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15-12-2014 Versión imprimir

 
 
Antonio de la Torre 


“Solo soy un cateto de Málaga que soñaba con todo esto”


Un color cambió su vida: el azul oscuro casi negro lo llevó definitivamente del periodismo a la interpretación. De regreso de rodar con Joaquín Oristrell y Gracia Querejeta, el actor malagueño nos cuenta (casi) todo
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Belén Vargas
Mientras Sevilla se despereza y los más madrugadores encaminan sus pasos al mercado de la calle Feria, nosotros cruzamos la puerta de la Macarena en dirección contraria para vernos con Antonio de la Torre (Málaga, 1968), uno de los actores más cotizados del cine español, que nos ha citado en una bodeguita clásica de este barrio, Tendido 11, frente al Parlamento andaluz.
 
   Según nos cuenta Miguel, su propietario, el local abrió en la II República como una vinatería clásica, “con su suelo de albero y sus tres filas de bocoyes” y solo empezó a servir cerveza de presión a finales de los años cuarenta. Allá al fondo, donde un día estuvieron los grandes barriles de vino, se sienta el actor, recién operado de menisco, “pero en plena forma”, aclara risueño.
 
 

 
 
 
   De la Torre es ya un artista conocido en todo el país, pero en estos lares es un personaje ilustre; su foto entre amigos y agarrado al Goya comparte muro con retratos de Belmonte o Manolete y con un antiquísimo cartel de corridas en la playa de la Concha de San Sebastián. Sin embargo, él parece vivir ajeno a esa fama. Madruga para dejar a su niña en el cole y después aborda la charla como un torrente sin freno, indiferente a los gestos de reconocimiento que hacen los parroquianos a su alrededor.
 
   Inevitablemente (no en vano fue periodista deportivo en Canal Sur) habla de la dicotomía entre éxitos y fiascos. “El dolor del fracaso es inversamente proporcional a la alegría del éxito, o como decía Anthony Hopkins (creo que en Lo que queda del día): ‘el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer’. Así son las cosas”.
 
– Me ha convencido.
– Pero no me deje hablar tanto, que me disperso. Mi padre decía: “Este niño va para sabio, porque siempre está en las nubes”.
 
– Bueno, si se me escapa ya le echaré el lazo.
– Hágalo, se lo ruego.
 
– Hablemos entonces del oficio.
– ¿El oficio? ¿Eso qué es? [entre serio y guasón].
 
– Usted sabrá.
– Ni puñetera idea. Yo solo soy un cateto de Málaga que soñaba con todo esto.
 
 

 
 
 
Un pelopincho en el AVE
– Muchos de sus compañeros se ven obligados a vivir en Madrid o Barcelona para trabajar. ¿Qué hace en Sevilla un boquerón como usted?
– Vivo en Sevilla inicialmente por razones profesionales, trabajaba en Canal Sur, y ahora ya por una razón personal.
 
– Fue periodista antes que actor.
– Estudié periodismo en Madrid. El primer día de clase conocí a Alberto San Juan y nos hicimos amigos íntimos. Ya entonces fantaseábamos: “¿Te imaginas ser actor? Sería la leche”. Como el chiste (lo contaré mal, seguro): “–Tío, me encanta jugar al póquer y perder. –¡Buah, pues ganar por lo visto es la hostia!” Pues lo mismo, imaginábamos que éramos actores. Luego a mí me salió trabajo en la radio en Canal Sur, todavía en cuarto de carrera, y nos vinimos los dos a Sevilla, en tiempos de la Expo.
 
– Y se dio cuenta de que podía ser actor haciendo imitaciones en un programa de humor.
– Justo, Panal Sur. Ese fue mi curso puente entre el periodismo y la interpretación. Llega un día en que uno tiene que hacerse una biografía bien hecha, porque si no la depresión puede ser gorda, y aún así es difícil sortearla. El caso es que, aunque me costó decidirme, volví a Madrid con Alberto a la escuela de Cristina Rota. Ya ese mismo verano me salió mi primer curro profesional.
 
