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06-11-2012

Ilustración: Luis Frutos

Ilustración: Luis Frutos

El brillo de sus ojos


FERNANDO LARA
Tienen un brillo especial en la mirada. Sus ojos son habitualmente inquietos, inquisitivos, como si quisieran borrar las apariencias. Parecen estar buscando siempre algo que el interlocutor no sabría definir exactamente qué es, aunque adivina que va más allá de su comprensión inmediata en el cara a cara. Dicen que están un poco locos, como los porteros de fútbol, pero creo que son más bien iluminados que nos muestran caminos que nosotros no nos atrevemos a recorrer. Me refiero a las actrices y los actores, a esos seres que nos deslumbran desde un escenario, una pantalla grande o pequeña, y en los que se intuye un cierto abismo interior. Sobre todo, cuando no están interpretando un determinado personaje. Porque, ¿no están también interpretando en la vida real, en el tiempo de ser ellos mismos?

   A menudo me pregunto la razón de que alguien quiera ser actor o actriz, desdoblándose en personalidades diferentes durante gran parte de su existencia. Quizá sea algo innato, algo que se lleva en la sangre: en sus biografías suele leerse que ya de pequeños imitaban a sus padres o hermanos, que les gustaba representar ante amigos y familiares, que en el colegio destacaban por ello entre sus compañeros, que se apuntaban con entusiasmo a funciones de Navidad o de fin de curso, por más que fuera para hacer simplemente de árbol o de mudo centurión romano. Y a partir de ahí, reuniones con colegas de similares preferencias, cursos de interpretación, escuelas, hasta llegar al nivel profesional. Es una descripción sensata, pero que no me basta cuando siento ese brillo en la mirada, la sensación de que pertenecen a un grupo aparte y peculiar. En otra ocasión ya me referí al “misterio de los actores” y no quiero repetirme, pero hay mucho de verdad en esa idea respecto a un mundo casi insondable para quienes no pertenecemos a él. Posiblemente, la respuesta se halle en lo que, dentro del terreno musical, dijo Rubinstein: “A veces, cuando me siento a practicar y no hay nadie alrededor, tengo que reprimir el impulso de llamar al ascensorista y ofrecerle dinero para que me escuche…”.

   Pero junto a ese lado especial, diferente, que ha llevado a la mitificación en tantos casos, resulta que las actrices y los actores son también profesionales que tienen que vivir de su oficio, que tienen que comer y dormir bajo techo, que sufren de manera muy intensa el fantasma del paro. Es el otro lado de la moneda, la otra cara de su dimensión humana. Siempre me ha impresionado que figuras de la categoría de un Fernán-Gómez, un Paco Rabal o un López Vázquez asegurasen, incluso en los últimos días de una trayectoria artística tan sólida, que sentían la angustia de que no los iban a volver a llamar… Ante el teléfono de casa, ahora en el móvil, desde los más jóvenes a los más veteranos, todos esperan ese aviso redentor de que una función, una película o una serie los reclama. Entonces son los más felices del mundo, porque superan su debilidad ante las cuestiones materiales con la ilusión del trabajo a desarrollar. Y sus ojos renacen; vuelven a resplandecer.

   Son ellos mismos los que, tantas veces, airean su vanidad. Seguramente no hasta el extremo al que lo llevó Marlon Brando cuando afirmaba que “actor es uno que si no estás hablando de él, no está escuchando”. Pero sí hay una necesidad de reconocimiento por parte de los otros, una búsqueda –en ocasiones, desesperada– de aprecio y entusiasmo. La “droga del aplauso” puede ser un tópico pero, como todos, encierra una auténtica realidad. Necesitan que sus personajes vivan, que respiren verdad bajo la piel y los cuerpos que ellos les aportan. A partir de ahí, precisan de espectadores de su trabajo, de seres humanos a quienes llegue la comunicación que proponen. El espejo está bien para los ensayos, pero, aunque sea con el monólogo más íntimo, tiene que haber alguien (el primero, su director), y preferiblemente una mayoría, que les vea, les escuche y participe con ellos de la experiencia. No existe el actor onanista, el que trata solo de complacerse a sí mismo, sino que necesita que su placer sea compartido con otros. Algo que, voluntaria o involuntariamente, acostumbran a aplicar a su vida diaria, donde también sienten la tentación de ser mirados, de ser aplaudidos, de convertirse en el centro de la reunión.

   Pero hemos citado la palabra “trabajo”, y es esencial. Más allá de las vanidades superficiales, más allá del banal glamour, la base está en el trabajo. La preparación, hecha de horas y horas de dedicación y esfuerzo, soporta toda la estructura de la labor interpretativa. Se resalta muchas veces el valor de salir a un escenario o a ponerse delante de una o varias cámaras, lo que la mayoría de los mortales no se atrevería a hacer. Pero lo fundamental es el esfuerzo intelectual y físico que conlleva siempre una buena interpretación. Un esfuerzo que no se nota, que no se debe notar, como el de esos bailarines alados a los que, entre bastidores, ves llegar agotados, repletos de sudor y fatiga, cuando acaban de danzar su “paso a dos” o una coreografía muy exigente. Un esfuerzo tras el que siempre hay años de entrega a algo que llamamos comúnmente “vocación”, pero que implica factores bastante más complejos.

   Son imprescindibles. Y ellos, los actores y las actrices, lo saben, para bien o para mal (que ambas cosas pueden darse). Para contrarrestar este principio, suele citarse tontamente el ejemplo de los dibujos animados o, ya en plan provocativo, el de la mula Francis o el cerdito Babe. Pero se olvida que, incluso en estos casos, existen las voces de unos actores que otorgan vida, fuerza y matices a lo que, por sí mismos, esos dibujos o esos animales son incapaces de dar. “Mucho más fácil es convertir a un actor en vaquero que a un vaquero en actor”, sentenciaba con esa sencillez que aplicaba a su cine John Ford, que algo conocía de interpretación.

   Por analogía o por comparación, los mejores momentos de tantas de nuestras vidas están unidos al rostro y el cuerpo de estos seres indefensos y prepotentes, tímidos y exacerbados, míticos y cotidianos. Siempre hay una actriz o un actor ligados a los flashes temporales que conforman nuestra memoria. Son contemporáneos y eternos al mismo tiempo; de ahí que se diga que nunca mueren del todo porque guardamos sus imágenes de una u otra manera. En tiempos de oscuridad, entre los nubarrones de un futuro incierto, nos quedarán permanentemente sus figuras interpretando a Shakespeare o a Bergman, a Molière o a Wilder. Nadie mejor que ellos para acompañarnos y hacernos comprender la tragicomedia humana. Nadie mejor para hacer avanzar nuestro sentido y nuestra sensibilidad.
 

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