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30-10-2014 Versión imprimir

 
“Quiero llegar a ser actor algún día”

Se considera novato en este oficio y tiene el aprendizaje como prioridad. Su corta trayectoria esconde anécdotas memorables
 
HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
Estaba predestinado a triunfar ante la cámara. Y es que este gurriato (así llaman a los naturales de San Lorenzo de El Escorial) de 25 años creció en el videoclub que regentaba su madre y trabajó como vendedor de películas en un centro comercial. Pero fue una lesión lo que finalmente le animó a probar suerte como artista. “De niño empecé a darle patadas al balón y llegué a entrenar a varios equipos de fútbol sala”, recuerda, “hasta que me operaron de una rodilla y vi que eso ya no era para mí”.
                                    
   Tiempo atrás había descubierto Un franco, 14 pesetas en televisión y la alquiló luego para verla entera, sin imaginar entonces que la madre del joven protagonista de esa cinta coincidiría con su propia madre por motivos laborales y le facilitaría el teléfono de una agencia. Así comenzó una aventura que, cosas del destino, le ha conducido precisamente a la segunda entrega que retrata la vida del actor y director Carlos Iglesias en la Suiza de los años sesenta y setenta: 2 francos, 40 pesetas.
                                     
   Ese ha sido el arranque de su periplo cinematográfico, continuado después con Los amigos raros, un #littlesecretfilm de Roberto Pérez Toledo rodado sin apenas presupuesto en solo 13 horas. A las órdenes del canario también ha hecho el cortometraje Paja mental, que figura en su currículum junto a otras piezas breves como Fumando espero o Almohada. No obstante, su popularidad se la debe al Cristóbal de la serie histórica Toledo, un entrañable próximo a la corte de Alfonso X El Sabio.

 
− Pasar la infancia entre cintas no es lo más habitual. ¿Qué tipo de cine era su favorito en aquel tiempo?
− Yo era el primero que veía los filmes y luego le contaba a mi madre qué tal estaban. Cogía incluso las que no me dejaba ver: el local tenía dos plantas, pero solo estaba abierta al público la de arriba, así que yo me pasaba las horas abajo con mi VHS. Una de las que vi sin permiso fue Diario de un rebelde, con Leonardo DiCaprio, quizá un poco fuerte para la edad que tenía. ¡Siempre me ha encantado ese actor! También me impresionó en El hombre de la máscara de hierro.

¿Se le pasó por la cabeza alguna vez la idea de dedicarse a esto? 
− ¡Desde pequeño he sido muy peliculero! Salía del cine e imitaba lo que había sucedido en la pantalla. Recuerdo que me puse a luchar con mi hermano a espadazo limpio después de ver La Guerra de las Galaxias [Risas]. Y en el colegio me apuntaba a todas las actuaciones teatrales.

¿Cómo recuerda sus pinitos en publicidad?
− Lo cogí con muchas ganas, tenía curiosidad por descubrir este mundillo. En mi primer anuncio, que fue para Ikea, aparecían varias parejas en la cama. Fue una aventura graciosa: saludé a la chica con la que me había tocado actuar, nos desnudamos, empezamos a besarnos y fingimos que follábamos. ¡Todo eso sin conocernos de nada! Lo curioso es que disfruté bastante, no me pareció tan complicado.

− Ese medio no suele entrañar grandes retos interpretativos. ¿Qué aporta entonces?
− Está muy bien pagado, con suerte ganas mucha pasta. Yo recurrí a ello como manera de meter la cabeza en la profesión, para que los directores de casting vieran que tenía cierta experiencia. Ahora solo haría anuncios en caso de que necesitase dinero urgente, aunque no sé cómo reaccionaría si alguien viniese con un maletín lleno para hacerme una oferta…

 
“La televisión da de comer y el cine alimenta el alma”, ha publicado recientemente en su perfil de Facebook…
− La televisión es lo que realmente da dinero, hoy es muchísimo más difícil vivir del cine. Si pudiera, solo haría películas, pero no soy de esos que pueden elegir entre los cuatro guiones que tienen en la mesa. El trabajo en el celuloide es más lento en cuanto a la preparación y, por tanto, más intenso a la hora de encarnar el personaje. Lo das todo durante los dos meses de rodaje y luego vas a por otra cosa nueva, mientras que la televisión es constante y siempre está presente la presión de la audiencia. Ahora bien, viene muy bien para adquirir experiencia, más aún cuando no has ido a una escuela de interpretación.

