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26-02-2014 Versión imprimir

 


Alberto San Juan


 
“Ser actor me obligó a elegir entre el deseo y el miedo”


Lo suyo era más que timidez: “habría que inventar una palabra para ello”. La escena le transformó y hoy, a pie de barrio, sigue soñando con cambiar el mundo
 
 
ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
En una sala de teatro en pleno corazón del barrio madrileño de Lavapiés, Alberto San Juan (Madrid, 1968) acarrea una mesa de madera de una habitación a otra. No está actuando. Este premio Goya –obtuvo el galardón en 2008 por su papel en Bajo las estrellas– se ha remangado y está montado un nuevo espacio escénico desde cero. Nada de glamour ni alfombras rojas. En el antiguo emplazamiento de la Sala Triángulo, el combativo San Juan está levantando junto a un equipo de personas concienciadas una cooperativa llamada El Teatro del Barrio con el objetivo de hacer política, agitar conciencias y cambiar las cosas. Eso es lo que consiguió desde finales de los noventa con la compañía Animalario. Pero pese a los galardones, las casi 30 películas rodadas y el estatus de estrella y de galán, Alberto San Juan, que es periodista de formación, no renuncia a su compromiso a pie de calle. Cambiar las cosas no era, sin embargo, su prioridad cuando decidió subirse a un escenario. Su meta era cambiarse a sí mismo. 
 
 

 
 
 
– Cuando recibió el Goya se lo dedicó a su madre, Pilar Guijarro, de quien dijo que le vino la vocación. ¿Cómo fue ese proceso de empaparse de la vocación teatral? 
– Mi madre era actriz radiofónica, era la mala de las radionovelas de su momento. Por otro lado, haber estudiado periodismo y cierta inclinación a observar la realidad y a contarla por la vía que sea me viene de mi padre [el dibujante Máximo San Juan]. Yo era enfermizamente inhibido y cuando un tímido ya preocupante decide subirse a un escenario y ponerse delante de la mirada de todos, supongo que en primer lugar trataba de vencer esa no ya timidez; habría que inventar la palabra para hablar con alguien que vivía de cara a la pared.  
 
– ¿Y cómo consiguió llegar a ese momento, el de subirse a las tablas y vencer la timidez? 
– Sentía una atracción irresistible por el teatro: irresistible e inconfesable. Me daba vergüenza. Trabajé en la Expo y después de vivir en Sevilla volví a Madrid y entré en Diario 16 tras hacer unas prácticas. Estuve dos años e iba al periódico por las tardes a trabajar y a la escuela de teatro por las mañanas, me lo pagué con lo que había ganado en la Expo. Me metí en la escuela de Cristina Rota a los 24 años sin contárselo a nadie. No conocía a nadie, no tenía ningún contacto en la profesión. Cuando entré en la escuela era incapaz de hablar, de moverme… A los 27 años no había ningún indicio de que yo valiese para esto. De hecho la profesora me masacraba en clase. Luego Cristina Rota me decía que me masacraba como estrategia para azuzarme. Entonces yo pensé: ‘¿cómo consigo hacer algo alguna vez en teatro? Si nunca nadie me va a pedir que haga nada…’. Así que escribí unas escenas pequeñas y se las propuse a Willy Toledo, a Ernesto Alterio y a Nathalie Poza, que eran compañeros de la escuela, pero de otros cursos. La primera vez que me subí a un escenario fue con Willy Toledo en la Sala Mirador en un espectáculo que se llamaba La catarsis del tomatazo y donde había un espacio titulado Voluntarios del momento. Salimos y actuamos haciendo una pieza que se incluyó después en el primer espectáculo de Animalario.
 
