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08-10-2014 Versión imprimir

 
 
Álex Gadea
 
“Esta profesión pide
que no nos acomodemos, que cambiemos
y aprendamos”

Con los pies en el suelo, en un acto de voluntad. La felicidad es dejarse la piel en cada trabajo. Uno de los galanes de la sobremesa sube a la tarima para reflexionar sobre la violencia



FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Bernardo Doral
A los diez años, la curiosidad de Álex Gadea se topó con Belle Époque: y así, el que más tarde sería actor descubrió a Fernando Trueba y se empezó a interesar por el cine español. Hoy, a los 31, se le ocurren los nombres de Alberto Rodríguez o Achero Mañas, y el papel de su sueños no es otro que Fidel Castro; de este último, destaca que haya sobrevivido a nueve presidentes norteamericanos o el respeto que obtiene de todos sus adversarios. Y el intérprete recuerda que todavía no ha catado el cine: “Pero no pasa nada. Soy de los que piensa que lo mejor siempre está por llegar”.
 
   Mientras tanto, el valenciano completa el giro que le llevó desde la sobremesa de El secreto de Puente Viejo, en el que interpretaba a un caballero de época, hasta el militante de ETA al que encarna en Los justos, basada en el texto de Albert Camus. A ese respecto, siente que la subjuntiva consulta de Cataluña es la muestra de que la palabra llega más lejos que la violencia, al tiempo que ve en Podemos el despertar de una conciencia ciudadana. Sin embargo, el aplauso que encuentra cada vez que vuelve a su pequeña ciudad, Alzira, no conoce la política.
 
– ¿Es usted un galán?
– [Se lo piensa mucho.] Yo prefiero que eso lo diga el otro, el espectador. No creo que saberme un galán me sirva de mucho: y además, puede ser una etiqueta, dependiendo del contexto, tanto agradable como desagradable. Supongo que tengo un rostro que vale no solo para lo contemporáneo sino también para lo quijotesco. Sé que, en el fondo, somos mercancía, y que me tengo que cuidar, pero no me obsesiono. No soy el típico cachas, aunque el reconocimiento me llegara interpretando a un galán. En Ciega a citas busqué justo lo contrario.
 

 
 
 
–¿Tiene la sobremesa su propio género literario?
– Quizá El secreto de Puente Viejo fuera lo más parecido a lo que entendemos todos por sobremesa, con su costumbrismo y su ambiente de época. Ciega a citas fue una búsqueda durante sus 140 capítulos, una tentativa de salir de lo establecido. Quizá por eso costó más que gustara.
 
–¿Dejó 'El secreto de Puente Viejo' para hacer teatro?
– Lo dejé, a secas, y sé que muy pocas veces voy a tener la suerte de encontrar un recorrido tan bárbaro como el que tuve allí. Cuando entré, mi personaje tenía 27 años, fui padre y, de haber seguido, habría sido hasta abuelo. Tuve, casi, tres bodas, por poco me fusilan y se me han muerto dos hijos. Me pregunté qué más le podía sacar a Tristán: una estabilidad económica, sí, pero esta profesión pide que no nos acomodemos, que cambiemos y aprendamos.
 
–¿Se parece su vida a aquella que imaginó a los 16, cuando descubrió las tablas?
– El ser humano es inconformista por naturaleza, así que a veces se me olvida que yo soñaba con esto, y eso no está bien. Procuro tener presente aquella clase, en una sala de teatro con una luz muy tenue, cuando pensé qué maravilloso tenía que ser dedicarse a esto y contar historias todos los días. Cuando la monotonía me llega, intento acordarme de eso: de que soy un privilegiado.
 
– Participa en causas humanitarias y por los animales. ¿Es su deber, como figura pública?
– Cuando alguien me pide que no me pronuncie o que no me señale, yo digo que ni siquiera se trata de eso: que soy ciudadano y las cosas, para bien o para mal, me afectan. Cuando me llamaron para colaborar en Intermón fui feliz. Lo celebré como si me hubieran dado un trabajo de lo mío. Cuesta muy poco para la repercusión que tiene, aunque creo que es una cuestión de sentirlo o no sentirlo. Lo de las animales me viene desde siempre: son como un hermano más en la casa y creo que teniéndolos cerca se vive mejor.
 

