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22-06-2017 Versión imprimir

 
 
Laringes felices,
voces que embaucan
 
Las clases de canto de José Masegosa buscan redescubrir las cuerdas vocales y abrir pliegues de la garganta a menudo descartados


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)
Es mediodía en el corredor del madrileño Centro Actúa (calle de Cavanilles, 15) y se escuchan los ecos de un coro. Un grupo de 12 hombres, reunidos de pie en torno a un piano, trata de alcanzar con la voz la nota que marca el instrumento. Quien se sienta al teclado es el profesor de canto José Masegosa, que además de vocalista es dramaturgo, compositor y director de escena, y que en el último festival de teatro Talent Madrid se impuso como autor del musical El ascensor. Avales más que sobrados para que apetezca conocer estas clases, que impartirá hasta finales de julio.
 
   A las alumnas les tocará otra sesión al día siguiente: fueron tantas las peticiones para asistir a sus clases que el tutor pidió ampliar las plazas y dividir los grupos en dos. Así podría, de paso, trabajar mejor las tesituras graves de los varones y los agudos de las mujeres. Y los actores allí reunidos tratan de encontrar, en el popular Cumpleaños feliz, los huecos en los que respirar. Primero, sin entonar siquiera la letra: solo escuchando los descansos del piano y tomando aire en ese breve hiato. Las manos de algunos pupilos permanecen, a medio palmo de la boca, controlando la fuerza de las expiraciones.
 
 

 
 
 
   Para cuando acabe esta primera clase del curso, los asistentes sabrán respirar sin hacer ruido. “Las personas cantamos porque queremos, pero el cuerpo no está diseñado para ello”, advierte el profesor. Entre nuestras “atracciones naturales”, como las llama Masegosa, está deslizar una sonorísima aspiración (cuando no un resoplido) nada más realizar un esfuerzo vocal. El actor Jon Rod, uno de los alumnos, trata de disimular la respiración, “pero la cabeza va por una parte y el cuerpo, por otra. Y cuesta que se pongan de acuerdo”. El resto de los aprendices corrobora que tomar y expulsar el aire en silencio es el punto más difícil de la sesión.
 
 
 

 
 
 
   A partir del piano, y con los lentos acompañamientos del tutor, la melodía de la tonadilla conserva cierto punto de blues. Pero Masegosa pide a los presentes, cuando estos ya se disponen a entonar, que lo hagan muy contentos. “¡Cantad felices, felices!”, grita el tutor cada vez con más fuerza, mientras los demás declaman los primeros versos de la pieza. Algo para lo que el cuerpo sí está preparado, en cambio, es para transmitir nuestras emociones. “La laringe expresa nuestro estado de ánimo. Y para abrirla bien, hay que sentir la felicidad”, comenta el tutor. De nuevo, toca respirar cuando lo pide la melodía y no cuando lo reclaman los pulmones.
 
Caminar y cantar
Los alumnos de Masegosa también tendrán que caminar, dando vueltas por el aula, mientras entonan. Al sonido de sus pasos, esa canción que adorna los aniversarios se acerca a la marcha bélica o, cuando menos, a un desfile de la victoria, y el coro empieza a recordar a El club de los poetas muertos (1989). “¡Más felices, como imbéciles!”, grita Masegosa. Cuando la estrofa acaba, retoma la pieza desde una tonalidad más aguda. Así anima a los actores a abrir aún más la laringe: algo que, de nuevo, solo podrán lograr si están contentos. Sobre las sillas permanecen hojas de apuntes que, como la pizarra, están repletas de dibujos del aparato fonador. En esta clase, el intérprete Vicente Navarro ha descubierto las falsas cuerdas vocales: en el método de Masegosa, esas membranas que recurren los pliegues verdaderos son especialmente relevantes.
 
 

 
 
 
   “Había una parte de este curso que nos enseñaba a no hacernos daño al cantar, y es eso, en concreto, lo que más me interesaba de él”, comenta Navarro. Junto a las notas se encuentra una lista de consejos para cuidar la voz que, como el tronar de los pasos de los alumnos, resultan casi militares. Porque a los cantantes comprometidos les toca dormir bien, descansar la garganta tras las funciones y en los días de asueto y permanecer callados en ambientes ruidosos y secos. Hablar sin gritar, pero sin susurrar. Al tiempo, cenar al menos dos horas antes de acostarse, para esquivar el reflujo, y alejarse de la comida picante. Nada de tabaco. El alcohol y la cafeína se permiten, pero con moderación. “No conozco a nadie que cumpla todas las reglas”, admite, entre risas, Masegosa. Quizá, algún cantante de ópera.
 
   Tras las indicaciones del tutor, los alumnos se colocan en dos filas, enfrentados y mirándose a las caras, seis contra seis. Los de un flanco tendrán que dar un ligero golpe a sus compañeros, a solo un palmo de ellos, si les escuchan respirar. También, si estos dejan de mostrarse contentos. “¡Quiero ver las caras más absurdamente felices que haya encontrado jamás!”, reitera Masegosa, y algún par de ojos parece estar a punto de abandonar sus cuencas. “No se trata de poner caras ni de forzar un gesto. ¡Estad felices!”, jalea el tutor. Y los toques se suceden, de forma desigual, a lo largo de las columnas. Si Masegosa toca el piano con una intensidad menor, los timbres suenan más tristes. Y llega algún otro golpe más.
 
 

 
 
 
   Ya sentados de nuevo, se escucha algún suspiro. En ese aula, la felicidad es agotadora. Y eso que la clase iniciática contó con un fuerte componente teórico, y no solo práctico. “Trato de quitarles mitos sobre la respiración. Aquello que cuentan sobre el diafragma o la voz de cabeza son solo palabras: toda la voz está en el aparato fonador. Quiero que lo conozcan, y que vean cómo moviendo unas cosas y otras pueden llegar a un tipo de sonido o a otro”, apunta el tutor. Para Jon Rod, son revelaciones como esa —y la precisión con la que se trabaja la anatomía— las que marcan la diferencia entre el método de Masegosa y otras técnicas de canto.
 
   Según avance el curso, la práctica irá ganando terreno y los artistas deberán ir pensando qué canción querrá apuntalar cada cual para colofón de las clases. “Me propongo que puedan cantar una pieza, de arriba abajo, muy conscientes de qué ejercicio ponen en marcha para entonar cada nota. Que se fijen mucho en la mecánica”, relata Masegosa. El tutor pretende, al menos ese verano y ante el grupo, quedarse en la técnica. Pero trabaja con actores, y el profesor anticipa que, en cuanto los intérpretes dominen sus gargantas, se abandonarán al arte dramático y sacarán lo que lleven dentro. 
 
 

 
 
 
   “Hay que aprender cómo funciona nuestro aparato fonador, pero tampoco permitir que este lo eclipse todo. Si decimos las cosas bien, si las pensamos, la laringe lo transmitirá. Aunque la voz pueda descarrilar un poco, es mejor que la canción suene honesta”, anima el profesor. Curiosamente, para entonar una pieza triste también debemos partir de la sonrisa: es la única forma de abrir todos los pliegues. También, los que los actores han descubierto en ese curso. “La felicidad ayuda a encontrar ese movimiento muscular y hay que llegar a él antes de empezar a cantar. Una vez está dispuesto, podremos entonar desde cualquier estado de ánimo”, recuerda Masegosa. Primero la técnica, que decía el tutor, y luego el arte.
 
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