twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
23-05-2017 Versión imprimir

 
El Oporto de Andrea del Río: dulce como un sorbo de vino
 
 
 
Tenía ganas de turismo sin prisas. De descanso con hallazgos. De gastronomía entre paseos. La actriz zaragozana nos lleva de la mano por su reciente escapada

 
Llevaba muchísimo tiempo sin viajar y desde hace dos años me decía: “Lo necesito”. Quería ir con una amiga a la costa oeste de EEUU, pues me enamoré de San Francisco cuando veía Embrujadas de niña, pero la cosa se iba retrasando. Y al final nada. Terminé Mar de plástico y enseguida entré en Servir y proteger, así que mis únicas salidas fueron a Almería para grabar y a Sevilla por placer. 

   Este puente de mayo empezaba un viernes y hasta ese mismo lunes mi chico y yo no elegimos destino. Nunca había estado en Portugal. Aunque iba con la página en blanco, estaba orientada más hacia el lado positivo, tenía el concepto de país mágico. ¡Había un 98 por ciento de ocupación en Oporto! Me apetecía un hotel con cierto encanto, de esos para despertarte maravillada a las 11 de la mañana, pero encontramos uno cutre. Dormir es importante estos meses porque incluso los fines de semana madrugo para memorizar secuencias. Tras ver las fotos del Vice Rei me conformaba con que estuviera limpio y no hubiese cucarachas [risas]. Una grata sorpresa nos esperaba: no se parecía nada a lo que vimos en Internet y la cama era tan cómoda que dormí como un bebé.

 
 
   Aquel viernes solo pensaba en acabar de grabar para irme deprisa. ¡Estaba como una niña pequeña! Cogimos el coche tranquilamente e hicimos noche en el pueblo salmantino de Ciudad Rodrigo. Íbamos sin reserva, a la aventura, con la seguridad de conseguir algo. Lo propuse yo, que siempre soy organizada… Intentamos alojarnos en algún sitio bonito dentro de la muralla y terminamos en un hostal de una estrella donde Cristo perdió el sombrero. ¡Todo llenísimo! La mañana siguiente recorrimos la mitad de la muralla por la parte superior y emprendimos camino hacia Viseu para comer ahí y contemplar la ciudad de lejos. El tema de los peajes es extrañísimo: pasas con el coche por debajo de unas vigas y te leen la matrícula, no paras para coger el tique o pagar. Por eso es necesario inscribirse antes.
 
   Los azulejos en todas las casas de Oporto me parecían impresionantes. ¡Daban ganas de llevarse alguno de lo bonitos que son! [risas]. Y los inmensos murales de cerámica en la estación de São Bento son un auténtico espectáculo. En esa zona no te puedes perder el Café Majestic y la Livraria Lello, cuyo llamativo interior inspiró algunas secuencias de las películas de las saga Harry Potter, aunque había cola y la vi por fuera. El último día montamos en el tranvía, que es precioso, conserva su aspecto original. Y vaya chirridos… Cada vez que bajaba una cuesta pensábamos que iba a descarrillar. Siempre me ha encantado el ferrocarril: aún me fascina recordar estaciones antiquísimas en poblaciones remotas de EEUU. Al ser una ciudad turística, está cuidada a conciencia, se aprecian las fachadas reformadas. Hasta las zonas más abandonadas tienen encanto. Las calles y los edificios me evocaron un rollo inglés, al estilo de Notting Hill en Londres, con casas chiquititas y de colores.
 
   Hay millones de cosas maravillosas. Me habían hablado mucho de la Ribeira, donde fuimos a pasear. El puente sobre el Duero lo diseñó un socio del famoso Gustave Eiffel con un estilo similar a la base de la Torre Eiffel. ¡Y eso que no he estado en París! [risas]. Me avergüenza no conocer esa ciudad; es un viaje que no quiero ni puedo retrasar. Fue muy bonito ver el puente de noche, cuando está iluminado. Lo cruzamos a pie. Desde la Ribeira se ve la parte de enfrente, Vila Nova de Gaia, donde se suceden las bodegas. Subimos al adarve de la muralla y descubrimos un bar minúsculo con muchísimos quesos y vinos. Y mientras haya queso y vino… ¡ahí me quedo! [risas]. Habían colocado unos metales junto a las almenas para sentarte y disfrutar de las vistas.

 
 
 
   No sé demasiado sobre vino, pero me apasiona, con el paso del tiempo me informo más. Mi abuela conserva una botella de Oporto desde su boda, hace más de 50 años. En su casa de Zaragoza me decía: “Toma un chupitito” [risas]. Esta buenísimo pese a tener muchos posos, pero si vas con cuidado al beberlo… En mi lista de sueños figuraba el de entrar en una bodega. Y en esta escapada lo cumplí. Fue prácticamente una misión imposible: todas las de la orilla del río estaban a rebosar, así que caminamos por la parte alta de Vila Nova de Gaia porque allí había tres o cuatro más apartadas, pero justo en ese momento habían cerrado. De bajada entramos en una llamada Crawford, con visitas en inglés, lo cual no nos importó. Recuerdo la madera, el olor, la humedad… La sensación de estar ahí me pone todavía la piel de gallina. Catamos un rosado y los tintos Tawny y Ruby. Con unos precios tan baratos, no dudé en llevarme dos botellas.