– El papel de Pelopincho en la telecomedia ‘Lleno, por favor’ (1993).
– Eso es. Pero me perdía la impaciencia. La vida del ser humano se mueve entre opuestos. Los esquimales se calientan las manos con nieve, pero no se lo cuentes a un cubano, que le da un infarto. En fin, yo tenía una necesidad imperiosa de resolver mi vida... Ya ves tú qué tontería, cuando la vida nunca se resuelve. El caso es que frisando los 30 se me juntó con una cierta crisis personal y pensé que no podía seguir así. Tuve una anécdota inolvidable.
 
– Cuente, cuente.
– Fui a una prueba para la productora CPA, calle Gaztambide, 11, 5ª planta.
 
– Qué memoria. Está claro que le marcó.
– Y mucho. Entonces no era como ahora, que te mandan el guion al móvil o tú mandas tu foto. Tenías que buscarte a un amigo con un fax, por ejemplo. El caso es que allí coincidí con un actor, ya fallecido, que entonces rondaría los sesenta años y que iba a lo mismo que yo, a dejar su foto y su currículum. Y me pasó como en las películas, que te ves como esa persona pero con tu cara, treinta años después y haciendo lo mismo otra vez. No me malentienda, no hay nada más digno que buscar y pedir trabajo, pero en ese momento me pudieron la inseguridad y la impaciencia. Cristina Rota me decía: “¡Estás interrumpiendo el proceso!” [con entonación porteña].
 
 
 

 
 
 
– Y volvió a tocar a la puerta del periodismo.
– Traté de encontrar algo en Madrid, pero era difícil. En Canal Sur acababan de abrir un segundo canal y a finales de 1997 me cogieron de presentador. Por un lado veía la parte ilusionante de un nuevo proyecto, pero por otro me daba cuenta de que me alejaba del oficio. Otra vez los opuestos... Y así acabo contestando a su pregunta de por qué vivo en Sevilla. ¡No le avisé de que me parara, que me disperso!
 
   Y nos dice esto con un fingido autoritarismo, tipo Sazatornil, digamos. Antonio de la Torre disfruta, se le nota, entrando y saliendo por momentos del papel que toque. Le pinchas en el brazo y sale un personaje dando saltos.
 
– De acuerdo, volvamos al redil. Estamos ya en Sevilla, presentando Telegol, pero la cabra tira al monte, ¿no?
– Y tanto. De entrada me planteo: estoy en una ciudad con AVE.
 
– Y con una potente tradición actoral.
– ... Con AVE. Para mí, con AVE [rotundo y mirando fijamente], porque a todos los efectos yo soy un actor madrileño. A mis compañeros andaluces los conozco después trabajando: a Cuca, a García Pérez, a O’Doherty, a Dechent, a Vicente Romero, a Julián Villagrán, a Paco León... un montón de gente buenísima. Pero tú me dices “Compañeros de clase. Un, dos, tres, responda otra vez”, y yo digo: “Alberto San Juan, Willy Toledo, Nathalie Poza, Ernesto Alterio, Pilar Castro, Juan Diego Botto...”. Y me dejaré nombres.
 
Suban a mi R9
– No se me pierda. Estábamos en Canal Sur.
– Muy bien. El caso es que en Canal Sur se portaron de maravilla conmigo. Mi jefe me facilitaba las cosas para ir a hacer sesiones y seguir recogiendo lo que había ido sembrando en los años de Madrid. Recuerdo que un día acabé de presentar el programa de madrugada, cogí prestado el coche de un amigo y me fui a Valencia a hacer una sesión para Flores de otro mundo, una secuencia que luego no se montó.
 
