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10-10-2018

Foto: Lau Ortega

“Tengo un conflicto entre gustar
al público y creer en mi universo creativo”

 

Antonio Ruz Estrena ‘Presente’ tras el éxito de su revolucionaria versión de ‘Electra’. Le obsesionan el tiempo y la relación con otras disciplinas


BEATRIZ PORTINARI

“Venga, Antonio, a bailar”. Con esta frase arrancaba cada reunión familiar, bautizo o fiesta donde aparecía el niño Antonio Ruz (Córdoba, 1976), con cinco años y talento innato para la danza. “Fui un niño muy inquieto y creativo, que se disfrazaba y disfrutaba en las obras de teatro del colegio. Ya me gustaba entonces dirigir y organizar actuaciones navideñas con mis primas, para que mi abuela nos diera el aguinaldo... Al final no se aleja tanto lo que hago ahora de lo que llevo haciendo toda la vida”, recuerda el bailarín y coreógrafo con una sonrisa.

   Fue precisamente su abuela Antonia quien –además de enseñarle a hacer pestiños, gachas y dulces mozárabes– le regaló su primer cursillo de sevillanas en la Escuela de Mariví y Antoñín de Córdoba.

   “Bailarines no había en mi familia, pero mi padre canturreaba… Y mi madre también: coplas. Ese poso estaba ahí. Después de hacer aquel cursillo me enamoré de la danza e insistí hasta que me apuntaron a clases durante el curso. Me formé desde los siete a los 11 años en la Academia de Concha Calero, aprendiendo la base y los palos del flamenco. Ahí empezó todo”.

   Hoy Antonio Ruz es un referente en el mundo de la danza gracias a su propia compañía, que fundó en 2009. Y con un lenguaje también propio, entre ecléctico e innovador, que ya han respaldado diversos galardones: el Premio RCH a la mejor interpretación en el Certamen Internacional de Coreografía Burgos-New York 2011 (por la pieza Ignoto), el Premio a la mejor coreografía de la Asociación de Profesionales de la Danza de Andalucía (PAD) en 2012 por Ojo y El Ojo Crítico de RNE en 2013. Su paso por escenarios internacionales se ha consolidado con una colaboración habitual en la compañía Sasha Waltz & Guests de Alemania, donde sigue experimentando una propuesta dancística que ha llegado ahora a su momento cumbre con el reciente éxito de Electra para el Ballet Nacional de España y el estreno de Presente este octubre en los madrileños Teatros del Canal.

 

– ¿Cómo recuerda aquella primera etapa de aprendizaje en Córdoba y el salto a Madrid con solo 16 años?

En el Conservatorio de Córdoba estuve cinco años aprendiendo danza española, hasta que me sugirieron que podría interesarme el ballet clásico por mi constitución y mi forma de moverme. Y así fue. Nos enseñaban vídeos y documentales, admirábamos a aquellos grandes bailarines. Recuerdo que a los 16, mi profesora Araleo Moyano le planteó a mi familia: “Este niño se tiene que ir a Madrid”. A mi padre no le hizo mucha gracia. Era un agricultor, un hombre con los pies en la tierra. Primero me costó convencer a mi madre, y ella convenció a mi padre para que me dejara, un poco a regañadientes.

 

– Se instalaba en Madrid para estudiar en la Escuela de Víctor Ullate, nada menos.

– Becado, eso es. ¡Y pensaba aprovechar cada minuto que estuviera allí! Víctor Ullate era un maestro exigente, pero yo fui un alumno-esponja que absorbía cada conocimiento que le daban. Un movimiento, una corrección, una técnica: lo asimilaba y lo repetía al momento. Y después de la escuela formé parte de su compañía como bailarín, que fue todo un reto. Por aquella época, con 20 años, me lesioné la rodilla… Pero mi objetivo era bailar, costara lo que costara. Perdí un poco mi lado creativo, que siempre ha estado muy presente. De pequeño me interesaban mucho las Bellas Artes: creaba escenarios o belenes de Navidad con maquetas que ocupaban habitaciones enteras, con luces que se veían en el interior de las casitas hechas de marquetería. Por eso no concibo la danza como algo solo coreográfico. Me sigue interesando mucho implicarme en la escenografía, el vestuario o la iluminación de un espectáculo. Ese es el camino que he ido tomando. 


