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31-01-2018

Ilustración: Luis Frutos

Ilustración: Luis Frutos

LÍNEA DE TELÓN
 
 
Cuarteles del silencio
 
 
ALBERTO CONEJERO
Creíamos que el silencio era incansable, invencible. Desde la inauguración del mundo estuvo allí, sucediendo para que todo pudiera ser escuchado luego. Al fin y al cabo, la vida es un pequeño estruendo entre dos silencios infinitos. El lenguaje entonces se despliega como resistencia a esa mudez. Perforamos en la veta inacabable del silencio y de ahí extraemos la música, la poesía. La materia fundamental de toda expresión artística es el silencio. Pina Bausch extenuaba los cuerpos y los callaba para que escucháramos su cansancio, el rumor ahogado en las arterias, el aire llorando por los pulmones. El silencio es siempre promesa de algo. La especulación, el sueño y el pensamiento germinan mejor en sus confines.

  Lo creíamos incansable, invencible. Pero no es cierto. El silencio está en la trinchera de su derrota: por infrecuente, por despreciado. Nos han hecho creer que el aburrimiento es algo malo y el silencio su triste comparsa. En cualquier punto del planeta un ejército de mercaderes combate el silencio. Lo consideran improductivo, estéril, inútil desde su lógica salvaje. No renta. El silencio es el rincón de pensar, de soñar, de imaginar. En él se amparan los revolucionarios, los sediciosos. Y eso no se puede permitir, no vaya a ser que a alguno le dé por protestar luego.

   Por eso hay que sostener el silencio, proteger su elocuencia, acompañarlo donde se pueda. Hace ya algunos años esperaba por una Antígona en Epidauro. Todo el teatro era bullicio y jaleo. Una formidable batahola de estudiantes sobre las piedras milenarias. Pero de repente se apagaron las luces y todo quedó en silencio. De los olivares cercanos llegó entonces el canto de los grillos. Sentí el asombro de la muchachada, enmudecida en el imperio de la noche. Para que haya intimidad es necesario no decir (que siempre es decir de otro modo). Por eso cada vez que un teléfono suena en un teatro o en una sala de cine algo de la experiencia queda irremediablemente dañado.
 
   Necesita el silencio escuadrones, cuarteles, aliados. A los estudiantes de interpretación, de guión o escritura teatral, habría que enseñarles el silencio; conducirles a los pocos lugares donde aún sucede y dejarlos allí largo tiempo. En el corazón de un bosque, en un teatro vacío, en un museo no avasallado, o simplemente en una sala de ensayo sin que nada suene. Pero no sólo a ellos. A los estudiantes de Medicina, de Derecho, de Empresariales, etc. Y también a la chavalería de los institutos. E incluso, si se dejan, a los que nos gobiernan. Un golpe de silencio, un encierro con el estrépito de la conciencia. Llegará entonces lo que los antiguos griegos denominaban “la música de las esferas” y Saint John Perse nombró “la exclamación de los astros solitarios”; y luego sucederá en sus cuerpos algo imprevisto, maravilloso, fiero. Algo que sólo nos entrega el silencio y que nunca nos hará peores.





Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta. Ganó, entre otros, el Premio Max por La piedra oscura. Otras de sus obras teatrales son Ushuaia o Todas las noches de un día, mientras que Si descubres un incendio fue el título de su primer poemario

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