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22-11-2018


Arlette Torres


“Sin ansiedad se logran las cosas; la energía de la ansiedad repele”

 

Hija de un destacado actor, esta venezolana apuntó maneras como periodista e incluso se hizo profesora de yoga, pero sigue entregándose en España a su gran vocación. Pese a la crisis y las trabas 

 


 

PELAYO ESCANDÓN

Lo de la actriz Arlette Torres (Caracas, 1977) viene de lejos. Con solo ocho años escribía, producía y dirigía sus propias obras de teatro, adaptaciones de cuentos clásicos como CenicientaBlancanieves que representaba con sus vecinos en los salones de fiesta de su edificio. Esa creatividad siguió sin embargo otros derroteros, incluida una prometedora carrera como periodista, antes de decantarse de forma definitiva por la actuación. Hija del icónico intérprete venezolano José Torres, pionero en dar el salto a Europa para intervenir en westernsitalianos, la actriz lleva ya tres años asentada en Madrid tras varias idas y venidas y acumula más de 20 años de experiencia entre escenarios y platós de cine y televisión.

         

   “Siempre estuve rodeada del gremio, y según cuentan las actrices amigas de mi papá, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor respondía que actriz. Aunque casi no lo recuerdo, quizá ya lo tuviera interiorizado”, explica en una terraza madrileña. Sin embargo, la incertidumbre del oficio contaminó esa idea, que quedó en suspenso durante la adolescencia, simplemente en el cajón de aficiones. “Mis padres querían que tuviera otra carrera como red de seguridad. La idea popular de que dedicarte al arte significa pasar hambre también me caló”, señala. Cursó Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela y se formó como periodista.

 



 

Tristán Ulloa como brújula

Durante sus estudios le seguía picando el gusanillo de la interpretación y se animó a entrar en una compañía de teatro universitario para niños llamada El Chinchón. “Fue cuando empecé en serio. Con 17 años”. Y comenzaron a llamarla: le surgió un pequeño papel y un ayudante de dirección le puso en contacto con el director Luis Alberto Lamata, que iba a encargarse de la telenovela Calypso. Y allí se hizo un hueco. “Tomé contacto con gente del teatro y del cine. Me animaron a que me apuntara a un programa de formación para actores de la Compañía Nacional de Teatro. Al mismo tiempo iba a la universidad y trabajaba”, continúa.

 

   Su trayectoria periodística prosperaba, hasta el punto de ganar un premio nacional gracias a su labor para el Ministerio de Ciencia y Tecnología. “Me daba miedo lanzarme”, admite, “pero no faltaba a ningún castingporque cumplía en mi trabajo y siempre me daban permiso para que me fuera antes. Tuve suerte con mis jefes. Estaba a punto de graduarme en la universidad y no sabía qué hacer con mi vida. Sentía que no era feliz con lo que hacía”. Se cruzó entonces en su camino el actor español Tristán Ulloa, que estaba en Venezuela por un rodaje: “Me dio un par de nombres a los que llamar por si me animaba a venir España. Me ayudó bastante”.

 

   Uno de esos nombres fue el de la directora de casting Rosa Estévez, a quien llamó tras su primera llegada a Madrid. Y la citó en su oficina en RTVE. “Le llevé un videobookque era un desastre. Me dijo que no iba a conseguir nada si venía para un mes, me dio una clase magistral de castingvideobook y me apremió a llamarla si me mudaba definitivamente. Regresé a Venezuela con la idea rondándome”. Y el salto cuajó en 2005, coincidiendo con el punto de inflexión de una ruptura amorosa. Solicitó una excedencia en su periódico, dispuesta a dejarlo todo, pero aún quedarían más piedras en el camino. 15 días antes de volar a Madrid se canceló el curso en la escuela de interpretación donde iba a formarse, pero tal varapalo no bastó para quitarle la idea de la cabeza. Un año más tarde tomaba el avión, y tras un máster de verano en interpretación por la Universidad Complutense entró en el Instituto del Cine con una beca de nueve meses.

