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04-01-2019


“A este oficio hay que echarle tanta paciencia como amor”


A los 14 años ya era meritoria en la Compañía Nacional. Corría el año 1964. En 1978 se cruzó en su camino el humor, un terreno dominado por hombres donde no se sentía cómoda, pero en los noventa los astros se alinearon: despuntó en la interpretación pura y dura gracias a series de éxito


PEDRO PÉREZ HINOJOS

REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA

Tuvo un maestro particular: Antonio Ferrandis. Y un aula donde era la única alumna: las cajas del Teatro María Guerrero. Así aprendió Beatriz Carvajal (Madrid, 1949) el oficio de actriz. Porque siempre tuvo claro que ella solo quería trabajar para interpretar personajes en el teatro. O si se terciaba, en televisión o cine. Nunca persiguió ser famosa; ni siquiera una cara popular. Por eso renunció a la exitosa carrera como humorista en la que le encauzaron los compromisos los vaivenes de la profesión para volver a ser lo que siempre quiso ser. Y lo logró no sin esfuerzo. Un repertorio interminable de obras de teatro y algunas de las series televisivas más vistas de las últimas décadas, además de una corta pero dignísima andadura en el celuloide, certificaron lo que su maestro “y padrino” le dejó escrito en una foto que muestra orgullosa en el salón de su casa: “Por mi culpa eres un monstruo”.

 

Empezando por el final, ¿en qué anda metida ahora?

– Estoy a punto de empezar los ensayos de una función de Eduardo Rovner, un autor argentino. Es una comedia muy surrealista que haré con Carlos Santos, un amigo maravilloso, y que va a dirigir César Oliva. Se titula Volvió una noche y es un disparate muy gracioso. Soy una madre que vuelve de la tumba y se instala en casa de su hijo. También he estado grabando una serie para La 1, Monteperdido, que se estrenará a comienzos de año.

 

¿No le pesa ese medio siglo de carrera que lleva encima?

– Aún no [risas]. En realidad, voy a hacer 54 el 15 de enero. Ese día de 1965 me subí por primera vez a un escenario. Con 14 años entré de meritoria en la Compañía Nacional, ensayando una obra de Jean Giraudoux: Intermezzo. Y en el día mencionado, ya con 15, hice esa obra, en la que solo era una voz en un coro de niñas.

 

¿Cómo fue aquel aprendizaje?

No he ido a ninguna escuela de interpretación. Mi padre era abogado del Sindicato del Espectáculo, conocía a muchos actores y actrices y adoraba el teatro. Era un mundo que yo tenía muy presente. Y a mí me fascinaba. Desde aquellas obras infantiles a las que me llevaban siendo un mico, ya recuerdo ese deseo tan grande que tenía de subirme al escenario. Entonces sucedió algo en mi casa. Por mediación de María Dolores Pradera, muy amiga de mis padres, se vino a vivir con nosotros Antonio Ferrandis. Se instaló en Madrid y al principio residía en un hotelito. Pero era un hombre entrañable y familiar, y María Dolores le buscó acomodo en nuestra casa, que era grande pese a ser muchos en la familia. Desde su llegada, yo no hacía más que perseguirle para ver cómo ensayaba. Y le acosaba a preguntas: “Antonio, ¿qué tengo que hacer para ser actriz? ¿Con quién tengo que hablar? ¿Adónde debo ir?”. Le traía frito. Hasta que un día entró en mi casa gritando: “A ver, doña María Guerrero, ven conmigo, que vas a ser actriz”. En el teatro me presentó a José Luis Alonso y comencé los ensayos con la Pradera, Ferrandis, las hermanas Ortega... Era 1964. Allí me quedé y aprendí todo lo que sé.

 

No empezó por la función del colegio, precisamente… Menudo elenco. ¿No le impresionó?

– Yo estaba feliz. Además, siguieron llamándome para preparar pequeños papelitos y a la tercera función coincidí con Irene Gutiérrez Caba y José Bódalo, ni más ni menos.



– Aunque no se formase en una escuela de Arte Dramático, le sobraron los grandes maestros.

– Es que no había las escuelas de ahora. Mi escuela fue estar entre cajas en el María Guerrero, junto al regidor, viendo hacer teatro y más teatro a esos verdaderos monstruos. Soñaba con que llegara el día en que yo pudiera hacer algo parecido. Y trabajé al lado de Monserrat Carulla y Ángel Casas, con Guillermo Marín y Amparo Soler Leal en La zapatera prodigiosa, con Núria Espert en Yerma o con la Pradera una vez más en Mariana Pineda.


Eso es imposible hoy en día.

