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11-05-2015 Versión imprimir
Una escena de 'El camino de los ingleses' (2006), la película que dirigió Banderas a partir de la novela de Soler
Una escena de 'El camino de los ingleses' (2006), la película que dirigió Banderas a partir de la novela de Soler
 
 
TREN

Aquel Expreso Costa del Sol “cargado de soldados y pequeños aventureros de lo cotidiano” ni siquiera iba a Madrid, advierte el autor de ‘El camino de los ingleses’. Porque, en el caso de Banderas, “todo es viaje, todo es descubrimiento”
 

ANTONIO SOLER
Va camino de convertirse en mítico aquel tren de agosto que, a comienzos de la década de los ochenta, Antonio Banderas tomó en la estación desportillada de Málaga con destino a Madrid. Expreso Costa del Sol cargado de soldados, maletones, viajantes de comercio de segunda y pequeños aventureros de lo cotidiano. El destino era Madrid, sí; sin embargo, para Banderas, Madrid iba a ser solo un lugar de tránsito. El verdadero destino de aquel expreso achacoso, tapizado de azul y con fotografías en blanco y negro adornando la somnolencia de los viajeros era Hollywood. Para aquel muchacho de pupilas acuosas detrás de las que se vislumbraba el fulgor de una ilusión disparatada, aquel tren fue un transiberiano que atravesó la estepa de los días sin sueldo, las pensiones, la mala muerte y la mala vida de Madrid antes de llegar a los arrabales soleados de California y al apeadero de lujo de Sunset Boulevard. Banderas, con un pie en el estribo de aquel vagón y el otro en el andén malagueño, todavía era Domínguez, pero ya era una vocación rotunda, es decir, la carne de un sueño.
 
   Como algunos otros de sus compañeros de reparto vital, José Antonio Domínguez Bandera era un disparate en marcha. Actor teatral en aquella ciudad de ultratumba que era la Málaga de la Transición, un páramo cultural en el que el actor adolescente y sus compinches declamaban a Shakespeare en un teatro romano a medias sepultado por la construcción de una presunta Casa de la Cultura –costado valleinclanesco del franquismo, siempre tan proclive al esperpento y a la truculencia–.
 
   Iban en motocicletas sonoras de un lado para otro, transportistas de sueños –otra vez los sueños, pero es que esa es la materia principal de la gente del oficio–, acarreaban paneles de decorados, vestuario, muchachas en flor, lanzas para la tragedia y capas de Tenorio, como auténticos estibadores de quimeras. Querían ser otros, peleaban por una vida más allá de aquel cartón piedra de la provincia. Aquel espasmo liberador era, sin que entonces casi nadie lo supiera, y desde luego Domínguez Bandera entonces no lo sabía, una epidemia que empezaba a circular de una esquina a otra del país y que confluía en Madrid. Hacia allí se encaminaba aquel tren de agosto. Hacia aquel apeadero iban las ilusiones de un muchacho que, también sin saberlo, iba ya lanzado, a lomos de una ola que iba a transformar España.
 
 
 
Unos jovencísimos Mario Casas, Raúl Arévalo y Alberto Amarilla, en el reparto de aquel filme
Unos jovencísimos Mario Casas, Raúl Arévalo y Alberto Amarilla, en el reparto de aquel filme
 
 
 
 
   Movida y hambre de teatro. Madrid fue un corazón de viento, una ciudad arborescente y por un rato enamorada de sí misma. Una arteria por la que la pasión circulaba saltándose los semáforos en rojo. Y por allí iba el Banderas, poniendo un pie en el teatro, oliendo todavía de lejos la gloria pero empezando a reconocer su sabor, la reacción química, hormonal, que producía en los otros. Banderas comenzaba a ser aquello que más quería: un miembro de la tribu. Ser aceptado, formar parte en la incesante danza de la lluvia, en ese juego mágico de luces y sombras que se colaba en la trastienda de la realidad y la zarandeaba. Y en la tribu fue matador y el psicópata que dulcemente ataba a una mujer para exigirle a punta de navaja su amor. Cocinero antes que fraile descalabrado en la corte de un faraón llamado Cinematógrafo.
 
   Le rompió las costuras a Madrid por la vía del mambo y sus reyes. Indocumentado en inglés pero diplomado en arrojo, aprendió cuatro monosílabos sobre los que basó su carrera. I can do it. Y lo hizo. De hecho venía haciéndolo, en versión española, desde años atrás. El tren cogía velocidad trasatlántica. Nunca había pensado aquel muchacho del andén malagueño, el Banderas prenatal, que su tren fuese sumergible y pudiera atravesar océanos, pero así funciona el invento de los hermanos Lumière, haciendo posible lo imposible. Hollywood dejó de ser aquella colina con letras de cal y andamio que Banderas había visto en los noticieros, en las películas remotas del cine Astoria, y se transformó en un lugar concreto, con escaparates, mcdonalds, olor y foso de cocodrilos. La oficina –otra vez– de los sueños. Un mostrador donde te despachaban ilusiones, vida y vértigo a partes iguales. Un entramado de agentes, dinero, casualidades, productores, talento, intereses y vanidades.
 
 
Antonio Banderas, la noche del pasado 7 de febrero, al recibir el Goya de Honor de manos de Pedro Almodóvar
Antonio Banderas, la noche del pasado 7 de febrero, al recibir el Goya de Honor de manos de Pedro Almodóvar
 
 
 
   La gran feria, la mitología de un siglo volcado a medias en el arte popular y las vanguardias. La mitad de las estatuas del siglo XX son de celuloide, humo, sombras chinescas. Y allí floreció aquel Banderas entre máscaras de zorro, pecados originales y Argentinas imaginadas pero que, a pesar de todo, no dejaba de tener las raíces –invisibles unas veces, evidentes otras– en aquella vieja estación en la que había dejado atrás un trozo de sí mismo, una ciudad que posiblemente siguiera siendo la suya pero que con el paso de los años también era ya un jirón de bruma, una ilusión casi tan irreal y emocionalmente tan cierta como esas películas que interpretaba por los rincones perdidos del planeta.
 
   El pasado empezaba a ser un mapa con los continentes hundidos. Lo suficiente para convertirse en un misterio. Y así, buscando al muchacho olvidado y casi inocente que fue un día, siguiendo el camino inverso y saltando obstáculos como antes había saltado de un lado a otro de la cámara para dirigir la espléndida Locos en Alabama, se le vio regresar a Málaga por el Camino de los Ingleses. Un ajuste de cuentas sentimental y racional con el pasado y con aquellos que a la sombra de un mundo pobre y sin horizontes dudaban de la potencia de los deseos.
 
   Actor, productor, director, el invento de los Lumière se iba diversificando. Cosas del inconformismo. A estas alturas ya sabemos que aquel tren de agosto nunca tuvo el rumbo cerrado, que ni siquiera Hollywood era el destino final. Todo es viaje, todo es descubrimiento. Banderas abandonó el confort de primera y se pasó a los mandos y la grasa de la locomotora. Ya no es solo carne de la tribu, sino uno de sus hechiceros. Y la ruta continúa. Es el bucle que comienza, la bovina que vuelve a estar en el primer fotograma, el telón que de nuevo se alza cada noche. Aquella estación en la que cada día vuelve a subir un muchacho camino del mundo, ese tren hecho de hierro y sueño.
 
 

 
 
Antonio Soler (Málaga, 1956) es escritor y guionista televisivo. Su novela ‘El camino de los ingleses’, por la que en 2004 obtuvo el Premio Nadal, se convirtió dos años más tarde en la segunda película de Antonio Banderas como director
 
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