Foto: Lau Ortega


– ¿Las lesiones han condicionado su trayectoria hacia la dirección y la coreografía?

– En cierto modo ha sido un camino natural. Cuando en 2001 salí al extranjero, porque quería aprender idiomas, conocer otras culturas y bailar cosas diferentes, llegué al Ballet del Gran Teatro de Ginebra. Organizaban unos talleres coreográficos donde debíamos preparar una pieza que bailara la compañía. Entonces dirigí mi primera coreografía, 1 Calvario, un homenaje de 15 minutos a la Semana Santa andaluza. Y para ello hice una investigación exhaustiva de músicas típicas: marchas procesionales, misereres, música culta, otras marchas de corte militar... En aquel momento iba por la tercera operación de rodilla y no bailé en la pieza. Pero recuerdo que pensé: “Esto es lo que me gusta. No sé cómo lo voy a hacer, pero esto es lo mío”. Después creé con Bruno Cezario otra pieza, Heidi, que se estrenó en Brasil. Y durante semanas nos empapamos de la música alpina y de la música suiza contemporánea.

 

¿Cómo nace una coreografía?

El proceso creativo es un acto muy misterioso, casi como un espejo de ti mismo. Requiere un punto de introspección. Puede surgir de una melodía, de una idea filosófica, del mismo cuerpo, de una película o de una escena que haya visto en el supermercado. Cuando me pongo a trabajar sobre una temática necesito enamorarme de ella, conocer todas sus metáforas, las reflexiones que otros han hecho sobre el tema, las inspiraciones y significados. Este trabajo me puede llevar meses. En la actualidad estoy en un momento en el que quiero hablar del tiempo, que es un concepto muy abstracto y muy antiguo. Me interesa hablar sobre el tiempo a través de las sensaciones, y estoy trabajando en la búsqueda de un lenguaje específico para esta obra, con música, escenografía y vestuario que van mutando. Así se ve ya en Presente, mi trabajo más reciente. 


Ruz, en Electra. Foto: James Rajotte 


– Entre sus referentes están Antonio Gades, Estévez-Paños, Sasha Waltz o Pina Bausch. Y ha sorprendido con su Electra. ¿Cómo definiría su estilo hoy?

– [Sonríe]. Las amalgamas son difíciles pero cuando recibí el encargo de Electra por parte de Antonio Najarro para el Ballet Nacional supe que iba a ser algo diferente. Por suerte, su lenguaje no era ajeno para mí, por haber sido bailaor flamenco, clásico y contemporáneo. En Electra queríamos profundizar en el universo femenino, que yo había explorado anteriormente en la pieza Ojo [inspirada en la cobijada de Vejer de la Frontera], sin perder el pulso flamenco que aportaba Olga Pericet. Me gusta mucho la creación colectiva, trabajar en equipo con otros artistas, y me gustan menos las etiquetas. El foco de mi discurso coreográfico y creativo se centra en el carácter abierto de la danza y su interacción con otras disciplinas. Me nutro de influencias artísticas de todo tipo y creo en la colaboración. En este momento tengo un pequeño conflicto interior entre gustar al público y creer en mi propio universo creativo. Porque me gusta provocar, cuestionar e incomodar un poco al espectador en la butaca. A veces mis piezas están pensadas para desafiar al público y tenerle más activo. Pero hay que encontrar el equilibrio entre ser tú mismo y ponerte en el lugar del espectador.

 

– Después de haber alcanzado el éxito como intérprete y coreógrafo, ¿qué le queda por hacer?

– ¡Muchas cosas! Estaba recordando precisamente una colaboración que hice con Psico Ballet, que debería retomar, y un taller que impartí en el festival Una Mirada Diferente. El día de mañana me gustaría desarrollar el lado creativo, pero también social, porque entiendo la danza como una responsabilidad. Me apasiona la visión educativa y divulgativa, y en 2019 tengo el encargo del Auditori de Barcelona para poner en marcha un proyecto pedagógico precioso, La OBC baila Ravel, con la Orquesta Sinfónica de Cataluña y seis bailarines, que más tarde saldrá de gira. El año que viene haré también mi primera incursión en lírico con el Teatro de la Zarzuela. Y después voy a coreografiar un proyecto con la Accademia del Piacere. No me importaría hacer cine… y algún día llegará el momento de preparar danza en un teatro con proyecciones audiovisuales. Queda mucho por hacer. 

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