¿Cuánta relevancia tiene la formación para un intérprete?
− Si no fuese algo importante, no existirían tantísimas escuelas. Aportan conocimientos útiles, claro, y también otros muchos que no lo son. ¡No es necesario saberse todos los títulos de Shakespeare para ser actor! Además, la mayoría de ellas están orientadas solo al teatro, con la consiguiente desorientación de los alumnos en un rodaje. Al final lo que más cuenta es la eficacia de cada cual. Eso sí, entiendo la indignación de quienes llevan toda la vida preparándose cuando se les adelantan unos jovencitos que apenas tienen idea del oficio, encumbrados sobre todo por su belleza.

− El primer corto donde actuó, ‘Fumando espero’, se tituló así en alusión a Sara Montiel. Ella es uno de los mitos que pueblan el universo del joven Eduardo Casanova. ¿Cuáles son sus referentes? 
− Al Pacino. Es un hombre muy preparado y también tiene mucha calle. Me gustan sobre todo sus inicios, cuando hacía historias de ladrones, policías, mafiosos, espías… Sus papeles en Scarface, El Padrino o Tarde de perros son sencillamente impresionantes. ¡Las veo una y otra vez!

− Esa pieza plasmaba sin pudor los coitos de una madre con su hijo. ¿Temió posibles críticas por encabezar esa historia de incesto?
− Cuando me ofrecen un proyecto no pienso en qué dirá la gente sobre él. Sí me importan, en cambio, las opiniones respecto a mi labor. En la agencia me recomendaron ese cortometraje y no me lo pensé dos veces. ¡Por entonces iba como pollo sin cabeza! [Risas].

 
− Ha vivido rodajes completos a las órdenes de Casanova e Iglesias, mientras que Tristán Ulloa le fichó para el ‘teaser’ de ‘Sofía’, un largometraje jamás estrenado. Todos ellos son intérpretes que también destacan en la dirección. ¿No ha pensado en seguir sus pasos? 
− ¡Claro que sí! Mi meta es trabajar únicamente como actor, pero no descarto la idea de contar alguna historia desde detrás de la cámara. Aunque es muy pronto todavía, necesito mucho más aprendizaje.

“Me he arruinado por producir mis guiones y ahora nadie me los distribuye”, lamentó Casanova en Twitter. A usted le resultará conocida esa cantinela, pues ha participado en productos que se quedaron en el tintero, como ‘XVI’…
− Esa serie de Carlos Montero, creador de Génesis: en la mente del asesino y Física o química, tenía una pinta estupenda. Era de época, estaba ambientada en el siglo XVI, cada capítulo se narraría desde el punto de vista de un personaje determinado… Los dos protagonistas, un chico y una chica en plan Romeo y Julieta, pertenecían a familias enfrentadas. ¡Y el papel masculino era para mí! Es una espinita que se me quedará clavada para siempre.

El corto ‘Almohada’ muestra los disparatados encargados que algunos aceptan para sobrevivir, como encarnar personajes que satisfagan las fantasías sexuales de una pareja. ¿Hay algo que no haría jamás en su trayectoria artística?
− Ahora mismo estoy abierto a todo, no me cierro ninguna puerta. Quiero llegar a ser actor algún día, y para lograrlo, antes debo aprovechar cualquier oportunidad. Tengo tantas ganas de probar tantas cosas… No me gustaría repetir lo que ya he hecho, me parece absurdo, salvo que me permita demostrar que puedo hacerlo mejor que entonces. Y entre mis preferencias figura la acción, me hubiera encantado estar en producciones como El Príncipe o Los nuestros. De hecho, me presenté a El Niño, pero los casting son mi asignatura pendiente…

 
¿Cuál es la mayor dificultad que ha encontrado en lo profesional?
− Lo que más me cuesta es la comedia, estoy más cómodo en el drama. Me parece complicadísimo hacer reír, creo que hay que nacer con ese don. Quizás yo no nací con él, o no lo he encontrado todavía, o no me han dado un papel donde pueda mostrarlo…

Ha asegurado que el peor momento de su carrera fue el día que empezó en ‘Toledo’. ¿Por qué?
− Era el trabajo más importante al que me enfrentaba y se me dio tan mal que pensé: “Esto no es para mí”. Me tocó grabar durante toda la jornada, tenía un monólogo extenso… Soy muy exigente conmigo mismo, quiero hacerlo todo bien, y ese día me daba cuenta de que las cosas no salían como esperaba. Cada vez fui a mejor, hasta el punto de desear que hubiera una segunda temporada para explayarme, pues justo en ese momento estaba plenamente suelto.

