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Ilustración: Jésica Cichero

Ilustración: Jésica Cichero

Nuevas voces
 
Alianza de sangre
 
GUILLEM CLUA
La señora ha llegado a primera hora. O incluso antes. Se ha pasado un buen rato fuera esperando. Media hora seguro. Manos heladas, nariz roja, mirada fija en el interior del Apple Store, como una chiquilla ante el escaparate de una pastelería. Asombro o miedo. No he sabido descifrar su expresión a través del cristal.

En cuanto abrimos las puertas la señora entra decidida y viene directa hacia mí “porque soy la única chica,” asegura.

Es verdad que mis compañeros son casi todos tíos (sobre todo en el turno de la mañana), pero la única chica tampoco, no exageremos.

–Mi nieta quiere un iPad –me dice.

Me sorprende que lo pronuncie bien. Lo reconozco. He tenido un prejuicio. Pero es que te salen con cada cosa... Que si quiero un ipat, o un ipeit... La gente es muy ignorante. Pero la señora no. A pesar de tener noventa años la señora sabe perfectamente de qué habla.

–Mi nieta quiere un iPad. Mañana cumple quince años y como es jovencita, como tú, seguro que sabrás cuál le va a gustar más.

“Claro que sí, señora, porque todas las jovencitas tenemos exactamente los mismos gustos”, pienso. Pero no lo digo, claro. Sonrío. La sonrisa no puede faltar. Y la llevo a la mesa de los iPads rezando porque la niña no sea gótica, porque entonces seguro que quiere el iPad negro y los iPads negros se nos han terminado.

Una vez allí, yo le pongo el disco: esto es un iPad Pro, esto es un iPad mini, esto es un iPad normal, que si tanta memoria, que si tantos megapíxeles, que de qué tamaño lo prefiere, que para qué lo va a usar...

Pero ella no me escucha. Ella se ha quedado mirando a David, que está en la otra punta del Store vendiendo diez iPhones 8 de color rosa a una pareja de rusos.

Típico de David. Seguro que han entrado solo a mirar y les acabará colocando media tienda.

Es bueno, el cabrón.

Quizás la señora también se ha dado cuenta de que es bueno y se está arrepintiendo de haber venido directa hacia mí, y por eso no le saca ojo de encima.

–Así que, señora... ¿cuál prefiere?

Pero ella no ha escuchado ni una sola palabra de lo que le he dicho.

–¿Cómo dices, niña?

Odio que me llamen niña, cuando me llaman niña me entran ganas de gritar, pero no pierdo la sonrisa.

–El iPad, señora. El iPad para su nieta. ¿Cuál le gusta más?

–Ah, el pequeñito ya me sirve. Es muy mono y le cabrá en el bolso.
Pequeñito y que se conecte a Internet en cualquier lugar como si fuera un teléfono y que quepan muchas cosas. Es decir, en lenguaje normal, un iPad Mini 4 Wi-Fi Cellular de 128 Gb.

–¿Blanco o negro?

Nada.

–¡Señora! ¿Blanco o negro?

Pero la señora se ha vuelto a quedar pillada con David, que ahora está en la zona de ordenadores vendiendo tres portátiles a la misma pareja de rusos.

Y entonces se me han cruzado los cables.

No sé qué me ha pasado, pero he olvidado las eternas horas de formación, los sagrados mandamientos del dependiente perfecto, nuestras obligaciones hacia los clientes... y he dejado de sonreír.

Sí, sé que puede caerme un puro, pero he dejado de sonreír. Qué le vamos a hacer, soy así, vivo al límite, yo.

–Si quiere que le atienda mi compañero no hay ningún problema.

–¡Nooo, qué dices, en absoluto, niña, si tú lo estás haciendo muy bien!

La señora se disculpa y confiesa que a veces se le va la olla, que con noventa años es normal, creo yo. Y me dice que por unos momentos le ha parecido que David era su marido de joven.