– ¿Y su coche?
– Yo tenía un R9 guarrindongo que no hubiera llegado muy lejos. Dormía gente. Una mañana me encontré a un mendigo entrando en él. Pero ve, eso demuestra que quien menos tiene, menos tiene que temer. Jamás me robaron el R9, a lo sumo tenías que abrirte paso a codazos para entrar. Y, por último, fue decisivo que Bigarren, mi representante, apostara por llevar a un actor que se iba a Sevilla a trabajar de periodista. Creo que al final nos salió bien a los dos. Vinieron la serie Padre coraje [Benito Zambrano, 2002] y la película Poniente [Chus Gutiérrez, 2002]. Dani Sánchez Arévalo me vio en esta película, me llamó para su corto Profilaxis [2003], y en 2006 llegó Azuloscurocasinegro. Y me cambió la carrera.
 
 

 
 
 
   Antonio de la Torre es un tipo inquieto, con mucha guasa y un punto coqueto. Mientras apura su cortado y recobra el aliento, con uno de sus ojos azules vigila a la fotógrafa y con el otro atiende la mirada del entrevistador. Y sin bizquear. Pregunta si debe alisarse el pelo, una mata rubia y espesa que vive ahí arriba un poco a su aire. “¿Mejor así?” Ella asiente. “Pues dímelo, cariño”, le reprocha zumbón.
 
De patos y cisnes
– En enero de 2007 gana un Goya, en marzo entra en la plantilla fija de Canal Sur, en junio abandona la estabilidad del trabajo fijo por la incertidumbre farandulera y en septiembre estalla la mayor crisis económica desde 1929. Ni adrede, vamos.
– Bueno, no hubo causa-efecto. No me hicieron fijo por el Goya. Pero no me había planteado nunca que todo pasara el año en que empieza la crisis. Es una coincidencia, pero en el fondo, para ser honestos, debo decir que me lancé con red, de hecho aún estoy en excedencia, aunque ya no podría volver a Sevilla. Pero Canal Sur ahí aguanta, y toco madera por mis compañeros.
 
– ¿Usted se ve volviendo a los medios?
– Es difícil. Apenas tengo tiempo, dicho esto con toda la boca chica y la humildad que requieren los tiempos que corren. 
 
– ¿Y ahora qué queda del actor principiante que iba a la escuela de Cristina Rota?
– No hace mucho me reencontré con ella y con la escuela en el rodaje de Hablar, el proyecto de Joaquín Oristrell, rodado en un solo plano-secuencia, muy interesante. Es maravilloso darse cuenta mientras trabajas de cómo todo aquello que aprendiste, tal vez sin entenderlo muy bien en su momento, ha dejado un poso que sigue creciendo. Sus clases me cunden más ahora que cuando las recibía. Ella decía: “cuando te sientas actor...” Y tenía razón.
 
– ¿En qué sentido?
Yo tengo la sensación de ser actor cuando dejo de imitar a otros. Me miraba mucho en mis compañeros, en Alberto, en Willy, en Ernesto... Los veía en una escala superior, pero por complejos míos, ellos los pobres no tenían culpa de nada, ni me trataban como tal... ¿Sabe cuál es el cuento que más me gusta contarle a mi hija? Ahora va y me dice que no y que le da igual [desternillándose].
 
– Si no se me va muy por las ramas...
– Descuide. El patito feo. ¿Por qué? Porque hay cuentos muy fachas. Acuérdese de esa escena mítica de Bardem contando el cuento de la cigarra y la hormiga en Los lunes al sol: “¡Será hija de puta la hormiga! ¡Menuda especuladora!” [de nuevo tronchándose]. Pues el patito empieza a ser feliz cuando descubre quién es. Mientras lo comparan o él quiere ser como sus hermanos, siempre pierde. Solo cuando crece y descubre que es un cisne hermoso, solo entonces, encuentra su camino. Como actor tienes que encontrar tu esencia; ser tú. Manuel Martín Cuenca diría: “¿Cómo sería Antonio de la Torre si fuera sastre y caníbal?” Pues eso. Hay algo especial ahí que cada uno debe encontrar.
 
