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11-03-2019


Antes y después de la restauración de un fotograma del filme de Antonio del Amo 'Noventa minutos'


Los arqueólogos del cine español


El edificio del Centro de Conservación y Recuperación (CCR) de la Filmoteca Española cumple cinco años convertido en un sofisticado almacén del patrimonio cinematográfico y en quirófano para la resurrección de antiquísimas películas 



PEDRO DEL CORRAL | @pedrodelcorral_

La historia del ladrón Richard, la señora Winter o el burgués Marchand era una de esas que seguramente no habría contado con el beneplácito de la censura durante los años cuarenta. Su retahíla de reproches iba más allá de un simple rifirrafe vecinal. “Está muy elegante esta noche. ¿Cuándo es la boda?”, preguntaba Jeanette. “El sábado, si Preston no se relaja como siempre”, respondía Rosa. Sus dimes y diretes reflejaban aquel aislamiento internacional de España que se hacía patente con la pervivencia del franquismo. Y esos diálogos jamás habrían pasado el control de los censores si no hubiera sido por el ingenio de su director, Antonio del Amo, para conseguir disfrazar semejante corte de mangas encubierto al régimen. Porque aunque la película narraba la convivencia de varios personajes en un sótano de Londres durante los bombardeos nazis, su objetivo era la condena de la Guerra Civil. Como Noventa minutos(1949), muchas cintas que pasaron esa criba se perdieron con el paso del tiempo. En cambio, otras lograron sobrevivir casi de milagro, y el Centro de Conservación y Recuperación de la Filmoteca Española (CCR) se esmera ahora restaurarlas y preservarlas para que cualquiera comprenda la historia del cine. Y más aún, la de su país.

 

   “Hemos tenido que luchar mucho para que se entendiera esta obviedad. Durante la dictadura intentamos convencer a todas las instituciones de que el cine era algo que estaba por encima de la política”, señala Ramón Rubio, responsable del Área de Recuperación del CCR. El filme de Del Amo es el ejemplo más reciente: el equipo descubrió en 2015, casi de casualidad, que su estado de descomposición estaba avanzado. E inmediatamente se pusieron manos a la obra. El objetivo era claro: salvar la única copia de Noventa minutos conservada en 35 milímetros para obtener otra completa y restaurada. “Tuvimos que elaborar un guion de restauración. Realizamos un estudio de los fondos que teníamos, recompusimos físicamente los materiales fotoquímicos, digitalizamos cada uno de los componentes, arreglamos las imágenes por ordenador y generamos materiales virtuales para su conservación”, relata Mercedes de la Fuente, directora del centro. Muchos fragmentos del metraje estaban en pésimo estado, por lo que extrajeron de las otras tres copias en 16 milímetros los fotogramas perdidos. Al cabo de tres años la historia volvió a recuperar todo su sentido. 

 

   Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929), La aldea maldita (Florián Rey, 1930) o La verbena de la Paloma (José Luis Sáenz de Heredia, 1935) reflejan también el escaso interés que generaba entonces la conservación del patrimonio cinematográfico. Esas obras han requerido la aplicación de las mismas técnicas empleadas en Noventa minutos. Todas fueron a parar al búnker que la Filmoteca excavó debajo del CCR para mimar las cintas de nitrato, un material altamente inflamable que se empleó hasta los años cincuenta y cuya pérdida es inexorable. Por eso, casi todos los títulos que yacen allí ya han sido reproducidos en soportes capaces de garantizar su supervivencia. “Lo primero es localizar los materiales para después analizarlos y determinar si lo que hace falta es una recuperación o una conservación”, añade De la Fuente sobre el proceso habitual que se sigue con cada largometraje. “Últimamente lo digitalizamos todo. Hacemos copias de seguridad con acetato, pero por razones económicas optamos también por esta posibilidad”. En el edificio, inaugurado en 2014, se concentra tecnología avanzada y se controla cada elemento que pueda afectar al celuloide: la temperatura, la humedad, la ventilación… Todo está milimétricamente medido para preservar el séptimo arte.

          

  • Izquierda: almacén del CCR de la Filmoteca Española, con las latas de material              


  • Arriba: instalaciones de climatización del búnker del CCR. En él se miden todos los factores que afectan a la conservación del celuloide: temperatura (entre 5 y 10 grados), humedad, ventilación...


