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05-09-2019

 

Antonio Molero

“Nuestra carrera nos elige

a nosotros, no al revés”

El intérprete de ‘Los Serrano’ y ‘Médico de familia’ desconoce los altibajos profesionales. El teatro siempre ha acudido al rescate. Y la televisión llegó a su vida por accidente

 


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Suele ser la madre de Antonio Molero quien le cuenta que, una vez más, algún canal de televisión está volviendo a emitir Los Serrano. En ese momento el actor, natural del pueblo toledano de Ajofrín, sabe que durante un tiempo le tocará esconder aún más sus facciones al salir a la calle. Habitualmente camina con gorra y gafas de sol. Pero este intérprete de 51 años admite que está “mucho más tranquilo ahora. No llegamos al delirio de entonces”.

 

   Reitera que prefiere las tablas. Como las que pisó con Un dios salvaje El tipo de la tumba de al lado, las dos junto a Maribel Verdú. O la experiencia que acumuló durante su largo paso por Animalario, la compañía en la que también se forjaron Javier Gutiérrez o Alberto San Juan. “Nunca he pasado una gran sequía. Un mes o dos, como mucho. Porque aparecía el teatro, tarde o temprano, para salvarme”, apunta Molero. El cine tampoco falta. Juan Cavestany contó con él para Gente de mala calidad (2008). Y en Oh! Mammy Blue (2018) compartió cartel con Ramón Barea y Carmen Maura


   Más evocador será el encuentro, de nuevo en la televisión, con Belén Rueda en la próxima serie Madres. La primera vez que coincidieron fue en Médico de familia, la catapulta televisiva con la que Molero acabó perdiendo el anonimato. “Me suele tocar el papel de hombre sencillo, de calle. Un Sancho Panza superado por las circunstancias”, reflexiona. Y eso que estas le son favorables en la vida real. Gracias a la comedia El test lleva tres temporadas abarrotando el madrileño Teatro Alcázar.


 

— Cuando un actor arrastra cierta trayectoria, ¿su mera presencia llena la platea?

— La primera vez quizá tiren de mí o de aquel por la popularidad. Pero si llega el pinchazo, se acabó. La gente viene al teatro, pero también se va. Hablamos de espectadores implicados que buscan las entradas, pagan por ellas, se preguntan qué se pondrán esa noche, nos hacen un hueco en su agenda. Por ello creo que son más exigentes. Y se lo agradezco mucho. Pero en este gremio estamos muy etiquetados, y yo soy para el gran público un actor de televisión. Por mucho que, antes de que Emilio Aragón me llamara para Médico de familia, ya hubiera interpretado a Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o Valle-Inclán. Los vientos me llevaron ante la cámara y los aproveché. Nuestra carrera nos elige a nosotros, no al revés.

 

— En algún momento sería usted quien eligió el Arte Dramático.

— Mi familia emigró a Alcalá de Henares cuando yo era un niño. Y me crié allí. Incluso antes de llegar a la facultad estaba en uno de los grupos de teatro universitario. Más adelante me contrató una compañía. Cuando me vi actuando en Moscú, en el ocaso de la Unión Soviética, en un intercambio junto a intérpretes rusos, me di cuenta de que lo mío era aquello. Estaba de protagonista, además. Aunque me había presentado a las pruebas para Educación Física, y también empecé Magisterio, lo acabé dejando todo. La rueda empezó a girar y, tras tres o cuatro montajes, llegaron las primeras nóminas. Pero diría que tardé seis o siete años en dejar de perder dinero y empezar a vivir de esto.

 

— Eso nos lleva, echando las cuentas, hasta principios de los noventa. ¿Cómo se buscaba la vida un intérprete en aquel entonces?

— Existía un teatro experimental, muy sincero, de clara vocación artística. Aunque había otras piezas que resultaban alternativas, pero por falta de fondos. El teatro pobre. Quienes carecíamos de medios acudíamos a la sala Pradillo, en Chamartín, o a la Cuarta Pared, o a Triángulo, en Lavapiés. Había que presentarles proyectos serios. Y eso no estaba reñido con la humildad. Pero sí, nos dejaban actuar.

