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21-02-2017 Versión imprimir

 
 
Ana Milán

“El mundo cambia cuando un espectador se ve reflejado en un personaje”
 


Villana reiterada nacida en la comedia. De vocación, ecléctica. La actriz y escritora se rinde ante los nuevos talentos
 

FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
En su libro Voy a llamar a la cosas por tu nombre, la actriz Ana Milán habla de la relevancia que concede a la amistad. Quizá porque fue su amigo Roberto Enríquez quien la convenció de que estudiara Arte Dramático. Solo un verano le pedía: un curso breve en la escuela de Juan Carlos Corazza. “No salí de allí hasta cuatro años después”, recuerda esta alicantina de 1973 en una cafetería del barrio madrileño de Argüelles.
  
   La también licenciada en Periodismo acude despejada pese a cubrir la noche anterior la entrega de los premios Feroz para el canal #0. Y feliz de haber aportado un grano de arena al reparto de Paquita Salas, encumbrada con tres galardones en aquella gala. La comedia acompaña a esta artista desde su debut teatral con los monólogos de 5mujeres.com y en las series con las que se presentó al gran público: Camera Café y Yo soy Bea.
 
 

 
 
 
   El drama llegó en Física o química. Como en ocasiones anteriores, en el papel de villana. Y en la gran pantalla, gracias al largometraje El hombre de las mariposas (2011). Milán esquiva la enumeración de sueños pendientes, por aquello de que no se cumplan, aunque sí habla del miedo: del que sintió al encarnar a una de las antagonistas en El tiempo entre costuras.  
 
¿Cuándo supo que era capaz de hacer reír?
Nunca creí que lo mío fuera más la comedia que el drama ¡o la tragicomedia! Pero en 5mujeres.com los espectadores se reían. Y es a ellos a quienes hay que escuchar. Cuando presentamos El hombre de las mariposas en el Festival de Málaga me decían que no esperaban algo así de mí. Me ocurrió también en el teatro con El diario de Adán y Eva. Se me saltaron las lágrimas cuando en esa obra me dirigía a Dios: “Ese señor que nunca me habla”.
 
 

 
 
 
Sobre las tablas, ha llenado salas. Y de las grandes. ¿Le suena de algo aquello del teatro off?
– Me sonaría estupendamente, porque la actuación tiene que ver con el proyecto, no con el lugar de trabajo. Y me encantaría hacerme la interesante, pero pocas veces rechazo propuestas porque me espanten. Ocurre, sí, pero es cuestión de agenda. ¿Qué hago? ¿Le digo al director de una serie que desaparezco tres semanas y que ponga a mi personaje en coma? No. Esto no es un juego de niños.
 
Las series en las que ha aparecido suelen ser longevas. ¿Siente el duelo al decir adiós?
– Me encanta quedarme en los sitios, pero cuando llega el momento, dejo marchar a mis personajes tras un gran abrazo. He entendido cada final. ¡Física o química duró siete temporadas! Cuando comenzamos y me dijeron que nos iban a poner los lunes, frente a CSI, pensé que aquello se acabaría pronto. Al final los movimos nosotros a ellos. Me gustó ese plano de despedida, un breve homenaje a Andrea Duro y a mí, un segundo dedicado a las dos actrices presentes desde el primer capítulo hasta el último.
 
Allí coincidió con Javier Calvo. ¿Teme a los realizadores jóvenes, capaces de trabajar con menos medios?
– Temerlos es lo último que deberíamos hacer. Me viene tan bien la frescura como la experiencia. Que me dirigieran los Javis [Calvo y Ambrossi] fue un lujo. Son los herederos de Pedro Almodóvar. Arrancaron con poco dinero, como les ocurrió en teatro con La llamada, pero han contado con un gran presupuesto para poder adaptarla al cine. Y lo mismo ocurrirá con su Paquita Salas. Sería de locos dejarlo pasar. Ya quisiera yo contar con el talento de quienes están comenzando.
 
 

 
 
 
Ha comentado la entrega de los premios Feroz. ¿Por qué se han hecho un hueco tan relevante en solo cuatro ediciones?
– Estamos muy necesitados de cosas bien hechas, y sus organizadores encaran nuestra industria con seriedad y elegancia. Tratan bien a los actores, los directores… ¡y a los guionistas, por el amor de Dios! Los grandes olvidados de este país. Y echo en falta un galardón a los directores de series, profesionales que toman nota, escuchan al reparto y a la industria. Aprendí mucho de Javier Quintas en Física o química.
 