   Con capacidad potencial para almacenar hasta 1,2 millones de rollos de película, hoy alberga 700.000 envases relacionados con 203.000 documentos audiovisuales (125.000 de ellos en soporte fotoquímico) pertenecientes al catálogo de más de 40.000 obras. Y en sus instalaciones descansan además 70.000 rollos de la colección NO-DO. En opinión de la directora del CCR, que apenas cuenta con una veintena de trabajadores para semejante volumen de materiales, lo más importante “es garantizar la reproducibilidad de la obra”. 



Cortes ordenados por la censura y documentación relacionada con la producción del largometraje 'Amores de juventud' 


   “Hay que salvarlo todo”, irrumpe Rubio, pues hasta 1954 los filmes se destruían para evitar que el nitrato provocara incendios. Su meta es recuperar tanto los que procedían de distribuidores, coleccionistas o familiares, como aquellos que se encontraban abandonados en contenedores, barracas o en el propio Rastro. “Todo es importante”. Así se han recuperado joyas como Amores de juventud (Julián Torremocha, 1939), El misterio de la Puerta del Sol (Francisco Elías Riquelme, 1929) o Frivolinas(Arturo Caballero, 1928). “Entre las grabaciones más antiguas que guardamos se encuentran las que realizaron los operadores de los hermanos Lumière en Madrid, pero también escenas cotidianas, viajes, procesiones… Son grabaciones menos profesionales, pero igual de relevantes”. En los 60 años largos de historia de la Filmoteca Española, la institución no ha contado nunca con un laboratorio propio que le diese control total a la hora de acometer sus labores de restauración y conservación. Y esa carencia sigue arrastrándose a día de hoy.

 

   El edificio parece un iceberg, pues solo un tercio de su estructura asoma por encima de la superficie. Bajo tierra está su núcleo principal, los almacenes que acogen una vastísima parte de la historia de nuestra cinematografía. La gran mayoría de las bobinas se introducen en latas diseñadas para mejorar su conservación, manteniendo la temperatura entre los 5 y los 10 grados en función de cuál sea su composición. “Inspeccionamos todo al detalle, en parte por las recomendaciones que dicta la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF)”, subraya De la Fuente. A su juicio, la comunicación entre las diferentes filmotecas y archivos europeos resulta fundamental para que este tesoro cultural siga en aumento. Gracias a esas conexiones entre países apareció Sor Angélica (Francisco Gallardo, 1934). En junio de 2015 la Cinemateca Portuguesa avisó al CCR del hallazgo de una copia en nitrato incompleta y en avanzado estado de deterioro de una producción española. El equipo de Rubio consiguió identificar el largometraje, del que no se había encontrado nada hasta la fecha. El alcance de este feliz descubrimiento va más allá del propio título, pues hoy apenas constan materiales de 71 de las 260 películas producidas a lo largo de la década de los treinta. “Antes nadie se preocupaba de proteger nuestro patrimonio. Ni oficial ni profesionalmente”, lamenta Rubio. “Ahora sí. Y cobra todo su sentido cuando se consiguen cosas tan bonitas como esta”. 



Inspección de material 


‘El voltio’, un búnker antifugas 


A escasos metros del CCR se encuentra ‘el Voltio’, un almacén subterráneo donde se conservan los soportes de nitrato, triacetato y poliéster, cuya inflamabilidad exige condiciones especiales de seguridad. El objetivo principal de este aislamiento es proteger toda la colección que en estos cinco años ha recibido el nuevo edificio, pues en caso de incendio, no se podría extinguir con los métodos habituales. Y aún más: para velar individualmente por cada cinta se han instalado sensores que permiten identificar cuándo comienza el deterioro de cualquiera de ellas, pues detectan el óxido nitroso que expulsa el celuloide en su descomposición. E inmediatamente saltan todas las alarmas. “Gracias a eso ha sido posible intervenir con rapidez y evitar pérdidas importantes”, explica De la Fuente. “Realizamos un control exhaustivo. Eso no quiere decir que podamos frenar el proceso de degeneración, pero sí actuar”.


   Cuando no contaban con este sistema, las latas se abrían una a una. Ello contaminaba el aire y los 15.000 rollos restantes que acoge este espacio. “Ahora las celdas están separadas para evitar precisamente eso. Los materiales en peor estado se encuentran en aquellas que tienen ventiladores que renuevan el aire constantemente, lo cual evitaría contagios en caso de fuga”.

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