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20-05-2014 Versión imprimir

 

Ángela Molina

 
“Antes de los 60 quiero hacer más cine, buen cine, nuestro cine”


Vive una eterna segunda juventud. Alterna el teatro con las series de éxito, mientras engrasa la claqueta para dirigir, perfila un disco de boleros o rueda en cualquier punto del mapamundi. Polifacética, hiperactiva y siempre optimista.



 
JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha.

La mirada de Ángela Molina trasciende a la edad. A los 58, sus ojos tienen la misma viveza que a los 19, cuando era apenas la prometedora hija de un enorme cantante de copla. Su agenda, tan exigida como en la cresta de la (primera) ola, la de los 80, exige sin éxito un respiro. Repasemos sus notas: ha estado en Mallorca para dar lustre a la película Memoria de mis putas tristes antes de enclaustrarse diez días para ensayar en el Teatro de La Abadía, madurando su participación en Éramos tres hermanas. “Al final, he desistido. Era interesante, pero la honestidad decide si estás para una obra o no”. Como entonces, la musa de Gutiérrez Aragón, Chávarri… y hasta Tornatore, no deja de soñar. Literal. Onírica, laboral y físicamente: “Me acuesto a diario pensando en que voy a flipar”. Pero, como madre de una niña de diez años, no le queda otra que madrugar.

 
– ¿Tiene usted la sensación de llevar 40 años en esto?
– Me lo creo porque nunca he parado. Y el tiempo no nos engaña. Es el que es.
 
– Si le leen un diálogo al azar de alguno de los 150 títulos de crédito en los que aparece, ¿lo identificaría?
– No. Cuando acabo un trabajo se esfuma como una nube. Permanece el personaje, claro. Incluso el más mínimo. Las almas no las olvido, y las historias tampoco. Los textos, sí.
 
– ¿Y recuerda los directores y los compañeros?
– Sí. A todos. Eso sí. Incluso recuerdo a la gente del equipo. Los figurantes, por ejemplo. El día que me concedieron la medalla de Oro de la Academia del Cine [octubre de 2013], yo rodaba en Italia, en un pueblo de pescadores. Era una escena dramática, y ellos tenían que interactuar conmigo. Un paisano, con casi 100 años, guaaaapo [enfatiza] de pelo blanco, ojos hundidos, enjuto… me besó las manos cuando me fui para la roulotte. Esos personajes son inolvidables. Los conoces y nunca te vas de vacío. Este podría ser un personaje de Manuel Gutiérrez Aragón, un ser con nobleza, por su manera de llevar las cosas en la vida…
 
– Y en esas la llamaron de la Academia.
– Exacto. Reflexionaba yo sobre aquel hombre, nosotros y nuestro cine. Era Enrique [González Macho, el director de la Academia]. Pensé: “Habrá pasado algo”, me sonaba a urgencia. Cogí el teléfono y me dio la noticia. Se cortó, pero me di cuenta al rato, porque yo no paraba de hablar, contándole mi eufórico momento del rodaje.
 
 

 
 
 
– Podría pedir ayuda al González Cacho productor para su próxima  película como directora, Escrito en azul. ¿Cómo va?
– Muy bien, soy fácil soñando. Sé que hay movimiento en busca de financiación. A ver si entra TV3… Ya hay cierto dinero de otra gente. Clarísimo no tengo nada, salvo que la vida es una duda continua. La dirección es una necesidad que me va llevando.
 
– ¿Tiene incluso el reparto decidido?
– Sí, sí, ya lo haré público [risas]. El texto es de Manuel Mir, un amigo guionista catalán. Me lo hizo llegar mientras rodaba la serie Gran Reserva. Lo tuve encima de la mesa durante meses. “Si en la página 89 no lloras, ciérralo y a otra cosa”, me dijo. Y en el coche, de vuelta del rodaje en Briones (La Rioja), se me caían los lagrimones. Estaba en la página en cuestión. ¡Había una historia, en efecto!
 
– Lleva usted media vida en la furgoneta, como los cantantes.
– Cierto. De pequeña no me gustaba ir de veraneo, prefería viajar con mi padre, con su gente, ir cada día al teatro. Imposible olvidar esos viajes, medio dormida en el coche, con el chófer, el Niño Ricardo [guitarrista de Antonio Molina]...
 
– ¿Cantaba usted en casa?
– Sí, con mi hermano Juanra, que tocaba muy bien la guitarra. Pero no imitábamos a mi padre, porque eso era imposible. Siempre me ha encantado la música, del heavy a la balada...
 
