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01-10-2015 Versión imprimir
Álex Pachón (izquierda) y Denislav Valentinov (derecha) posan en el parque de El Retiro durante la entrevista
Álex Pachón (izquierda) y Denislav Valentinov (derecha) posan en el parque de El Retiro durante la entrevista
 
El audiovisual que palpa el movimiento del cuerpo
 
 
 
Álex Pachón y Denislav Valentinov, primer y segundo premio de videodanza en el Óxido Fest, reflexionan sobre este género aún por eclosionar ante el gran público
 
 
 
FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: SERGIO LARDIEZ 
En los festivales cinematográficos los espacios dedicados a audiovisuales de danza suelen alojar también trabajos de videoarte y otras creaciones no narrativas. En España estas piezas muchas veces no cuentan ni siquiera con un nombre que las defina, pero poco le importa al joven Álex Pachón, el realizador que se esconde tras las imágenes de Cracks. Su cortometraje se impuso el pasado julio en la categoría de videodanza del madrileño Óxido Fest, un encuentro que en su segunda edición sí agrupaba trabajos como el suyo bajo una etiqueta específica. El segundo premio, también patrocinado por la Fundación AISGE, fue para el experimentado bailarín Denislav Valentinov por su Forecasted.
   
   Con 34 años, Pachón quiere demostrar que se puede vivir del audiovisual sin tener que dejar su ciudad, Badajoz. No para de mencionarla, y con orgullo, entre otras cosas porque la proximidad con la capital extremeña le permite acudir como espectador en numerosas ocasiones al Festival de Mérida. Hace más de una década que Valentinov viajó desde su Bulgaria natal hasta el español Real Conservatorio Profesional de Danza, desde donde emprendió una carrera que incluye colaboraciones en un sinfín de compañías. El sueño de este experto en la expresión del cuerpo pasa, a sus 29 años, por encontrar espectáculos de danza contemporánea en la cartelería de una Gran Vía madrileña hoy entregada a los musicales.
El realizador extremeño Álex Pachón
El realizador extremeño Álex Pachón
 
   Las creaciones de uno y otro coinciden en que trabajan con la soledad de un único personaje. Quizá sea esa la única similitud. En la pieza dirigida por Pachón, licenciado en Comunicación Audiovisual y ajeno a la danza profesional, hay un natural movimiento del cuerpo. El ritmo viene dado por un montaje vertiginoso, repleto de planos detalle, y apenas se escucha más música que la de los crujidos de las articulaciones del cuerpo. Bien distinto resulta el trabajo de Valentinov, que bailaba frente a la cámara por segunda vez, con desplazamientos por planos tan abiertos como duraderos donde varias superposiciones crean picos en la narración. “Llevaba cinco o seis años queriendo hacer algo así", confiesa, "pero me imponía bastante”.
 
Una emoción presente
“La sugestión de la danza engancha, al menos en vivo, como ningún otro espectáculo”, cuenta Pachón. Descubrió la modalidad más contemporánea de esta disciplina hace ocho años en el Mercat de les Flors de Barcelona, pero la idea de mezclar el baile con el audiovisual lleva con él toda la vida: “Recuerdo que oí hablar de este género en la universidad, aunque lo tenía presente desde que vi los primeros vídeos musicales de Michael Jackson o aquella secuencia de Tom Hanks dando saltos en el piano gigante de Big (1988). Para mí, eso es videodanza”. Lo que le sorprendió fue, precisamente, que su Cracks acabara en esta categoría.

   Los ganadores están de acuerdo en que la danza es menos narrativa que otras artes, aunque Valentinov no quiere que prevalezca esa idea: "Es cierto que apela a las emociones, pero además empieza relatos que acaban en la imaginación del espectador”. Pachón quiso reunir los dos ingredientes. Se trataba de contar la historia de un hombre que se despierta por las mañanas y se cruje todo el cuerpo antes del desayuno, y al mismo tiempo, intentar proponer una reflexión sobre la música y la danza: nos preguntamos si es el baile el que aprovecha los estímulos del sonido o si sucede al contrario. El cortometraje Cracks se decanta por esta última opción. La pieza ha llevado a su autor por casi 90 certámenes, con premio incluso en el Jumping Frames de Hong Kong, el encuentro de videodanza más prestigioso de Asia.
El bailarín búlgaro Denislav Valentinov improvisa un movimiento en tan emblemático escenario
El bailarín búlgaro Denislav Valentinov improvisa un movimiento en tan emblemático escenario
 
