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29-06-2017 Versión imprimir

 

Alba Flores
 
 
 
“Un buen actor
come con una mano e investiga con la otra”
 


Afincada en el audiovisual y enamorada del teatro. Cuando experimentar es el juego, no hay nada como una ducha para salir del personaje


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)
Alba Flores llega acalorada a una cafetería en la madrileña plaza de Santa Ana. Solo un rato después estará en el Teatro Español, al otro lado del concurrido recuadro. De camino entre un lugar y otro, esta artista que se cultivó en la escena independiente se cruzará con las estatuas de Lorca y Calderón de la Barca. También la interceptará algún turista que le pregunta si es modelo.
 
 

 
 
 
   A Flores le toca ensayar esa tarde Las troyanas, la pieza que estrenará en el Festival de Mérida y a la que hace un hueco entre las jornadas de grabación de La casa de papel, su primer cometido ante las cámaras tras haber salido de la exitosa cárcel de Vis a vis. Esa producción obtuvo un Ondas en reconocimiento a su reparto femenino, que también incluía a Najwa Nimri o Maggie Civantos. Por ello no suenan extraños los rumores de que la cadena Fox quizá recupere aquella ficción, con una tercera temporada descartada ya por Atresmedia.
 
   Tras más de tres lustros de formación —parte de ellos con Juan Carlos Corazza—, quien debutara en la gran pantalla gracias a El Calentito (2005) sueña ahora con unas vacaciones. Porque la actriz a la que también vimos en El tiempo entre costuras terminará su jornada, según cuenta, cerca de la medianoche. Es junio en el Madrid donde Flores nació 30 años atrás, y numerosas fachadas de la ciudad quedan casi ocultas tras los carteles de la plataforma de ficción a la carta Netflix.
 
 

 
 
 
Las troyanas será su primera vez en Mérida. ¿Le impone?
— Un poco. He estado alguna vez entre el público del anfiteatro y era una experiencia mágica. Siempre pensé que me gustaría una actuación mía allí. Acabamos de empezar los ensayos. Cuatro días de lectura que, de momento, han sido la leche. El texto es potente y nos va quedando algo contundente.
 
¿Cómo definiría su carrera hasta ahora?
Siempre he puesto el foco en la creatividad y la experimentación. Andando por ese camino he visto cómo llegaba un éxito profesional más mediático. Pero todavía hago talleres de todo tipo y me mantengo en grupos de teatro alternativo. Me gusta jugar, descubrir qué teatro es el más útil a nuestro tiempo.
 
 

 
 
 
— Es un tiempo incierto. ¿Qué teatro nos corresponde?
¡Si lo supiera, no investigaría! Esto no es como la química. Pero sí hay unos puntos en los que, creo, estamos de acuerdo. El naturalismo, la imitación de la realidad, queda muy bien en el cine. Y quizá el teatro antes debía ir por ese camino. Pero ese momento pasó. Hoy a la escena le toca la plasticidad, jugar con otros lenguajes. Volvernos un poco locos y buscar nuestros límites.
 
¿De ahí que su último espectáculo, Drac Pack, fuera un cabaré?
— Hubo un espíritu más lúdico que de investigación. Éramos tres compañeras [Flores, Najwa Nimri, Anna Castillo] que queríamos sacar adelante una historia y, sobre todo, entonar unas canciones que teníamos muchas ganas de cantar. Aunque ejercíamos de maestras de ceremonias, representé el papel como en una ficción: aprovechando cosas de mí, pero encarnando de lleno un personaje.
 
— ¿Y resulta sencillo salir del personaje? Porque contó que Vis a vis le endureció el ánimo.
Pude abrir puertas que hasta entonces no había tocado. Ni siquiera había tenido necesidad de acercarme a ellas. Me puse en contacto con la violencia. Pero el rodaje era frenético y muchas veces me llevaba la cárcel a casa. Cuando me ocurren cosas así, basta con que un amigo me pregunte qué me sucede para que el hierro se me vaya de la cabeza. Me despierta que mis allegados me traten hoy con la sencillez con que siempre lo han hecho. Y también me cuido yo: una buena ducha hace milagros.
 