¿Se prepara igual ante la villana que busca la risa y la que provoca el llanto?
– Son escenarios diferentes. Los actores hemos de estar dúctiles y maleables para que el director consiga el personaje que busca. Mi papel en Camera Café era cercano al cómic. A veces no podía mirar a la cara a Arturo Valls sin echarme a reír, hasta el punto de que no me atrevía a rodar. Para El tiempo entre costuras debía expresar una maldad absoluta. ¡Me daba miedo! Al interpretarla y al verla después en la pantalla.
 
 

 
 
 
– El tiempo entre costuras fue una prueba de fuego para la ficción española.
– Absolutamente. Lo cambió todo. Contraté una profesora durante tres semanas para alcanzar el castellano con acento alemán. Solo un deje que hoy no me saldría. También trabajé la amargura en el rostro, el gesto de quien siempre huele a quemado. Eso se saca observando mucho, encontrando esa parte oscura que tenemos todos. Fue una maravilla estar allí. “Parece que estás en un máster”, me decían, porque no dejaba de preguntar por la técnica del rodaje.
 
La serie tardó años en emitirse. ¿Cómo lo vivió?
– Como cuando salgo de una prueba y me dicen que he estado estupenda. ¡Pues gracias! O algún amigo nos escribe que cuándo sabremos algo. Eso no se pregunta. Olvidamos el papel y lo guardamos en un armario. Es eso o volvernos locos. Si observo la trayectoria de los que tienen grandes carreras, que abarcan desde los 20 hasta los 70 años, veo que son cíclicas. Van y vienen. Lo importante es estar.
 
A sus 43 años, está. Pero muchas mujeres lamentan que, a partir de cierta edad, se acabó.
– Creo que no es verdad. Diría que la industria está demostrando que no es así. Si quiero interpretar a una veinteañera estupenda, pues sí, preferirán coger a otra actriz. ¿Pero quién quiere tener 20 pudiendo tener 40? Ahí se encuentra la espléndida Carmen Machi. Y Blanca Portillo: ¡cómo trabaja!
 
 

 
 
 
Leyó la columna de Javier Marías en la que criticaba el teatro contemporáneo. Y no le gustó.
– Que alguien lance ese guante desde un periódico tan grande como El País… Hace muchos años que el teatro goza de buena salud. Y aunque he entrado a alguna sala y me he aburrido, ¿qué sentido tendría laminar a compañeros? Todo depende del espectador y del momento de su vida en que vea la obra. Pero alguien comienza un texto reconociendo que lleva años sin entrar al teatro y, aun así, no duda en hablar de ello. ¡Es absurdo! Se llama prensa amarilla.
 
Luego está la prensa rosa. ¿Por qué algunas publicaciones se fijan tanto en su vida personal?
– No lo entiendo, pero me da pena. Lo personal es privado: nos sorprenderíamos de cualquiera al que le pasaran una lupa por encima. Me parece mentira que esto ocurra en 2017, y que sean mujeres quienes escriben sobre otras mujeres en esta forma moderna de lapidación. Conocer mi nombre no es conocerme a mí. Confío en que no afectará a mi carrera, pero me han hecho daño.
 
 

 
 
 
¿Es más terapéutica la escritura o la interpretación?
– Actuar. Resulta más lúdico porque nos metemos en la piel del otro. Es cierto que al escribir sacamos lo que llevamos dentro: mi primer libro, Sexo en Milán, fue un sorbete de entre platos. Hubo un milagro y se vendieron 10 ediciones, pero yo solo quise juntar palabras y tratar de darles música. No soy nadie para enseñar nada a nadie.
 
Se la ve indignada con la política. ¿Qué le gustaría cambiar de ella?
Se nos niega la educación crítica. Por eso el rebaño crece y Trump gana las elecciones. Mis padres cuestionaban mucho más las cosas de lo que lo hacen mis sobrinos. Hay quienes quieren apartarnos del arte, cuando el mismo cine nos ayuda a soñar y pensar. El mundo cambia cuando un espectador se ve reflejado en un personaje, sea un héroe o un villano. También en el teatro: el teatro siempre es político.
 
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