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30-01-2015 Versión imprimir
Foto: Alberto Roldán
Foto: Alberto Roldán
 
 
Amparo Baró, medio siglo de magisterio

 
La actriz barcelonesa nos lega interpretaciones tan gloriosas como la de Sole en la serie 'Siete vidas' o la Violet del drama 'Agosto'


EDUARDO VALLEJO
A primera hora de la mañana del 29 de enero se conocía la noticia del fallecimiento de Amparo Baró en el Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda. La actriz, natural de Barcelona pero afincada en Madrid desde hacía décadas, contaba con 77 años y una dilatada trayectoria que ella misma describía, al recibir el Premio Actúa de la Fundación AISGE en 2011, como “muy larga y siempre comprometida con los valores de nuestro oficio”.
 
   Y así fue. Pero no le gustaba figurar. Alérgica a los premios, los flashes y las alfombras rojas, era tan generosa con su trabajo como tímida ante los reconocimientos. De su último papel en las tablas dijo antes del estreno: “Llevaba once años sin pisar un escenario. Después de tanto tiempo, el teatro me ha hecho un regalo muy grande. Es un premio que no tenía”. Luego le darían un Max, pero el premio ya lo tenía: su personaje. Se trataba de Violet, la corrosiva matriarca de Agosto, drama de Tracy Letts llevado a escena por el Centro Dramático Nacional. El montaje de Gerardo Vera hizo historia tanto por la hondura del texto como por el largo vuelo de su elenco, integrado por Carmen Machi, Alicia Borrachero, Irene Escolar y la propia Baró, entre otros.
 
   Para Amparo todo empezó cuando su hermano la llevó al teatro con catorce años. “Me llevó a ver Seis personajes en busca de autor, y Asunción Sancho me transmitió algo tan impresionante que no quise dedicarme a otra cosa”. Esa pulsión le animó a dejar sus estudios de Filosofía y Letras y centrarse en la interpretación. Se unió a la compañía del Teatro de Cámara y debutó en la cúpula del Coliseum de Barcelona dando vida a la duquesa Isabela en El burlador de Sevilla. Posteriormente, fue contratada por la compañía del Teatro Windsor, dirigida por Adolfo Marsillach y Amparo Soler Leal, dos nombres cruciales en los inicios de su carrera. Una indisposición de la actriz principal supuso para la otra Amparo la oportunidad que no desaprovecharía. Sustituyó a Soler Leal y una puerta se abrió.
 
 
 
En 'El secuestro' (1980), junto a Agustín González y María Silva
En 'El secuestro' (1980), junto a Agustín González y María Silva
 
 
 
Las lágrimas de Ava
A finales de la década de 1950 llegó con la compañía de Marsillach a Madrid, donde se instaló definitivamente. En 1959 conoció en El Duende, un local de flamenco, a su ídolo Ava Gardner, episodio que relata con detalle en el libro de Marcos Ordóñez Beberse la vida: “Yo estaba haciendo La calumnia, de Lilian Hellman. Hacía el papel de la niña, mi primer papel importante. Y mi primer sueldo importante. Lo poco que conseguía ahorrar me lo fundía en flamenco”. Aquella noche acabó en casa de la estrella, las dos sentadas en un sofá. “Puso un disco de Sinatra. Y comenzó a llorar, a la primera canción. Lloraba sin el menor disimulo. Yo no sabía qué hacer ni dónde mirar”. El flamenco, las tertulias, las largas noches en Oliver después de la función... Baró vivió con intensidad aquel Madrid farandulero y conspirador. “Ahora me levanto a las seis y media de la mañana, la misma hora a la que me acostaba durante muchos años”, confesaba risueña a Rosana Torres en 2004.
 
   Por la misma época debutó en televisión, en la serie Galería de maridos junto a Adolfo Marsillach. Cuentan que este no iba al Paseo de la Habana con los papeles muy aprendidos y que ella tenía que echarle capotes a menudo. En 1968 estrenó en Barcelona, junto a Terele Pávez y Carlos Ballesteros, La casa de las chivas, de Jaime Salom. “El sobreesfuerzo físico de una menuda Amparo Baró”, según descripción de García Ruiz y Torres Nebrera en su Historia y antología del teatro español de posguerra, “aumentó su prestigio profesional”, pero ella mantenía una actitud humilde, como ya había dejado ver en declaraciones como estas de 1963 a la revista Tele Radio: “Nunca ambicioné nada a largo plazo, sino aquellas pequeñas cosas que iban surgiendo en mi camino”.
 
