montó un cortometraje titulado Yo no soy complicada, que ganó el premio a la mejor actriz en el Festival AdN, organizado por su universidad. “Quería que se me viera en varios registros y me escribí un corto que casi es un videobook”, comenta entre risas. Y funcionó: una representante se fijó en ella.
 
   En su trabajo de fin de grado ha vuelto a repetir como guionista, directora y protagonista en el corto Vendada, donde mezcla cine, reivindicación (un mensaje sobre la violencia de género) y otra de sus pasiones, la danza. “En el futuro me encantaría trabajar solo como actriz, porque es lo que más me apasiona, pero no descarto montar una productora pequeña y generar mis propios proyectos si veo que es necesario. También se me da muy bien lo físico, por mis años de baile y gimnasia rítmica, así que puede que opte por explorar el mundo de los especialistas. Si actúo y además soy capaz de hacer las secuencias peligrosas en una película de acción, mejor que mejor, ¿no?”, sonríe Cristina.
 
   Además, como trabajo final de la asignatura Taller de Interpretación y Creación, Bertrand y sus compañeros han escrito (con la ayuda de la dramaturga Ana Valbuena), creado la escenografía e interpretado Neón, un cabaret que se ha podido disfrutar durante tres días de junio en el Teatro Fígaro. Toda una experiencia: “La primera vez que pisé el escenario del Fígaro y vi el patio de butacas ante mí, solté una lagrimilla, sentí que es ahí donde quiero quedarme”.
 
De cara al futuro, Bertrand es optimista: “Quiero pensar que quienes nos dedicamos las 24 horas a esta profesión conseguiremos trabajar en ello de un modo u otro”. De momento, sus contactos con el trabajo profesional van bien encaminados. Ha grabado para TVE un capítulo de la serie Centro médico y un documental ficcionado dedicado a Las mujeres de Cervantes. Que siga la racha.
 
 

 
 
 
David López: un sueño con remite romano
“De pequeño quería ser como Ryan Phillippe, porque mi mejor amiga y yo éramos muy fans de la película Crueles intenciones”, me cuenta un risueño David López, natural de Verín, Ourense, uno de esos lugares pequeños en los que no se estila soñar a lo grande. “En mi pueblo había un cine, pero no teatro. Tampoco tenía ningún referente artístico en mi familia, y lo que querían mis padres es que estudiara una carrera. Al final opté por hacer Comunicación Audiovisual en la Universidad Pontificia de Salamanca”.
 
   Fue en Salamanca donde entró por primera vez en contacto con su inquietud interpretativa, pero quizás de forma demasiado brusca. “Hice un curso de teatro, dentro de la universidad como actividad extraescolar, pero en aquel momento era tan tímido que hiperventilaba y me daba mucha vergüenza todo. Me pedían que interpretara un orgasmo y me ponía de todos los colores. Pensé que quizás eso no era para mí y que puede que se me diera mejor la dirección. Entonces me fui de Erasmus a Roma y allí vi Los soñadores, de Bernardo Bertolucci. Y volví a sentir con todas mis fuerzas que quería ser actor, porque me dio mucha envidia lo que hacían sus protagonistas. Un amigo dice que la envidia es buena, porque es una brújula para saber lo que deseas”, me relata David.
 
   De Roma a Barcelona y de Barcelona a Madrid, ciudad de la que David se enamoró: “Busqué escuelas de teatro aquí, me metí en un seminario en el Laboratorio William Layton y me encantó. ¡Me sentía Marlon Brando!”. Mientras, se ganaba la vida con trabajos en hostelería, uno de ellos en la cafetería El Azul de Fúcar, en pleno Barrio de las Letras. “La intuición y las casualidades han sido muy importantes para mí, y a esa cafetería iba mucho la actriz Isabel García Lorca, que me recomendó que me matriculara en el Estudio Corazza”, recuerda.
 
   Sumergido en Corazza ha pasado David estos últimos cuatro años. Su formación ha terminado con el montaje de Amor e información, de Caryl Churchill, en el que le ha dirigido el propio Juan Carlos Corazza. Le pregunto a David lo mismo que a todos: ¿y ahora qué? “La formación no se termina y se vuelve casi adictiva. Hasta ahora no me he sentido demasiado preparado para hacer castings, porque necesitaba aprender el oficio y saber qué tipo de actor soy. La escuela ha sido un refugio, pero ya es necesario pasar de la fantasía a la realidad y lanzarme al abismo con mi videobook y mis fotos. Ahora me toca aprender del trabajo en sí, y, claro, aparece el miedo a los noes, a no gustar”, confiesa.
 