–Se llamaba Carlos. Y con quince añitos ya estábamos prometidos. A pesar de la guerra nos íbamos a casar. Teníamos fecha en la iglesia y todo. Una parroquia pequeñita, cerca del río. Ahora esa iglesia ya no existe.

La señora me empieza a contar su historia y yo no me atrevo a interrumpirla.

–Qué apuesto era mi Carlos. Mis amigas decían que era un poco estrecho de pecho. Y más bajito que yo... sí. Pero también tenía la sonrisa más preciosa de todo Madrid. Nadie podía negarle nada a una sonrisa como esa... Y claro, ¿qué le iba a decir yo cuando me pidió la mano? El día de nuestra boda estábamos todos en casa, preparándonos para ir hacia la iglesia, cuando bombardearon la ciudad. No era la primera vez, pero sí la más intensa. Por eso no salimos. Creíamos que en casa estaríamos seguros, pero una explosión derrumbó medio edificio. Toda mi familia estaba en esa mitad. Carlos y yo corrimos como pudimos hacia un refugio y desde ahí abajo oímos cómo lo destruían todo. Yo no dejaba de llorar y repetía que no me quería morir sin que nos hubiéramos casado. Entonces él sacó una navaja y me hizo esto.

La señora me enseña el dedo anular de su mano izquierda y puedo ver una cicatriz oscura y profunda en su base. Una cicatriz en forma de anillo.

–Una alianza de sangre –me dice–.Una marca imborrable. Él se hizo lo mismo, nos juramos amor eterno, me dio el primer beso de casados y cuando me sonrió, supe que todo iría bien.

La historia podría terminar ahí, pero no. La realidad no entiende de buenos finales.

Al cabo de una semana mandaron a Carlos al frente. Y nunca más volvió.

Lo capturaron y acabó fusilado.

La señora me cuenta que lo enterraron en una fosa común en una cuneta vete a saber dónde. Se ve que nunca ha podido encontrar su cuerpo porque el gobierno no deja que desentierren a los muertos. No tenía ni idea.

Pero ella no se quedó sola, porque Carlos le había dejado un hijo. Y el hijo nació y se llamó como su padre, Carlitos. Y Carlitos creció y conoció a una chica y se enamoraron y tuvieron una niña que mañana cumple quince años y que quiere un iPad pequeñito que le quepa en el bolso.

Cuando la señora termina su historia soy yo la que se ha quedado muda. No se me ocurre nada que decir. Ella tampoco dice nada y vuelve a mirar a David, que ahora está en la zona de los relojes vendiendo cinco de diferentes colores a la pareja rusa.

Y me doy cuenta de que no puedo seguir callada. Tengo que decir algo profundo, reconfortante, no sé, lo que sea. Por eso tomo la mano de la señora y con el tono de voz más suave del que soy capaz le suelto:

–¿Así qué? ¿Blanco o negro?

La señora elige el blanco, paga y se va.

Se va con su cicatriz de amor eterno en el dedo y con otras muchas que no he sido capaz de ver. Y de algún modo siento como si me hubiera dejado una de ellas a mí cuando le he cogido la mano.

Por eso me acerco a David y le beso en los labios.

Hace cinco años que somos pareja, David y yo. No penséis cosas extrañas.

Le doy un beso y le pregunto si se quiere casar conmigo.

Y él me sonríe.

Y sé que todo irá bien.

 
Guillem Clua (Barcelona, 1973) es periodista, guionista televisivo y, ante todo, dramaturgo. Ha vivido en Nueva York y Londres, y su producción dramàtica se inspira a menudo en la actualidad, con obras de alto voltaje político (‘La piel en llamas’, ‘El sabor de las cenizas, ‘La golondrina) o dramas épicos como ‘Marburg’ o ‘Invasión’. También ha despuntado en musicales (‘Killer’, ‘73 raons per deixar-te), comedias (‘Smiley’, ‘Al damunt dels nostres cants’) y espectáculos de teatro-danza (‘Muerte en Venecia’, ‘En el desierto), y ha rubricado sendas adaptaciones de los clásicos ‘Ilíada’ y ‘La revoltosa
 

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