 
 

 
 
 
El fugitivo
– En la entrega del Goya agradeció a su representante la confianza “cuando era un hombre que huía”. ¿De qué o hacia qué huía Antonio de la Torre?
– Supongo que huía de todo esto y de mi soledad. Algo imposible, como salir corriendo de un sueño. Hay que huir hacia uno mismo. Es mejor abrazar eso. Mi amigo Alberto me dedicó un poema de Juan Ramón Jiménez que decía: “¡No corras, ve despacio, / que adonde tienes que ir es a ti solo! / ¡Ve despacio, no corras, / que el niño de tu yo, reciennacido / eterno, / no te puede seguir!” [Se trata del poema XXXVI de Eternidades (1918)]. Lo resume maravillosamente.
 
– Otra coincidencia. Debutó en televisión como el Pelopincho que merodeaba por la gasolinera de ‘Lleno por favor’, y diez años después, en 2002, otra gasolinera y otro personaje marginal se cruzan en su camino. Su Loren en ‘Padre coraje’ tuvo muy buenas críticas. ¿Qué había cambiado?
– Recuerdo que Luis San Narciso (al que había dado la brasa durante años, pobrecillo) me dijo que ya tenía la edad de Jesucristo y que ya había madurado. Con el beneficio que me daban esos diez años peleando con papeles, creo que estaba más hecho. Me habían ocurrido cosas. Por un lado había saboreado el fracaso, y por otro había empezado a perder la necesidad de demostrar. Lo que no había cambiado es lo que se enrollaban mi jefe, Miguel Ángel Cortés, y mis compañeros de Canal Sur, que me dejaban el turno de fin de semana para poder hacer esta serie y la de Código fuego. Nunca podré agradecérselo lo suficiente. Aunque la verdad es que lo mío era como el pescado: ya empezaba a oler. Iba siendo hora de decidir.
 
– Me hablaba de ‘Padre coraje’.
– Es verdad. Llegué al casting, que se hacía en una nave industrial por ahí perdida, y vi una cola tremenda. Estaba sopesando si irme, pensando que sería la típica prueba donde solo hay un ayudante jovencito que se olvida de tu nombre y te llama “Adolfo de la Fuente”, te pone de frente y de perfil, y te manda para casa. Avanzó la cola y llegó mi turno. Para mi sorpresa, allí estaban Benito Zambrano y Laura Cepeda, jefa de casting. Les solté la lista de papeles que había hecho: “Obrero 3, Taxista, Hombre al fondo, Parroquiano 10, Hombre sin frase... Y con todos no me da para un prota”. Se rieron y me ocurrió, como en Flores de otro mundo, que me sentí actor de verdad en la prueba. Era una improvisación en que Laura me daba la réplica. Yo pasaba de yonqui lloroso a yonqui violento, y hubo un momento en que noté cómo su cara cambiaba. Me preguntaba antes por el oficio. Eso es el trabajo del actor. Modificar al que te da la réplica. Para mí es vital que el compañero fuera de cuadro esté ahí. No entiendo a quienes dicen que no lo necesitan. Me contaron que Juan Diego Botto había terminado ya sus escenas en un rodaje y que volvió al día siguiente porque estaba pendiente el contraplano de un compañero. Ole.
 
 
 

 
 
 
– ¿Hoy la fama le deja vivir?
– No me entran mucho. Básicamente hago vida de barrio y creo que la gente se acaba acostumbrando a tu presencia. Ahora me he mudado, pero vivía muy cerquita de aquí. Afortunadamente no noto agobio alguno. También hay momentos de riesgo: la feria, la noche con las copas, etc. Las multitudes es mejor evitarlas.
 
