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22-06-2018

 

De cómo decir te quiero a un completo desconocido

Actuar es reaccionar. La técnica Meisner anima a los intérpretes a conectar con sus impulsos más primarios

 

FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Frente a frente, dos actrices parecen describirse a la otra, por turnos y en voz alta. Las observan, en calidad de espectadores, ocho alumnos sentados. Y deambulando por allí, tras los respaldos de las sillas y las cabelleras del público, el docente Manuel Castillo se refiere a lo que está ocurriendo como el juego de la repetición. Durante siete semanas en el madrileño Centro Actúa de la Fundación AISGE (calle de Cavanilles, 15), el tutor trata de acercar a los intérpretes la técnica Meisner, un método para actores que ayuda a los artistas a conectar con sus impulsos más primarios. “Nada como poner dos actores uno frente al otro para que ocurran cosas”, apunta el profesor. 

   Actuar no es pensar, sino reaccionar. En el ejercicio sostenido frente al público, las respuestas de una intérprete siempre son un reflejo de los estímulos de la otra. “Tú te estás enfadando”, embate una de ellas. “Yo me estoy enfadando”, reitera la segunda, justo después. No es una improvisación al uso, ni una conversación, sino una suerte de enunciado y posterior traducción. Al tiempo, sentimientos muy dispares afloran en el rostro de los actores en un juego que, por definición, no permite llevar a la palabra lo que realmente está ocurriendo. Mientras se escuchan los diálogos, los pies se adelantan, dudan o retroceden. 

El profesor Manuel Castillo, en plena explicación


   “¡Venga, dad rienda suelta a vuestra rabia, pasadla de una a otra!”, arenga Castillo. Cuando los textos vienen impuestos por un ejercicio en el que solo uno de los dos intérpretes improvisa y el otro responde, aflora la frustración. Y toca llevar el color al gesto y al tono, anota el profesor. “En nuestra sociedad las palabras están muy vacías. Hablamos por hablar. Lo que queremos transmitir no está en el diálogo”, sostiene el tutor. Los alumnos afrontan el ecuador de un curso que empezó con un juego similar, pero en el que, en lugar de oraciones con sentido, debían trabajar con palabras sueltas. 

 

Contestar desde el impulso

Según el docente, “la repetición nos lleva a no pensar, a contestar desde el impulso”. Eso es lo que buscaba el profesor neoyorquino Sanford Meisner, en una técnica que pudo enseñar de primera mano y hasta su muerte (1997) a intérpretes como Naomi Watts, Robert Duvall o Diane Keaton. Castillo, nacido en Múnich hace 35 años, pasó dos meses sin hablar al aprender un método que, como cuenta, le iba concediendo una nueva consciencia sobre sus emociones. “Cuando actuamos, reconocemos nuestros sentimientos. No podemos convertirnos en otro personaje si primero no somos nosotros mismos del todo. Y la escena es el lugar donde damos rienda suelta a todo aquello que reprimimos en la vida real”, resume el actor acerca de una técnica con la que sus alumnos también serán un poco más libres cuando baje el telón. 

  Para trabajar desde el cuerpo y alejar a los artistas de la mente, estos deberán pensar de cara a la próxima sesión en algún pequeño malabar o juego de equilibrio que sea “muy difícil, pero no imposible”. Como levantar una rodilla, a la pata coja, y sostener sobre ella una botella de vidrio. O encestar canicas. “Traed todo aquello que nos aleje de la cabeza”, pide Castillo. Porque los instintos no piensan, sino que son; los intérpretes son reprobados por el profesor cuando estos dudan o tratan de trazar desde la lógica cuál será su siguiente movimiento. El tutor reitera una de sus máximas, a la que se refiere como la fe del actor: “Yo soy esto y esto es real”.


   Pero esta técnica no trata solo sobre dejar volar la frustración, como hacían algunos alumnos en sus ejercicios. También hemos de acudir a nuestros impulsos, recuerda Castillo, para dar un beso. “En la vida real, tardaríamos mucho en decirle a alguien que le queremos. Pero un actor llega a un rodaje, rodeado de un equipo, la cámara clavada en él, y tiene que decirle a un desconocido que le quiere. De un momento a otro”, comenta el tutor, que habla de crear un túnel: el artista debe olvidar absolutamente todo lo que se encuentra a su alrededor y fijarse solo en su compañero. También cuando realice un monólogo, ya que este siempre va dirigido a alguien.

   “¡Dadle, seguid vuestros impulsos!”, jalea el maestro. Frente a la pequeña platea, otra pareja de actores parece seducirse, enamorarse y hasta discutir. Los diálogos siguen el juego y el esquema, pero los brazos y los pasos acercan o alejan a los intérpretes. Para Pablo Álvarez, uno de los alumnos, este es “un ejercicio de empatía llevado al extremo”. También los gestos de los espectadores adquieren vida propia: a pesar de la extrañeza causada por los textos reflejos, hay quienes entre el público se llevan las manos a la cabeza o se tapan los ojos. Y Castillo sigue animando: “Dile cómo te hace sentir”. 

   “¡Tú me gustas!”, “¡yo te gusto!”. Cuando el coro de espectadores está, prácticamente, aguantando la respiración, es el tutor el único que se atreve a romper el viaje en el que están absortos los dos actores —en esta ocasión, varones—que se miran a los ojos. “¡Atravesaos!”, grita el profesor, desde el fondo del aula. Y los dos intérpretes se funden en un abrazo. Pero Castillo azuza de nuevo: “¡Rápido, no dejéis que se os vaya a la cabeza!”. Cuando la muestra ha concluido, recuerda otro principio que lleva aquello al más difícil todavía. Texto de cuerpo, no de mente, pero siempre lleno de significado. Si hay diálogo vacío, la escena no crece. “En un guion los personajes no hablan al azar, sino que cada una de las intervenciones hace avanzar la historia”, recuerda el docente. Y una nueva pareja de actores toma el relevo: “¡Tú me conmueves!”, “¡yo te conmuevo!”.

   A su alrededor, pero siempre desde una distancia, el profesor celebra que los artistas allí reunidos hablen de sus emociones. Les pide que atiendan, sobre todo, a los sentimientos de quienes tienen delante. “El otro realiza aseveraciones sobre nosotros. Al repetirlas, nos aceptamos a nosotros mismos. Nunca queremos ver nuestros propios defectos, pero aquí hay alguien, justo enfrente, que nos habla de ellos”, reflexiona la alumna Cristina Abad. La paradoja y el giro al teatro del absurdo llegan, claro, porque a uno de los dos actores, el que va marcando los enunciados, le toca trabajar sobre el eco de sus propias provocaciones, y adivinando el efecto que cada una de las sentencias inflige en alguien que solo puede repetir sus palabras, y que mostrará cualquier disconformidad con ellas a través del gesto.

   “No lo interpretéis de forma real hasta que no sea real”, decían en Mulholland Drive (2001). Una cita en la que Castillo se reconoce plenamente. Y el tutor reclama que el texto repose: “Escuchaos el uno al otro. Dejad que aterrice”. Uno de los intérpretes, a un solo palmo de su compañero, da un paso más al frente, hasta que el contacto entre las pieles, quién sabe ya si real o ficticio, parece inevitable. “¡Eso es! Lo que os pida el cuerpo, sacadlo”, grita el tutor. Y da un salto y, cuando sus pies vuelan a dos palmos del suelo, golpea la pared con la mano.


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