– ¿Es el recuerdo injusto con su madre? Usted siempre será “la hija de Antonio Molina”, como monoparental…
– Mi madre era la vida de mi padre y de todos nosotros [Ángela es la tercera de ocho hermanos]. Muy inteligente, siempre ha sabido estar para él y para nosotros. Era devota suya, lo conocía y supo facilitar lo mejor para que no tuviera zozobras innecesarias en lo profesional.
 
– ¿Ambos aprobaron su inclinación artística?
– Sí, con naturalidad. Era como ir a patinar. Todo empezó cuando nació mi hermana Paula, creo. Yo tenía seis años, y todo el mundo babeaba con la niña. Yo, detrás de las cortinas, muerta de pelusa. Nadie decía “¿Dónde está Ángela?”. Yo no existía. Como era muy imaginativa, desbordante, dejé de comer, adelgacé para recuperar el interés de mis padres. Una patología clásica de celos. Me mandaron a Campillo de la Jara (Toledo), con Gregoria, que trabajaba en casa. Aquello era otra vida: las casas abiertas, recogía huevos, desayunaba torreznos, lavaba en el río, paseaba en burro… jo, qué feliz todo. Una noche, en el cine, grité “¡Papá, papá!”, durante una película y todo el pueblo supo de quién era hija. Pensé: “¡Tendré que dedicarme a esto!” [risas]. Volví con ganas de ver a mi hermanita. Estuve 20 días, que duraron como un verano entero. 
 
– ¿Descubrió usted entonces la vida rural?
– No exactamente: siendo mi abuelo alcalde de Fuencarral [hoy un barrio de Madrid], íbamos a verle todos los fines de semana. Ya conocía lo que era ir al campo, a su granja con animales… pero aquello fue aleccionador.
 
– ¿Ha tratado de transmitir esa vida de artista en su modelo familiar, también numeroso, también artista?
– Lo adoro. Normalmente, uno siempre añora la infancia, la inocencia, la familia. De ahí nace la enseñanza, la vida. Y lo vivo ahora en mi hogar, sí. Aprovecho mucho los momentos, me gusta disfrutar, no ser pesada.
 
 

 
 
 
   En la cafetería de la plaza de Oriente de Madrid, donde tiene lugar la charla, hay viandantes que se quedan mirando a Ángela Molina, que no deja de saludar desde el otro lado de la cristalera. “La gente solo se acerca a mí para decirme cosas buenas. Cómo vas a contestar mal”. Ni siquiera discute con quienes le sugieren que tiña esas canas que se empeñan en evidenciar que va camino de los 60. “Prefiero que se fijen en mi pelo bonito que en el impostado”, asegura. “Lo que es humano no me resulta nunca ajeno. Es mi vida”. “Amor”, “vida” y “Dios” son términos recurrentes en su discurso. Me echaron del colegio de monjas, no crea. Eran antipáticas y rigurosas. Fui al mismo centro que Pilar Miró y Cristina Almeida. Para las monjas éramos la mala vida, la percha de los golpes. Pelos largos, faldas cortas… hijos de artistas. No me callaba ni debajo del agua. Me echaron del cole. Y mi madre agradeció el incidente para sacarnos a todos de allí”.
 
– ¿Tenía Luis Buñuel cosas de su padre?
– Sí. La alegría, por ejemplo. La celebración de la vida. Era visionario, sabía la realidad y la aplicaba de tantas maneras… Creaba un lugar bendito de trabajo.
 
– ¿Recuerda a Buñuel por ser el primero o por lo que significó?
– Porque fui muy feliz con él. Me daba cuenta de lo que significó durante el rodaje de Ese oscuro objeto de deseo. Era mayor, trabajaba con unos timmings precisos, apenas hasta las cuatro de la tarde. ¡Y yo me habría quedado todos los días hasta la noche! Era un ser extraordinario, muy sonriente, cómplice. De esos que sientes que te miran y te taladran. Yo era tan inocente como curiosa. Preguntaba todo. A la primera cita en París acudí con Carole Bouquet [con la que Molina compartía el personaje de Conchita], que ya entonces trabajaba con el director de escena Antoine Vitez y era muy aplicada. Llevaba un cuaderno con preguntas. “No va a haber problemas, los resolveremos trabajando”, zanjó Buñuel al verlo. Y así fue. Era la primera vez que yo trabajaba con vídeo. 
 
– ¿Exigía mucho?
– Nos contaba lo que necesitaba de la escena, y qué punto y qué sentimiento debía tener cada mujercita en cada instante. Todo tenía un porqué. El rodaje fue una anécdota viva, como ese hombre. Derrochaba paz, y hacía respetar su rato de soledad. Pero cuando era tuyo, era tuyo: lo era para siempre. Cuando estábamos calientes y sabíamos lo que queríamos expresar, decía: “Ensayemos”. Y rodaba. Sobre el ensayo técnico corregía las posiciones. Para él, ver y mirar eran una misma acción.
 