− “El que ríe en rodaje, llora en montaje”, le decía a veces Juan Diego por los platós. ¿Se llevó algún disgusto al verse luego en pantalla?
− Venía muy bien que los más jóvenes tuviéramos buen rollo, aunque a veces se notaba en pantalla que el curro no había salido como debía a causa de tanta risa. Eso sí, las grabaciones eran serias, no un despiporre continuo. Yo me tomé Toledo como una escuela, sería mejor que mi actuación no se hubiera visto [Risas].

Si volviera a nacer, ¿elegiría el agitado siglo XIII para vivir o fue demasiado duro?
− Aquella época molaría si fuese noble, pero pasaría totalmente de vivirla como plebeyo. Mi Cristóbal cargaba la leña, servía a todo el mundo… ¡Prefiero estos tiempos!

Recientemente ha fallecido Álex Angulo, su compañero en esa ficción. ¿Qué recuerdo guarda de él?
− Buenísimo. Era tan simpático, tan normal, tan atento siempre… Y para mí era el artista más grande de cuantos había en el reparto. Hablábamos a menudo sobre cosas de la profesión porque yo le pedía consejo, quería absorber el conocimiento de los veteranos. ¡Fue un profesor espectacular! Le veía como mi tío mayor, le cogí mucho cariño. Me da coraje que se vayan los buenos y se queden los gilipollas.

 
− Transcurrieron solo unos meses entre el desenlace de ‘Toledo’ y su salto al largometraje con ‘2 francos, 40 pesetas’. ¿Cómo entró en el elenco?
Me habían visto en la serie y me llamaron para hacer el casting. Se presentaron un montón de rostros televisivos de mi edad y, sin embargo, al final me escogieron a mí pese a no ser nada conocido. Carlos Iglesias buscaba precisamente eso para que resultase más fácil creerse al personaje.

− La cinta trata sobre la emigración. Tal como marchan las cosas en el país, y más aún en la cultura, ¿le tienta hacer las maletas?
− No. Estoy empezando en esto, me queda muchísimo por aprender y demostrar, así que no considero que sea el momento de irme. ¡Me quedan unos cuantos años de pelea aquí todavía! [Risas].
 

 
Roberto Pérez Toledo, que ha contado con usted en varias ocasiones, es últimamente su principal valedor…
− Me encanta como guionista porque todo lo que escribe tiene un estilo característico que le distingue del resto. Y también es bueno en la dirección: se porta muy bien, siempre pulsa la tecla acertada para que el intérprete haga lo que él espera, escucha propuestas… Estoy muy contento de ser uno de sus nombres recurrentes. Es un tío genial y, más allá del terreno profesional, tenemos amistad. ¡Le quiero un montón! Le admira hasta mi madre, que en el estreno de 2 francos, 40 pesetas me pidió como loca que les presentara [Risas]. Espero que pronto llegue un productor y le suelte el presupuesto necesario para rodar la historia que él quiera. ¡Ojalá se acuerde de mí cuando eso suceda!

¿Fue tentador aceptar al Sam de ‘Los amigos raros’ a sabiendas de que el público iba a detestarle?
− Confieso que ese papel, a pesar de que el rodaje fue una locura, es el que más me gusta de cuantos he recibido hasta ahora. Es un hijo de puta encantador. Personajes así son los que me satisfacen, lo cual no quiere decir que yo sea un cabrón [Risas]. El director pensó en mí porque, al igual que Sam, soy bastante tímido: suelo estar callado, observo mucho a la gente antes de iniciar una conversación, me expreso con la mirada… Desde el estreno de ese filme hay conocidos que me miran diferente, tal vez con el temor de que en la vida real sea como en la ficción. Creo que piensan: “¡Cuidado, que este me la lía!”.

Ese thriller plasmaba los celos que desatan las redes sociales en las parejas. ¿Se nos ha ido de las manos la comunicación virtual?
− ¡Demasiado! Odio las redes sociales, a veces paso varias semanas sin usarlas, solo las tengo activas por trabajo. Soy incapaz de entender por qué la gente cuenta públicamente dónde va, con quién va, si está comiendo o cagando… ¡A mí qué me importa! [Risas]. En Instagram tengo unos 2.000 seguidores y yo no sigo a casi nadie, lo cual provoca algunos enfados. Tampoco soporto recibir felicitaciones solo por el hecho de que Facebook haya recordado mi cumpleaños con avisos. Y usar WhatsApp me da mucha pena, prefiero una llamada para escuchar la voz del otro.

