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14-02-2018

Ilustración: Luis Frutos

Ilustración: Luis Frutos

LÍNEA DE TELÓN
 
Apedrear a Yerma
 

ALBERTO CONEJERO
En algunas escuelas de Misisipi han retirado Matar a un ruiseñor, la novela de Harper Lee escrita en 1960, porque las expresiones racistas de determinados personajes ofendían a algunos de los jóvenes lectores y a sus padres. De nada ha servido que precisamente esos personajes sean los que permitan a Lee elevar el alegato antirracista de su historia. Al tiempo, en Londres y Berlín los desnudos ya centenarios de Egon Schiele han sido censurados para que puedan circular en autobuses y adornar marquesinas de metro sin ofender a nadie. Mientras tanto en Nueva York se ha pedido la retirada del cuadro Teresa soñando de Balthus por incitar a la mirada sexual sobre los niños; y mucho más cerca, en mi Jaén natal, un joven ha sido condenado por un fotomontaje de su cara con la del Cristo de la Hermandad de la Amargura. Esta semana hemos sabido que en Reino Unido, la organización sin ánimo de lucro Allergy UK pide la retirada de la película infantil Peter Rabbit porque en una de sus escenas el conejo urde un plan para bombardear con moras a su archienemigo Tom, alérgico a estos frutos. La asociación de alérgicos lo considera un ataque inadmisible. La productora ya ha pedido disculpas por la escena…
 
   Son tantos los heraldos del escándalo, tantos los tribunales de la santa ofensa y suenan tantas trompetas del odio en las murallas del día a día, que va dando miedo salir a las calles o a las redes. Están las acusaciones de herejía como regaladas y la disidencia, incluso el matiz en el acuerdo, se castiga con el sambenito virtual y la cuarentena —con suerte queda en eso— social.

   Estas milicias de la corrección política están disparando con especial encono contra el arte. De repente ha quedado liquidado el pacto elemental que nos permitía distinguir realidad y ficción, creador y obra, personaje y autor, gesto político y gesto artístico. La ficción es ahora un elemento delatador. Se rastrea así en las películas o en las novelas buscando las pruebas que condenen definitivamente a los hombres y mujeres sospechosos de haber cometido algún delito. Porque, oh tiempo, los creadores machistas son los que escriben personajes machistas, los homófobos personajes homófobos, los racistas, racistas, etcétera. Las buenas personas escriben obras edificantes, de generosa denuncia, valiosas y necesarias como reflejo de su propio espíritu. Shakespeare, Tirso de Molina o Nabokov se convierten, por este birlibirloque literalista, en una manga de indeseables que pusieron en blanco y negro la escoria de sus almas.

   Nos deslizamos hacia un territorio muy peligroso cuando nos sorprendemos con el miedo de escribir una obra en la que no se presente un mensaje consolador, en la que el “culpable” no sea castigado y la víctima resarcida de algún modo, en la que la voz del autor no se salve nítidamente de la miseria de algunos de sus personajes. Hace falta ahora la apostilla, la moraleja, el colofón. Porque hoy en día se aplauden las obras que nos recuerdan que estamos en el lado correcto. “Somos de los buenos” y salimos reconfortados de las funciones. Y mientras tanto, fuera de los teatros, la vida sigue resultando un lugar injusto para demasiadas personas. 

   Yerma es una potencia oscura. Desde su primera lectura me provocó piedad y terror. Terror porque el personaje asume todo el rigor moral del heteropatriarcado: sólo la maternidad dará sentido a su vida (“Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí”), se niega a adoptar (“No quiero cuidar hijos de otras. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos”) y subordina la libertad sexual al honor (“Creen que me puede gustar otro hombre y no saben que, aunque me gustara, lo primero de mi casta es la honradez”). Y precisamente por estas mismas razones el personaje de Lorca mueve a una inmensa piedad. Yerma es verdugo y víctima, es la acusación y la denuncia, es el cuchillo y la herida.  Su miseria –me permito recordar el final de la obra- nos señala la terrible vida de tantas Yermas, la presión insoportable que la sociedad, y especialmente los hombres, han ejercido sobre las mujeres. En Yerma no hay redención, no hay alivio ni consuelo. Y por eso nos levantamos de las butacas preguntándonos cuánto de Yerma hay en cada uno de nosotros, en nuestros cercanos. También nos interrogamos sobre lo que ha cambiado y lo que no respecto a la sociedad que nos precedió y que ha salido a nuestro encuentro gracias al cine, al teatro, a la pintura....

   La monstruosidad tan humana de Yerma, don Juan, Macbeth o Medea nos recuerda la fragilidad de nuestra condición. Estos personajes son cifras de nuestra luz y de nuestra oscuridad, no una hoja desprendida de la vida de sus autores ni mucho menos embajadores de su pensamiento, credo o moral.  Si se eliminan, tanto de las obras del pasado como de las del presente, las imágenes miserables, atroces o sencillamente incómodas, esa censura nos hará precisamente mucho más débiles en lo que conocemos como “vida real”. Porque su desaparición de la ficción no va a eliminar las injusticias del mundo ni mucho menos va a evitar las maldades que hacemos y que nos hacen. Muy al contrario, quizá estas salgan aún más indemnes porque no contaremos con la escuela de imaginación moral que trae siempre un arte incómodo, indecoroso, desasosegante. La ficción es el escudo de Perseo que nos permite vencer a nuestras Medusas mirándolas con la imaginación.

   Con qué arrogancia narcisista se avasallan y proscriben las obras de arte del pasado cuando precisamente su pervivencia señala la lucha real de hombres y mujeres a lo largo de los siglos por un mundo mejor. Su diálogo con nuestras sensibilidades contemporáneas nos recuerda a la gente que de verdad se ha jugado la vida para que hoy podamos leer Yerma o Matar a un ruiseñor desde libertades más amplias y decidir después de qué lado está la luz. No siempre estuvieron allí y el arte nos lo recuerda.

   Por favor, cuidemos las herramientas –fundamentalmente, una educación pública de calidad y universal– para que nuestros jóvenes tengan las claves interpretativas que les permitan enfrentarse a Otelo, Carmen, el cuadro de Balthus o La Celestina con los ojos quizá más justos del presente; pelemos en la calle por esas libertades frágiles, pero dejemos en paz a la ficción. Somos nosotros quienes los necesitamos para sobrevivir juntos. Es nuestro tiempo el que entra en un oscuro túnel si prescindimos de nuestros fantasmas. Una moral edificante en las obras de arte es una de las puertas seguras a la falta de libertad de expresión y a los totalitarismos. Por favor, no apedreemos a Yerma.

Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta. Ganó, entre otros, el Premio Max por 'La piedra oscura'. Otras de sus obras teatrales son 'Ushuaia' o 'Todas las noches de un día', mientras que 'Si descubres un incendio' es el título de su primer poemario

 

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