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09-05-2016 Versión imprimir

 
 
Alfonso Sánchez


“Necesito el humor
para afrontar la vida, que es durísima”


Ha sido El Cabesa, el pijo Rafi y el amigo andalucísimo de Dani Rovira en ‘Ocho apellidos…’. Y nos ha hecho reír incluso cuando él se retorcía de dolor
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Belén Vargas
Hay en la sonrisa de Alfonso Sánchez (Sevilla, 1978) la vivacidad y el calorcito de un tipo sincero, un actor apegado a su tierra y al pulso de la calle que ha salido adelante con tanto arte como empecinamiento. Fonso fue siempre un currante observador, talentoso y divertido, pero conoce bien el desasosiego ante el silencio espeso de ese teléfono que no suena. Estuvo a punto de morder el polvo y claudicar, de pura desesperación, cuando vio que nadie parecía apreciar su arte para la comedia, su pulso como guionista, la capacidad para atrapar tipologías humanas y trasladarlas al papel o al plató. Fue en 2006 cuando, harto de todo, decidió rodar un corto para internet a modo de canto del cisne. Era un arrebato de orgullo, una manera de decirle al mundo “Me voy, vosotros os lo perdéis”. Incluso ya había urdido una escapatoria: vivir como un hippy en Los Caños de Cádiz, atarse el mandil a la cintura y liarse a prepararles paellones a los guiris.
 

 
 
 
   El arroz, por ahora, puede esperar. El mundo reaccionó esta vez a tiempo y aquel primer corto grabado en plena calle junto a su inseparable Alberto López se convirtió en la mecha para El Cabesa y El Culebra, dos raterillos calamitosos y de poca monta, protagonistas muchos años después de una película, El mundo es nuestro (2012), de promoción pedestre y éxito impredecible. Tanto como el de Los Compadres, Rafi y Fali, dos señoritos sevillanos haraganes que leen el ABC con devoción, suspiran con el solo recuerdo de Aznar y velan por la conservación de las sacrosantas esencias de la ciudad hispalense. El lumpen y la élite, el depauperado barrio periférico y la cervecita bien tirada en alguna terraza céntrica, repantingados al sol. A Alfonso le divierte pensar que este oficio de cómico le ha permitido tanto codearse “con la crema de la crema del pijerío” como visitar a los más bandarras en el módulo de máxima seguridad de la prisión de Santa María. Para unos y otros, él es uno de los suyos. “Aplico lo que me enseñó mi abuelo: hay que ser un señor en el banco del pobre y en la mesa del rey”.
 
 
 

 
 
 
– Actor, director, productor, guionista… ¿Lo de la hiperactividad le viene de chico?
– Puede ser, porque era el típico chaval que dejaba las cosas a medio hacer. Tenía a mis padres desesperados: ya con los estudios era muy anárquico, pasaba de notas maravillosas al Muy Deficiente y papá pensaba que les vacilaba. Lo único que de verdad me apasionaba era ver películas con mi madre, tumbadillo en el sofá. Cierro los ojos y me imagino así, mientras sonaba la sintonía de Alfred Hitchcock presenta… Y lo asombroso es que a día de hoy, con mi niño de dos años y medio, nos colocamos los dos repantingados en aquella misma postura.
 
– Eso es lo que se llama predisposición genética.
– ¡A ver en qué lo voy a convertir, sí! Esta es una profesión durísima, de autoexigencia brutal, y no negaré que me da miedo pensar en la posibilidad de que el chaval siga mis pasos. Esta profesión puede darnos grandes satisfacciones a las personas sensibles, pero también hacernos mucho daño. En cualquier caso, yo le ayudaré en todo.
 
– Se la ha escapado el plural hablando de la gente sensible… 
– Es que a veces la vida te duele, y a mí me ha puesto muchas pruebas desde bien pequeñito. Aquella escena del sofá y Hitchcock es desde hace tiempo irrepetible: yo soy un hijo único que perdió a su madre con 11 años. Y esas cosas te marcan para siempre.
 
 

 
 
 
   Un silencio emotivo y solidario se apodera por unos instantes de la casa de Carmen, en torno a esa mesa camilla que habrán visto unas cuantas docenas de veces en Allí abajo. Solo que esta vez, como tantas otras, la realidad supera con creces a la ficción.
 
