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29-04-2013 Versión imprimir

 
 
ÁLEX ANGULO
“Antes se llevaban más 
 los actores desastrados y los feos”
El gran intérprete vasco, que acaba de cumplir 60 años, dará vida a un capataz en ‘Gran Reserva: El origen’, la nueva apuesta de TVE para la sobremesa
 


ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
En cualquier casa de España se le pondría un plato en la mesa a Álex Ángulo si se presentara a cenar de improviso. Y eso no lo logra cualquiera. Da igual que interprete a un cura psicópata o a un periodista con problemas de alcohol: Angulo (Erandio, 12 de marzo de 1953) es uno más de la familia. Un tipo normal. Y lleva esa modestia a la raíz de lo que para él es un actor: alguien al servicio de una idea y de un equipo.

   Acaba de cumplir 60 años. Nadie lo diría. Zapatillas de deporte y maneras desenfadadas: dan ganas de irse de cañas con él por el centro de Madrid, donde ensaya para su nuevo papel en la serie de bodegueros Gran Reserva: El origen, la apuesta de TVE para la sobremesa, con fecha de estreno aún por determinar. El actor se deja llevar hasta la cafetería del Teatro Circo Price, un lugar con casi tantas tablas como él.
 
 

 
 
 
– ¿Cómo cree que le ve el público?
Recibo cercanía y normalidad. Supongo que por los personajes que me ha tocado hacer y por la cara que tengo de buena persona. ¡No saben lo que oculto! [Risas]. Para mí también los secundarios como Pepe Isbert eran los que me daban alegría, me hacían reír y llorar. Eran muy cercanos a la gente.

A los 18 años se presenta usted a un ‘casting’ de Karraka. Hasta ese momento, lo de ser actor…
– Siempre hemos dicho que era un casting, pero no lo era. Había un grupo de teatreros y simplemente les hacía falta gente. Yo había hecho teatro en el colegio y teatro leído, pero sin afán profesional. Me divertía. Mi educación no ha ido siguiendo una escuela, sino más bien una vocación, un interés por los personajes, por contar historias. Como mucha otra gente del teatro independiente, éramos autodidactas. Hemos tenido la escuela de la calle y de la necesidad. En aquellos años en Bilbao, en pleno franquismo, no había profesión. Estábamos en un país de alguna manera sitiado.  

¿Cuáles han sido sus referentes?
En Karraka mirábamos a grupos como Els Joglars, Tábano y gente de fuera, pero no pensábamos que pudiéramos vivir de eso. No éramos una compañía muy potente, éramos supervivientes de esta profesión. Por supuesto, teníamos referencias americanas, a mí encantaba Jack Lemmon. Y luego, claro, algunos españoles: Pepe Isbert, Fernando Fernán Gómez, Paco Morán… Pero, la verdad, tampoco pensábamos más allá del momento en el que estábamos. Tratábamos de hacer un tipo de teatro independiente. Un buen día me di cuenta de que, milagrosamente, estaba viviendo del teatro.

¿Habla siempre en plural?
– Antes éramos más de grupo, de colectivo. Hablábamos en plural. Y yo sigo creyendo en la creación colectiva, en el equipo. Las obras y las películas se hacen entre todos. Es tan importante el actor como el iluminador o el maquinista. Igual es que los mediocres pensamos que necesitamos más la compañía de los demás. A mí me motiva más una idea para construirla colectivamente que la perfección de un individuo. Alrededor de un talentoso, un director o un guionista, siempre se agrupa gente que puede dar brillo a una idea.
 
 

 
 
 
– ¿Qué supuso para usted conocer a Ramón Barea y a Álex de la Iglesia?
Ramón y los que estaban en Karraka fueron los que me dieron la oportunidad de trabajar y establecer esa relación de equipo. En Euskadi, con nuestros pocos medios y con lo abandonada que está ahí la profesión, siempre ha habido gente talentosa que se ha marchado. Yo había coincidido entonces con Enrique Urbizu y con Imanol Uribe. Existía un conocimiento del medio cinematográfico, pero casi todo el cine se hacía en Madrid y Barcelona. Álex de la Iglesia era de la cuadrilla de Urbizu, era el director artístico de Todo por la pasta.

