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05-09-2013 Versión imprimir

 
 
Asier Etxeandia


“Estuve un año sin trabajar y no tenía ni para el metro”
  
‘El intérprete’ le ha puesto en órbita, pero él se repite que cualquier moda es pasajera. “La obra ha triunfado porque es lo más real que he hecho en mi vida”
 

FRANCISCO PASTOR
Fotografías: Enrique Cidoncha
Se quedó a las puertas de ser chico Almodóvar cuando, cosas del destino, su actuación en Los abrazos rotos acabó en el suelo de la sala de montaje. Pero este bilbaíno de 38 años no cree en el azar, sino en el oficio al que entrega todos sus talentos. Cuando era pequeño cantaba para no sentirse solo y, después de miles de giros en la trama, lo hace delante de un público que siempre recalca su naturalidad y entusiasmo. Asier Etxeandia conoce la vida tanto como desconoce la discreción y, entre risas y revelaciones, resulta sencillo entender por qué siempre se encuentra rodeado de amigos.
 
– Cuénteme, ¿se ha puesto usted de moda?
– En absoluto, pero eso me recuerda a algo que me pasó hace muy poco. Hará unos días estaba yo de fiesta, en el Negro, y me dijeron que era el chico de moda. Oír algo así me produjo una sensación muy rara, había bebido un poco y… me puse a vomitar. Un desastre, pero me hizo mucha gracia. Y no, no me he puesto de moda. En esta profesión, eso de estar de moda da igual. Te pueden olvidar de un día para otro.
 
– Uno de los papeles que le ayudó a despegar fue el del maestro de ceremonias de ‘Cabaret’: un personaje que de alguna manera, aparece también en ‘El intérprete’. ¿Es ese Asier Etxeandia?
– Interpretar al maestro de ceremonias fue un sueño cumplido. Yo crecí escuchando Cabaret y se hizo realidad. Creo que un personaje y otro no se parecen demasiado, pero sí es verdad que el papel de anfitrión, el que lleva a sus invitados a un lugar desconocido, me gusta mucho; siempre lo entendí y siempre lo he querido. Me gusta dar la bienvenida al escenario donde tienen lugar el peligro y las atracciones. Una broma que tengo con mis amigos es que mi nombre, en vasco, quiere decir “entrada a la casa grande”. En El intérprete eso es precisamente lo que hago, pero no hay tal personaje. Hablo de mi infancia y de mí, de cómo quiero que me vean y cómo quiero verme yo.
 
 

 
 
 
– ¿Se pinta los ojos antes o después del desayuno?
– ¡No aparezco siempre con los ojos pintados! Tuve una época, cuando era adolescente, en la que lo hacía con muchísima más frecuencia. Siempre que salía llevaba los ojos maquillados, igual que pasé otra etapa de mi vida acompañado de una cresta mohicana. Para mí representan, un poco, la fuerza de esta profesión. Amy Winehouse decía que, cuando necesitaba sentirse más segura, se colocaba el moño más arriba; yo hago lo mismo. Es un ritual que me ayuda a sentirme bien y me acerca a lo que soy. También me lo tomo como un homenaje a los actores, al cabaret y a todo lo que en un momento me sedujo de este oficio.
 
– Sus profesores le tenían vetado aparecer en televisión y hoy, tanto en España como fuera de ella, muchos actores consagrados están volviendo a la pequeña pantalla. ¿La crisis o algo más?
– Creo que a los actores la crisis nos está poniendo en nuestro sitio. Esto es un oficio y hay que saber hacer de todo, igual que un zapatero es capaz de hacer tanto chanclas como botas. Las cosas no se nos deberían subir a la cabeza, ya que contamos con una responsabilidad con el público y con nosotros, que también tenemos que comer. Con dignidad, se puede tocar cualquier palo, y aunque hemos tenido etapas muy buenas en el cine, de las que hemos recogido grandes obras, yo nunca entendí de dónde salía tanta vanidad. Todo forma parte de mi trabajo, porque lo mío es un oficio y nada más. La calidad de un producto no depende del medio en el que se exhiba, y la crisis nos ha puesto en otra perspectiva, en la de ser más prácticos. Eso sí, nunca haría algo en lo que no creyera.
 
– Llegó a Madrid a los 25 años y, trabajando y aprovechando oportunidades, alcanzó la fama. ¿El sistema funciona?
– No, no, no. El sistema no funciona y lo del triunfo es muy relativo. Yo no he parado de currar en mi vida y, a pesar de todo, he pasado por momentos terribles. Justo después de conseguir un Premio Max me quedé sin nada, estuve un año sin trabajar y no tenía ni para el metro. Siento que este país no valora lo suficiente la cultura y que, además, no se conoce nuestro trabajo. Se piensan que estamos forrados y venimos de vuelta de todo cuando, mil veces, hemos trabajado por amor al arte. Por algún trabajo concreto, y de improviso, nos dan un pastizal y, de nuevo, vuelta al vacío. Pero cuando salí de casa de mis padres decidí que me dedicaría a esto me fuera bien o me fuera mal, y no he dejado de intentarlo. Creo que si estoy teniendo éxito con El intérprete es porque es lo más real que he hecho en mi vida, no porque tenga suerte ni estrella.
 