– ¿Qué tenía de único?
– Era como un pintor organizando el espacio. Sus planos son sencillísimos, pero difíciles de lograr. Si lo tenía, no repetía. “Ya la tengo”, decía. Eso solo me ha pasado con él. Nadie disentía, porque sabía llevarnos a ese punto.
 
– ¿Todo el reparto lo aceptaba?
– Sí. Incluso Fernando Rey. Hay una escena en la que su personaje se da cuenta de que su adorada baila desnuda para los turistas. Tenía que mostrarse frágil, lo contrario a su personalidad natural. Algo chocante, sobre el papel. Me dijo don Luis: “Cuando yo grite ‘acción’, dile a Fernando que le huelen mucho los pies”. Así lo hice. Fernando se puso rojísimo. No sabía cómo reaccionar… Según pasaba la escena, sabía que aquello tenía que ver con el director. Se partió de risa al acabar.
 
– ¿Volvió a ver a Buñuel?
– Sí, sí. Le hicimos un homenaje en el Centro Cultural de la Villa. Yo estaba embarazada de Olivia [su hija mayor, de 33 años]. “Esa niña no va a salir de ahí, de lo a gusto que está”, me dijo. “Vete preparando, que vamos a hacer La casa de Bernarda Alba, y tu madre será Sophia Loren”. Al año y medio se fue: no le dio tiempo a hacer aquel Lorca.
 
 

 
 
 
– Tiene usted memoria fotográfica…
– Se me queda hasta el menor detalle. Y no tengo merma con la edad, salvo las propias de la edad [risas]. En la memoria cotidiana soy despistada –tengo que apuntar las citas–, pero en el trabajo, en los guiones, es oficio puro. Con cuarenta años de trabajo… ves una escena, la lees y ya sabes cómo es. Estoy muy entrenada.
 
– ¿Le asusta la vejez?
Al contrario, me emociona. Me gusta la ilusión de la gente mayor contando sus experiencias. Pero cuando trabajé en la película Carne de neón, alrededor del Alzhéimer, sufrí muchísimo. Es una lástima, esos enfermos se olvidan de lo que son, incluso de a quiénes aman. No conocer quiénes son los tuyos…
 
– ¿Tiene algún truco mental para mantener vivo ese resorte?
– Leo mucho. Y soy muy curiosa, todo lo conecto. Me pregunto cosas todo el rato y reflexiono sobre lo que nos damos unos a otros. Me acuerdo de todo lo que sueño, y a veces lo apunto. Hoy he soñado con un coche de bambú, con una luz que no veo en la vida real. Cosas que capto y que, si fueran verdad, serían fantásticas.
 
– ¿Qué da usted a sus directores? Manuel Gutiérrez Aragón dijo en AISGE ACTÚA que era usted “la criatura más bella que jamás vio por el visor”.
– ¡No me lo puedo creer! Bueno, sí, porque es mutuo. Con él tengo la misma relación que siempre: transparente, real, gozosa, interesante, familiar. Pero estoy cabreada [guiña con complicidad] con él: dijo que iba a trabajar de nuevo conmigo y estoy esperando. Me lo prometió con testigos. Estábamos en San Sebastián. “Manolo, lo has dicho, tienes que cumplir tu palabra”. Con Gloria mía, su primera novela, lloré. Y la última [Cuando el frío llegue al corazón], me ha recordado mucho al niño de Demonios en el jardín. Me pareció ideal para una película. Es más, ¡se la haría yo! El público debería seguir disfrutando de su cine.
 
– Jaime Chávarri, que también piropea su talento en este número, tampoco ha vuelto a dirigir.
– El cine necesita a nuestros clásicos. Me niego a aceptar que no vuelvan a trabajar. Chávarri no quiere dirigir porque es una pesadilla lograrlo, pero pertenecen a lo que son: artistas. Serían felices trabajando. Tanto Manolo como Jaime tienen una juventud y una intelectualidad brillantes para su edad. Son amigos, antes que nada. Volvería a repetir mi vida “mil millones de veces”, como diría mi padre, por disfrutar de esos recuerdos.
 
– Con Pedro Almodóvar tuvo una segunda oportunidad.
– Me encanta. Lo que hago con él [Carne Trémula y Los abrazos rotos] me lo devuelve con creces en el montaje. Dicen que es difícil trabajar con él, pero cuando lo conoces es todo sencillo. Te tienta, te prueba, te calienta como los metales para moldearte. Es su forma de llegar a lo que necesita. En un momento dado confió en mí, y nunca hemos tenido ningún problema. Me encantan los personajes que me da.
 
– Pero alguna vez lo rechazó.
– Sí, un papel en Pepi, Luci… que al final hizo Verónica Forqué. Era un personaje bonito, pero yo tenía un contrato en Italia. Las cosas son como son.
 