– El año de ‘Azuloscurocasinegro’ también fue el año de ‘Volver’, ¿cómo surge de repente trabajar con Almodóvar?
– ¡Eso quisiera saber yo! Si diez años antes, cuando estaba deprimido, se me hubiera aparecido mi hado madrino y me hubiera dicho: “Tío, tranqui, que vas a hacer otra peli, te va a llamar Almodóvar, te van a dar un Goya...”, le hubiera respondido: “Vete a tomar por c... No juegues con mis sueños”. Cómo es la vida. En este caso supongo que se juntaron varios factores y no quiero ser injusto con ninguno de ellos. Si la memoria no me traiciona, mi amiga Bea Castro fue la primera que me habló del papel de Paco en Volver, “un papel pequeño, pero muy importante”, me dijo. No sé si Luis [San Narciso] ya lo había pensado o se lo sugirieron. El caso es que me llamaron un viernes para hacer una lectura en El Deseo el lunes siguiente.
 
– Un finde de infarto.
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no contárselo a todo el mundo. Con los años he aprendido a contenerme. El lunes me pegué una paliza a correr para relajarme, cogí el AVE y me presenté en la oficina de la productora. De pronto pasó un ángel con albornoz. Era Penélope Cruz. Todo era como un sueño, como entrar en el Olimpo. Yo estaba aterrado, solo la presencia de Yohana Cobo, con la que ya había trabajado en una serie siendo chiquitilla, me pegaba a la realidad. Nos sentamos en el despacho de Pedro e hicimos la lectura. No sabía cómo comportarme, si poner cara de palo, si darle conversación a Pedro. Era como el chiste del tipo en el desierto: pasa un tío en un camión, lo coge. Silencio. No sabe qué decir. Después de muchas dudas dice: “Pues sí”. Y el otro: “¡Pues no, fuera del camión!”. Algo parecido. No debí de hacerlo mal del todo. Tengo un fantástico recuerdo del trabajo con Penélope. El final de la anécdota es que, acabada la lectura, Pedro le dice a Yohana: “Bueno, dale un beso a tu padre, ¿no?”. Hostia, y yo como en los comunicados de ETA: tratando de leer entre líneas. ¿Qué habrá querido decir? ¿Tendré el papel ya o habrá sido una gracieta nada más?
 
 
 

 
 
 
Pavo y pollo con Dani
– Por cierto, ¿cómo lleva lo de disfrazar el acento andaluz?
– Sin querer venderme, es algo natural en mí. Tengo facilidad para simular acentos y me encanta hacer imitaciones de personajes, aunque no viva de ello.
 
– ¿Le joroba?
– No. Es mi trabajo. Hombre, si me cabreo, me cabreo con acento malagueño. Lo esencial es lo esencial. Pero yo creo que en realidad no se actúa con la palabra, se actúa con el alma.
 
– ¿Y eso qué es?
– No tengo ni idea. No sé, la intuición, las tripas. Yo hago este gesto [de enfado] y digo “Me cago en Dios” porque sé que mi personaje tiene que cabrearse, pero no sé qué estrategia voy a seguir, y rogaría al director que no me la marcara. Como dice el refrán, yo soy un hombre que respeta las normas... Las mías. [Y echa a reír].
 
– ¿Y si el director le hace trabajar contra su instinto?
– Bueno, es broma. Intentas negociar, como en la vida. Hay directores de todos los colores. De todos modos yo hago siempre mi presentación de credenciales: “Mira, yo soy muy pesado, pero no soy un inadaptado social”. Siempre intento evitar que piensen: “en qué momento se me ocurrió llamar a Antonio de la Torre”. Pero es que esta profesión es una cuestión pasional. En esto no se debe trabajar con piloto automático.
 
– ¿Inventa triquiñuelas para llevárselos a su terreno?
– Todos lo hacemos. Inconscientemente además. Usted también en esta entrevista. Todos somos seductores. Son mecanismos inconscientes y humanos. De todos modos, el actor profundiza en el análisis del personaje más que el guionista o el director, por una cuestión lógica. Está centrado solo en eso. Nuestro trabajo es contar una historia y meternos en situación. Da igual si es un plano corto o un plano medio.
 
