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11-11-2016 Versión imprimir

Nieva y Cohen,
dos genios
juntos en el adiós


 
RUBÉN DEL PALACIO
Las casualidades de la vida, o quién sabe si los caprichos de los dioses, han querido que dos de los más grandes nombres de la cultura internacional nos dijeran adiós de manera prácticamente simultánea. El dramaturgo español Francisco Nieva fallecía a los 91 años al tiempo que, al otro lado del Atlántico, la familia de Leonard Cohen comunicaba la pérdida de este enorme compositor canadiense, de 82 años, una de las voces más singulares e influyentes de la música y la poesía del último medio siglo.
 
   Pocos palos artísticos dejó sin tocar el polifacético Francisco Nieva, que fallecía este 11 de noviembre a pocos días de cumplir 92 años. Director teatral y escenógrafo, dibujante, autor de novelas y ensayos… pero fue sobre todo un dramaturgo insaciable. Sus primeros pasos los dio como artista plástico tras estudiar pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y esa vocación primera hizo que entrase en contacto con el teatro a través de sus decorados para montajes dirigidos por Adolfo Marsillach o José Luis Alonso, manteniendo sus escritos inéditos hasta 1971 pese a cultivar esa labor desde 1949. Las páginas de la revista Primer Acto publicaron por entonces Es bueno no tener cabeza, punto de partida para 45 años de producción tan transgresora como intensa, pues el manchego había alumbrado casi 40 títulos antes de rubricar el último en 2015: Salvator Rosa o El artista.

   “Nieva escribe un teatro de la tentación esencial, del éxtasis supremo, del gozo irrefrenable y violento de los instintos”, apuntaba el difunto crítico Moisés Pérez Coterillo. Ese espíritu rompedor en lo estético y lo moral que había adquirido en París tardó algún tiempo en calar entre el público español, aunque resultó clave para alimentar su amplio y prestigioso palmarés desde bien temprano: en 1980 ganó el Premio Nacional de Teatro por Los baños de Argel, preludio de su año de gloria en 1992 gracias al Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de teatro por Manuscrito encontrado en Zaragoza, aunque las distinciones continuaron en 1996 con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Su tierra natal le aplaudió en 2010 con el Premio Corral de Comedias del Festival de Almagro. “Se nos va Francisco Nieva, nuestra J en la RAE. Malo cuando el cielo empieza a ponerse más interesante que la tierra”, lamentaba en Twitter la actriz Ana Milán. Y es que, por si todo fuera poco, el genio era académico desde abril de 1990.
 
 
Exhausto y arrodillado
El autor de canciones tan inmortales como Suzanne, Bird on a wire, So long Marianne o Hallelujah sabía que su final estaba próximo cuando, hace menos de un mes, entregó al mundo su decimotercer y último trabajo discográfico. Se titulaba You want it darker (Lo quieres más oscuro) y sonaba a despedida y a elegía desde sus primeros versos, ese estribillo en que el bardo de Montreal repetía como en una salmodia: “Estoy preparado, Señor”. Cohen había emprendido su trayectoria musical en 1967, ya con 32 años y con una sólida y reputada obra poética a sus espaldas. Había obtenido el Premio Príncipe de Asturias en 2011 y siempre sonó para el Nobel de Literatura, el mismo que consiguió, contra pronóstico, Bob Dylan el mes pasado. En su última rueda de prensa, y lejos de mostrar cualquier asomo de envidia, el canadiense exclamó que cualquier reconocimiento al de Duluth era “como ponerle una medalla al Everest”.
 
   Cohen deja una huella imborrable en quienes le vieron alguna vez sobre un escenario. Su última actuación española, el 5 de octubre de 2012 en el madrileño Palacio de los Deportes, se saldó con más de tres horas y cuarto de concierto y un Cohen arrodillado, en señal de agradecimiento, frente a los 15.000 asistentes. Tenía entonces ya la muy respetable edad de 78 años, pero su generosidad y su humildad solo han podido ser doblegados por la parca. Ahora podrá encontrarse con Federico García Lorca, el poeta al que más admiró. Y con Enrique Morente, el más peculiar de sus amigos: ni el uno hablaba inglés ni el otro castellano, pero se entendían con la mirada. El cantaor también era lorquiano, humilde y genio, y con eso siempre fue suficiente. 
11-11-2016 Versión imprimir
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