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20-06-2017 Versión imprimir

 
Ana Fernández
 
“Las películas de mujeres funcionan, no hay que tener miedo”
 
 
La actriz reivindica el papel femenino en la escena con su última producción: ‘El lunar de Lady Chatterley’
 
 
LUIS MIGUEL ROJAS
Los Jardines de Murillo de Sevilla delegan en sus árboles centenarios el poder de cobijar con su sombra a todo turista rezagado que visita la capital andaluza cuando el calor aprieta. Aquí el ligero bullicio deja paso a la serenidad plena que la naturaleza regala.
  
   Ana Fernández (Valencina de la Concepción, Sevilla, 1965) también sabe transmitir ese tipo de serenidad que le deja a uno boquiabierto e invita a admirar la fascinante carrera de alguien que empezó tarde en el cine, pero que no ha perdido ni un solo minuto en llevar su amor por este oficio a lo más alto.
  
   Millones de veces se repite esa frase de “Los ojos son el espejo del alma”. Y Fernández guarda en el brillo de los suyos a todas las mujeres plasmadas en su día sobre el papel de un guion y deseosas de cobrar vida real. Todas ellas han construido a una actriz que no deja de creer en la magia de la interpretación. Esas mujeres le han dado la oportunidad de conocer a directores que le abrían una nueva puerta, a intérpretes que le enseñaron a rechazar la prepotencia en la cacareada actitud del actor y a técnicos que continúan mimándola aunque el camino laboral no les haya cruzado luego con ella.
 
– ¿Qué tal está por su tierra?
– Me siento en mi casa. Estoy viniendo cada vez más. Una larga etapa profesional me ha tenido un tiempo fuera y me he perdido incluso acontecimientos familiares de gran importancia. Salvo los muy desagradables. Me perdí el nacimiento de mis sobrinos, la boda de mi hermano pequeño porque estaba en el teatro… Y me he perdido también ver cómo mi madre se hacía mayor.
 
– Siempre gusta volver al nido…
– Sí… Y Sevilla es una ciudad preciosa. No tenía un rincón en ella, pero ya lo tengo. Ahora sé que vendré más. Es importante sentirte en casa.
 
– ¿Pesa eso de no ser profeta en su tierra?
– ¡No! Yo no pienso eso. Es cierto que me han llamado muy pocas veces para trabajar en cine aquí, pero sí que he hecho telefilmes como La Mari. Benito Zambrano es el único director andaluz de primera fila que figura en mi currículum cinematográfico.

 
– Él le confió ese regalo de personaje por el que destacó Solas...
– Cierto. De eso hace ya 17 años. ¡Y llegamos a cuestionarnos su estreno! Rodamos la película con bobina, antes de que se extendiera el formato digital. He tenido la suerte de saber cómo se trabajaba por entonces. Me pareció muy mágico.

– Tras un montón de obstáculos se estrenó. Y le reportó el Goya a mejor actriz revelación.
– Cuando me lo dieron, no me lo esperaba. En ese momento no me estaban enfocando a mí en la televisión, sino a la pareja de Benito… ¿Quién se lo iba a imaginar? [ríe]. Recuerdo que me quedé un poco en shock y fue mi pareja la que me dijo: “¡Que te lo han dado a ti!”. Parecía que estaba en otro lugar, pero disfruté en cuanto pisé el escenario. Fue una noche muy linda.
 
– ¿Qué supuso?
– Aquellos cinco Goyas nos los tomamos como una manera de visibilizar la idea de que una historia salida de Andalucía también podía alzarse con estatuillas. Luego ha ocurrido eso mismo en muchas ocasiones, pero esa fue la primera vez que pasaba de una forma tan contundente. Creo que toda la Academia se alegró por los premios que se llevó Solas.
 
– ¿La ha visto después?
– Sí. Al cabo de muchos años. La vi hace poco en la Academia porque pertenezco a CIMA, que había elegido la película para revisitarla con el ciclo Mujeres que no lloran. Hubo un coloquio y la proyectaron. Me enfrenté a ella con una gran carga emocional, pues algunos de sus actores ya no nos acompañan…
 
– María Galiana sí está. Para todos es la abuela entrañable de Cuéntame
– Su energía es admirable. Luego volvimos a trabajar juntas en La Mari: ella encarnaba un personaje tan diferente al de Solas que el público se dio cuenta de que podía hacer lo que se le pusiera por delante. Todavía la siento parte de mí, como si fuera mi madre. Hablamos a menudo por teléfono, y cuando quedamos, charlamos durante horas. Tengo muchas ganas de que vea mi último montaje: El lunar de Lady Chatterley. María es muy grande.
 
