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12-04-2013 Versión imprimir

 
 
ANTOÑITA, VIUDA DE RUIZ

“Antes todo era más familiar,
  estábamos más unidos”

Una joven de 87 años que sigue atareada cada tarde en el Teatro Español. Desde su primera peluca, a Alfredo Mayo, es la peluquera más ilustre entre los actores



XABIER ELORRIAGA
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Antoñita, leyenda viva de la historia de nuestro teatro y cine. Así la definió Mario Gas cuando el pasado verano recibiera el Premio Ceres por su trabajo al frente del departamento de peluquería en el montaje teatral Follies. Y no exageraba. Sorprenden su rostro limpio, su mirada luminosa, su alegría. Una joven de 87 años cubierta ya con su bata blanca de faena –faltan tres horas para que comience la función– nos deja acercarnos a su vida. Belén Herrero, responsable de prensa del Teatro Español, nos instala en el breve y acogedor ambigú y una maquilladora de su equipo le acerca un cortado que Antoñita no tocará. Un privilegio escucharla.

– Érase una vez una jovencita de catorce años que entró a trabajar en un reconocido taller de peluquería, la “Casa Ruiz”. Dígame qué recuerdos le vienen.
– Julipi [Julián Ruiz] y yo éramos vecinos y a mí lo que me chocaba mucho de ese taller de sus padres era la fila de moldes de madera en los que yo creía que uno metía la cabeza. Recuerdo que subía espantada a casa diciendo: “¡mamá, abajo meten las cabezas de las personas en unos moldes de madera!”. Cada uno tenía el nombre de un actor, incluso me acuerdo de los de doña Loreto Prado y su marido Enrique Chicote o el del cantante Pedro Terol.

– Empezando en el oficio, ¿qué le llamó la atención?
– Lo que más me gustó y sigue gustando es cómo se hacen las pelucas: picar, que es meter el pelo con un ganchillo sobre una malla o un tul.

– ¿Le fue fácil hacerse con ello?
– Estuve muchos años de aprendiza. Antes así se aprendían los oficios. No es lo mismo tratar una peluca sabiendo lo que se tiene entre las manos. Hoy se ha perdido esa artesanía. Sufro al ver que las cosas no se hacen así y que por unos o por otros todo se va desangelando, pero soy prudente. No me meto en lo que no me llaman. En esos años fui una mujer, una chica muy feliz. Sentía que todo me salía bien.

– Su manera de ser le ayudaría.
– Bueno, al teatro vengo a trabajar. Me pueden pasar cosas como a todo el mundo, pero nunca vengo enfadada. El estar aquí es parte de mi vida, por no decirle que es mi vida.
 

 
 
 
– ¿Qué recuerda de aquellos primeros años y la posguerra? Muchos actores y actrices tuvieron que exiliarse.
– Había mucho trabajo en teatro. Recuerdo por aquella época la llegada de Los Vieneses. Me llamaron la atención las dos actrices que les acompañaban, llevaban los pelos de color, una naranja y la otra azulado. Me impresionaba también ir a los teatros a entregar las pelucas, llamar a la puerta de un camerino y que te abriera Matilde Vázquez o Julia Gutiérrez Caba.

– ¿Y apreturas económicas?
– Al terminar la guerra nos quedamos todos sin nada. El mundo de los actores y del teatro era muy precario. Llegaban al taller y le decían a mi suegro: “mire, Julián, no le puedo pagar la peluca, las patillas o el bigote hasta que no me paguen la primera nómina. Y no sé si me la pagarán”. Y él les ayudaba. Esas frases las oí muchísimas veces en el taller de la calle Rodas. Son recuerdos muy vivos.

– La primera peluca totalmente tejida por usted, ¿recuerda que actor/actriz la llevó?
– Mi suegro cayó enfermo. Ese día había unas pruebas de maquillaje con Alfredo Mayo. Yo ya sabía picar y tenía en un molde preparado la forma de un aplique para Alfredo Mayo. Esa fue la primera peluca que hice sola. 

– Tras aquellos primeros años, llegarían las superproducciones norteamericanas.
– Muchísimas.