– Hoy pasa otra cosa: muchos actores y actrices jóvenes, por suerte no todos, lo único que quieren es darse a conocer pronto. Yo solo quería ser actriz, aprender, no tener fama. Quería que me dieran papelitos e ir metiéndome poco a poco en la profesión. Para mí eso era lo importante.

 

¿Se está perdiendo actitud?

– Lo que digo es que hay que tener claro lo que quieres hacer. Y en todo momento tratar de ser digno. Yo tuve el mejor maestro, Antonio Ferrandis, me enseñó lo esencial: a ser serio, a cuidarse, a ser generoso sobre un escenario. Sí es importante ir a una escuela, pero cuando empecé todo era diferente. Y era una niña. Mis padres me dejaron hacer funciones casi como una gracia. No empecé a darme cuenta de que me iban tomando en serio hasta que hice Mariana Pineda y mi padre me mandó un ramo de flores con una tarjeta: “De tu primer admirador”. Luego fui cogiendo todos los pequeños papeles que me surgían para ir aprendiendo y labrándome una carrera.



¿Cuándo se sintió actriz por los cuatro costados?

– He atravesado muchas etapas en mi vida profesional. Estuve dedicándome al humor durante 13 años porque de repente vieron que era muy graciosa. José Antonio Plaza me fue a ver a un café-teatro, le gusté y me llamó para trabajar en un programa de televisión que se llamaba 625 líneas. Hacía parodias. A partir de ahí, allá por 1978, me inicié en una faceta en la que nunca me sentí del todo cómoda, porque de algún modo fui pionera en un mundo, como el del humor, que también estaba dominado por los hombres. En cierto modo, abrí brecha y me convertí en la graciosa oficial. Pero me incomodaba sobre todo porque por entonces, no como en la actualidad, o eras humorista o eras actriz. Y yo quería ser actriz. Por suerte, para no quedar atrapada, pude intercalar teatro durante esos años. El hotelito, Lázaro en el laberinto, Las salvajes en Puente San Gil, monólogos de Dario Fo... Hasta que me ofrecieron la oportunidad de hacer Sabor a miel (1991), con María Ruiz de directora. Creo que esa experiencia fue decisiva. Me sentí plena y me convencí de que aquello era lo que quería hacer. Fue milagroso. Incluso un crítico dijo que yo era la Ana Magnani española. Pero está claro que se pasó [risas].

 

¿Y el público cómo se lo tomó?

– Tras Sabor a miel hice Entre tinieblas, la versión para teatro de la película de Almodóvar, también con Paula Sebastián y Tomás Gayo, y me fue bien. Comencé a hacer series de televisión. Pero creo que el público dejó de verme definitivamente como humorista cuando hice Misery. Era 1999. Ahí llenaba teatros y la gente iba a ver a la actriz, no a la gallega o la Loli con las que se reían en la tele. He hecho más cosas de humor, pero ya sabían cuál era mi sitio.

 

¿Guarda buen recuerdo del Un, dos tres, en el que estuvo tantas temporadas?

– Me dio mucha popularidad. Nunca dejaré de agradecerlo. Y también fue un reclamo para el teatro, porque la gente iba a verme y se encontraban a una actriz.



Empezó pronto en televisión, pero no en la ficción. Aunque le cogió el ritmo enseguida porque se enroló en series exitosas. ¿Cómo fue ese salto?

– Hacer teatro me abrió la puerta a las series, con Lleno, por favor, Quién da la vez, Compañeros... Y menudas parejas tuve. Mirar a los ojos de Alfredo Landa, con esa carita; compartir una escena con un señor como José Sacristán; trabajar al lado de un actorazo como Miguel Rellán... Eso es tener una suerte tremenda.

 

Y en el cine le pasó igual. Llegó tarde pero empezó con un gran título: Brujas. Sin embargo, ha sido más irregular. ¿Por qué?

– A cuenta del humor, todo lo que me ofrecían no me gustaba. Hasta que llegó Fernández Armero y me ofreció Brujas. Y fue increíble. Un peliculón. Pero pasó sin hacer ruido. Pienso que no era su momento. La manera de narrar que tiene Armero, la forma de la película... creo que es más de ahora. Sería un bombazo, en mi opinión. Y no lo digo yo, lo dice mucha gente. He rodado más filmes, pero esa es mi película, junto a unas maravillosas Ana Álvarez y Penélope Cruz, y con mi amiga Kiti Mánver y Neus Asensi. Fue una gozada.

 

¿Lo siente como su deuda pendiente?

– Tampoco me preocupa mucho. Como amo tanto el teatro, mientras no me falten obras… estaré bien. Y si puedo seguir en televisión, como con ese personaje pequeño pero tan misterioso que acabo de hacer para Monteperdido, pues mejor que mejor.