La Mari supuso otro boom en su carrera.
– Aquella Mari probablemente sea uno de mis personajes más completos, más hermosos. De esos que me hacen sentir orgullo de esta profesión. Dar vida a esa mujer fue muy importante para mí.

 
– Da la casualidad de que Constance (El lunar de Lady Chatterley), María (Solas) y la Mari son heroínas de su época…
– Yo las llamo heroínas de lo cotidiano. Son mujeres reales muy pegadas a la tierra, que en circunstancias especiales se vuelven seres excepcionales. Y son los personajes que más me gustan, me dan una responsabilidad enorme. Muchas de ellas son más fuertes que yo, más valientes, más inteligentes.

– ¿Significa eso que hay gran distancia entre Ana y todas esas mujeres?
– Por supuesto. Yo trabajo más en el esfuerzo de acercarme a ellas, no hago que ellas se acerquen a mí.
 
– ¿Ha crecido como persona gracias a la actitud de alguno de esos personajes?
– De la Mari me cautivó la osadía, la determinación, la capacidad de aprendizaje que tiene, la curiosidad. Me llamó mucho la atención que el personaje hiciera mella incluso en el rodaje. Todos acuñaron la expresión “estoy muy Mari” para referirse a la valentía de saber decir no, a la lucha contra la injusticia… Esa temperamento de la Mari me lo he grabado en la mente.
 
– Resultaría obvio preguntar que se necesita mucho trabajo de campo para preparar un personaje.
En mi caso sí. Y si no tengo tiempo, lo paso fatal. Hasta ahora no he compaginado varias cosas al mismo tiempo. Cuando estoy preparando un papel protagonista no puedo meterme en la piel de otro personaje. Debo dedicarle tiempo al trabajo que me han confiado. Y ocurre algo curioso después de que te brinden un personaje: te salen unas antenas que te van guiando hacia lo que te va a hacer falta para componerlo. Hay que informarse mucho sobre la época en que vive. Con la Mari, por ejemplo, siempre pensé que ella cantaba, algo que al guionista no le terminaba de hacer gracia. Y al final le encantó. Él me decía: “Ella es más seca”. Y yo le rebatí: “No, es andaluza. Es una mujer que no tiene barreras, una mujer abierta al mundo”.
 
– ¿Por qué pensó en el mundo de la canción?
– En mi tierra el cante es una manera de expresar sentimientos. Se puede estar muy triste y cantar. Creo que lo grande del pueblo andaluz es el sentido trágico y cómico de la vida, porque los andaluces tienen mucha inteligencia y la inteligencia es humor. Cuando me dicen que en Andalucía tenemos mucho humor, yo respondo que en el sur somos muy inteligentes. Cuanto más humor tiene una persona, más inteligente es.
 
– Y la Mari al final cantó.
– ¡Sí! Mientras presentábamos Solas y Sé quién eres en Cuba, de pronto oí unos fandangos. Y yo quería que ella entonara un fandango. Los estaba cantando en ese momento Arcángel y fui a presentarme a él. Esa valentía me la dio el hecho de estar en plena preparación de un personaje, porque suelo ser tímida. Le comenté mi idea y tuvo la generosidad de enviarme a casa un CD con fandangos alosneros y sevillanas anónimas que cantaba él para mí. Soy muy concienzuda con mi trabajo.


 
– Ha actuado con Almodóvar y José Luis Garci. ¿Cómo fue la aventura con cada cineasta?
Son diferentes, tienen un submundo maravilloso. Almodóvar contó conmigo para que hiciera una pequeña participación, pero fue el único director que me dio un personaje tragicómico en cine. Y otra cosa: ¡alabado sea él por trabajar con personajes femeninos! Son de esos personajes con fondo y forma que siempre reivindicamos las actrices españolas. El manchego controla cada papel con minuciosidad, desde el último apunte hasta el primer lunar del vestido. Garci me ha confiado mujeres muy diferentes, algo que no suele pasar. Con él encarné a Pilara en You’re the one, un personaje que lleva mucho de mi madre en la expresión corporal, en su mirada… También me ha permitido estar en montajes teatrales y me ha dado el placer de trabajar con actores de renombre de este país. De ellos aprendo mucho.