   En audiovisual, David ha protagonizado un anuncio para Toyota, su primer rodaje profesional, y ha aparecido en el cortometraje Vida, de Rubén Ríos, junto a Cristina Castaño. En teatro se le ha podido ver en Silencio, de Iván Bilbao, que se representó en la sala La Nao 8, y en una adaptación de A puerta cerrada dirigida por Ernesto Arias en La Pensión de las Pulgas.
 
   “Con 15 años claro que ensayaba mi discurso en el baño con un Óscar comprado en los chinos, pero ahora lo que quiero es trabajar, tener un representante y que lleguen proyectos para mí. Ojalá. Es que hace años fui becario en la agencia de Alsira García-Maroto y me encantaba cuando llegaban guiones para Leonor Watling o Candela Peña. Pensaba que me gustaría que eso me pasara a mí”, concluye David.
 
 

 
 
 
María Algora: jugando a piratas
“Andaba un poco despistada, no me entusiasmaba ninguna carrera, y hubo un día en el que lo tuve claro. Fue en el Teatro Español, me habían llevado a ver Todos eran mis hijos y sentí una revelación: yo quería estar en ese escenario”, me cuenta María Algora, de Madrid, a sus 22 años. “Me preparé las pruebas de la Resad pero no las pasé, y finalmente me decanté por matricularme en Arte 4 y compaginarlo con un ciclo superior de Realización de Audiovisuales y Espectáculos”, prosigue.
 
   ¿Qué aprendió María en ese primer contacto con la formación? “Aprendí a trabajar en equipo, lo importante que es hacer piña y estar a favor de un elenco. Y a hacerlo desde el amor y la generosidad, porque es la mejor forma de crecer. En cambio, eché de menos que me contaran de qué va la vida real de una actriz. Es algo que creo que falla en la mayoría de las escuelas, donde deberían enseñarte a ser tu propia empresa, a moverte en el mundillo, a hacerte un videobook y unas fotos, a saber las puertas en las que puedes tocar… Todo eso lo he ido aprendiendo yo sola. Me grabé unas escenas y mandé unos 80 correos a todos los representantes de España. Solo uno me propuso tomar un café y conocernos, y se acabó convirtiendo en mi repre actual”.
 
   Tras terminar en Arte 4, la formación de Algora no ha cesado. Ha pasado por un training actoral en el Estudio Juan Codina, el máster de un año en La Central de Cine y un módulo de Fernando Piernas. Ahora es alumna de Natalia Mateo en su curso de Las tres disciplinas (guion, dirección y actuación), también en La Central de Cine.
 
   “De las siete chicas que acabamos en Arte 4 en mi promoción, solo dos seguimos en ello, apostando de verdad al cien por cien”, me cuenta María, y se reafirma: “La espera de oportunidades es matadora, pero creo que hay que focalizar y centrarte en tu objetivo como actriz; si ahora me pongo a estudiar una carrera como plan B, me estaría preguntando cuántas posibilidades me voy perdiendo por dedicar tanto tiempo a otra cosa. Sé que esta es una carrera de fondo, pero soy muy ansiosa y tengo que saber gestionarlo”.
 
   En estos últimos años, María no ha dudado a la hora de generar ella misma trabajo y escaparates. Escribió y protagonizó un corto para Notodofilmfest el año pasado, Omnívoros, y este año ha actuado en dos más y dirigido otro. “Ahora mismo, en el punto en el que estoy, creo que es cuando más segura me siento, con mucho que ofrecer. Si me entra el miedo a que no me llegue una oportunidad, pienso en mis padres, que me han apoyado mucho y quiero que vean que estos años han tenido sentido. Pero quiero disfrutar cada paso por pequeño que sea y no agobiarme”, me explica. Su paso más próximo: un microteatro en sesión golfa en julio, Tres y a escena, escrito y dirigido por David Planell.
 
   ¿Y qué le diría María a una joven dispuesta a encaminar sus pasos hacia la actuación? “Que se forme, claro, pero que aprenda cuanto antes que dedicarse a esto va a ser como jugar a piratas”, me contesta la pirata Algora. 
 