 

 
 
 
– Lo importante es jugar el partido. Y ganarlo.
– Sí. Con matices, porque dependiendo del plano potencias una cosa u otra, pero tratas de llegar con confianza donde quieres llegar. Es una pena a veces cómo se les corta el vuelo a actores y actrices fantásticos, pero las circunstancias mandan. Cristina [Rota] nos lo decía mucho: “La industria a veces no os dejará volar”. Y depende de qué industria: ¿sabe cuánto tiempo tardaron en rodar la charlita inicial en el pub los de La red social? ¡Tres días! Eso aquí nos lo merendamos en una mañana. Pero al actor hay que darle confianza, como hace Dani.
 
   Desde que hicieran juntos el corto Profilaxis en 2003, de la Torre ha intervenido en todos los largometrajes de Daniel Sánchez Arévalo, compartiendo con él el ascenso a la primera división del cine español.
 
– ¿La confianza es la clave de su éxito juntos?
– Antes de Azuloscurocasinegro, me dijo: “creo que nadie ha escrito un papel a la altura de tu talento, y yo lo voy a hacer”. Eso era una invitación a volar. No me vuelve loco la sociedad americana, ni mucho menos, pero allí si vas al banco con un proyecto y ya has fracasado en otros antes, eso cuenta a tu favor porque se considera que has aprendido de tus errores. El pánico al error paraliza. Es difícil para el director, hay mucho en juego en una película, pero ahí está Daniel, que te da alas.
 
– ¿Cómo se conocieron?
– Fue una especie de flechazo. Como le explicaba antes, me vio en Poniente, y a través de una amiga común se puso en contacto conmigo para el corto Profilaxis. Nos vimos, nos caímos muy bien y para delante. Un corto sobre la masturbación anal era raro [sonrisa maquiavélica], pero cuando empecé a trabajar con él me di cuenta de que iba a hacer cosas importantes.
 
– Sánchez Arévalo le ha dado una vuelta a la comedia española.
Yo estoy demasiado dentro para tener perspectiva. Para mí Dani es como un hermano, y rodar con él, una cita ineludible. ¡Como los mundiales! Como ir a la cena de Navidad, que sabes que va a haber pavo o pollo. El pavo te lo comes y el pollo lo montas. Ja, ja, ja. Ya en serio. Hay algo en su manera de trabajar que me hace sentir muy libre; ensayo con muchas ganas, sin miedo e investigando. Él hace años que me dio permiso para volar y aún no me lo ha retirado. Siempre se lo agradeceré.   
 
 

 
 
 
El chip del personaje
Después de aquel presidiario enamorado de Azuloscurocasinegro, Antonio de la Torre ha abordado, entre otros, personajes tan dispares como el marido maltratador de Volver, el hombre obeso de Gordos, el payaso loco de Balada triste de trompeta, el padre alcohólico de Primos, el policía violento de Grupo 7 o el muy comedido (y carnívoro) sastre de Caníbal. En unos años ha recorrido muchas casillas de la rayuela.
 
– ¿Qué es lo más difícil que le ha pedido un personaje?
– Hombre, físicamente, está claro que engordar treinta y tantos kilos para hacer Gordos. Y luego bajarlos.
 
– ¿Y técnica o emocionalmente?
– Quizá, teniendo en cuenta mi expresividad y la energía que llevo dentro, el sastre de Caníbal. Supuso un ejercicio de contención.
 