 

 
 
 
– Fue muy sonada su negativa a Las edades de Lulú.
– Yo adoraba y adoro a Bigas Luna. Hablé con él y le dije: “Tengo que dar de mamar a mi Mateo y no me encaja la propuesta ahora mismo. Estoy en algo más grande”. Luego resultó una película demasiado erótica que tampoco sé si habría sabido hacer. En Lola, que también es una trama sensual y difícil, y me cuidó como a la niña de sus ojos. Nunca sentí pudor.
 
– ¿Cuándo pierde una el pudor de desnudarse? ¿A la segunda, a la quinta?
– Nunca, nunca. Como el traje del actor es su cuerpo desnudo, tenía que ser así. Ahora no podría. O sí, quien sabe.
 
– ¿Es consciente de vivir usted una segunda marcha?
– Aprovecho lo que hay y le doy valor. No es fácil. Añoro más tiempo en mi trabajo. Surgen cosas de tres o cuatro días, colaboraciones especiales. Y disfruto de los demás también. Me implico mucho.
 
– ¿Ha caído mucho el caché?
– Una locura. Tienes que trabajar por lo que hay. Si quieres mantener el cine vivo debes permanecer en él, aunque ganes muchísimo [énfasis] menos. Y vas a por todas. Lo importante es que siga habiendo trabajo y mantengamos la creación. Yo adoro el cine, y la gente también.
 
– ¿Qué tal le tratan los directores jóvenes?
– Muy bien. Me dan cañita, pero lo paso genial. No me acuerdo de la edad. Si tienen ellos 30 años, yo también. Me veo en ellos y como ellos.
 
– ¿Son más dinámicos los rodajes ahora que en los 70?
– No hay mucho estrés, como puede parecer. Es más bien energía, fusión, interconexión. Se lo pasan muy bien.
 
– Por cierto, ¿cómo fue la experiencia de rodar Blancanieves, la película muda?
– Interesante y agobiante, a veces. Yo amo la palabra, surge de lo que necesita, de lo que sientes, de lo que está sucediendo. El director, Pablo Berger, es de una pureza inenarrable: “Que nazca el texto. Si nace, ya lo traduciremos”. Hay un pequeño texto, de hecho. Me había encantado su Torremolinos 73. Era difícil de hacer, y salió supercasta. “No sé para qué me requieres, pero lo hago”, le dije. Me encantaba su trabajo.
 
– ¿Qué le gustaría hacer antes de los 60?
Más cine. Buen cine. El cine que necesitamos, el de la calle. Lo que nos merecemos: arte en el cine. Somos un país con un cine conocido y admirado en el mundo entero.
 
– …salvo en España.
– Por lo general, sí. Las películas que se pasan por la tele las ha visto todo el mundo. En la tele hay una gran audiencia, forma parte del consciente e inconsciente colectivo.
 
 

 
 
 
El gen musical
Con su ADN, sería raro que Ángela Molina no pensara en corcheas y fusas. En los años 80 editó un disco, Con las defensas rotas, en el que cantaba Muertos de amor junto al gran Georges Moustaki. En las dos entregas de Las cosas del querer, de Jaime Chávarri, desarrolló también con solvencia esa faceta musical. Ahora prepara un disco de boleros que ha recopilado junto al pianista Freddy Vaccareza. Algunos antiguos, otros inéditos incluso para su tímpano. Su idea era probar la acogida en petit comité antes de grabar. “Íbamos a tocar unas noches en Melilla, en un claustro que destinan a espectáculos de jazz, para ver cómo funcionaba, pero una afonía me lo impidió”. No descarta encontrar otro garito para la puesta de largo.
 
 

 
 
 
Mimos de mamá
La actriz presume de secretaria particular. Se llama María, suma apenas 10 años y es nativa digital: contesta incluso los whatsapps de su madre. María es la pequeña de sus cinco hijos. Se lleva 23 años con Olivia, la mayor, que hizo abuela a la actriz hace 22 meses, cuando nació Vera. “No le gusta que la mimen. Tiene una relación estrecha con sus hermanos, los controla, los busca, les llama… coordina el pulso familiar”. No le gusta ver a su madre en las películas. “Esa no eres tú’, me dice”. Alguna vez, cuando le pedían una foto o una firma por la calle, preguntaba: “De qué le conoces?”. “No, él me conocía a mí’, le contestaba yo”. María detesta tener trato de favor por el hecho de que su madre sea actriz. Como Ángela, baila en el Conservatorio, y ya tiene claro que quiere ser actriz. Y otras cosas. “Mamá, deseo enamorarme muy pronto, porque quiero que disfrutes de mis hijos’, me dice. Tela” [risas].
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