Dice usted que el humor es darle la vuelta a lo que te duele para poder soportarlo.

– El tipo de humor que yo hacía era a través de personajes con un sentimiento detrás, su corazoncito, digamos. Creo que en el humor todo lo pones en tono jocoso para poder denunciar la dureza de la vida. Si te paras a pensar, en casi todo lo que tiene humor o comicidad, hay un rastro de dolor. No me refiero a contar chistes, sino a interpretar. Siempre hay por detrás algo amargo, algo doloroso.

                                      

¿Por eso se le da tan bien la comedia?

– La comedia es algo muy serio [risas]. Aunque se crea lo contrario, es complicada. Porque el actor cómico lleva generalmente un drama dentro. Es absurdo distinguir entre intérpretes cómicos y dramáticos. Nuestra obligación es hacer comedia, drama, clásico... Tenemos que estar para todo. Ese tiempo que estuve entre cajas aprendiendo, riendo y llorando con lo que veía, me lo enseñó.

 

¿Cree que en este oficio todo se aprende?

– Hay cosas que no te puede enseñar ninguna escuela. Hay que partir siempre de una habilidad, de un talento natural. Luego se podrán adquirir técnicas, recursos… Trucos. Pero hay que estar dotado para esto. Son cosas que se tienen o no. Piensa en Landa, en López Vázquez… O en la extraordinaria Irene Gutiérrez Caba: te partías de risa viéndola en una comedia y se convertía en algo inmenso haciendo drama. Y luego estaba su humanidad… Recuerdo una gira en que coincidí con ella en San Sebastián. Llegué al teatro para ensayar y me la encontré sentada en un banquito haciendo punto mientras su hijo jugaba. Me acerqué, le di un beso, me senté a su lado y le dije: “¿Pero cómo se puede ser tan grande y estar aquí haciendo punto con el niño enredando?” [risas]. Una persona como ella, al terminar su actuación, debería subirse a un altar, a un pedestal, para que nadie la tocara [risas]. Esa es la gente verdaderamente grande. Qué maravilla, qué adorable.



¿Y cómo ve a las nuevas hornadas?

– Hay muy buenos actores, que proyectan, a los que se les ve muy preparados, que transmiten verdad.  Y luego hay otros a los que ni entiendo ni oigo. No comprendo que no tengan a alguien cerca que les diga: “Chico, chica, si quieres ser actor y actriz lo primero es expresarte con claridad”. Creo que en televisión, con las plataformas, existirán muchas oportunidades. En cambio, temo por el teatro porque muchos actores jóvenes se desentienden de él, les tira más la imagen. Incluso reconocen que les da miedo la escena.

 

¿Debería empezarse obligatoriamente por las tablas?

– El teatro es la madre. Un intérprete que quiere serlo de verdad ha de empezar por el teatro. Y ahora se empieza haciendo un corto o en una serie. Y también hay que tener una actitud especial. Porque a este oficio hay que echarle paciencia. Tanta como amor.

 

¿Y hasta cuándo le durarán su paciencia y su amor?

Tengo claro que lo de morir en el escenario no va conmigo. Es una falta de respeto, algo muy grosero, como decía la Pradera. Cuando hice Los diablillos rojos hace tres años decidí tomarme una temporada de descanso. He estado un año y medio tranquila. Ya he trabajado mucho, he hecho muchas barbaridades. Ahora hay que tomárselo con calma.

            

¿Y qué echa en falta, qué le gustaría antes de la retirada?

– Que venga de pronto un director de cine y diga: “¡Mira qué personaje tan bueno para la Carvajal!”. Sé que no pasará, puesto que no estoy en las redes, como se dice en estos tiempos. Pero no pasa nada. Allá ellos [risas].


‘Compañeros’ y aquellos maravillosos guionistas


Beatriz Carvajal conserva un recuerdo extraordinario de su paso por la juvenil Compañeros, un verdadero fenómeno de masas que ocupó la parrilla de Antena 3 de 1998 a 2002 con más de 100 episodios. El día a día de los estudiantes y profesores del colegio Azcona arrastró audiencias millonarias. Primero, por los líos sentimentales de los protagonistas, encarnados por intérpretes noveles, muchos de los cuales han hecho luego carrera. Y después, por los temas sociales y de actualidad que se filtraban en las tramas. Esto último es lo que más fascinaba a Carvajal, que se encargaba de dar vida a Marisa Viñé, una profesora de Literatura peleona y muy pendiente de sus alumnos. “Los guionistas de aquella serie eran maravillosos porque, aparte de mi trabajo interpretativo, yo estaba muy en la onda de lo que contaban y de cómo lo enfocaban”, rememora.

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