– Claro, merendarse a un congénere poniendo esa cara de palo...
– Volvemos a la confianza. Tenía miedo de que la cosa quedara poco creíble, pero Manolo [Martín Cuenca] trabaja de modo que creas que vas a llegar. Si está dentro, aunque lo tapes, sale. Yo quiero hacer personas, no personajes. Los mejores piropos de mi carrera me los echaron un juez de vigilancia penitenciaria que vio Azuloscurocasinegro y dijo que parecía uno de los presos a los que tomaba declaración todos los días, y algún policía que me ha dicho que en Grupo 7 era como uno de sus compañeros. Octavio Hernández, el sastre que me preparó para Caníbal, tiene cincuenta años de carrera en una de las mejores sastrerías de Madrid. Él me aseguraba: “Yo te digo, Antonio, que cuando acabemos con esto no va a haber un sastre que te ponga un pero”. Eso te da una seguridad y un vuelo increíbles. Si yo me puedo creer sastre, me puedo creer lo que Carlos oculta a la sociedad. El chip de creerte al personaje salta, y todo cambia. El actor cuenta con su experiencia, con la de otros y con su fantasía, pero solo damos el pego como preso, como poli o como sastre.
 
– ¿De eso se trata, no?
– No, ya sé que es muy difícil, pero como le decía, yo quiero hacer personas, no personajes. Para llegar a..., tú tienes que ser. Solo desde la fantasía del “voy a ser” te puedes acercar. Solo si intento correr los cien metros en menos de diez segundos, llegaré a correrlos en quince. Por eso me llevé aquel bajón cuando vi en pantalla al taleguero de Azuloscurocasinegro.
 
– ¡Pero si le dieron el Goya!
– Pues yo solo me veía a mí disfrazado de taleguero. Ahí empecé a aprender que las cosas son así.
 
 
 

 
 
 
– ¿Le tiene miedo a eso, a que la gente vea a Antonio de la Torre haciendo de lo que sea?
– No, trato de alejarme de esa idea. Hay tantas películas como espectadores. Me encantaría ser reconocido por mi trabajo, pero irreconocible en él, como si pudiera resetearme. Es imposible, claro.
 
– Hablando de goyas, dos años seguidos con sendas nominaciones (en 2012 por ‘Grupo 7’ e ‘Invasor’, y en 2013 por ‘Caníbal’ y ‘La gran familia española’) y no consiguió ninguno. ¿Qué demonios ha pasado?
– Eso digo yo. No ha pasado nada. Ha pasado simplemente que me han nominado.
 
– Por cierto, ¿a qué atribuye las malas críticas a ‘Los amantes pasajeros’? ¿Ese viejo humor almodovariano está obsoleto?
– No. Almodóvar tiene su mundo y su apuesta, que está a veces más cerca de la comedia y a veces más de la tragicomedia. Él se lanza ahí, y ya está. Todos tenemos nuestras películas favoritas de Pedro Almodóvar. Siempre va a haber críticas, y es imposible ir siempre hacia arriba. Con Gordos aprendí que no se puede gustar a todo el mundo. Tú descubre qué cisne eres y ya está. O qué pato. O qué loro. Más vale estar satisfecho con uno mismo y tener a gente cabreada que al revés. Que solo se vive una vez.
 
– La moral bien alta.
– Es importante. Nos están abocando a la supervivencia, y la supervivencia aniquila la moral. Vivimos tiempos de cierta degradación moral. Jornadas más intensas, sueldos más bajos, y el “no te quejes, que fuera hace mucho frío”. Esa maldita frase se la inventó algún hijodep... El miedo es el arma que tienen los poderosos para tenerte pillado. Compañeros, no tengamos miedo. Os lo dice un miedoso [sonriendo].
 
 
 

 
 
 
– Hablemos de teatro. Se sube poco a las tablas, ¿por qué?
– [Resopla] Hice La taberna fantástica en 2008 y Grooming en 2012. Para mí es difícil encontrar un proyecto de teatro que me permita encajar mi vida personal.
 
