twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Entrevistas
24-05-2012 Versión imprimir
 
Anna Lizarán
 
 “Soy blanda, muy blanda.
Solo la ignorancia te hace valiente”
Una de las grandes del teatro catalán repasa “con nostalgia dulzona” una vida pletórica entre París, el Lliure… y mucho más
  
F. N. D.
Mencionan siempre sus compañeros barceloneses de profesión, y es rigurosamente cierto, que Anna Lizarán transpira teatro y oficio por cada uno de sus poros. La visitamos en su piso, coqueto y diáfano, en el barrio del Eixample y corroboramos la veracidad de esas palabras: la de Esparraguera ha sido y será siempre animal escénico. Pero no son las tablas la única pasión de esta mujer tierna, lúcida y sentimental que se nos recuesta en el sofá, deja reposar una infusión y hace balance de lo vivido y lo añorado a lo largo de estas casi cuatro décadas apabullantes. También la Lizarán sabe apreciar el buen arte pictórico, se enternece con los mofletes lánguidos de la perra Piula (que es una zalamera y demanda una y mil carantoñas del fotógrafo) y disfruta de las horas muertas en esa terraza envidiable donde convoca a los pajarillos del barrio con sus cestitos de pienso. “Es por ver a los tórtolos, que a una siempre le queda un poso romántico”, confiesa con esos ojos grandes de quien, casi sin querer, acaba de hacernos partícipes de un gran secreto.
Y luego está, claro, la otra fascinación colosal. Esa que viste camisola blaugrana, sabe de dioses argentinos y palpita cada domingo cerca de Les Corts. Algunos la ocultan, quién sabe si pudorosos o con mala conciencia, como si el amor por la cultura y los rondos de la chavalería de Guardiola fueran elementos incompatibles. Anna, muy al contrario, saca pecho:
¿Usted se acuerda de la primera Copa de Europa? ¿La del gol de Koeman? Aquella noche me pilló trabajando. Y no, no me pude contener... 
20 de mayo de 1992. La emoción y la incertidumbre del 0-0 se mascan en las calles de la Ciudad Condal. Lizarán representa Electra ante un aforo inevitablemente ridículo: 25 espectadores. De pronto, todo el barrio de Gràcia retumba. Y nuestra actriz de postín, arrodillada en aquel preciso instante frente a un ataúd, deja de llorar y proclama, eufórica: “¡Nois, creo que hemos ganado!”.
– La pasión, Anna. Siempre la pasión.
– ¡Sí! Ayudan el destino y el azar, claro, pero yo siempre me lo he currado mucho: pedir la beca para estudiar con Jacques Lecoq en París, que me escribiera Lluís Pasqual para ofrecerme entrar en el primer Teatre Lliure… Desde joven me he visto envuelta en una rueda de la que no podía bajar, tuve que dejar novios y cosas, he vivido años de dedicación absoluta. 
– ¿Podría vivir sin teatro?
– Me iría a vender aceitunas a la Boquería, sí, o a estudiar Biologia. Me encanta vivir y perder el tiempo cuando puedo. Añoro aquellos veranos en la masía, con Lluís [Homar], con Carlota Soldevila… Pero me congratulo de haber estado en sitios que merecían la pena, de haber rechazado comedias al uso, de mirar atrás y quedarme con la conciencia tranquila.
– ¿Podríamos adscribirla a la bohemia?
De joven, quizás. Ahora, en Barcelona, se acaba la función y ha desaparecido todo el mundo. Tienes una familia teatral durante los dos meses que duran las representaciones, pero… es una familia voluble.
– Lo dice como si se sintiera vulnerable…
– ¿Vulnerable? [largo silencio]. Sí. ¡Soy una caquita! Blanda, muy blanda. No sé por qué, pero sí. Solo la ignorancia te hace valiente. Yo, en cambio, le tengo mucho miedo a las cosas. También al teatro. Me gusta exhibirme, seducir y todo eso, pero dos minutos antes de salir a escena me escaparía, como muy cerca, a las Bahamas.
– ¿Cómo era aquel París que la joven Anna conoció en 1974?
– Duro, porque andábamos flojos de dinero y yo comía de caldo y huevo duro. Llegué resfriada y me pasé dos días llorando, de añoranza, lástima… y de la pura debilidad física. Pero allí se me murió Franco y no me importó arruinarme invitando a vino a toda la escuela. Cuando regresé, en pleno apogeo de la Transición, había tanto mitin que la gente no iba al teatro...
– Pero a usted nunca le faltó trabajo. Ni siquiera en esa temida mediana edad de las mujeres…
– Bueno, pasé un par de años que no podía hacer de joven ni de vieja, pero enseguida me concedieron el certificado de madres y abuelas [risas]. Y sí, he encarnado a la mujer madura y alguna otra cosa rara, como hacer de juez o de hombre. Este es un oficio en el que siempre puedes superarte. Está vivo. Por eso me molesta que se disparen los teléfonos en plena representación. La tos, vale, porque la vida es de toses. Pero… ¡no soporto lo de los móviles!
– El año pasado, con ‘Dues dones que ballen’, regresó al Lliure de sus amores. ¿Supuso aquello una cierta conmoción emocional? 
– Al principio no, porque los camerinos, la sala de ensayo, las arquitecturas eran muy diferentes. Pero la noche del estreno reparé de pronto en que me había pasado la vida allí. Me conmovió, pero procuro no ser muy nostálgica. En este trabajo no se puede; de lo contrario, todo te dolería mucho. Añoro la fuerza física y mental de antaño, pero la mía es una nostalgia dulzona. Me da mucha rabia hojear programas antiguos, prefiero pensar que está muy bien lo que vivo ahora.
– Habiendo impartido tantas lecciones sobre la escena, ¿le queda aún margen de mejora?
– Siento que me queda mucho por aprender, sin duda, y solo me inquieta no saber si me dará tiempo. Si por mí fuera, optaría al récord Guinness de papeles. Un crítico me dijo que le sacaría partido hasta al listín telefónico, y eso, la verdad, me agradó.
– Medalla al Treball en 2008. Una calle con su nombre en Esparraguera. ¿Cuál es honor más elevado?
– ¡Uf! [larguísimo silencio]. La Medalla. Todos trabajamos para que, de alguna manera, nos lo reconozcan. Pero la calle me generó ilusión y muchísimo pudor. ¡Por favor, ni que fuera la Montiel! Al final, la acepté como una inmortalidad laica. Dentro de cincuenta años, alguien paseará por la calle y preguntará: ¿quién era esta Lizarán? Y algún viejito responderá: “Una que se fue a Barcelona y París, y hacía teatro con su hermana…”.
 
