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13-07-2015 Versión imprimir

 

Antonia San Juan

“Soy popular, pero desconocida”
 
 
Sabe como nadie lo que significa hacerse a sí misma. Hoy, a los 54, sigue reinventándose a su manera. Siempre con humor: “Porque es necesario para decir la verdad”
 
 
 
TOÑO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Tiene el aura de las grandes damas de la escena. Vestida de negro sobre fondo blanco, los ojos traslúcidos de Antonia San Juan (Las Palmas, 1961) trasmiten una calidez glacial. Sus ademanes son suaves, elegantes, con esa firmeza controlada de las mujeres fuertes, supervivientes. “Vengo de lo más bajo”, dirá en un momento de la entrevista. Y desde lo más bajo se ha labrado una carrera fructífera, con más de 25 películas, decenas de montajes teatrales y series de televisión. La dimensión artística de Antonia San Juan va mucho más allá de sus personajes más conocidos: el travesti Agrado en Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1998) y Estela Reynolds en la serie La que se avecina (2009-2014). Porque esta mujer hecha a sí misma también produce, escribe, pinta y lleva su compromiso político a su forma de entender la creación. Ese compromiso proviene quizá de su padre, comunista, conductor de autobús –guagüero, matiza ella–, torturado por el franquismo. Ese espíritu de lucha quizá provenga también de su madre, limpiadora en un ambulatorio. Desde esos humildes orígenes Antonia ha llegado a lo más alto, pero su concepto del éxito no es nada convencional, porque nada en ella lo es.
 
 – Sus papeles más célebres tienen un componente humorístico. ¿Por qué decidió recurrir al humor?
– Me di cuenta de que si quería trasmitir lo que había leído o las conclusiones a las que había llegado, no lo iba a lograr si no me servía del humor. El público se angustia si oye cosas que le van a abrir el pensamiento. Incluso puede levantarse e irse.
 
– ¿Hace falta más humor?
– Mucha gente viene y me dice: “Quiero reírme”. Y está bien, pero yo les contesto que además les voy a dar algunas frases de las que he leído, que a lo mejor les pueden valer para su vida. El humor es necesario para poder decir la verdad. Porque si te la digo desde la seriedad, se convierte en un panfleto.
 
– ¿Tiene usted entonces la función de un bufón delante del rey?
– Eso es. Aunque cada vez todo está más prohibido. Vivimos la época de la peor de las censuras. No existe la libertad de expresión.

 
– En una ocasión habló usted de una suerte de conspiración para que España no deje de ser un país “de fútbol, chismes y toros, donde la gente cada vez sea más ignorante y manipulable”.
En España se ha hecho un gran canto a la ignorancia. Se asocia la ignorancia con ser auténtico. Y todo el que ha leído o tiene conocimiento es tachado de prepotente, de engreído. El deber de toda persona que actúa, que escribe, que dirige una película, es ir a contracorriente. Pero hay un control social inconsciente que veta todo pensamiento nuevo o libre. La gente quiere solo lo que sea reconocible, lo nuevo da miedo. A los actores nos pasa mucho, a mí la gente te trata como te ven en la tele. Me dicen: “Tómate un whisky”. Y cuando les digo que no bebo no se lo creen. Les tengo que decir que el que bebe es el personaje. Me considero una persona popular, muy popular, pero al mismo tiempo muy desconocida.
 
 
¿Esa fama es buena?
– Yo no quiero ser famosa. La fama debe ser inherente al trabajo. Yo no soy famosa, yo soy actriz. Una famosa es la que se tira a un futbolista. La fama de un actor le viene dada por el trabajo. Y el trabajo es muy costoso. Yo he oído a gente que dice que no quiere ser actor, que lo que quiere es ser famoso.
 
