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23-07-2015 Versión imprimir

 
Una confortable y alegre vida sobre el escenario y ante la cámara
 
 
 
NURIA DUFOUR
A punto de cumplir los 90 (nacía un 13 de agosto de 1925 en Barcelona) fallece en Madrid José Sazatornil Buendía, ‘Saza’, un icono de nuestra escena. El actor adoraba un oficio para el que “no debes tener nacionalidad, religión, ideas políticas, dignidad, dinero ni años”. Así se lo dijo un compañero cuando comenzaba en la interpretación y así lo declaraba él en la primavera de 2009 a la revista Actúa.
 
   En sus siete décadas de trayectoria –con más de un centenar de títulos entre películas, montajes y series– ‘Saza’ provocó la risa, cuando no la carcajada, en cuanto su rostro, su voz y ese inconfundible bigote aparecían en la pantalla o sobre el escenario. Un bigote que se dejó crecer harto de pegarse el de quita y pon que usaba en multitud de funciones.
 
   Ser actor siempre estuvo en su cabeza. Conoció y se aficionó al teatro de niño, gracias a su padre, al que acompañaba con frecuencia a ver zarzuelas y comedias en su Barcelona natal. A los seis años ya se había subido al escenario de su colegio, donde hizo de ángel anunciador en una función navideña, pero es con 13 cuando se suma a un grupo de teatro aficionado con el que estrena cada domingo una obra distinta.

 
   En los años cuarenta simultaneaba las bambalinas con los estudios en los Hermanos de la Doctrina Cristiana, además de ayudar en el negocio familiar, un pequeño comercio maderero. Luego comenzaría de aprendiz en una camisería propiedad de un amigo de su padre. “Quizás hubiera sido un buen vendedor de corbatas o un representante de zapatos. Si soy actor, fue porque me llevaron al sitio adecuado en el momento adecuado”, aseguraba en una entrevista al diario El País en junio de 1995. Pero tal vez podamos afirmar sin miedo al error que aquellos oficios conformaron su inconfundible forma de construir los personajes.  
 
   Apenas cumplidos los 20 debuta como profesional en el Teatro Victoria barcelonés. Al poco tiempo se traslada a Madrid para formar parte de la compañía de Paco Martínez Soria, con quien había coincidido en el reparto de su primera película, Fantasía española (1953). Aunque no tardó en abandonar la agrupación para crear la suya propia, que mantuvo durante ocho años con muy buenos resultados. “La crisis en el teatro no existe cuando la obra funciona”, decía ese genio que tan bien conocía el medio. Aquella Filomena Marturano (junto a Concha Velasco) y La venganza de don Mendo (que él mismo produjo) son dos de las piezas que más se recuerdan de su andadura teatral.

 
   Entrada la década de los cincuenta le llega el cine. De la mano de Javier Setó y gracias al productor y director Ignacio F. Iquino –quien decidió que el nombre artístico de José Sazatornil Buendía fuera la primera mitad del apellido paterno–, participa en la película Fantasía española. Luego sería el turno de Los gamberros, Al fin solos, Goodbye Sevilla, El golfo que vio una estrella, La pecadora, Sitiados en la ciudad… ¡A razón de cuatro títulos por año!

   En los sesenta y setenta adquiere gran popularidad con comedias como Las que tienen que servir, La ciudad no es para mí, ¿Qué hacemos con los hijos?, Un millón en la basura, Las viudas, Carola de día, Carola de noche… Y no es menos sonada su participación en títulos del llamado cine del destape, entre ellos El love feroz o El último tango en Madrid, exponentes de un género del que hablaba en nuestras páginas: “Causaron una gran conmoción porque no se había visto nada igual”.

   Inolvidables fueron su funcionario falangista Sinsoles en el filme de Antonio Mercero Espérame en el cielo –por el que recibió un primer y único Goya–, aquel cabo Gutiérrez de la Benemérita aficionado a Faulkner en Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda), su sarcástico empresario catalán que entendía el acercamiento al poder político como atajo rápido para posicionar bien sus negocios en La escopeta nacional de Berlanga, o el modesto comerciante que pretendía cobrar una deuda a la Administración en Todos a la cárcel. Le dirigía también entonces el cineasta valenciano, con quien ya había colaborado años antes en un pequeño papel para El verdugo y al que tuvo que plantar en algunas ocasiones por estar representando teatro. “Si uno tiene ingredientes buenos, hace un excelente plato. Eso es lo que tiene el cine de Berlanga”.

   Siempre vio la comedia como el género en el que mejor se defendía. “No se puede imaginar lo que supone decir una frase y que el público responda con carcajadas”, contaba durante una entrevista al diario El Correo en 2006, con motivo del estreno de Vete de mí (Víctor García León) en el festival de San Sebastián. Esa fue su última aventura cinematográfica. Preguntado por el periodista acerca de su impresión sobre dicho largometraje, contestaba, no sin cierta sorna: “En el celuloide ruedas la película y no te enteras de lo que has hecho hasta que no se estrena”.

 
   Tenía a gala aprenderse los papeles con rigor, aunque reconocía que tardaba en memorizarlos. “Nadie sabe lo que me cuesta. Sería incapaz de hacer esas series en las que te dan un guion y te lo tienes que saber para el día siguiente”, decía. A la televisión había llegado en 1974 con Los maniáticos, donde encarnaba a Jonás, un viudo al frente de una estrafalaria familia bajo cuyo techo vivía también la criada Jacinta (Florinda Chico). Transcurrió una década hasta que su rostro se vio de nuevo en la pequeña pantalla gracias a las series El jardín de Venus, Tot un senyor, Tercera planta, inspección fiscal e Historias de la puta mili.

   Su dilatada labor como intérprete fue reconocida por sus colegas hace un año con el premio Toda Una Vida que concede la Unión de Actores. Y en febrero de 2013 ya había sido distinguido con el de trofeo honorífico del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC). El alzhéimer había tocado entonces a su puerta, pero tras llegar al escenario presumiendo de vis cómica, consiguió articular el siguiente discurso: “Perdonen ustedes, pero es que estoy pasando un momento difícil de vista, ese es el motivo por el que estos señores me han agarrado para subir las escaleras”.

 
   De ‘Saza’ es bien conocida una anécdota. Si nadie le decía nada cuando entraba a una tienda, no dudaba en preguntar abiertamente: “Oiga, ¿es que usted no me reconoce?”. Evidenciaba una enorme cercanía con sus personajes. Y eso nunca lo olvidaremos. En cada ocasión que se le entrevistaba o premiaba, que fueron muchas, manifestaba la gran suerte que había tenido en la profesión. Cuando en diciembre de 2010 recogió el Premio Actúa de AISGE, celebró ante cientos de compañeros una vocación que le había permitido alcanzar “el colmo de la felicidad”.

   Y es que presumía de no haber discutido jamás con nadie. Verdad o no, esta afirmación revelaba su personalidad afable y la razón del éxito de sus personajes. “No me meto donde no me llaman”. Tampoco se quedaba con ningún momento concreto de su carrera, pues todos fueron para él igual de especiales. Muy ‘Saza’. Consiguió su mayor aspiración: vivir tranquilo. Y jamás pensó en retirarse. “Hasta que el cuerpo aguante”, decía a sus 84, cuando aún le quedaban cinco años más por delante. 
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