 

 

— La forma de contar y grabar en televisión se parecía más al teatro cuando usted alcanzó la fama. En la actualidad es muy cinematográfica. 

— Y reconozco que no me gusta tanto: echo de menos los rodajes con tres cámaras y un plató. Nosotros actuábamos como lo haríamos sobre las tablas, y lo que no captara uno de los objetivos llegaba por alguno de los otros dos. Contábamos con más libertad sobre nuestro movimiento y nuestro trabajo. Podíamos improvisar un poco más. 

 

— ¿Ni siquiera recuperó algo de aquello en Amar es para siempre?

— Pasar por allí es la mayor burrada que he hecho en mi carrera. La mili de los actores. Trataba de descansar en cada hueco… porque no llegaba. Entre secuencia y secuencia lograba dormir un poco. Lo confieso: empecé a valorar este tipo de series cuando conocí el trabajo que llevan detrás. Antes sentía algún prejuicio. Pensaba que eran ficciones para señoras mayores. Pero ahora me quito el sombrero, y guardo un recuerdo de cada episodio. Cada guion me llegaba recogido en un clip, así que empecé a guardarlos y a encadenar uno tras otro. Capítulo por capítulo. Aún los tengo en casa.

 

— Llegó a compaginar aquello con el teatro. 

— Y fue la única vez en toda mi carrera en que una crisis me llevó a irme del trabajo. Me levanté una mañana y me dolía la cabeza, el estómago, las articulaciones. Pero cuando me recogieron para el rodaje, me subí al coche igualmente. A mi llegada al plató, aunque mis compañeros me preguntaban qué me ocurría, me escondí en el camerino y me vestí. Grabé tres secuencias, hasta que no pude más. Y me mandaron a casa. Aun así, esa noche decidí acudir al teatro. Actué en unas condiciones lamentables. Mis amigos me pedían que fuera al médico. Al día siguiente no me tocaba tele, así que dormí hasta las 12 del mediodía. Me levanté y estaba bien. Eso era todo: mi cuerpo había colapsado. Porque, además de la serie y las tablas, estaba en más cosas. 

 



 

— ¿Qué más podía echarse encima?

— Le contaré algo que creo que no había revelado hasta ahora. Empecé a estudiar en la RESAD por primera vez a principios de los noventa. Pero dejé la carrera a medias porque me salía trabajo por todas partes. Como El público, de Lorca, en Granada. Entonces pensé que jamás acabaría mis estudios. Pero unos años atrás pasé una etapa en la que solo hacía teatro. Actuaba por las noches y mis días estaban libres, así que me matriculé de nuevo hasta acabar el plan de estudios. Eso sí, un cuarto de siglo después. Me llevó tres años, y parte de ello coincidió con mi paso por Amar es para siempre

 

— En su clase habría alumnos que ni siquiera habían nacido cuando usted empezó este oficio.

— Conviví con gente que rebosaba ilusión, que es algo que los veteranos nos dejamos a veces por el camino. Pensamos demasiado en el prestigio que nos dará tal o cual trabajo. Así que volví a colocar la reflexión y lo artístico en primer lugar. Daba consejos a los demás sobre lo que encontrarían fuera y les pedía que tuvieran paciencia y perseverancia. Y también que disfrutaran del momento: aquel sería probablemente el único lugar en el que interpretarían a Hamlet. Me apliqué el cuento y empecé a decir que no a aquello que me hacía infeliz. 

 




 

— ¿Qué le hace infeliz a un cómico de carrera?

— Los monólogos. Yo estoy acostumbrado a ensayar mucho, sobre todo si el público está ahí, frente a mí, en vivo. Lo llevo todo muy atado. Pero cuando me han tocado soliloquios, cualquier antelación con la que me llegara el guion se me quedaba siempre corta. A mí me gusta esconderme detrás del personaje. Es como ponerme una máscara: hablo y me muevo de forma diferente. Salir al escenario bajo mi propio nombre, Antonio Molero, no es lo mío: los espectadores buscan un híbrido entre lo que han visto de mí en la ficción y lo que yo soy realmente. Esa mezcla me hacía daño. Así que un día dejé de hacerlo… y qué gusto. Cuando me encuentro en alguna reposición de El club de la comedia cambio de canal.

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