Protagonizó usted ‘El Día de la Bestia’ y logró una nominación al Goya. ¿Echa de menos más papeles de protagonista?
Pues sí. Cuando trabajé con Álex no tenía esa sensación de “ya he hecho el protagonista”. Salió ese personaje y me gustó mucho hacerlo. Era mucha responsabilidad, y es verdad que de vez en cuando la echas de menos. Pero no soy yo, como actor, el que debe imponer mi gusto. Los actores estamos al servicio de lo que el director y la historia quieran contar. Después de El día de la Bestia me llamaban para hacer curas, pero yo ya había hecho el cura. Me gusta hacer papeles que de alguna manera me pongan en cuestión y me supongan arriesgar un poco, investigar.

– Se habla mucho del “cine español” como un todo, y no siempre para bien…
– Hace tiempo se asimilaba el cine español al de segunda división, pero yo creo que ha cambiado completamente. Caminamos muy lento y todavía se sigue pensando eso, cuando en realidad hay actores y directores que miran mucho fuera y sobre todo se fijan en el género. Álex y Urbizu fueron de los primeros en hacer cine de género, algo que ya no era “cine español”. Urbizu peleó mucho desde el principio en Todo por la pasta. Y Álex, en Acción mutante, haciendo ciencia ficción…
 
 

 
 
 
– ¿Cómo era su entorno de joven?
Mi padre era fontanero y mi madre, ama de casa, aunque a veces trabajaba de peluquera. Yo estudiaba magisterio y llegué a trabajar de maestro de Francés o Ciencias Naturales. Seguía yendo a comer a casa de mis padres cuando hacía teatro callejero. Sobrevivíamos o malvivíamos en cuadrillas, compartiendo casa…

– Ha cumplido 60 años. Cuando echa la vista atrás a su carrera, ¿qué piensa?
Creo que me sabe a poco. Me gustaría seguir un rato más.

– ¿Y qué tiene ahora por delante?
Por lo pronto, el capataz de una de las bodegas de Cortázar para Gran Reserva. El origen. Luego me gustaría salir de esta especie de arquetipo: parece que yo respondiera al de “el calvo con gafas y buena persona”. Cualquier personaje puede pasar por las manos de un actor si él está arropado y hay una historia que contar. A lo largo de estos años me hubiera gustado haber podido saltar de un tipo a otro, pero cuando empecé a hacer cine dejé el teatro y eso es un poco puñetero. En teatro parece que sí se puede cambiar más.

Hace poco AISGE albergó la exposición de dibujos de López Vázquez. ¿Tiene usted alguna pasión secreta?
La verdad es que no. Además, tampoco se la diría [risas]. Los actores somos personajes públicos, pero yo no quiero ser interesante para la gente. Por eso no me gustan las entrevistas, me gusta pasar inadvertido. Más que yo mismo, me interesan los personajes que no puedo hacer.

– Si ahora un chico o chica de 18 estuviera pensando en ser actor, ¿qué le diría?
– Hace ya algunos años vi que mucha gente quería ser famosa, pero eso no corresponde a lo que yo pensaba cuando entré en esto. Teníamos cosas que contar. Había cierto afán pedagógico, romper con algunas cosas que nos contaban en el franquismo. Los actores jóvenes piensan ahora más en cursos, conocer a gente, estar en tal fiesta para que te llamen, ir al gimnasio... Para que se fijen en ti ahora hay que tener buena planta. Antes se llevaban más los actores desastrados y los feos. Pero también es verdad que los nuevos directores y los nuevos talentosos –Cavestany, Animalario, Cobeaga, etcétera– también están en la calle, se siguen juntando con actores y viven en equipo.
 
 
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