– ¿Se refiere a la paternidad? ¿Le ha cambiado mucho la vida?
– Hombre, claro que influye. Tienes que atender a tu hija. Tenía un proyecto para otoño que no voy a hacer, y mira que me encantaba la idea, en parte porque quiero pasar ese tiempo con mi hija. De todos modos es un falso debate. Pienso mucho en las madres, especialmente en las actrices. No es justo para ellas. Hay que cambiar esto.
 
– Cuando hizo ‘Balada triste de trompeta’ declaró que con 42 años hacer de novio de una chica de 25 es algo que no ocurriría al revés.
– Y es así. Así lo pensé. También porque uno está buen mozo [en tono de chunga]. Fuera de bromas. A nadie le llama la atención, pero si es una señora de 42 la que se tira a un chico de 25, entonces todos a tirarse de los pelos... Volviendo al teatro, tengo que decir, aunque no lo sabe casi nadie, que estoy muy feliz de haber hecho una sustitución en Urtain en Taiwán.
 
– ¿En Taiwán?
– En vez de Roberto Álamo fui yo. Los engañamos como a chinos [tronchándose]. Perdone el chiste fácil. Lo pasé muy bien y disfruté mucho de Andrés Lima, otro director que te invita a volar.
 
 
 

 
 
 
Pocoyó en inglés
– Ha protagonizado ‘La isla mínima’ con Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, la nueva película de Alberto Rodríguez, responsable de ‘Grupo 7’. ¿Otra vez a correr por las calles empuñando una pistola?
– No, esta vez hago el papel de un hombre atormentado con muchos problemas.
 
– Vaya por Dios, ahora que no está Mario Casas y que podía ser el sex symbol de la película...
– La belleza se queda en Nerea Barros, una actriz fenomenal. Ha sido una buena experiencia, aunque corta. En Grupo 7 hubo momentos de conflicto con Alberto, pero nos salió una buena película porque tanto él como yo somos apasionados de lo que hacemos. Se actúa como se vive, con el alma.
 
– También vamos a verlo en una película de Jim Loach, el hijo de Ken, pero no está claro ni con qué título ni si se estrenará en 2014 o en 2015. ¿Qué nos puede contar de esto?
– Hace poco hice el doblaje. Está en fase de etalonaje, pero aún no sé nada del estreno. Es la historia de una familia de emigrantes españoles en Australia. Yo soy el padre con un pasado difícil.
 
– Y acaba de terminar con Maribel Verdú ‘Felices 140’, lo último de Gracia Querejeta.
– Es la historia de una chica (esto le va a gustar a Maribel, que la llame “chica”) a la que le toca la lotería y queda con los amigos para celebrarlo.
 
– Suena como ‘Los amigos de Peter’, pero al revés.
– Pues sí. Ojalá nos haya salido algo cercano. Es una película que me encanta. Recuerdo a Emma Thompson (qué buena, madre mía) revoloteando alrededor de Stephen Fry: “Peter, Peter, Peter” [imitando a la actriz inglesa]. Luego me he enterado de que Fry pone la voz a Pocoyó [dice unas frases imitando a Pocoyó en inglés]. Esto es todo por mi hija.
 
 
 

 
 
 
– Se lo tiene que pasar bien con usted. ¿Cuál es su serie infantil favorita?
– Me alegro de que me haga esa pregunta [con retranca]. De lo que ve mi hija, me gusta Peppa Pig.
 
– ¿Por qué?
– Porque son piececitas cortas, muy familiares, en las que cuando hay algún conflicto lo solucionan tirándose todos al suelo y meándose de la risa. Una gran educación sentimental.
 
– Nos hace falta alegría.
Me preocupan estos tiempos en los que gente engañada, estafada o explotada por una pandilla de desalmados se siente mísera, pasa hambre, se suicida. Y encima tiene que cargar con el estigma de que vivió por encima de sus posibilidades. Tengo la esperanza de que el sistema cambie. Es un momento importante para darle un vuelco a esto.
 
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