 

 
 
 
¿Pero esa atracción surgió porque sus padres le llevaran al teatro? 
– No, no era fascinación como espectador. Empezó hacia los 20 años y yo era un absoluto ignorante en todo lo que se refiere al teatro. Era una necesidad de contar cosas a través de mi cuerpo, una necesidad de buscar una liberación en un tipo que era muy reprimido. El punto de inflexión fue cuando todavía vivía con mis padres. Un día volvía de la escuela y me sentía tan frustrado y tan incapaz de actuar que estaba atravesando la colonia del Rayo –un lugar sin apenas tráfico- y, por abatimiento, me senté en el bordillo de la acera y luego me tumbé de espaldas. Mirando al cielo me dije: ‘¿Qué hago? Por un lado no hay ningún indicio que me permita pensar que yo valgo para esto y por otro lado tengo un deseo irrefrenable’. Por primera vez en mi vida creo que escogí el deseo frente al miedo y decidí continuar pese a todo. Fue a base de insistir y de tesón. Luego es cierto que, si bien Cristina Rota me masacraba, un día que le dije que dejaba la escuela porque no tenía dinero para pagarla me dijo: ‘No, continúa. Si algún día puedes, ya lo pagarás’. 
 
– Cristina Rota fue una de sus maestras…  
– Sí, pero para mí el abrazo definitivo del teatro fue conocer a Andrés Lima. Con mucha paciencia y mucho amor me ayudó a irme quitando el miedo a expresarme. Fue un nacimiento para mí. Existe una carta de Lorca a Regino Sainz de la Maza en la que le decía: “sé que todavía no he nacido, estoy por nacer, estoy por conocerme”. Para mí, mi nacimiento, mi encuentro conmigo mismo fue a través del teatro y de la mano de Andrés Lima.  
 
 

 
 
 
– Con Lima, Willy Toledo y muchos otros formaron Animalario, que consiguió incluso agitar el ambiente político. ¿En qué situación está ahora mismo la compañía? 
Está parada y es probable que no vuelva a juntarse para hacer nada. Todos los de Animalario seguimos sintiendo una enorme afinidad afectiva y artística, pero cada uno necesitaba explorar caminos distintos. Además había una presión enorme de las deudas con los bancos. Una amargura

– ¿Pagaron un peaje político?
 
– No, el peaje es el sistema. Como a tantas pequeñas empresas en España de cualquier sector económico, Animalario ha sido duramente golpeada por esta etapa de desarrollo del capitalismo a la que llamamos crisis, por esta nueva etapa del saqueo, no por represalias políticas

– Y este nuevo proyecto, el del Teatro del Barrio, ¿comparte filosofía con Animalario?
 
– Es un proyecto absolutamente político, se trata de agitar a todos los niveles. El Teatro del Barrio se quiere sumar a la cada vez más amplia red de iniciativas de grupos ciudadanos que están construyendo otro mundo sin esperar a que el viejo caiga. 
 
 

 
 
 
– Los actores siempre están a la vanguardia en la protesta social, pero en general el mundo de la cultura parece que ha tardado en movilizarse para defenderse. Hasta 2013 no se ha formado la Plataforma en Defensa de la Cultura.
– Lo bueno que tenemos los actores es que nos echamos al monte con dos de pipas, lo malo es que somos un puto coñazo y una asamblea de actores es una de las experiencias más infernales que te puedes echar a la cara. Es verdad que estamos en primera línea del activismo en el ámbito de la cultura, porque en general el mundo de la literatura y de las artes plásticas o no está o no se le ve. Es verdad que muchos de los articulistas más cañeros son además novelistas, pero nunca se juntan los escritores ni los pintores ni los escultores para nada político. 

– ¿Qué opina del cine o el teatro acríticos?
 
Cuando el teatro o el cine sirven al poder, no son ni teatro ni cine, son propaganda. La cultura, por naturaleza, ha de suponer una visión crítica de la realidad y una visión complaciente con el poder nunca puede ser cultura. Por eso una vez dije algo que causó mucha polémica y es que no creo que haya intelectuales de derechas. Porque por muy intelectual que sea una persona, cuando defiende el discurso del sistema pierde la condición crítica y, por lo tanto, intelectual.
 
 
 
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