 
 
carrera cinematográfica
La espina de ‘Tacones lejanos’
Anna Lizarán se ha prodigado poco, y lo sabe, en la pantalla grande. Y lejos de Cataluña, menos aún. Ha participado en cuatro títulos de Ventura Pons (El vicari d’Olot, El porqué de las cosas, Morir o no, Forasteros), pero en ningún caso acepta la condición de musa. “En realidad, apenas tengo tiempo para hacer cine”, se excusa. Su suerte pudo cambiar decisivamente en 1991, cuando Pedro Almodóvar la llamó para integrar el plantel de Tacones lejanos, pero su personaje fue desdibujándose en las sucesivas versiones del guion hasta quedar en el ámbito de lo testimonial.
“Nunca entendí aquello”, se confiesa ahora, tantos años después, “aunque supongo que no le debí gustar al señor director…”. Su primer día en Madrid le pidieron que adquiriese una docena larga de vestidos en unos grandes almacenes, pero solo pudo lucir uno frente a las cámaras. “Al final fui un día al rodaje, rodé unos primeros planos que no salieron, cortaron otra escena… Me llevé un disgustillo, para qué negarlo, pero así es la vida. En un descanso del rodaje me acerqué al director y le dije: ‘Pedro, me habría gustado mucho trabajar contigo’. Respondió que me reservase para la escena final, pero también a última hora se me acercó un ayudante y me dijo que Pedro había optado por otra solución…”.
 
 

24-05-2012 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio