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03-10-2018

           

Línea de telón


Una gran emoción política 

de La Phármaco


ALBERTO CONEJERO

       

Ilustración: Luis Frutos

 

He tardado demasiado en hablar de danza en este espacio que semanalmente compartimos ustedes y yo. Una ausencia que, aunque imperdonable, se ha debido a la certeza de saberme desprovisto de un lenguaje preciso para dialogar con el cuerpo que baila y también el miedo de ensombrecer con literatura el fulgor de la carne poética y desplegada para el misterio. Pero asumo mi torpeza antes de seguir contribuyendo a la invisibilidad de la danza. Seríamos un país mejor si ésta tuviera más presencia en el imaginario colectivo. 


   Siento un respeto hondísimo por quienes han hecho del baile su oficio, por aquellos hombres y mujeres que siguen poniendo el cuerpo al servicio del misterio; los que convierten sus órganos, sus huesos, sus lágrimas, su carne, en territorio del arte. En un tiempo arrodillado ante lo digital y lo virtual, los bailarines aparecen como fieros baluartes de nuestra humanidad. Ellos nos recuerdan que no hay nada más importante que un cuerpo, nada más sagrado que aquello que nos sostiene, albergue del espíritu (sea lo que sea), morada de nuestra fragilidad y de nuestra potencia. El cuerpo por delante. En su extraordinario El origen de la danza, Pasqal Quignard nos habla de la fragilidad del cuerpo de los bailarines: un cuerpo des-valido, des-protegido, des- armado. Porque el cuerpo que baila es el cuerpo antes del yo, antes de la clausura a la que nos confina nuestro nombre y apellidos, nuestro idioma; el cuerpo que baila es el cuerpo antes de cualquier lenguaje excluyente; el cuerpo que baila nos remite a nuestra condición primera y también a la última. Un cuerpo frágil que apenas se sostiene, una poderosa fragilidad, un desequilibrio portentoso, expuesto a la pérdida, a la violencia. Y siempre el cuerpo en estado de gracia, bendecido fugazmente por lo eterno, elevándose desde lo mundano hacia lo sagrado.


   Sea esta, dedicada a la compañía La Phármaco, la primera de muchas; les prometo que no tendrán que volver a pasar 32 ocasiones para que vuelva a suceder. Un país que cuenta entre los suyos con compañías y figuras como Israel Galván, Malpelo, Rocío Molina, Los Corderos, Chevi Muraday, Alberto Velasco, Korsia, Mónica Runde, La Veronal, Antonio Ruz, o la que da lugar a esta columna, La Phármaco –por nombrar solo algunos de los que conozco más de cerca por estar precisamente en permanente encrucijada con el teatro— debería auspiciar muchísimo más el conocimiento y disfrute de la danza.


   El último montaje de la compañía La Phármaco —capitaneada por Luz Arcas y Abraham Gragera— se titula Una gran emoción política. Confío en que pueda verse en muchos más lugares después del Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional, donde ha visto la luz como aldabonazo del ciclo En letra grande. La propuesta tiene como punto de partida un libro capital, atravesado por una oscura luz: Memoria de la melancolía, la autobiografía de María Teresa León. 


   Uno de los primeros aciertos del montaje ha sido evitar convertirse en un biodrama y huir de limitar la experiencia al recuento de una biografía. No hay en esta función voluntad de representación ni de didactismo. No pretende trasladar ninguna certidumbre edificante a los espectadores, no reduce el teatro a una tristísima condición de ser útil y sano para lo público. Tampoco pretende la reconstrucción de una época sino mostrar lo arcaico de aquel tiempo, su eternidad, su vigencia en nosotros. La Phármaco ofrece una ceremonia poética, estética y ética en la que los cuerpos son los oficiantes. El diálogo con los espectadores germina en la intimidad de sus propios cuerpos con los del escenario.


   Precisamente por estas decisiones emerge poderosa la figura de María Teresa León. Primero en un solo cuerpo, el de Luz Arcas, que baila el hambre de justicia, de más horizontes, de dignidad de la Segunda República. Es un cuerpo de mujer en llamas, un incendio adentro de sus ojos que anticipa la ceniza sobre la que termina desplomándose. Es el combustionar de los ideales, el estallido de un tiempo nuevo en el que las mujeres dejarían de vivir confinadas a la sombra. Después del solo sucede la trasmutación de María Teresa León en cuerpo múltiple, hombres y mujeres, nosotras y nosotros, nuestra memoria, nuestro olvido. Un cuerpo colectivo que lucha, que padece la guerra y luego el derrumbe de la esperanza y el exilio. De este segundo acto estremecen los episodios dedicados al Museo del Prado y la salvaguarda de sus obras de arte, y aquel que da cuenta del éxodo de los refugiados españoles. Con Una gran emoción política, La Phármaco hace de la memoria una experiencia física de enorme altura poética. 


   El Centro Dramático Nacional ha publicado dentro de su colección “Autores en el Centro” un bellísimo volumen con los materiales de la obra, la memoria del proceso de creación y un acercamiento a la figura de María Teresa Léon, cerrándose con un impresionante archivo fotográfico; el libro cuenta con las firmas de los propios Luz Arcas y Abraham Gragera, y se completa con los textos de Eduardo Pérez-Rasilla, Ana Gorría, Ana Sánchez Acevedo y Pablo Bujalance. Un libro excepcional para adentrarnos en el mundo de La Phármaco y descubrir su trayectoria, sus referentes y sus disparadores poéticos.


   María Teresa León murió padeciendo un olvido de dos filos: el íntimo, aquel que trajo el Alzheimer, y el colectivo, el de un país que aún tiene miedo de una lectura responsable del pasado: la memoria. Duele hablar del primero, que impidió a María Teresa reconocer su país a la vuelta del exilio. Del otro, del colectivo, tenemos que hablar. Dijo el poeta que la flor es el olvido de la semilla. Pero para poder olvidar, perdonar, estar juntos, tenemos primero que recordar, que nombrar juntos, que arrancar de la oscuridad a los hombres y mujeres que intentaron una luz más justa para este país. 

 

 

           

                     

 
           

Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta y acaba de estrenar en Madrid 'Los días de la nieve'. Ganó, entre otros, el Premio Max por 'La piedra oscura'. Otras de sus obras teatrales son 'Ushuaia' o 'Todas las noches de un día', mientras que 'Si descubres un incendio' es el título de su primer poemario

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

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