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14-05-2015 Versión imprimir

 


Beatriz Sanchís


 “La dirección de actores no me impone, me ‘pone”


Se alinea en la quinta de Nacho Vigalondo, Carlos Vermut o Jorge Dorado. La directora de Todos están muertos, otra que aporrea la puerta de la renovación, cavila nuevas ideas para trascender a su ópera prima.


JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Es liviana y discreta, la antítesis de su ruidoso debut en la gran pantalla. Todos están muertos, una de las revelaciones del año pasado, obtuvo cuatro premios en el Festival de Málaga. En ella, Elena Anaya encarna a una ex estrella de la música que pasa por un difícil trance. La movida madrileña, la evocación, las apariciones comparten camerino y reparto con los cardados, las hombreras y la música. Después de dos exitosos cortos y de probar en el videoarte, la valenciana Beatriz Sanchís, de 38 años, está ya en la catapulta de su segundo largo. Mientras, rueda dos spots para una campaña de publicidad.
 
– ¿Se quedó contenta con la película?
– Muy contenta, es la peli que me salió del alma. En la cartelera estuvo un mes, pero hemos tenido buena audiencia, y en Barcelona se ha mantenido en un cine cinco meses. Ahora me convocan en pases y coloquios. Me gusta la estela.
 
– ¿Y en el gremio?
– He recibido buenas impresiones de gente a la que admiro.
 
– ¿Por qué se inspira en los 80?
– Quería ambientarla en los años 90, que es cuando transcurre, pero la historia arranca en los 80, una de las épocas más libres y creativas que ha habido en este país. No había prejuicios, solo ganas de hacer, de expresarse, de provocar. En los 2000 ha habido un bache, pero ahora está reflotando.
 
 
 

 
 
 
– Hay evidencias visuales en el vestuario y la música. Pero, ¿cómo se rueda para lograr la apariencia de los 80?
– Hicimos una investigación bastante exhaustiva. De hecho, para recrear esa época, utilizamos las mismas cámaras que se usaban entonces. Para encuadres, enfoques y demás, el programa de referencia era La edad de oro, el que presentaba Paloma Chamorro. Vimos todos los capítulos. Estudiamos mucho la edición, y ha quedado algo parecido, en ese tono. Me molesta bastante cuando en una película no acabas de creerte las recreaciones.
 
– ¿Repetiría algo de lo que hizo?
– Ya no lo pienso. Cuando estás montado, sí: “¿Por qué no habré rodado ese plano?”. Pero luego, en montaje, encuentras soluciones alternativas.
 
– ¿La clave en esa fase es la relación con el director de fotografía?
– Sí, en este caso somos muy afines. Álvaro Gutiérrez había hecho conmigo el corto Mi otra mitad. Tenemos un sentido estético parecido. En montaje, el último corte lo di con él.
 
– ¿Cómo cree que va a ser recordada su ópera prima?
– Uff, qué difícil. Nunca sabes la repercusión que va a tener una obra. Me sorprende la cantidad de gente que reconoce mis cortos. No piensas que va a llegar tanto. Siempre agrada, pero no sé adónde llegará.
 
– ¿El mejor pálpito que ha recibido sobre ella?
– Hace algunos meses, durante un coloquio en Majadahonda [Madrid], tras presentar la película en los cines Zoco. Una mujer mayor, de 90 años, se dirigió a mí con el bastón, casi una hora después de la película. Me dio un abrazo y me dijo: “Gracias, has abierto una nueva etapa en mi vida”. Emocionante.
 
– ¿Y fuera de España?
– A nivel emocional, más que intelectual, hubo otra experiencia bonita en el Festival de Montreal. Al acabar la película, un señor se echó a llorar durante cinco minutos. Era homosexual, y hubo algo que le tocó mucho.
 
– ¿Impone la dirección de actores?
– Más que imponerme, me pone. Hay intérpretes de su padre y de su madre. Unos del método, otros autodidactas… y de repente te ves ahí. Yo soy amante del cine. He empezado en esto trabajando: he hecho vestuario, producción, montaje, dirección de arte… de todo menos maquillaje, peluquería e interpretación. Todo me gusta, en todo me meto, excepto en la interpretación, aunque he hecho cursos. Es lo más.
 
 
 

 
 
 
– ¿Qué es el ensayo?
– Lo más importante. Yo rodé Todos están muertos en cinco semanas, a diez secuencias diarias. No te da tiempo a nada. El laboratorio es el ensayo. Me gusta cambiar, probar cosas diferentes, cambiar la escena.
 
– ¿Es permeable a lo que le sugieren los actores?
– Sí, pero nadie mejor que el director sabe lo que quiere hacer. Por ejemplo, en esta película, yo luchaba con Elena [Anaya] y con Angélica [Aragón] para que no se fuera a un tono tremendista. “Esta es vuestra vida”, les decía, por solemne que sea tiene algo de natural del día a día. Hay una secuencia terrible en la que Angélica le cuenta a su hijo lo que ha pasado con su hermana. Es una secuencia de dos páginas y media, que se recortó. Y ella la acababa de modo muy dramático. Le insinué que se riera, puesto que estaba borracha. Esa risa puede ser más dramática que el sollozo. Te ríes de ti. En conclusión: solo el director sabe qué tono quiere transmitir. Al actor le falta la idea de cada secuencia.
 
