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10-09-2018

Algo que no sepa

Ninguna vocación, ni falta que hace

SANTI ALVERÚ

Sobre estas líneas y más abajo, dos de las obras de Cy Twombly en el Guggenheim de Bilbao



Es muy tarde y estoy escribiendo. Suele pasarme. Antes de ir a la cama, busco desesperado una razón para hacerlo. Algo que me dé una palmadita en la espalda y consiga tranquilizarme por no haber hecho nada en todo el día. Como si tuviese que estar agotado para descansar. Eso o tal vez tenga los horarios cambiados.

   Tiempo atrás fui a Media Markt a comprar algo, probablemente a causa de esa terrible combinación que es la obsolescencia programada y creer que todo se soluciona encendiendo y apagando, o con un golpe certero. Esperando para pagar, me fijé en los clientes que me precedían. Una madre regalaba a su hija, en cochecito, una figura pensada para interactuar con un videojuego específico. Igual les suena, es uno que viene con una base externa en la que, al situar el muñeco, este cobra vida en la pantalla.

   La cajera, cordial, advertía a la madre de que, efectivamente, al no tener el juego no podrá utilizar el muñeco. Muñeco que, por cierto, juraría que representaba a la princesa de Frozen, por si alguien quiere añadir algo más de azúcar a esta fábula moderna.  A esto, la madre responde:

"No pasa nada, si ella lo quiere para jugar y ya está."

   Qué quieren que les diga, sentí que el mundo estaba salvado. Me imaginé el esfuerzo de miles de dólares, decenas de programadores, diseñadores, ingenieros; todo ello combinado para darle un nuevo sentido al ocio infantil, y de pronto llega esta niña. Decide que para qué tanto lío, que ella ya le pone voces a la princesa, la mete en una casita con el peluche que menos quepa e intenta tú sacarla de ahí, equis box. De verdad, me recordó a esa escena de Jurassic Park en la que hablan de cómo la naturaleza se abre camino.

   No siempre salen las cosas como deben o como uno quiere, pero eso es lo que hace que vivir tenga sentido. Lo que aprendemos de la desazón, del abatimiento, no tiene precio. No tiene tampoco que ser el error la causa del resultado dispar al deseado. Tal vez, como la niña, quisimos imponer nuestra propia cordura a la causa, y aunque no podamos disfrutar por completo, rediós si el porcentaje que nos queda no sabe mucho mejor.

   Me perdonarán que vuelva a contarles otra anécdota relacionada con epifanías privadas, pero creo que de lo que mejor se habla es de lo que uno conoce. Hace años visité el museo Guggenheim de Bilbao. En él, en su exposición permanente, se exhibe la obra de Cy Twombly Nueve discursos sobre cómodo. Al observarla, encontré nueve simples manchas en nueve lienzos, sin nada que aportar. Me pareció pretenciosa, obvia, inconsistente.

   Años después, considero que Twombly es uno de los más increíbles artistas que han existido nunca. Su caos ordenado, sus enormes garabatos en colores vivos con fondos neutros, me cautivan, me cuentan cosas, me hacen pensar. Igual que no sé si no me duermo por culpa de mis hábitos erróneos, como comer pasta a las tres de la noche, ahora no sé si Twombly me gusta realmente o lo hace por sobreexposición o autosugestión, pero qué más da. Lo importante es que he cambiado.

   Al pensar en la primera historia, la niña cambiaba al mundo para ser feliz. En esta, el mundo me cambiaba a mí para que pueda serlo. En ambas, el secreto reside en no estancarse, moverse, inventar, forzar los límites. Si además de eso, consigues tener personalidad, te alejas del cliché de persona soñadora que dice verdades vacías delante de una cámara y sabes inglés, chapeau el esmirriau.

   Algo hay ahí, en tu interior, que sabe lo que es correcto. No, mejor, algo hay ahí en tu interior, que no tiene ni idea de lo que es correcto. Deberías equivocarte y dejar que para la próxima vez, lo tenga un poco más claro.

   Un placer volver a saludarles a todos. Termina el verano, pero les aseguro que ahora viene lo mejor.

Moving me down the highway, rolling me down the highway
Moving ahead so life won't pass me by

 


           

Santiago Alverú (Oviedo, 1992) es bloguero, monologuista y creador de los Premios Yago. Su debut en la faceta de actor fue como protagonista absoluto de ‘Selfie’ (Víctor García León, 2017), trabajo por el que fue finalista a los Goya y las Medallas del CEC

       

              

       

       

       

       

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