 

 
 
 
Daniel De Llano: de hoteles y monólogos en el metro
“Cuando te zambulles en esta profesión, te das cuenta de que esto no consiste en escupir un texto, sino que hay mucho detrás. Me gustaría que todo el mundo se preparase y se lo currase, pero a veces los actores competimos con abogados y albañiles que han decidido que ellos también quieren ser actores, sin formarse”, me cuenta Daniel De Llano con resignada sinceridad.
 
   Daniel nació en Córdoba, donde estudió flauta travesera y danza. Ya de adolescente sabía que quería dedicarse a algo artístico, pero no daba con la tecla adecuada. A los 18 años se mudó a Lanzarote para buscarse la vida sin un rumbo claro. En la isla acumuló trabajos de hostelería, y uno en concreto le resultó especialmente desafiante: “Me contrataron como jefe de animación en un hotel y tenía que montar un espectáculo cada noche para los clientes. Ahí empecé a improvisar y a buscar sketches en YouTube para reproducirlos, y me di cuenta de que el escenario me gustaba”.
 
   Y entonces la Escuela de Actores de Canarias se presentó como un atractivo y coherente objetivo. Daniel cursó dos años de Interpretación Textual allí antes de solicitar el traslado a la Resad de Madrid, en la que acaba de presentar su Trabajo de Fin de Especialidad: el monólogo Novecento, de Alessandro Baricco, que para De Llano ha sido “un intento de ver qué tal se me da la autoproducción, para aprender a montarme yo mismo un espectáculo propio y poder ofrecerlo a una sala”.
 
   “Sobrevivir en Madrid no ha sido fácil”, me relata Daniel, y prosigue: “Durante un tiempo me cubría los gastos diarios con lo que ganaba haciendo monólogos propios en el metro. Calculaba los minutos entre estaciones, entraba al vagón, tragaba saliva y me lanzaba a interpretar el monólogo. Algunos me escuchaban pero otros seguían a su bola. No quería dinero por pena, sino ofrecer un producto artístico, pero entendí que no puedo obligar a nadie a que me escuche. De todos modos, muchas veces lo disfrutaba y me podía sacar unos 20 euros en 10 minutos. Me hice una página de Facebook, Monólogos para sonreír, a modo de diario de actor contando mi día a día. Después de tres meses, decidí dejar los monólogos en el metro y me puse a tocar música irlandesa en la calle, que era menos violento”.
 
   Ahora las piezas del puzle de Daniel comienzan a encajar. “He dado tumbos un poco desorientados, pero me gusta haber vivido mucho: las vivencias también son herramientas para el actor. Me viene bien haber tenido jefes capullos, haber limpiado mierda en retretes ajenos o que me hayan pegado cuatro voces cuando he hecho las cosas mal. Creo que es algo que va a ayudar a manejar el ego, las críticas o la competitividad a la que ya me enfrento, en la propia escuela”.
 
   ¿Y los planes a corto plazo? “Termino en la Resad, pero mi formación no acaba aquí. Quiero mejorar sobre todo en lo audiovisual, ante la cámara, y grabarme unas cuantas escenas para tener un videobook hecho con mimo y moverlo. Ahora mismo creo que estoy preparado para currar de forma profesional, pero quiero ser muy bueno, el mejor actor posible”, responde.
 
 
 
Pulso stop en mi grabadora. Releo lo escrito y me doy cuenta del chute de energía y pasión que me han transmitido Daniel, María, David, Cristina, Fran y Lucía. Seis actores con todas las letras. Seis jóvenes cargados de futuro que merecen muchos más éxitos que sinsabores en esta profesión. Y de pronto recuerdo algo más que me dijo Lucía en su entrevista: “Por suerte o por desgracia, trabajamos con material humano y por eso es inevitable que te dejes algo tuyo en el camino. Si no te dejas algo tuyo, quizás lo estás haciendo mal”. Con solo 22 años, no puede haber resumido mejor el vertiginoso abismo de vulnerabilidad y sacrificio que conlleva una profesión artística. Feliz camino, muchachos.
 
 
 
Roberto Pérez Toledo es director y guionista. Su filmografía incluye docenas de cortometrajes y películas como Seis puntos sobre Emma o Los amigos raros. Este verano estrena Como la espuma
04-07-2016 Versión imprimir
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