   En los restaurantes también probé el omnipresente vino verde, que en realidad es un vino blanco de sabor suave. Y se come pescado fresco por cuatro duros. Lo mejor es el bacalao en sus infinitas variedades: frito, con bechamel, en revuelto con patatas paja… Una atmósfera añeja envuelve los locales del Mercado do Bolhão. Allí tomamos un filete enorme de atún y chipirones a la parrilla, ensalada, postres, cafés y bebida por apenas 20 euros en total. No daba crédito. A media hora en metro está Matosinhos, un pueblecito con una playa inmensa. Lo curioso del lugar es que hay una hilera de chiringuitos con barbacoas al lado de la carretera en las que preparan pescado. Los coches pasan como pueden por esa calle tan estrecha y los comensales de las tres mesitas que caben en cada terraza acaban envueltos en una humareda.
 
   Me apasiona conocer gente, ver cómo cambia su carácter en función del lugar donde vayas. Me cautivó lo amables que son, la generosidad que muestran, sus esfuerzos para hacer que te sientas bien. Su objetivo es que estés cómodo, explicarte cualquier cosa que necesites. Me acuerdo de un taxista que nos atendió como si fuera un guía turístico, pronunciando las palabras para que se entendieran en español pese a tener un acento muy cerrado. Eso no lo hacemos nosotros con ellos. En Madrid los conductores de autobús se enfadan si les pagas con un billete muy grande. Una vez me topé con un maleducado que me echó a gritos: me sentí tan avergonzada que no fui capaz de reaccionar y rompí a llorar al bajar. En Oporto tampoco me di cuenta de que llevábamos 10 euros a la hora de comprar los billetes y, en vez de molestarse, el conductor buscó durante un buen rato las monedas que no tenía y nos devolvió el cambio.
 

 
 
   Las calles estaban a reventar de turistas. Un camarero nos dijo con una sonrisa: “¡Hay plaga de españoles!”. Nadie me saludó ni me pidió una foto, pero a mi paso notaba miradas y escuchaba: “Es la de Mar de plástico”. Para personaje famoso ya está Iker Casillas. No soy futbolera, solo sabía por el telediario que jugaba en un equipo portugués, pero ignoraba cuál [risas].
 
 
   Todo superó mis expectativas. Tuve el deseo casi constante de que se pudiera parar el tiempo para quedarme un rato largo en cualquier rincón y que en el reloj no hubieran pasado ni cinco minutos. Eso no suele ocurrirme a menudo. ¡Habría estado tres semanas más! Me volví con muchísima pena, estudiando en el coche durante el interminable trayecto. Llegué a casa a medianoche y me levantaba a las seis de la madrugada para ir a plató y después acudir a un programa en Barcelona. Ese día mi mente seguía anclada en las vacaciones de lo fascinada que volví.
 
 
Así se lo ha contado a Héctor Martín Rodrigo

 
 
Vínculo con América desde bien joven
Estuve estudiando segundo de Bachillerato en un pueblo de Indiana llamado Mishawaka. ¡La bandera era un indio! [risas]. Los organizadores de la estancia sacaban continuamente excursiones y yo las cogía todas. Por eso conozco desde el centro del país hacia el este: Chicago con el lago Michigan, Indianápolis, Ohio, Pensilvania, Washington, Nueva York… El primer alojamiento me tocó con una familia que me echó porque tenían una niña y quizá pretendían que cuidase de ella. De forma inesperada, en el instituto le caí bien a una chica autóctona que les propuso a sus padres que me instalara en su hogar, con una bienvenida fantástica. Aunque no he regresado a EEUU, aún sigo manteniendo contacto con ellos. Hubo otros alumnos que encontraron problemas: a una amiga mía de España la tuvo que acoger mi abuela americana.
 
   Me apetece volver a Colombia. ¡Me iría mañana mismo! He visitado Cali, Medellín, Cartagena de Indias, Bogotá… Como tiendo a preocuparme más de la cuenta, flipé con la alegría de vivir de los colombianos. Fui un par de semanas y conocí a un señor de Noruega que se había casado con una mujer de Medellín. Él rodaba cortometrajes, sabía que era actriz porque hicimos un curso de teatro, me propuso una película sin guion… y acepté. Regresé a Madrid y durante algunas semanas trabajamos a distancia. ¡Aprendí a improvisar en inglés por Skype! [risas]. Crucé el charco de nuevo para filmar cosas sueltas, aunque aquel proyecto sin título terminó quedándose en agua de borrajas.

 
 
El firmamento como terapia
Viajar me enriquece. Para mí la esencia de los viajes es el aprendizaje, siempre vuelvo con la mente renovada. Me gusta aprender algo todos los días, por pequeño que pueda ser. Por las noches intento reflexionar sobre lo que he aprendido o lo que me falta por aprender. Y por las mañanas doy las gracias. Ese ritual diario lo hago en cuestión de tres minutos; no tengo más tiempo. Surgió a raíz de una época complicada en la que me invadían la tristeza, la queja, actitudes que nunca habían ido conmigo. Hasta que abrí los ojos y me pregunté: “¿Qué me está pasando?”. Me quedé mirando al cielo, que desde la infancia me transmite paz, y empecé a hablar conmigo misma en voz alta. Aquello me aliviaba. Es más, hace bastantes años que llevo tatuada una luna en la muñeca y unas estrellas en el tobillo, los astros me ponen enérgica.
23-05-2017 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio