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08-11-2019


Actuar en casa para decir mejor la verdad


La polifacética Arantxa de Juan protagoniza, firma y dirige una biografía sobre la  italiana Anna Magnani, una tragedia que parte del mismo lugar que la comedia: la honestidad. Quizá por ello la artista actúa en su propio piso


FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ANA ROMERO Y GONZALO MAYORAL

Cuando la actriz Anna Magnani descubrió que su pareja le dejaba por otra, decidió que aquello no quedaría así. Pero tuvo que esperar un par de años para conseguir amargar a Roberto Rossellini, al que creía el hombre de su vida, que se había marchado con Ingrid Bergman. La venganza no llegaría hasta el rodaje de la película Stromboli (1950), que se rodó en la isla del mismo nombre. Magnani logró un papel protagonista en otro rodaje realizado por las mismas fechas en ese mismo archipiélago, así que cada noche agarraba una botella de vino, alzaba la voz y gritaba a pleno pulmón improperios de una orilla a otra. Y además en inglés, para que la Bergman, que era sueca, la entendiera. Nos lo cuenta décadas después, nuevamente a gritos, la también intérprete Arantxa de Juan. Su casa del centro de Madrid se convierte tres noches a la semana en una sala de teatro. Ella misma encarna durante una hora y media a la artista italiana, cuya vida relata en la pieza Magnani aperta, de la que es autora y directora.

            Aunque desde la vivienda se ve la Gran Vía, los muebles, los cuadros y los libros de la estantería nos trasladan al piso de la Magnani en Roma. De un viejo tocadiscos sale la música en algunos de los momentos de la obra. El mayordomo acomoda a los espectadores, guarda sus chaquetas y les guía por la casa, puesto que la representación transcurrirá en más de una estancia. De hecho, todo comienza en el dormitorio, el de la italiana en la ficción, pero donde De Juan duerme tras su regreso a la realidad. “Muestro la intimidad de esta mujer, y ello requiere un lenguaje muy cercano. Quiero contar las cosas de pasada, mientras estoy preparando la cena. Como actúo en mi casa y las cosas ocurren a pocos pasos del público, llegan sin tener por qué subrayarlas”, explica. No está sola en la tarea: la actriz Nerea Portela hace de enfermera y le va dando la réplica con la que contar los últimos días en la existencia de Magnani.



Nerea Portela encarna a la enfermera que atiende a Anna Magnani (el personaje de Arantxa de Juan)


   De Juan empezó a escribir el texto acompañada de dos guionistas. Y llegó a contar con alguna que otra directora. Pero solo una semana antes del estreno decidió tomar las riendas ella misma. “Las partes de la vida de Magnani que a mí me interesaban eran otras. Quería mostrar la soledad de una mujer valiente, que invirtió toda una vida en esta profesión y acabó rodeada de admiradores, pero también de enemigos”, revela esta polifacética creadora sobre aquella artista que nos dejó en 1973 a causa de un cáncer de páncreas. Porque abandono es lo que sentía la primera mujer italiana que ganó el Óscar (La rosa tatuada, 1955). A lo largo de la pieza Magnani espera que la visite su hijo, quien debería llevarla esa misma noche a ese hospital del que ya no logrará salir viva. Pero el joven nunca llega. “Esta propuesta habla del abandono. No solo el del amor, sino el de una actriz que ve menguar su estatus por el mero hecho de envejecer y de seguir fiel a sus principios”, ahonda De Juan. La Magnani estuvo a punto de perder su papel en Roma, città aperta (1945) cuando reclamó ganar lo mismo que Aldo Fabrizi, el galán de la película.



   En Magnani aperta no faltan las risas, pero tampoco los llantos. Y el alcohol. “Su vida fue desgraciada, así que me encuentro lejos de ella. Sí nos une el profundo amor por el trabajo, por aquello de decir la verdad en escena. Cuando preparaba el personaje, durante los ensayos y la investigación, me confundía mucho con el papel. Caminaba por Nueva York y me olvidaba del inglés al recordar las dificultades de ella para aprenderlo. Pero hoy me despego rápido del personaje, en cuanto acaba la obra”, apunta De Juan. A pesar de que incluso su biblioteca imite a la de Magnani. Y de que lleve ya más de dos años y medio poniéndose en su piel. O de que pasara meses debatiendo largo y tendido con amigas como Ana Turpin, Elvira Mínguez o Ana Torrent antes del estreno. De Juan incluye en el discurso una reflexión sobre los actores y los comediantes: los primeros se limitan a entonar un texto aprendido, mientras que los segundos se dejan la piel cada vez que levantan un trabajo. “A un comediante no se le caen los anillos por nada. Vale tanto para la tragedia como para la comedia, porque los dos lugares comparten punto de partida: la verdad”, sentencia.



   “La Magnani me regaló creer en mí. Veo hecho realidad un sueño y una pasión. Ahora sé lo que supone la dirección de un espectáculo. Yo tengo la suerte de contar con mi casa, pero veo cómo mis amigos andan locos. El lunes están en un off, el martes hacen una sustitución… y así toda la semana”, lamenta De Juan. Y aquella estrella a la que encarna nos guía, a través de sus recuerdos, por una trayectoria con inicios en espectáculos de revista, que llegó a Norteamérica y acabó al servicio de Federico Fellini en Roma (1972). Apenas basta un segundo fuera del salón, convertido en uno de los escenarios, para los cambios de vestuario con los que viajar adelante y atrás en el tiempo. Suena el viejo teléfono de la Magnani y el texto aporta una inesperada cabriola: el mismo Rossellini que se había marchado con otra no dejó nunca de preocuparse por ella.

   De vuelta en Madrid, en el presente, la dramaturga, directora e intérprete De Juan se enorgullece de aportar un giro a nuestro recuerdo: “Esta obra, muy documentada, demuestra que ella tenía razón. Que existieron las cosas que sentía. Que existieron las cosas que creía. La Magnani no estaba loca”.



Provechosas vueltas por el mundo

Arantxa de Juan nació en Río de Janeiro en alguna fecha que, según dice con una sonrisa, no hay motivos para recordar. En Madrid estudió en el Colegio Arcángel, de donde salieron varios artistas. Al cumplir los 18 años se marchó a Granada. Allí aprendió el clown y otras técnicas de teatro. “También vivía del campo y de cuidar de vacas y cabras. Éramos unos hippies”, apunta. Aprovechó un giro en la carrera de sus padres y se mudó a Nueva York para seguir formándose como actriz. Al regresar a España, la recorrió de punta a punta con el grupo cómico Las Veneno, en el que coincidió con Gracia Olayo. Ha conocido la televisión de mano de A las once en casa, El síndrome de Ulises o Amar en tiempos revueltos. Al cine le debe algunas de sus últimas alegrías: acaba de ganar el premio a mejor actriz protagonista en Los Angeles Film Awards por Todos cambiamos, la película que va a representar a Panamá en los Óscar. La obra Magnani aperta, la primera que escribe y dirige, es fruto de un taller de reciclaje junto a la norteamericana Susan Batson. De Juan imparte también clases de interpretación en la escuela madrileña Central de Cine.

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