   De la mano de Marsillach, Jaime de Armiñán y Pilar Miró, el rostro de Amparo Baró pasó a ser habitual de los dramáticos de TVE, tanto en series como en teatro. Sus intervenciones se cuentan por decenas, algunas memorables por rompedoras (como el primer desnudo que ella y María Luisa Merlo protagonizaron en El bebé furioso, de Martínez Mediero, en 1978, dentro del espacio Teatro estudio); otras también inolvidables por revelarnos su talento para la comedia, como Tres sombreros de copa, de Mihura, y Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Jardiel, dirigidas por Gustavo Pérez Puig en 1966 y 1977 respectivamente.
 
 
 
En la inmortal serie '7 vidas', aquí junto a Blanca Portillo y Javier Cámara
En la inmortal serie '7 vidas', aquí junto a Blanca Portillo y Javier Cámara
 
 
 
   Pero la tele le iba a deparar una sorpresa similar a la que el teatro le dio con Agosto. A lo largo de más de 200 episodios entre 1999 y 2006, Amparo Baró se coló en los hogares de media España encarnando a Soledad Huete, más conocida como Sole, en la telecomedia Siete vidas. Otra madre abrasiva, como la de Agosto, pero en este caso en clave de comedia inteligente y con público en directo. Fue un experimento por el que nadie daba un duro en su día y que hoy es objeto de culto. Los que la hayan visto jamás olvidarán el tempo con que daba su texto y la firmeza con que repartía collejas a sus hijos Paco y Félix (Javier Cámara y Florentino Fernández). Rodeada de un reparto de brillantes intérpretes jóvenes (Gonzalo de Castro, Blanca Portillo, Carmen Machi...), entre los que el talento de la veterana refulgía con especial intensidad.
 
   El tremendo éxito de Siete vidas y del personaje de Sole facilitó la continuidad de la actriz con la productora Globomedia, que le dio el papel de Jacinta García en su nueva serie: El internado (2007-10), aunque esta vez en el género del misterio y con un reparto más joven todavía. Una consternada Cristina Marcos, compañera suya en la serie, la recuerda así: “Era seria, pero a la vez una cachonda. Lo pasaba genial con ella y hablábamos mucho. Recuerdo que me decía ‘vamos al camerino a charlar’ o ‘vamos a fumar’. Como actriz, me impresionaban su concisión y su precisión. Era muy limpia trabajando, algo realmente difícil de conseguir. He sentido mucho su muerte”.
 
 
Caracterizada para 'El internado'
Caracterizada para 'El internado'
 
 
 
   Si su actividad en teatro y televisión fue intensa a lo largo de toda su trayectoria, el cine le fue más esquivo. Sin embargo, de nuevo en las postrimerías de su carrera, le llegó uno de sus mejores personajes, el de Emilia, madre de Blanca Portillo en Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta, 2007), que le granjeó el Goya a la mejor intérprete femenina de reparto.
 
   Entre sus películas de más renombre, amén del filme de Querejeta, cabe destacar títulos como el interesante drama bélico Tierra de todos (Antonio Isasi, 1962); El nido (J. de Armiñán, 1980), nominada a un Óscar; Las cosas del querer (J. Chávarri, 1989) o la genial El bosque animado (J. L. Cuerda, 1987).
 
   Vista en retrospectiva, la carrera de Baró tuvo su mayor reconocimiento en los quince últimos años de su carrera. Papeles como el de Sole en Siete vidas, Violet en Agosto o Emilia en Siete mesas de billar francés confirman que los directores, aunque tarde, se acordaron de que ahí estaba esta actriz de una pieza, aún llena de energía y con sabiduría a espuertas. Fue para bien del público, pero también de compañeros jóvenes que, como Javier Cámara o Irene Escolar, han crecido y florecido a su sombra.
 
   Su personaje en Siete mesas... se preguntaba insistentemente: “¿Para qué sirven los viejos?” En su caso, sin duda, para inspirar a nuevas generaciones de actores.
 
 
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