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Estas columnas las lee más gente de la que parece, se lo juro. El día que mi madre se haga Twitter me voy a reír yo de la viralidad. ¿Saben lo que me gustaría? Alcanzar un punto en mi vida en el que me la sudase todo.  Me encantaría ser el Julio Iglesias de lo que sea.

Al final, acusar es como comer pizza. Si lo haces mucho, se vuelve contra ti. Tenemos que hablar de Kevin (Spacey), pero corremos el riesgo de ser recordados como los impacientes que priorizaron exhibir su propia vehemencia antes que recordar la presunción de inocencia.

No es malo ser malo. Hasta esto es subjetivo. Decía Kubrick que sentía gran debilidad por los criminales y los artistas, porque ninguno veía la vida tal y como es. Pero lo que no debemos hacer es dar mal nombre a los malos. Si mentimos, mintamos para evitar dolor. Si hacemos trampas, que no nos pillen.Y si bebemos, no demos la brasa.

Nuestros tiempos etiquetan de valientes a todos aquellos que hablan en voz alta en sus redes. Mi animal mitológico favorito en 2019 es la persona que hace lo correcto sin correr a contarlo. Mi idea es venir aquí, con la cara destapada (esto es un chiste de YouTube, no se escandalicen) a desmontar la idea de que decir la verdad en redes sociales es, por defecto, valiente. En algunos casos, hay más redes de seguridad que en un circo de tres pistas.

La pereza es el origen de la mayoría de los textos que leemos. Juan Manuel de Prada se sentó un día a cenar con un grupo de gente aleatoria, y le tocó al lado un tío que le habló de Chernóbil. Por lo que sea le pareció mal. Así que, como todavía no tenía tema para esa semana, decidió advertirnos, de manera terriblemente clasista, de que es mejor leer libros que series y de que todos vivimos alienados. Él no se cree lo que dice tampoco, pero tenía algo llamado “fecha de entrega”. Y los que escribimos sabemos que es una fuerza más poderosa que cualquier convicción

Un líder de opinión es capaz de pasar toda su vida saltando de un amigo que le da la razón a otro sin cambiar jamás de parecer. ¿De qué narices sirve tener opiniones si nos van a felicitar por ellas? Cada vez que abrimos la boca deberíamos arriesgarnos al ostracismo más absoluto.  A partir de ahora, cada vez que inicie un proyecto prometo configurar a mi alrededor el lugar más hostil posible para mis ideales. SI fracaso será, como siempre, debido a que no tengo ni idea de nada, pero tengo bastantes amigos.

Hay que empezar a reivindicar la capacidad de decir que hemos hecho algo porque nos ha dado la gana. Parece que estamos constantemente pidiendo perdón por coger vacaciones, pero yo me he ido tres días a Roma. ¿Y saben qué no podía dejar de pensar? "Vaya suerte que tenemos". Se lo juro. Como un pensionista que solo ha estado en Benidorm y le llevan a Nueva York. Ganamos por goleada en el trato a los turistas. Si van a Roma, no pillen taxis, miren en Google lugares para comer y compren entradas por Internet siempre. Y luego hagan la horterada esa de besar el suelo al llegar a España.

Ir al cine solo es una muestra de amor íntima. Como un matrimonio con dificultades, has decidido salir en vez de tirarte a ver Netflix. Mientras otros han elegido seguir pasando stories, tú vas a ir dando un paseo hacia los Renoir. Porque, con suerte, estés en el momento que estés de tu vida, te quieres y te valoras. Y eso es un pensamiento alentador.  

 

"Les voy a contar un secreto. Yo, a veces, me muevo con gente de derechas. Bum. Sorpresa. Pues bien, esa gente no habla de la derecha ni la mitad de lo que lo hace la izquierda. De verdad. La gente que tiene la bandera en el balcón no sabe quién se presentaba por Vox a las elecciones europeas. Hasta hace dos días ser de derechas era lo más fácil del mundo. Solo debías tener menos valores que el resto".

Creo que las dos Españas no se separan por políticas; creo que las divide el conductismo, el comportamiento. Uno puede ser de izquierdas y entenderse con otro de derechas, pero la capacidad de llevar a cabo una colaboración, una relación de cualquier tipo, entre alguien que cree que subir una foto de su madre el día de la madre es algo lícito y alguien que cree que es una horterada, me parece fascinante.

Cada día que pasa es más difícil que un festival, programa, evento literario, cartel de comedia o guateque en general que no incluya diferentes sexos, razas u orientaciones sexuales pase desapercibido. Y que nos demanden más diversidad no es una pataleta, sino sinónimo de la existencia de un público que busca verse representado, de consumidores ávidos ante innovación. Convirtamos en celebridades a alguien nuevo. Tengamos millonarios diferentes. Que no se parezcan a los que ya tenemos.

Hoy hablo de los defensores de estrellas. Esa peña que, cuando un monstruo, un titán, se ve acorralado por una crítica, salen a defenderle. ¿Os imagináis a Rosalía, Amancio Ortega o Almodóvar en su casa respirando aliviados porque os acordáis de ellos? Callarse siempre es una opción que también dice mucho de nosotros. Básicamente, que sabemos en qué bando estamos sin necesidad de hacer aspavientos

Había hecho una apuesta con una persona a la que quiero mucho y es vegetariana: durante 60 días, nada de alcohol, carne o pescado. Fracasé (me tomé un par de cervezas), pero he aprendido cosas. Por ejemplo: dejen de dibujar una masculinidad asociada a chorradas como matar animales y aparcar bien. Y luego, bébanse un whIsky y coman una hamburguesa, no me sean mierdas. Hay pocas cosas que te hagan tan feliz.