– ¿Se quedaron cortas las cinco semanas de rodaje?
– No. El presupuesto es el que había, no podía pasarme ni media hora.
 
   Posa con soltura en las inmediaciones de la Plaza de Ópera, donde reside. “Prefiero el medio plano”, sugiere al fotógrafo. Y se sienta en medio de una de las calles tributarias a la plaza. Dos skaters con la gorra del revés, se paran y se codean haciendo cábalas sobre la identidad de la modelo. “Ya está”, dice uno. “Es la protagonista de Amar en tiempos revueltos”.
 
 
 

 
 
 
– ¿Tiene claro su siguiente trabajo?
– Estoy en ello. Escribo yo todo lo que dirijo, y así seguiré. Creo personajes en abstracto, en cosas que me interesa hablar o rasgos que me interesa resaltar, no en el reparto. La única vez que lo he hecho así es en Todos están muertos, con Elena [Anaya]. El resto, no surge a la vez: vas encontrando a la persona que quieres. En lo que estoy escribiendo, sí tengo un personaje en mente.
 
– ¿Qué puede desvelar?
– Que, como en Todos…, será muy importante la presencia de las mujeres, y estarán presentes tanto la amistad como la magia, una constante en mi obra. Todos están muertos se movía en la comedia dramática, pero en esta me acerco más a la comedia.
 
– ¿Qué referencias tiene en el oficio?
– [Duda unos segundos]. Es difícil responder, porque soy ecléctica. Cuando descubrí a Luis Buñuel fue entrar en otro universo, nunca pensé que lo que hizo se pudiera hacer. Pedro Almodóvar tiene uno de los méritos más difíciles en el cine: mantenerse en un nivel durante muchos años. Eso es complicadísimo. Y Julio Medem [hizo una publicidad con él]. La Ardilla Roja y Tierra no eran películas, eran experiencias. Hace que se abra el suelo bajo tus pies. Efectivamente, hay ahí un universo nuevo, gente muy buena con cosas que decir.
 
– ¿Al rodar publicidad tiene algo en mente?
– El guión viene dado por los creativos. Pero el objetivo es el mismo que en el corto y el largo: contar una historia y un mensaje. Hay que trabajar codo a codo con ellos. Ahora estoy con una campaña para una compañía de seguros.
 
– ¿Diría que se está moviendo el panorama de la dirección?
– Hay mucho realizador joven, interesante, potente. Hay un cambio importante: en Málaga, dos directores noveles, con ópera prima, ganamos en 2014 bastantes premios del festival. Y Carlos Vermut [director de Magical Girl], dos conchas de plata con su segunda película. Hay una oportunidad para gente nueva. Había un escenario inamovible que ahora se abre a otros directores.
 
 

 
 
 
– ¿Encuentran dificultades las mujeres para dirigir?
– No hay etiquetas, no conviene generalizar. Yo he tenido la suerte de tener a una mujer productora a mi lado, María Zamora. Me ha escuchado, me ha dejado mostrarle mis ideas. Pero nunca le he presentado nada a ningún productor, quién sabe. No solo dirigir, también producir la película. Tienes que estar demostrando todo el rato cosas.
 
– Ha hecho sus pinitos en el videoarte. ¿El mejor fue el de los 80?
– Era un momento libre, pero ahora prima el dinero, la necesidad de hacer pasta. Se ha generado mucha autocensura para triunfar comercializando el arte. Hay mucha libertad que se ha perdido por el camino. La gente tiene más presente el fin que el medio. Antes no era así. La imagen era mucho más artesanal y lúdica, por el placer de divertirse, de explorar. Ahora uno crea, pero tiene en la cabeza sus metas: “quiero llegar a hacer esto”.
 
 

 
 
 
Valencia en el objetivo
Aunque últimamente ha encontrado refugio espiritual y físico en el yoga, no es raro cruzarse con ella corriendo por el parque del Oeste o el Templo de Debod, en Madrid. Comenzó con el running durante el montaje del documental La Clase. “Estaba todo el día sentada y fumando. Era como una evasión. “Llevo siempre las zapatillas en los viajes, y lo recomiendo a todo el mundo”. Tampoco le cuesta recomendar una paella en su tierra. “La Dehesa José Luis, en la playa de El Saler,  sin duda: tiene la mejor fideguá de Valencia”. Es decir Valencia y le aflora todo el acento. Este fin de semana va a ver a su madre, que ha sido su cumple. “El AVE no es barato, pero voy con la frecuencia que puedo. Es mi tierra, mi luz”. Tiene una hermana de 22 años que estudia realización allá. Me encantaría rodar en Valencia, un lugar muy cinematográfico, tiene muchas historias en cada personaje. Se puede hacer un peliculón desde el prisma de la corrupción”. 
 
 
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