– Hablando de intérpretes importantes: en La novia compartió secuencia con Carlos Álvarez-Novoa. 
– ¡Ay, Carlos! Si te fijas en la película [se emociona], parece que se está despidiendo, porque mira a la novia y se da la vuelta…
 
– Ese filme es una joya.
– Es una cinta preciosa. Paula [Ortiz] posee un universo muy personal. Sabe mucho para la juventud que tiene. Es sensible y lo demuestra. Ha hecho una adaptación desde el punto de vista de la novia. ¿Ves? Nuevamente volvemos a los personajes femeninos. ¡Estoy cansada de la testosterona en el celuloide! [ríe].
 
– ¿Se considera una heroína en ese sentido?
– Soy una superviviente. Todas intentamos un cambio de la situación, y lo hacemos con nuestro trabajo constante. Las mujeres han tenido mucho que contar a lo largo de la Historia. Y echando la vista a tiempos más recientes, ¿qué se cuenta sobre las mujeres en la posguerra? Fueron ellas las que levantaron un país que prácticamente se quedó sin hombres. ¿Qué pasa con las que tenían a sus hijos en las cárceles? Las películas de mujeres funcionan, no hay que tener miedo, pero nadie explora en las historias… 
 
– Pues muchos opinan que el tema de la posguerra está trillado.
– Estoy cansada de esas opiniones. Estoy harta de oír la frase “Ya está bien de hablar de la Guerra Civil”. Porque no se ha hablado. Me surgen muchos interrogantes que hoy desconocemos, historias de vida nunca contadas que necesitan salir a la luz.


 
– ¿El tiempo invertido en cada personaje afecta al ámbito familiar?
– Sí… Soy un poco obsesiva. Dependiendo del proyecto, la responsabilidad varía. Tengo la suerte de vivir con alguien que entiende mi oficio y le gusta. Y le gusta la actriz que vive a su lado. La idea de un Goya para la persona que nos acompaña de la mano… no estaría mal, ¿eh? [ríe].

– Es buena idea.
– ¡Claro! Este oficio realmente se nota en la familia. No tengo hijos. En su momento lo decidí así porque ser actriz exige demasiado y yo me dedico en cuerpo y alma. He pasado mucho tiempo fuera y he atravesado mis duelos de personaje. Te das cuenta de que está ya formado y te cuesta desprenderte de él. Es como una pequeña muerte. Me asusté la primera vez que me ocurrió. Puede que trabaje de una manera un poco esquizofrénica… pero lo siento así.
 
– ¿Esa obsesión está íntimamente ligada a lo profesional?
– No, no. Es totalmente vocacional. Y supongo que también tiene que ver con mi carácter: soy la mayor de cinco hermanos y eso da responsabilidad [ríe]. El trabajo es un regalo y un compromiso. Lo vivo intensamente, pero no desde el dolor ni el drama, lo disfruto muchísimo. Eso sí, con el abrigo de la responsabilidad puesto.
 
– Hace 25 años se la podía ver en Canal Sur presentando el tiempo o Testigos hoy. ¿Tenía clavada una espinita periodística?
– Esa era una actriz que se presentaba a muchas pruebas y la cogían para hacer esas cosas [ríe]. En Testigos hoy duré muuuy poco [carcajada]. ¡Era un programa religioso! Reconozco que no practico la religión católica, y no me salía decir ciertas cosas del guion. Porque no estaba en la piel de ningún personaje, sino en la de Ana. Me daban continuos toques de atención. Una vez no lograba terminar una frase: “Este mundo corrupto por la ambición, la codicia, el sexo…”. Pues la palabra sexo no me salía, no la podía decir, era superior a mí. Así que tiraba de sinónimos. Para mí el sexo es algo natural, maravillo, precioso, que nos ayuda a disfrutar, a comunicarnos. Protejámonos de las enfermedades de transmisión sexual y respetemos al otro, pero… ¡a disfrutar, por favor! Creo que, para no despedirme, me pusieron de presentadora del tiempo [carcajada].
 