   Valentinov es artista desde pequeño. Su relato no se parece ni mucho menos al de Billy Elliot (2000), ya que en su Sofía natal los profesionales de la danza cuentan con reputación y prestigio, pero allí también se quedan fuera los de baile contemporáneo. Ni siquiera pueden formarse. Al menos no existen en ese estilo las delirantes rivalidades que Natalie Portman sufre en el ballet de Cisne negro (2010). “Eso ocurre más en el clásico", revela, "donde todo el protagonismo de la coreografía recae sobre un solo miembro del equipo. El baile moderno reparte más los papeles y permite las aportaciones de todos”.

Un gremio que choca contra un muro
Mientras afloran grandes convocatorias capaces de concitar a compañías y programadores de la danza, Valentinov siente que los espectadores y el interés mediático continuán ausentes: “Nuestros espectáculos no cuentan con más público que nosotros mismos. Somos bailarines que vamos a vernos los unos a los otros”. Su obra le muestra a sí mismo topándose, una y otra vez, frente a un muro. Sin duda, se trata de una metáfora del ninguneo que padece su gremio, tanto en España como en otros países. “Me cuesta vivir de mi trabajo y voy buscándome la vida continuamente. Eso puede decirlo la mayoría de los bailarines”, cuenta, que también es profesor de baile. Más allá de la magnitud que alcanza el desconocimiento, el gran problema es que toda suerte de propuestas se acogen al paraguas de la danza contemporánea, aunque sean performances o ideas demasiado conceptuales.

   La desesperación sobrevuela también aquella primera incursión del bailarín en el audiovisual. Mencionada en el Certamen de Jóvenes Creadores madrileño, Hoax era una coreografía donde Valentinov no lograba salir de un cuadrado invisible, solo demarcado por cinta en el suelo. Su principal giro dramático llegaba cuando el protagonista cubría su rostro. “La cara es parte del cuerpo, y por ello, parte de la danza”, reflexiona este atípico artista, que encuentra en los vaqueros su prenda preferida para el trabajo. La propuesta que prepara estos días trata sobre la pausa: de dónde vienen y a dónde van todos los silencios que los humanos realizamos de forma intencionada o no.

 
Contarlo plano a plano
El compendio entre narración y sugestión debe estar presente en un equilibrio entre lo demarcado y lo improvisado. Así lo considera Valentinov. Se elige con cuidado el escenario y lo que se desea transmitir con él, así como la emoción concreta que va a mover al bailarín, que sabe dónde empieza pero no dónde acaba. Expresarlo en la pantalla, en cualquier caso, es más complicado. “¡Pero esa es la gracia!”, anota Pachón: “Si capturásemos todo el movimiento, estaríamos en un espectáculo en vivo. Con la cámara elegimos un detalle, una emoción, y la combinamos con palabras tan propias del audiovisual como la música, el montaje, los efectos especiales”.

   El último proyecto del extremeño acaba aunando cinematografía, danza y suspense. Como en el caso de Cracks, que tantas victorias le ha proporcionado, You will fall again no pretendía llegar hasta ese extremo. Pero la ambientación, el gesto y la precipitación de los acontecimientos han llevado su pieza hasta los certámenes de cine de terror. “Se puede provocar miedo con el baile, y más en el cine, donde entran en juego muchos más elementos que en el escenario, donde pesa más lo que no se ve que aquello que sí está”, recuerda Valentinov. Con todo, el bailarín reconoce que no es lo suyo, al menos de momento. A él le correspondió, hace no mucho, llevar a la sala capitalina Nave 73 La puta domada, cuyo germen halló en un texto de Shakespeare. Una traducción que podría imaginarse imposible, pero que los bailarines interpretaron “con todo el respeto del mundo”.
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