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23-01-2015 Versión imprimir

 
 
Amparo Valle


“El teatro debería ser ‘despertador de conciencias’, como lo definía Lorca”


Nació en una Valencia bajo las bombas y conserva el alma batalladora. La madre de Coque Malla se dice “jubilada activa”. O sea, no dejará de trabajar



BEATRIZ PORTINARI
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Cuentan que justo en el momento que la actriz y directora Amparo Valle nacía en Valencia, en 1937, el crucero franquista Canarias bombardeaba su ciudad y los obuses pasaban frente a la ventana de su casa. “Con la que está cayendo, esta niña me va a salir guerrera’, decía mi madre en pleno parto. Y no se equivocó, pobrecita…”, relata la intérprete con un guiño.
 
   Cuando tiene que hacer memoria sobre su trayectoria, los recuerdos personales se mezclan con los profesionales en un puzzle de historias entrecruzadas con el café, que se queda frío. “A mí no me han hecho muchas entrevistas. Las primeras cosas grandes que hice fue con mi exmarido [Gerardo Malla] como director y yo prefería estar en un segundo plano. Y mira que he recibido premios: el Margarita Xirgu, la Medalla de Oro de Valladolid, el Premio Nacional de Teatro... Incluso el premio a la interpretación en el Festival Internacional de Cine de Mujeres de Burdeos por Flores de otro mundo, ex aequo con otras tres actrices. Pero entrevistas, lo que se dice entrevistas, no me han hecho muchas”. Se prepara, cierra los ojos y trata de ordenar su memoria.
 
 
 

 
 
 
   De su infancia recuerda que se crió “como una princesa” de padre republicano y comerciante, trabajador desde los 9 años en una casa de costuras, a cambio de un plato de comida y un hueco para dormir sobre el mostrador. “Fui a un colegio religioso, pero no me influyó para nada en mi forma de pensar. No me sentí reprimida; de hecho, era bastante cínica sobre la Biblia. Recuerdo que enfrente estaban los Dominicos, donde estudiaban los chicos, y nos veíamos por las ventanas. Me lanzaban cartitas de amor pegadas en bolas de chicle, que a veces llegaban y otras no, claro. ¡Era tan emocionante! Todavía recuerdo la segunda parte de un poema, un acróstico con mi nombre que he tenido guardado en casa hasta hace poco. No me acuerdo de las eles del apellido, pero decía así:
“Voy siguiendo los caminos que me abrieron tu senderos
Ahora que sé que existes ya no envidio al pájaro sus alas
En mi pecho anida tu amor como una cigüeña blanca”
 
 
 

 
 
 
De la música al teatro
Aunque no había tradición artística en su familia, Amparo Valle considera un hito el carnet de socio de la Filarmónica de su padre. Ópera que llegaba a Valencia, ópera que no se perdían. Y así, con siete años la matricularon en el Conservatorio para estudiar Piano y Solfeo. El mejor pianista de Valencia acudía a su casa para dar clases particulares. “¡Pero mira estas morcillas y estas muñecas sin fuerza!”, bromea la actriz sacudiendo sus manos, surcadas por años de historia en la piel. “¡Era una calamidad al piano! Mi padre, pobrecito, se sentaba a mi lado, cuando volvía de trabajar, para escucharme mientras practicaba escalas y arpegios. Aquello era insufrible…”.
 
   De las infructuosas clases de piano pasó a estudiar Filosofía y Letras y Filología Británica en la Universidad y a impartir clases a niños en un colegio para contribuir en su casa. “Buscaba algo que pudiera compaginar con las clases porque las cosas se habían complicado económicamente. Un día viajaba en el tranvía y escuché a dos chicos hablar de su trabajo en Radio Manises, donde decían que necesitaban a una locutora. Allá que fui, diciendo que iba por el puesto de locutora. ¡Y lo conseguí! Cobraba 500 pesetas en el colegio y 1.000 pesetas al mes por la radio”.
 
 
 

 
 
 
   A pesar de compaginar la Universidad con dos trabajos y terminar sus jornadas a las 12 de la noche, la actriz se matriculó en el Teatro Español Universitario (TEU). “¿Qué de dónde sacaba tiempo? Pues no lo sé, pero sabía que quería hacer teatro. Hice mi primer papel en el año 58 o 59, en la obra El delito en la isla de las cabras, un dramón que dirigía José Francisco Tamariz. Aquella fue la primera vez que me subí al escenario. En el TEU hicimos cosas muy interesantes. Con Raimon trabajé en otra obra, Pelo de zanahoria, de Jules Renard, donde él cantaba y tocaba la guitarra. Y todo esto en una época convulsa, con follones en la universidad, detenciones... y mi primer gran amor detenido y encarcelado... que no salió hasta el indulto del Rey Juan Carlos. Fue mucho tiempo, demasiado”.
 
   Por aquella época llegó Núria Espert con su compañía a Valencia y buscó actriz para cubrir un papel que Valle consiguió y defendió con excelentes críticas. Aquello supuso un antes y un después: dejó sus dos trabajos y el teatro universitario para dar el gran salto con la compañía de Espert, donde además conocería a Gerardo Malla. “No es que mi vida cambiara, ¡es que dio un vuelco! De ser una estudiante de Valencia a llevar una vida de farándula. Me casé, nos instalamos en Madrid, llegaron los hijos... Y seguí trabajando en teatro y cine”. Con La Murga cosechó premios y buenas críticas, allá por 1973. “Disfrutaba muchísimo con los papeles que me ofrecían, de cierta enjundia: De San Pascual a San Gil de Domingo Miras fue una obra divertidísima y antimonárquica”, recuerda la intérprete, con media sonrisa irónica.
 
 

 
 
 
   Sobre si el teatro debería ser o no político, Amparo Valle suelta una carcajada. “¡Por favor, para qué estamos si no!”. Recuerda que Lorca definía el teatro como “despertador de conciencias” y afirma que se debería seguir su ejemplo. “Nuestro deber como actores es implicarnos políticamente porque eso es lo que quiere impedir cierta facción política. Saben que les costó unas elecciones que los actores saliéramos a la calle y nos manifestáramos claramente por el No a la guerra. El 21 por ciento de IVA cultural fue concebido para perjudicar al cine, al teatro y a los músicos. Nos dicen que hagamos mejor cine, ¡por Dios!, si sales fuera de España y todo es reconocimiento al talento que tenemos aquí…”.
 
 
 
 

 
 
 
Una abuela del rock
La actriz coge aire y bebe agua antes de seguir hablando. Le brillan los ojos al describir el proyecto Mujeres, de Coque Malla, su hijo. “Me ha llegado a mis seventy seven”, se carcajea. “Cuando Coque me lo propuso le dije: ‘Pero hijo, si no sé cantar’. Y él me respondió que no era necesario, que lo haría estupendamente como actriz. Sólo puedo estar agradecida por haber vivido momentos así y seguir siendo una jubilada activa. Y eso es lo mismo que decir que nunca dejaré de trabajar”.
 
   No es resignación, sino convicción. Además del disco Mujeres y su concierto, entre sus proyectos recientes figura la grabación del capítulo piloto de una nueva comedia televisiva en la que podría trabajar próximamente con Anabel Alonso y Tina Sáinz entre sus compañeras de reparto.
 
   Suena su teléfono y se disculpa antes de cogerlo: “Hola, hijo, estoy terminando la entrevista. ¿Dónde nos vemos para comer?”. La abuela del rock y el teatro es sencillamente incombustible.
 
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