– En esa época se celebró la Expo 92. ¿Cómo la vivió?
– Fue un regalo. Nunca había hecho teatro de calle y terminé trabajando en la cabalgata. Hace poco lo hablábamos y nos dimos cuenta de lo afortunados que fuimos. La mayoría éramos intérpretes jóvenes, y trabajábamos en un importantísimo núcleo de cultura en ese momento. Fueron seis meses maravillosos. Entre los mejores espectáculos que he visto en mi vida, y he visto muchos, se encuentran los que se ofrecieron durante la Expo. Los vivimos con la energía y la curiosidad que da la juventud. También fue un regalo para la ciudad. Sevilla salía al mundo. Fueron los ciudadanos los que confiaron en la Expo, ya que los medios de comunicación locales estaban en contra. No lo podía entender.
 
– Teniendo en cuenta el sentir de ese grupo de actores en la Expo, ¿está hoy la vocación ensombrecida por el glamur?
– Lo veo como un mundo paralelo. Quien se dedica a este maravilloso y duro oficio por vocación no está ahí. Eso es otra cosa, la fama es efímera. Ahora emerge una manera distinta de trabajar, pero el oficio continúa yendo por otro lado. Los pilares de este mundillo no son los que están de cabezas visibles, son los que hacen teatro por los pueblos con pequeñas compañías. Todo lo que un actor aprende no está de más: los periodos como camareras, como niñeras… Eso luego te va a ayudar. Hay que tener abierta la mente.
 
– ¿Cuánto tiempo lleva contando historias a través de sus personajes?
– Si se considera que eres actriz cuando empiezas a cobrar, con 17 años montamos una pequeña compañía para representar por toda la provincia de Sevilla. Y creo que con 19 o 20 entré en La Jácara. Con las fechas soy absolutamente negada, ¿eh? Juego con Instagram porque para mí es como un diario. De repente veo una foto y pienso: “¿Esto cuándo fue?”. Si ahora me preguntas cuándo entré en la escuela de Arte Dramático, tendría que pensarlo un rato. De hecho, creo que pasé antes por la universidad…
 
– ¿Qué estudió?
– Historia del Arte. Solo cursé tres años. Aquí se daba demasiado arte barroco, y yo el barroco… [ríe]. Si retomara la universidad, me matricularía en Antropología.
 

 
– ¿Qué proyectos tiene en mente?
– Tengo un montón de proyectos pendientes en teatro, pero estoy volcada con El lunar de Lady Chatterley, que es de producción propia.
 
– ¿Y para la gran pantalla?
– Una película que quizá se estrene este año: Tierras de soledad. Intenta poner sobre la mesa cómo nos sentimos cuando perdemos nuestras raíces, cómo nos sentimos cuando volvemos a ellas… Es también un homenaje a esos pueblos que se extinguen. Rodamos en un sitio donde en invierno quedan dos vecinos. Por lo demás, no ha salido nada...
 
– Pero no le corre prisa, ¿no?
– No sé. La vida a veces te da también tranquilidad. Aunque pienso que los personajes que no haga ahora, no los podré hacer luego. Pero esto es una continua elección, y estoy contenta con mi proyecto de teatro. Constance, la protagonista de El lunar de Lady Chatterley, me ha llevado a tomar buenas decisiones profesionales y me ha devuelto algo que estaba… tamizado. Me ha devuelto la ilusión.
 
– ¿A qué se debe esa pérdida de motivación?
– A un momento en que recibes historias que no te encajan del todo. Si no hay un guion convincente…
 
– ¿Ha rechazado algún papel?
– Alguno sí. Pero porque no me convencía la historia. Nunca he estado interesada en el dinero, aunque defiendo a ultranza que tenemos que cobrar por lo que hacemos.
 
– Le brillan los ojos. Habla del oficio con pasión…
– Me encanta lo que hago. Me gusta levantarme temprano para ir a rodar. Voy a cada jornada de rodaje como si fuera el primer día. Tengo una manía: siempre llevo el guion al set y lo mantengo cerca de mí. No me separo de ese instrumento, lo tengo todo apuntado ahí. Soy absolutamente caótica en mi vida cotidiana, la más despistada del mundo, pero en lo profesional soy muy controladora. Parece que tengo otra personalidad [ríe].
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