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28-03-2019

Tamzin Townsend: pulsar las teclas para dar vuelo a la autoestima

La directora de escena imparte en el Centro Actúa un método interpretativo basado en el juego. Tras más de un cuarto de siglo levantando montajes de teatro, ahora divulga un método de acercamiento al personaje


 

FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Alrededor de 15 actores permanecen de pie dispersos por un aula del Centro Actúa de Madrid. Algunos están aislados del resto y mirando al infinito. Otros, con la mano apoyada en alguno de sus compañeros, forman cadenas humanas de composiciones variopintas, de entre tres y cuatro personas. Entre ellos deambula la directora de escena Tamzin Townsend. Esa mañana ejerce como docente. Dos veces a la semana, hasta alcanzar las 36 horas de curso, esta experta en teatro ha impartido clases prácticas de investigación y acercamiento al personaje.


   “¿Por qué estás solo?”, pregunta Townsend a uno de los intérpretes, que prefiere permanecer apartado de los grupos de compañeros. “No quería relacionarme. Los demás me parecen inferiores”, le responde. “Y tú, ¿por qué estás tan cerca de él?”, espeta la profesora al pasar junto a otra pareja de artistas. Uno de ellos da la espalda a quien le toca levemente el hombro. “Porque quiero matarle”, responde el último de estos dos. Algunos de los alumnos tratan de contener la risa. Aunque eso les sacaría de sus papeles. Cada participante tiene asignado un personaje desde que empezó el taller. Y deben descubrir a ese personaje a partir de un breve monólogo facilitado por Townsend.

   La docente acumula más de 25 años de carrera como directora de teatro. Y ha levantado más de 40 espectáculos en España. Entre ellos, El método GrönholmUn dios salvaje… También dirige el grado de Artes Escénicas en la Universidad Europea de Madrid. Por eso no es de extrañar que acuda al Centro Actúa con un vasto repertorio de soliloquios para repartir entre los asistentes. “En casa tengo un archivo con miles de monólogos. En la primera clase juego con los actores: trato de conocerlos, ver por dónde van, en qué van a sentirse cómodos. Si un intérprete siempre hace el mismo tipo de papel, le pido absolutamente lo contrario”, explica. Y en ese momento, solo sobe la base de ese escueto texto que Townsend encomienda a cada alumno al conocerle, empieza la investigación.


   Otro de los ejercicios por los que han pasado los actores consistía en sentarse durante unos 20 minutos ante el resto de compañeros. Debían responder por entonces cuestiones sobre ese papel con el que iban a convivir durante un mes de curso. Como de él solo conocían lo expresado en un pequeño monólogo, empezaba la improvisación. Y la introspección. A los intérpretes se les permitía que no respondieran a alguna pregunta, marcharse del aula, incluso insultar al resto de participantes si sentían que eso haría su personaje al verse interrogado. Pero en ningún caso podían abandonar del juego y recurrir a la excusa de no conocer la respuesta a una pregunta.


   “Los actores suelen reaccionar de una manera especial cuando no pueden esconderse. Y yo quiero que descubran sus recursos. Al ver que pueden salir de ciertas situaciones, adquieren mucha confianza en sí mismos”, asegura Townsend. Pese a que su método está orientado tanto al personaje como a la interpretación, la directora no esquiva algunas pinceladas de coaching, una disciplina en la que indaga desde tiempo atrás. 

   Según Mariola Peña, una de las artistas matriculadas en el curso, los intérpretes “deben quitarse de encima la falsa modestia”. Y prosigue: “La próxima vez que vaya a una prueba iré segura. Decidida. Desde antes de que me vean entrar por la puerta. Eso es lo que me llevo de este curso”. 


   Como a otros de sus compañeros, a Peña le tocará dar un paso más en los ejercicios. Los actores debían acudir a clase con al menos cinco objetos traídos de sus casas que pudieran definir bien a sus personajes. Townsend vio en Peña a una artista muy extrovertida, por eso le concedió un papel muy contenido: el de una mujer que había decidido pasar un año sin pronunciar una sola palabra. Entre sus pertenencias están el pañuelo de un familiar o la nota que le dejó una expareja. De nuevo, sentada frente a los demás, Peña responde tanto a las preguntas de la profesora como del resto de alumnos. “Vamos descubriendo cosas a medida que va creciendo el diálogo. Otros días, al ir encontrando respuestas, me han entrado ganas de llorar”, cuenta. 


   “Me gustaría que estos artistas tuvieran un método de trabajo que les valga para toda la vida. Unos pasos muy claros con los que desarrollar un personaje, algo con lo que llevar una propuesta concreta cuando se presenten ante un director”, anota Townsend. Del grupo con el que trabaja destaca la entrega absoluta. Nadie falta a clase y todo el mundo llega con el texto aprendido. Los objetos personales esperan junto a las sillas, dispuestas en semicírculo ante quienes salen a escena por turnos. Antonio Romero decidió trabajar desde la intuición: empezó a abrir cajones en casa y eligió desde la emoción los enseres que el personaje le pedía desde dentro. Como le había tocado un papel violento, unos guantes de gimnasio. Pero también un libro de Albert Camus.

   Cuando llega el turno de Álvaro Vázquez, este aparece acompañado de una taza, un muñeco… En definitiva, de diferentes recuerdos de su familia. La profesora vio en él a todo un mujeriego, así que le dio la vuelta a la situación: el alumno se pondría en la piel de un hombre homosexual. En su acercamiento al personaje decidió que este tendría una relación especialmente tortuosa con sus padres a partir de la discriminación. “Aquí hemos creado sobre todo un ambiente de confianza”, reflexiona Vázquez, “un lugar que nos permite sacar la creatividad. Eso es fundamental. Si nos amedrentamos, no logramos levantar nada”. Otro de los ejercicios propuestos por Townsend fue que mostraran al público algo que se les diera especialmente bien. Él optó por las artes marciales. 


   En otra ocasión, el monólogo debía partir de un sentimiento concreto. Una sola palabra en un papel guardado en el bolsillo. “¡Teclas, más teclas!”, anima la maestra. “Les pido que nos hagan llorar y no hay otra: deben hacerlo. En ese momento. O les pido que nos insulten. ¡Que lo hagan ya! Y si se trata de que nos riamos, lo mismo”, aclara. Cuando los actores han mostrado los objetos personales que llevan consigo esa mañana, y antes de volver a integrarse en un semicírculo junto al resto de los espectadores, deben contar un chiste frente a los demás. 


   “Yo trabajo desde el juego. Y vale tanto para el cine como para el teatro. Llevo muchos años desarrollando esta técnica”, apunta la artífice de este taller que llena la clase de autoestima, algo que los participantes no dudan en confirmar. Y advierte: “Como ahora también trabajo de coach y viajo mucho con ello, me voy a llevar el método por todo el mundo”.

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