 
 
 
–¿Qué es lo que más le engancha de ser actor?
– El meterme en las vidas de los demás. Son aventuras que vivo y que conservo. En el caso de Los justos, interpretamos a seres humanos que luchan por unos ideales, que persiguen una justicia. Lo que pasa es que ellos mismos, al ejercer la violencia, acaban matando su propio fin. ¿Qué es justo? ¿Es justo matar a un político? ¿A un niño? ¿Dónde ponemos el límite: en los 16 años? ¿Cuánta gente hay que matar para hacer justicia? Esas son las preguntas de Camus, y la de las diferentes generaciones de la banda que conviven sobre el escenario.
 
– Entonces, ¿hubo una ETA buena y una ETA mala?
– No, no. Creo que hubo un primer intento de revolución, una organización que sí llegó a obtener la empatía de otras personas. Yo hoy estoy en contra de la violencia, pero he oído las historias de mucha gente, también fuera de Euskadi, que celebró la muerte de Carrero Blanco. La revolución, ETA se la cargó muy pronto. Llegaron la Transición y la democracia y ellos seguían matando. La gente lo fue dejando según se conquistaron las libertades y allí quedaron la mafia y el asesinato.
 
–¿Cómo fue representar 'Los justos' en Euskadi?
– La sensación que tuvimos al hacerla en Barakaldo y en Durante es inenarrable, más que en ningún otro lugar. Sentíamos, sobre todo, responsabilidad: ningún miembro del reparto, salvo Ramón Ybarra, era vasco, y queríamos saber que estábamos contando bien esta historia. En Durango se marcharon dos personas durante la representación pero, por lo demás, desde el principio, el silencio fue absoluto. Había muchísima tensión hasta que, al final, llegó el aplauso. Unánime. Salimos del teatro y nos decía los espectadores que se habían quedado hechos polvo, pero que nos lo agradecían. Se reconoció la valentía de haberlo mostrado.
 
– No es casual que ficciones como esta, o también 'Ocho apellidos vascos', aparezcan ahora…
– Desde luego que no. Y son géneros diferentes, pero yo me quedo con que de este tema hoy se puede hablar e, incluso, y desde el respeto, se puede reír. Ocho apellidos vascos es una obra maestra; me parece muy inteligente y muy sano contar lo que cuenta desde el humor, aunque en Albert Camus partimos desde el dolor y la rabia. La profundidad de las reflexiones no depende del medio, sino del talento a la hora de plantearlas.
 

 
 
 
– Se marchó a Madrid a estudiar teatro y, años más tarde, recibió la insignia de oro de su ciudad. ¿Ha triunfado?
– He tenido la suerte de obtener este reconocimiento en mi tierra natal, y agradezco a mi ciudad que me tengan tan presente y me den siempre tanto apoyo. También es verdad que al acabar mis estudios trabajé en L’Alqueria blanca, de Canal 9, que fue un fenómeno: premiada como la mejor serie autonómica y una ola que se colaba todos los domingos en la casa de muchísimos valencianos.

 
– ¿Elige bien el mundo a sus ganadores y a sus perdedores?
– Somos las personas quienes juzgamos, y a veces acertamos y premiamos a los buenos y otras, en cambio, nos equivocamos. Hay muchos olvidados, muchas personas que nos dejan un grandísimo legado y, sin embargo, solo se las menciona cuando ya han muerto. Hay una parte de nuestro trabajo que sí depende de nosotros, pero hay cosas que no, como el azar y el mercado. Soy consciente de haber tenido mucha suerte, y eso es lo que me mueve. Lo que me lleva a decirme, antes de actuar: “déjate la piel y déjatelo todo”.
 
 
 
 
 
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