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05-02-2018

Ilustración: Luis Frutos

Ilustración: Luis Frutos

LÍNEA DE TELÓN
 
Handia
 
 
ALBERTO CONEJERO
Hay azares tan precisos, preparados tan diestramente por el misterio, que su existencia desafía, por fortuna, todas nuestras lógicas. Estas casualidades, si se quiere, nos recuerdan la infinitud de los arcanos, el bosque de enigmas que atravesamos, el vasto imperio de lo que siempre será ininteligible. Qué exacta casualidad hizo nacer a Mikel Jokin Eleizegui Arteaga, el gigante de Altzo, el 10 de julio de 1818, exactamente el mismo año en que se publicó por primera vez Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley. La coincidencia del doble alumbramiento (el del hombre y el del personaje), la llegada al mundo al tiempo de esas dos “criaturas” aparentemente monstruosas pero que son cifra de la humanidad doliente y errante, me conmueve profundamente.
 
   Desconocía este hecho cuando vi Handia cinco días atrás en el avión que me traía a Lima, ciudad en la que escribo estas líneas la mañana siguiente al aluvión de goyas para la película de Garaño, Arregui y Goneaga. Celebro el reconocimiento a este raro prodigio de nuestro cine. Hay en Handia tantos pliegues, tantas lecturas, tantos asuntos que se entrelazan sin estruendo, sin subrayados innecesarios, con el énfasis justo y una belleza poética delicada y sin almíbares. El manejo del tiempo es preciso y valiente, abriendo en la corriente narrativa tornadizos de poesía, de escucha, de silencios. Sólo por cómo está contada la emoción del gigante entrando en el mar que lo libera del peso de la gravedad y de la crueldad de los hombres (de ahí su secreta hermandad con las ballenas y los lobos) esta película merece los múltiples reconocimientos que ha recibido.
 
   Todo está sostenido en el trabajo superlativo de los dos actores principales: Eneko Sagardoy (Joaquín, el gigante) y Joseba Usabiaga (Martín, su hermano, un flâneur entre Baudelaire y Baroja).  Sagardoy asoma por los ojos la humanidad asombrada y dolorida del gigante con una contención espléndida y llena de matices. Usabiaga entrega uno de los personajes más ricos que recuerdo en la historia de nuestro cine: un hombre lleno de contradicciones y vaivenes, de miserias y heroicidades, de fantasmas y sueños. Hay que tener muchísimo talento y verdad para conseguirlo y Usabiaga lo hace sin estruendo, haciéndolo parecer fácil. Qué actor. 
 
   La vida de estos dos hermanos protagonistas transcurre sobre la falla sísmica entre el Antiguo y el Nuevo Régimen; arrastran su barraca de feria y sus anhelos por una España fratricida que gira como un zodiaco de luces y sombras de Goya a Valle-Inclán… y así hasta nuestros días. No quiero dejar aquí una nómina de las colisiones quizá irreconciliables que se despliegan en la película (el mundo rural frente a la ciudad, el de carlistas e isabelinos, la modernidad frente a la tradición, las culturas euskaldunas y las castellanohablantes, España ante Europa, etc.) porque acertadamente todo se plantea evitando el reduccionismo y el maniqueísmo para centrarse en la relación entre los dos hermanos.
 
   Y aquí vuelvo a la casualidad con la que abrí esta columna. Me gustaría poder preguntar a sus creadores si conocían esta coincidencia cuando abordaron la historia del gigante guipuzcoano. Porque en las escenas de la nevada y el encuentro entre los dos hermanos no pude más que recordar el encuentro final entre Víctor Frankenstein y su Criatura en los hielos del Ártico. Y entonces, sobrevolando algún punto del Atlántico, me rendí incondicionalmente al talento y genio de los guionistas. La resolución de ese encuentro en la nieve (evito el spoiler) me llenó el corazón de una emoción que los días no han disipado. Ojalá que los diez goyas que ha recibido la película sirvan para que la historia “de nuestro moderno Prometeo” (el título completo de la obra de Shelley) llegue a muchos y muchas. Gracias a quienes la han hecho posible, estamos muy faltos de historias contadas así.
 
 
Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta. Ganó, entre otros, el Premio Max por 'La piedra oscura'. Otras de sus obras teatrales son 'Ushuaia' o 'Todas las noches de un día', mientras que 'Si descubres un incendio' es el título de su primer poemario

 

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