– A veces hay que tener arrestos para hacer reír. ¿Usted cómo descubrió que era un tipo divertido?
– ¡Uf! [Piensa un buen rato] Como era andaluz, a mi familia de Cantabria le hacía mucha gracia cómo me expresaba, mi manera de hablar. Y a mí eso me producía un coraje del carajo, por cierto. No soy exactamente gracioso, pero he entendido e interiorizado la técnica de la comedia. López Vázquez tampoco era un tipo divertido. Los grandes cómicos y payasos siempre han sido gente muy triste. Pero yo, sin sentido del humor, ni siquiera estaría aquí. Lo he necesitado para afrontar la vida, que es durísima. La vida es una gran tragedia.
 
– Hombre, la vida siempre acaba mal.
– Por eso debemos esforzarnos en ponerle un poco de color al día a día, en la lucha por nuestra dignidad. Aquí somos unos expertos en eso desde el siglo XVII, cuando el país se convirtió en una mierda y nosotros supimos refugiarnos en el humor negro. Hay una misma línea que enlaza a Quevedo, Mihura o Berlanga. Los cómicos, en ese sentido, tenemos una responsabilidad con la vida y con nuestro oficio, mucho más allá de los photocalls o la ropa del showroom de turno. 
 
 
 

 
 
 
– ¿Qué líneas rojas no se pueden sobrepasar en la comedia?
– No nos deberíamos reír nunca del dolor ni de la desgracia ajenos. Me encantan la provocación y la sátira, pero siempre desde la sutileza. No tenemos carta blanca para reírnos de cualquier cosa, por mucho que la banalización de estos tiempos actuales haya roto alguno de esos límites.
 
– ¿En qué circunstancias se le ocurren cosas divertidas para sus guiones?
– Soy muy observador y me puede inspirar desde una canción que suena en la radio a una noticia del telediario o un tipo con el que me acabo de cruzar por la calle. Pero mi memoria es muy fotográfica, así que nunca tomo notas. Aplico el criterio que decía Rafael Azcona: yo no apunto nada, si se me olvida es que no era importante.
 
 
 

 
 
 
– ¿De verdad dijo en una ocasión que prefería una buena taquilla a un Goya?
– Soy un hombre pragmático, sí. La taquilla te garantiza seguir produciendo cine y un Goya, no. Pero no le hago ascos, por supuesto: igual que el hecho teatral requiere del aplauso, el actor de cine también necesita un reconocimiento. Cuando este año el maestro Ozores compartió su Goya con los actores con los que ha estado, pensé: por Dios, qué bonito. Y también se lo dedicó al público, en lo que fue una maravillosa guantada sin mano a todos los que le han menospreciado durante tantos años. No te pueden despreciar en tu cara. No considero que ningún artista sea mejor que su público. Ninguno. Ninguno en la historia de la humanidad.
 
 
 
Junto a Alberto López, un tándem casi inseparable
Junto a Alberto López, un tándem casi inseparable
 
 
 
El compadre Alberto y un milagro vasco

La figura de Alfonso Sánchez estaría incompleta sin la de Alberto López (Sevilla, 1976), su media naranja en el tándem de canis y en el de señoritos y, desde no hace mucho, su “compadre con papeles” en la vida real: Alfonso es padrino de la hija de Alberto, y Alberto, del hijo de Alfonso. “Le conocía de verle de marcha por la noche de Sevilla”, nos revela. “Me había fijado en él porque así, tan rubio, pensé que era guiri, pero hablaba con acento sevillano y eso me parecía peculiar. Luego le descubrí como actor en Varuma Teatro y en un corto bastante malo. Pero ya allí resultaba brillante: sin intentar ser gracioso, la gente se descojonaba con él.
 
– Y en esas, por si no estaban ya lo bastante unidos, llegó ‘Ocho apellidos vascos’ para inmortalizar su alianza.
– ¿Pues sabe lo mejor del caso? El fin de semana que recibimos el guion, cada uno lo leyó por su cuenta y el lunes quedamos y nos dijimos: no vamos a hacer la película. Ostia, que los andaluces no somos tan cerrados, pensamos al principio. Que tú te puedes meter con tu hermano, pero no toleras que otro se meta con tu hermano. Tuvo que ser el propio Martínez Lázaro quien nos llamara personalmente para persuadirnos de que iba a humanizar y a querer a los personajes. De que nos reiríamos con ellos, pero no de ellos.
 
– Menos mal que les convenció…
– ¡Menos mal! ¡Emilio es un sabio!
 
– Por cierto: Alfonso Sánchez, Alberto López, Alberto Rodríguez, Belén López… No se rompen mucho la cabeza en Sevilla buscando nombres artísticas.
– ¡No, no, jajaja! Es que aquí le dedicamos más tiempo al talento que al marketing…
 
 
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