 
Después de haber pasado por ‘Toledo’ y ‘2 francos, 40 pesetas’, ambas con presupuestos elevados, ¿no le dio pereza involucrarse en una producción tan marcada por la escasez de medios como ‘Los amigos raros’?
− Estoy más animado cuando hay muchas comodidades, como todos, pero de momento no puedo pedir grandísimas cosas. Además, el dinero no es mi primera preocupación a la hora de aceptar una propuesta, aunque está claro que el trabajo se paga. Si me obsesiono con la pasta, no voy a avanzar una mierda. Ya habrá tiempo de pensar en eso.

− A pesar de su carácter modesto, ese título ha convencido. ¿Lee las críticas? 
− ¡Por supuesto! Me encantan cuando son buenas. Y no me enfado si son malas. ¿Qué hago en ese caso? Tomo nota de los aspectos que comparto con el crítico para corregirlos de cara al futuro y me limito a respetar las observaciones con las que no estoy de acuerdo. Aun así, mi mayor crítico soy yo: de vez en cuando me pongo a ver trabajos que he hecho anteriormente para ponerme a parir [Risas]. Y la verdad es que detectar fallos me anima a mejorar.

La parálisis de los productores y la ausencia de subvenciones han alentado el ‘crowdfunding’ como tabla de salvación. ¿Es sostenible este modelo?
− Está bien para sacar adelante los proyectos de profesionales que necesitan un pequeño empujón económico. Lo importante es que se sigan haciendo cosas pese a las piedras que nos ponen en el camino. No obstante, mi experiencia personal me hace dudar de dicha fórmula: he puesto dinero en alguna ocasión y todavía no he visto nada estrenado. ¡Al final uno se siente gilipollas!

 
Es jugador habitual de partidos benéficos. ¿Tienen los intérpretes el deber de utilizar su repercusión para dar voz a múltiples causas y conseguir que la sociedad se implique?
− Yo solo colaboro con cosas que me mueven por dentro, y lo hago como ciudadano, no por haber tenido un personaje popular en televisión. No obro de una determinada manera por el simple hecho de dedicarme a esto. Sigo siendo el chaval de San Lorenzo de El Escorial que vive con su familia y sale con sus amigos.

¿Hay algo con lo que esté especialmente sensibilizado?
− Con la lucha contra diversas enfermedades. Si practicando mi deporte favorito ayudo a encontrar una cura o a mejorar un tratamiento, ¿por qué no voy a hacerlo? Y también me motiva la iniciativa Más que Fútbol, que me ha llevado a varias cárceles para jugar con presos. Están cansados de ver siempre a las mismas personas, así que se entretienen un rato en compañía de gente nueva.
 
Sus fans le acompañan en muchos de esos encuentros. ¿Es fácil mantener los pies en el suelo al saber que levanta pasiones?
− No me vengo arriba. De los cuatro o cinco clubes de fans que tuve mientras actuaba en Toledo, hoy solo sobreviven uno o dos. Y que sigan funcionando tanto tiempo después de terminar la serie significa que algo hago bien. Lo mínimo por mi parte es corresponder esa atención: jamás he puesto mala cara a quien se ha acercado para saludarme o pedirme una foto. Al fin y al cabo, curramos gracias a nuestros seguidores, pero mejor pasar desapercibido por la calle. “El actor debe ser el observador, no el observado”, dice Óscar Jaenada.

 
Quizá vivió de cerca el declive de los videoclubes, causado sobre todo por las descargas ilegales de cintas. ¿Qué opina acerca de la piratería?
Nosotros dejamos el negocio antes de que llegara la muerte absoluta del sector. Hoy, cada vez que encuentro un videoclub abierto, pienso: “¿Qué tendrán montado ahí? ¡No me creo que vivan del alquiler de películas!”. Muchos se quejan de que una entrada de cine es cara y, sin embargo, después salen el fin de semana para beberse copas de 12 euros. ¿Qué es caro entonces? Esa es la actitud que subyace bajo la piratería, una lacra que desprestigia la labor y amenaza el sustento de un montón gente. Los gobernantes deberían darle más caña legal al tema y, de paso, lanzar campañas de concienciación para atajar tan mala costumbre.
 
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