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Un pionero madrileño del cine mudo
 
 
JAVIER OCAÑA
Nacido en Madrid en 1887, Antonio Moreno es uno de esos ilustres desconocidos españoles que hicieron carrera en el primigenio cine americano. Cuenta su biografía, publicada en el año 2000 por Manuel Carlos Fernández, que Antonio dejó pronto Madrid para vivir en Andalucía, en la pedanía gaditana de Campamento, para marchar más tarde a EE UU, a los 15 años de edad, junto a su madre. Su marcado acento español hizo que su paso por el teatro, apenas un secundario, fuera fugaz, pero el cine mudo de la época era una ventaja, además de su porte de latin lover.

   Su primer personaje, en Iola’s promise (1912), ni siquiera tenía nombre y en las bases de datos figura simplemente como “un indio”; eso sí, el director era nada menos que D. W. Griffith, y su protagonista, Mary Pickford. Poco a poco fueron llegando mejores papeles, hasta convertirse en cabeza de cartel de películas como Un yanqui en Argentina (1922), de Sam Wood, junto a la estrella Gloria Swanson; Perdida y encontrada (1923), cinta de aventuras de Raoul Walsh; La tierra de todos (1926), de Fred Niblo, basada en la novela de Blasco Ibáñez, al lado de Greta Garbo y Lionel Barrymore; y Ello (1927), acompañando a Gary Cooper y Clara Bow. Todas ellas como personaje protagonista. La llegada del sonoro le perjudicó a causa de su acento, que le obligaba a hacer papeles eminentemente de hispano, pero a pesar de ello continuó trabajando con regularidad hasta su muerte, en 1967, y en Beverly Hills, como mandan los cánones del cine. Antes aún le dio tiempo a participar, en su penúltimo trabajo y en un papel muy secundario, nada menos que en Centauros del desierto, de John Ford.
 
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