— Más allá de lo expresivo, había un trabajo muy físico. Palizas incluidas.
Trabajaba con todo el cuerpo. Pero me lo pasaba bien gracias a toda la preparación que tuve de antemano. Las peleas están trazadas siguiendo una coreografía. Me divierten mucho, son como un baile.
 
 

 
 
 
— Hoy rueda La casa de papel en los mismos estudios de Vis a vis. ¿Entendió que aquella serie acabara?
Queríamos seguir, pero nos dijeron que no e hicimos lo que pudimos para darle un buen final. Ojalá la rescate Fox, como se rumorea. Grabando en esos estudios me siento como en casa, aunque solo sea porque conozco a la vigilante. Cuento con más intimidad y libertad para hacer mis cosas locas.
 
Ve muchas series norteamericanas. ¿Debería nuestra industria aprender de ellas?
Claro. Están en un momento dorado. En EEUU las series son hoy mejores que el cine y el teatro. No solo en la factura, sino en el contenido. 
 
— ¿Fue El tiempo entre costuras un paso hacia esa forma de contar las cosas?
Fui allí creyendo que iba a trabajar para la televisión y resultó parecerse más al cine. Por ejemplo, en el estudiado tratamiento de la luz. Desde entonces la pequeña pantalla tiende cada vez más a la factura cinematográfica. Las ficciones en las que he trabajado, desde luego, han seguido esa pauta.
 
 

 
 
 
¿Y cómo es trabajar en el Centro Dramático Nacional para alguien que se ha curtido en el teatro independiente?
Por primera vez no me tocaba hacerlo todo. ¡Anda, un escenógrafo! ¡Anda, un iluminador! Se me ocurría que en una escena debía aparecer un puñal por alguna parte y alguien de atrezo aparecía con siete cuchillos en la mano para preguntarme cuál quería.
 
— Empezó su formación interpretativa a los 13 años. ¿Aprendió algo que jamás podrán conocer quienes llegan después al oficio?
Me llenó más en lo personal que en lo profesional. Estaba un poco perdida y encontré un montón de chavales cuya manera de vivir se parecía a la mía. Gracias a ellos tengo pocos prejuicios y mucha confianza en la imaginación. Allí entendí que esta profesión es como un juego. Los actores nos abrimos al director y él entra hasta la cocina. Es casi un ejercicio de amor.
 
¿Y qué aprendió al salir de la escuela?
Que hay que aguantar. Aunque sea muy difícil. En el taller hay una rutina diaria en la que actuamos junto a otras personas, así que resulta sencillo mantener la creatividad viva. Pero salimos de allí solos, porque ya no vemos a nuestros compañeros cada día. Aprendí a valorar ese mundo anterior, pero también supe hacerme autónoma. Aún hablo con Corazza, pero no le pregunto por mí. Cuando estoy con él hablamos de la deriva teatral.
 
 

 
 
 
¿Cómo ve esa deriva?
Hay mucho movimiento. El teatro institucional está cambiando, han llegado nombres nuevos [a la dirección del Matadero de Madrid, del Teatro Español, de los Teatros del Canal]. Me pregunto qué ocurrirá en septiembre, cuando los recién llegados empiecen a presentar sus nuevas temporadas. Estoy muy expectante. Entra sangre nueva, y eso es la leche.  
 
¿Existe una brecha entre esa escena institucional y el teatro off?
— ¡
Ojalá hubiera más! Muchas de las propuestas que normalmente asociamos a los círculos independientes, en realidad aspiran al masivo circuito comercial. Entonces, no hay valentía: nadie se lanza a la búsqueda de esa creatividad más libre, a investigar, a romper moldes. 
 
— A veces esa libertad trae precaeriedad.
— Sí. Pero no podemos supeditarlo todo al dinero. Entonces habría poca investigación. Y no lo digo yo, ¡lo dicen los propios científicos! Hay tiempo para todo: un buen actor come con una mano, en trabajos más alimenticios, e investiga con la otra. Pero no debemos esperar que aquello con lo que experimentamos sea rentable.
 
 

 
 
 
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