– Ya había trabajado con grandes actores y actrices españoles. ¿Hacerlo con esos actores americanos tan profesionales le sirvió de mucho cara a su oficio?
– Nos sirvió para acabar haciendo nosotros las pelucas que antes hacían los americanos. Le cuento cómo fue: en la primera, Rey de Reyes (1961), al abrir las arcas de peluquería, todas las pelucas eran negras. Para los americanos, los judíos debían de tener todos el pelo moreno. ¡Y eso no era ni es así! Mi marido habló con el jefe de producción español y le explicó que esa uniformidad no podía ser. Y aceptaron.

– ¿Y el trabajo con aquellas estrellas?
– Al actor [recuerda entre otros a Charlton Heston, Alec Guinnes, Omar Sharif o Melina Mercuri] se le tomaba medida, se le hacía la peluca como había dicho el director de arte, se sentaban en el sillón de maquillaje y ya les podías hacer lo que quisieras, que no rechistaban. Luego dirían a los de su confianza, “me está mejor o peor”, pero le aseguro que les gustaba nuestro trabajo: antes de terminar la película, ya se querían llevar a Julipi a América.

– No son nada tontos los americanos. Así han hecho su cine, llevándose a la mejor gente de todo el mundo.
– Y lo siguen haciendo.
 

 
 
– Una larga vida de profesión junto a Julián Ruiz y dos hijos en común. ¿Alguno ha seguido la saga?
– Ninguno. Nadie de la familia la ha seguido.

– Cuando la Academia de Cine le entrega el Premio Segundo de Chomón (2009) usted anima a los jóvenes a trabajar “porque trabajando se está en la gloria”. Ahora ¿no cree que los jóvenes lo que quieren precisamente es trabajar?
– Tiene usted razón.

– Se lo digo porque, con las nuevas medidas, cuántos aspirantes a peluqueros y maquilladores no veremos aparecer…
– No los veremos, no hay trabajo en ningún sitio. Lo peor es que están desencantados. Es como si dijeran: me he metido a maquillador y no tengo ni una novia a quien maquillar. 

– Empieza en televisión con 51 años. ¿Fue un trabajo enorme la miniserie ‘Ramón y Cajal’? Lo decimos por la caracterización de Marsillach, que iba avanzando en edad.
– Recuerdo que mi marido le ponía la barba pelo a pelo. Eso no lo ha hecho nadie. También lo hizo con Peter Ustinov cuando rodó Un ángel pasó por Brooklyn. Tengo incluso una foto dedicada a Juli en la que Ustinov escribía en italiano “pelo a pelo”.
 

 
 
 
– Ha participado en excelentes películas con excelentes directores. ¿Qué nos diría de su relación con ellos?
– Guardo muy buenos recuerdos. Antes todo era más familiar que ahora, éramos menos gente, estábamos más unidos. La sociedad ha cambiado muchísimo, y sobre todo nuestra profesión.

– “Shakespeare y Antoñita son los puntales del teatro europeo”. ¿Recuerda quién lo dijo?
– Núria Espert.

– Qué buena frase, ¿verdad?
– Un galardón. Ni pensarlo.

Según sea el director de un teatro será el trabajo del equipo.
– Sí que es verdad. Le pongo el caso de Mario Gas. No quiero ofender a nadie, pero su marcha de este teatro [Teatro Español] me ha afectado mucho. Con Mario me llevaba fenomenal, hemos hablado mucho de peluquería. Soy de las que se sienta junto al director a ver los ensayos. Ha sido estupendo lo que ha hecho por el teatro, y no solo porque ha respetado mi trabajo al máximo. Si algo no le gustaba, me pedía con amabilidad que lo cambiáramos. Nunca me ha dicho: “esto no me gusta, esto está mal”. Con Mario he vivido unos años muy importantes como persona y como trabajadora. Yo no es que sea una experta en dirección, pero creo que su gestión en el Español ha ido por muy buen camino.

– El taller. Una gran capacidad de trabajo y una fuerte disciplina. ¿Cómo demonios lo consigue?
– Con ilusión. Por las mañanas me siento en el taller con mi sobrina Merceditas, conversamos, hacemos el trabajo y, como nos llevamos bien y las cosas nos van bien, llego aquí tan feliz a trabajar.
 
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