 

 

Oportunidades a destiempo

Ahí comenzó la aventura. Torres esperó casi dos años hasta regularizar sus papeles –pese a tener ascendencia francesa– y sobrevivió con permisos para estudiantes y sin derecho a trabajar. Mientras lidiaba con ese largo calvario burocrático, las directoras de casting Eva Leyra y Yolanda Serrano la llamaron para una prueba de la serie de TVE Plan América. Y aunque la seleccionaron, no pudo encarnar el personaje, pues le faltaban papeles. “Me sentó muy mal. Fue el primer bofetón de realidad, pero no me tiró al suelo: si me habían cogido, es que habían visto algo. Mi objetivo era legalizar mi situación mientras trabajaba en lo que fuese”. Fue camarera, relaciones públicas, gogó en la discoteca Pachá de Torrevieja, animadora de fiestas infantiles, ascendió incluso a encargada de un restaurante… 

 

   Hasta que recibió los dichosos documentos. Con ellos en la mano le empezaron a salir propuestas como actriz, justo en el momento en que la crisis ya asfixiaba el sector. “Los papeles para extranjeros en España empezaron a escasear”. Ese panorama, sumado a problemas familiares, la empujó a volver un tiempo a Venezuela. Ignoraba entonces que el destino le tenía preparado un reencuentro con este lado del charco. Porque el filme de Miguel Ferrari Azul y no tan rosa fue nominado a los Goya en 2013 y conquistó la categoría de mejor película iberoamericana. En ella participaba Torres. “Como debía ir a la gala”, rememora, “ya decidí programar mi vuelta a Madrid”. 

 

   Compaginó su aparición en la serie Ciega a citascon una obra de microteatro en Málaga. Hasta que colapsó: “Me tomé un año sabático y me fui unos meses a la India y Tailandia”. Allí obtuvo el título de profesora de yoga, y de ello ejerce desde 2015. “Afortunadamente”, ha continuado el goteo interpretativo. De esta historia llena de giros y volantazos Torres saca una poderosa conclusión:“Ser actriz lo veía como algo inalcanzable. Solo se hizo realidad cuando dejé de tener miedo a la incertidumbre”.

 

   En su filmografía llama la atención un papel en la serie Museo Coconut, aquel delirio cómico del clan de La hora chanante. “Muy guay. Me divertí muchísimo y entablé amistad con Raúl Cimas. Mi trama era con Raúl y Arturo Valls y fue una auténtica locura. Además de divertidos, son muy creativos”. Su último paso por el cine ha sido gracias a La tribu, dirigida por Fernando Colomo. Sobre ella apunta que “fue una bonita experiencia. La cinta se olvida del estereotipo y muestra que cualquier extranjero está establecido y forma parte de la realidad española. Carmen Machi es una actriz supergenerosa”. Ni con ella ni con Paco León había coincidido demasiado cuando le ofrecieron intervenir en Aída. “Sí hice buena amistad con Mariano Peña”, asegura.

 

   Sobre su condición de actriz extranjera en un país donde abundan las ficciones costumbristas, Torres considera que desde hace dos años se empieza a observar más apertura, aunque está siendo “un proceso muy lento. Dicha apertura cuesta menos en el cine que en la televisión, aunque plataformas como Netflix o Movistar+ son claves para que la cosa cambie, puesto que generan productos más universales”. Y concluye: “España debe apostar por eso si quiere entrar en el mercado internacional. No te puedes quedar con historias tan locales porque no te las van a comprar”.

 

   La conversación cambia de tercio para analizar el estado del audiovisual en Venezuela. “Aunque no voy desde 2014”, advierte, “a nivel técnico y profesional no tiene nada que envidiarle a España. Eso sí, en estos cuatro años la producción se ha mermado por la emigración. Se hace cine como se puede, pero algunas de las cosas que se hacen merecen la pena.El amparo se exhibió en el Festival de San Sebastián y La familia se presentó en la semana de la Crítica de Cannes. La manera de trabajar es diferente, se nota que hay poco presupuesto, que es lo que marca la diferencia, lo que hace que las cosas funcionen un poco mejor. En Venezuela las producciones son más austeras”, explica.

 

   ¿Qué le queda por delante a la artista? “Hacer mucho cine. Un papel protagonista. Me encantaría trabajar con directores como Isabel Coixet, Paco Plaza, Paolo Sorrentino… Y con actores como mi padre, con el que ya hice un corto y teatro, además de Cate Blanchett, Bill Murray, Samantha Castillo o Álvaro Morte. También me gustaría rodar una película de terror o de acción, tipo X-Men”. Pese a las inclemencias del oficio, a estas alturas Torres tiene las cosas muy claras: “Nuestro trabajo consiste en hacer castings. Si nos llaman, bien; pero si no, no te frustres. Además de actriz, soy otras cosas, tampoco se va a terminar el mundo. Y sin ansiedad se logran las cosas, la energía de la ansiedad repele. Estoy dispuesta a dedicarme a esto durante el tiempo que me haga feliz, pero cambiaré de profesión si llega el día en que no lo sea”. Por ahora lleva ya 20 años feliz.

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