 

 
 
 
– ¿Qué recuerdo guarda de haber cocinado, solo y por su cuenta, su primer gran  espectáculo?
– Lo que más me ha costado es recabar la valentía suficiente para hacerlo. Fue algo en lo que pensé cuando murió mi madre: que tenía que cumplir mis sueños cuanto antes, porque la vida trata de eso. Gracias a unos socios maravillosos y mucho trabajo, dedicación y vehemencia estoy viendo que los sueños se pueden sacar adelante, por ridículos que parezcan al principio. Eso es arrollador. ¿Quién hubiera dicho que mi vida, que es de lo que trata la obra, le iba a interesar a nadie? Tener seguidores que observen El intérprete y aprendan algo de ella es muy fuerte, como ocurrió con una mujer que, hace poco, se acercó a hablar conmigo. Tenía mi edad y había perdido su empleo, así que se había puesto manos a la obra para cumplir su viejo sueño de hacer baile clásico. Cuando vio el espectáculo, desoyendo lo que le decían sus familiares y amigos, encontró el mensaje de que estaba haciendo lo que debía. Para mí eso es increíble y, por cosas como esa, El intérprete es una experiencia que estoy viviendo todavía.
 
– ¿Llega la canción a los lugares donde no puede conseguirlo la prosa?
– Sí, porque la música llega a un lugar que ni siquiera el cerebro entiende, y va directa al corazón. Los sentimientos que provoca no se pueden describir con palabras. Te lleva al pasado y a futuros que todavía no has vivido. Activa los músculos y el cuerpo sin pasar por la cabeza. Es capaz de ponerte los pelos de gallina y de enamorarte. Creo que la música es la mayor de las artes.
 
 

 
 
 
– Hace poco tiempo participó en Los días no vividos, la primera película de un joven director, Alfonso Cortés-Cavanillas. ¿Qué encuentra en los cineastas más inexpertos que echa de menos en las grandes producciones?
– Quien no está supeditado a una gran producción tiene más riesgo, pero también más libertad. Cuando formas parte de proyectos sin un duro, sin jefes ni subvenciones, eres mucho más libre. Tienes menos medios, pero tienes más ganas y amor por lo que estás haciendo; por tu trabajo. El factor de la valentía está presente y se siente muchísimo. Te encuentras con un autor que cree en su proyecto y quiere correr los riesgos con tal de contar su historia, y eso me parece muy interesante. Nadie dijo que el arte consistiera en gustar a todo el mundo.
 
– Lo poco que sabemos de la serie que ha estado rodando este verano, Llueven vacas, recuerda al teatro del absurdo de Beckett o Pinter. ¿No es una apuesta demasiado arriesgada?
– No existen las apuestas demasiado arriesgadas. Es más, cuanto más lo sean, mejor. Mientras participe en una obra inteligente que cuente una historia, y trabaje con profesionales que, como yo, amen su trabajo, no tengo ningún miedo. Como actor, quiero acercarme a todo aquello que me estimule y me desafíe. Además, el rodaje de esta serie, en concreto, fue sencillo, tranquilo y directo gracias a su realizador, Fran Arráez. El texto era de Carlos Be y el reparto me parecía la leche. Estoy encantado.
 
– Es habitual de los encuentros con el público. ¿Qué es lo que el artista aprende de los espectadores en convocatorias de este tipo?
– Los espectadores nos necesitan más de lo que parece. Sentimos que el teatro no interesa en este país porque no hay mucho público de teatro, pero a las charlas viene mucha gente, con muchísima curiosidad y ganas de hablar contigo. Incluso los que no van al teatro necesitan ese ritual de que se les sorprenda, de estar en un lugar donde ocurran cosas. El teatro va de eso, es un ritual en el que ocurre algo. Me gusta que haya espectadores a los que el teatro les cambie la vida, y muchos de ellos se encuentran también en estas convocatorias. Me hacen tener ganas de seguir.
 
– Y mañana, ¿a qué Asier le gustaría más recibir una llamada? ¿Al actor o al cantante?
Creo que estas categorías nos limitan mucho. No quiero ser lo uno o lo otro, sino las dos cosas. Para ello he fundado, con mis amigos, mi propia compañía. Me considero artista no porque haga arte, sino porque estoy buscándolo, y todo lo que esté a medio camino entre la danza, la música y la interpretación es mi terreno y mi sueño. Yo quiero ser uno de esos actores o creadores que están dispuestos a combinarlo todo. Claro que si me llamara Scorsese o Prince elegiría una de las dos pero, como creador, prefiero no separar estas dos cosas. Una canción es un monólogo y los monólogos tienen una música interior.
 
 

 
 
 
Algo personal

La canción que ha cantado esta mañana en la ducha
– Un Ave María con un toque blues
Una moraleja a la que hacer caso – Defiende tu sombrero, por muy ridículo que parezca
Algún vicio confesable –  Absolutamente todo lo que me haga feliz a mí y a mi gente. Soy un hedonista y mi dios es Baco
Una causa por la que luchar – Demasiadas, siempre que la revolución empiece por uno mismo
 
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