   No paso el suficiente tiempo con mis amigos y mi familia. Me escaqueo por convicción: creo que en este momento de mi vida debo trabajar todo lo posible y aprovechar cualquier novedad al máximo. Esto es, evidentemente, un error. Cualquier persona, intuyo, que mire atrás al acercarse al borde de su vida, probablemente eche en falta haber pasado más tiempo con los suyos. Pero aquí estamos, sabiendo cosas a las que no hacemos caso. Qué vida esta. 

¿Merece la pena invertir millones de euros en restaurar obras artísticas frente a invertirlos en causas humanitarias? La cultura es perecedera, pero también fundamental. El ser humano lleva contando historias desde que nos reuníamos alrededor del fuego. Nuestra especie ha evolucionado y se ha vuelto más solidaria gracias a grandes obras de arte. Si ustedes no les ven el rédito, la practicidad inmediata, porque la mediocridad les atora el cerebro, de acuerdo. 

La polémica con el monólogo de Iggy Rubín es relativamente inesperada. Ni él es un cómico conocido por el gran público (como el caso de Dani Mateo) ni Ortega Lara parecía, a priori, un sujeto tan delicado para un monólogo. Las televisiones podrían intentar dejar de hacer el ridículo proclamándose primero como defensoras a ultranza del humor para descubrirse después como mojigatas que reaccionan asustadas ante la mínima presión por redes. O vamos a tope con la profesión de cómico, siempre, pase lo que pase, o nos quedamos callados. 

Cuando Hollywood se pone a intentar ablandar mi corazoncito, es fácil que lo consiga. El otro día lo hizo con 'El Gordo y el Flaco'. Hacía tiempo que nadie conseguía recordarme de manera tan sentida la importancia de la amistad y del amor por el trabajo. En la industria del entretenimiento está el que se come marrones y el que disfruta, el que llama y al que llaman. Hay dos clases de personas, los que confían en que todo va a ir bien y los que necesitan asegurarse de ello. Creo que el truco está en cultivar, en la medida de lo posible, ambas personalidades en uno mismo. Ser, al mismo tiempo, gordo y flaco. ¿El secreto? Dejar que el pegamento para ambas partes sea el humor.

El tema que me ocupa hoy es la pereza mediática de las etiquetas de gran tamaño. El tema que me ocupa hoy es la pereza mediática de las etiquetas de gran tamaño. No, hombre, hay veces que problemas puntuales tienen explicaciones puntuales. Y nada como el discurso de Chris Rock en los Óscars de 2016 para comprenderlo. Vaya por delante que creo que Vox son escoria, que el auge conservador de la ultraderecha es terrorífico, que el feminismo es el futuro. Pero creo que es imprudente asumir que cada suceso que vemos, por muy trágico que sea, forma parte de un problema mayor.

Los 'influencers' han desarrollado un lenguaje del famoseo. Quieren a sus amigos, a sus directores, a sus porteros, a sus cereales. Quieren en general. Pero los momentos de 'bajona' también deberían ser interesantes.

Los neandertales de hoy en día son nuestros periodistas, salas de cine, escritores. Sus 'sapiens' son los influencers, plataformas digitales, YoutubersDonald Trumps o androides. Firmemente creo en esto, aunque me entristezca. Pero si los neandertales perdieron una oportunidad, fue la de hacer ruido. Prefirieron morir por estrés, cuando pudieron haberse ido borrachos de orgullo.

En un porcentaje altísimo de los casos, los representantes son personas prescindibles: bolos en una bolera, esperando a que un impacto les dé en la cara para venderlo como trabajo propio. ¿Cómo es posible que, preguntes a quien preguntes, la mayor parte de las experiencias con ellos sean malas? Los agentes tienen que entender que no siempre llama Almodóvar, que las propuestas más pequeñas pueden ser interesantes, que es necesario pasarlo bien mientras se crece.

En los Premios Yago hemos cumplido cinco años. Y es muy jodido cumplir cinco años de lo que sea. De lo que sea. Mirad a los Feroz. En los Yago entendemos, y lo digo sin ironías, que el humor es la forma más auténtica de amor que existe. Reírte de alguien con ese alguien es una forma de comunión única que he experimentado en mi vida desde que soy chaval. Bien por los 'hooligans' de sus propias miserias, que las reconocen no porque tengan menos amor propio, sino porque saben que es la única forma de advertir las del resto. A estos, borrachos entrañables, románticos de lo real, los queremos siempre en nuestro equipo.

Los espectadores utilizan, literalmente, las apariciones de los premios menores para ir al baño, para hacer palomitas o para echar un polvo rápido hasta que salga Mejor actriz. Nadie recordará mi premio a mejor corto de animación, pero prefiero ocupar diez minutos en detrimento de una gala que representa a todo mi sector en vez de buscar alternativas. Hay que joderse.

Vengo a hablar de los Goya. Porque estuve. Me llamaron para cubrir la alfombra roja para las redes de la Academia. Y a mi alrededor no dejé de ver caras semiconocidas, gente sin un propósito más que dar la brasa, fingir amistades y coleccionar fotografías (¿¡para quién, si están solos?!). 'Canaperos' del cine español, esa peña que se hace la foto en el 'photocall' cuando está todo recogido. Influencers en su casa. No quiero ponerme romántico: auténticos primos. 

Hay pocas edades peores que los 17 años, porque ser adolescente es vivir en una república independiente en constante guerra civil a centímetros de tus amigos. Sandra Escacena, con la que escribí y presenté la pasada gala de las Medallas CEC, tiene, lo han adivinado, 17 años. Creo que es la persona más joven en la tierra ahora mismo. Ella y un niño nepalí. Pero que se joda ese niño nepalí: él no es Sandra Escacena.