 
– Almodóvar le dio a usted mucha popularidad, pero no sé si tiene la sensación de que ese papel la encasilló.
– Cuando me llamó Almodóvar yo ya tenía mucho callo, 37 años. ¿Cómo voy a decir que fue malo? Me dieron un papel que me permitió abrir mi productora y dedicarme a recorrer el mundo haciendo teatro. No creo que me encasillara, pero los directores de casting siempre me ofrecen papeles de carácter, de putas o de mujeres marginales. Se ríen cuando mis agentes les proponen que haga drama o algo de época. No me han visto en el teatro ni conocen mi carrera. Quien me ha visto en teatro sabe que puedo trabajar desde el mayor naturalismo el drama. Muchas veces he suplicado un casting. Y nada, nunca he hecho uno. A veces me pregunto: ¿Verdaderamente, en qué me ven? 

 
– ¿Por eso montó su propia productora?
Mi desahogo es el teatro. Escribo para mí, dirijo, produzco… Así puedo hacer los personajes que nunca me ofrecen. 
 
 
– ¿Siempre actuó o ha trabajado en otras profesiones?
– Desde pequeñita, ya en el colegio, actuaba. Soy de las pocas actrices que nunca ha tenido que trabajar de nada que no sea actuar. En el año 1984 me instalé en Madrid y me presenté a los exámenes de la Escuela de Arte Dramático. En el 84, 85 y 86: me echaron para atrás siempre. El que entonces era director del Teatro de la Comedia me dijo: “¿Por qué tanta insistencia? Primero aprende a hablar. Dedícate a otra cosa”. Empecé a hacer todos los cursos del Círculo de Bellas Artes, con Jesús Cracio, con Ángel Facio. De cuerpo, de voz, de clown
 
 
– En su caso, su formación tiene una fuerte vertiente psicoanalítica.
– El psicoanálisis te agudiza la escucha y la mirada. Tienes una herramienta que te permite escuchar un poco más allá de lo que se está diciendo en el discurso manifiesto. En esta profesión, donde hay tantos egos, el psicoanálisis te permite mantenerte en una distancia protectora. Te enseña a no entrar al trapo.

 
– Es usted tan valiente que se metió a gestionar un teatro, el Arlequín, pero la cosa no salió bien.
– El alquiler era muy alto y no recibí ningún apoyo de las instituciones. Llevo 30 años viviendo en Madrid y 20 con mi productora y no he actuado en un teatro público jamás. Eso sí me ha dolido. Nunca me ofrecen nada. Llegó un momento en el que tenía que trabajar mucho fuera para poder pagar el alquiler del teatro. Y me arruiné.
 
 
– ¿Se arruinó?
– Sí, pero me va bien. A pesar de todas las vicisitudes, si hago recuento a mis 54 años el balance es que me va bien. La vida me va bien. No me puedo quejar. A veces me han hecho sentir en esta profesión como si estuviera en una diáspora, pero siempre he tenido la capacidad para generar trabajo y no esperar a que me llamen. Si me hubiera esperado a que me llamaran estaría en una esquina pidiendo. 
 
 
– ¿Nunca esperó una llamada?
– No, ¿no ves que vengo de lo más bajo? Vengo de los bares, de subirme a cuatro tablas a hacer monólogos. De ir al Candilejas, de hacerme todos los bares de Chueca, de Huertas. De actuar en sitios de chunda chunda ante gente que no me prestaba atención. Así que ahora, que soy Antonia San Juan, no tengo miedo. Soy autosuficiente. Si las cosas se me dieran mal, abriría un restaurante, cogería un chef estupendo y haría monólogos.
 
 
– ¿No tiene otros sueños profesionales? 
– Los de cualquiera que se dedica a esto, y la misma ilusión que a los 20 años. Trabajar con Woody Allen, Lars Von Trier, Haneke… Por cercanía me encantaría repetir con Almodóvar, o probar con Álex de la Iglesia o Amenábar. Pero de hambre nunca me voy a morir, porque tengo mi talento, mi cabeza, mi escritura. Me dedicaría a hacer monólogos por la noche y viviría que te cagas. Pero siempre tengo la ilusión de que me ofrezcan algo…
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