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25-05-2017 Versión imprimir

 
 
Begoña Maestre
 
“Actuar no solo es una profesión, es
una forma de vida”


La vizcaína está encantada con una madurez personal que llega respaldada por su constante evolución artística. ¿La clave para permanecer en activo? No escatimar en esfuerzo con ningún personaje


PEDRO DEL CORRAL
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Sorprende de Begoña Maestre esa capacidad suya para dejarse la piel en los personajes. En este caso, literalmente. Cada día termina La gata sobre el tejado de zinc caliente, que se representa en el Teatro Reina Victoria madrileño, con las rodillas rojas de arrastrarse sobre el escenario. De serpentear durante casi dos horas entre los lodos del amor, del triunfo, de la desesperación. Esa fuerza desbocada no chirría con una apariencia física que resulta tan naif como arrolladora.   Sonríe y se muestra cercana, sí, pero también evidencia seguridad y madurez en cada respuesta. “Me han venido papeles con carácter y una fuerza brutal”, dice. Quizá eso influya.
 
   Antes de interpretar a la gata de Tennessee Williams transitó por casi todas las sendas posibles del éxito. Proyecto que tocaba, proyecto que brillaba. Se ha curtido curtida bajo el abrigo de grandes nombres de la profesión: Pedro Casablanc, Beatriz Carvajal, Miguel Rellán, Blanca Portillo, Fernando Guillén Cuervo… La película Arriya le brindó la Biznaga de Plata a la mejor actriz en el Festival de Málaga en 2011 y Benito Zambrano la reclutó para La voz dormida. De su recorrido televisivo dan fe las celebradas series Chiringuito de Pepe, Hospital Central, Motivos personales, Compañeros o El final del camino. Y ha levantado el telón con Cyrano de Bergerac o Mujeres frente al espejo.
 
 

 
 
 
   Tiene 39 años y 20 de carrera. Ella procede de la cantera, sí, no hay duda. De las buenas, vistos los resultados. Ahora cambian las tornas y se convierte en una referencia para las generaciones venideras. “He pasado por muchos éxitos y, sin embargo, no soy una estrella de este país”. Relativamente, Begoña, relativamente.
 
– Más que Begoña Maestre, le podrían llamar Talismán Begoña.
– Me siento una privilegiada. Sigo en activo porque creo que he tenido una buena evolución. He ido madurando. El gremio me conoce, todo el mundo sabe que me lo curro mucho, aunque no sea una actriz supertop. No sé si lo seré, pero tampoco me interesa, no es mi objetivo.
 
– No ha tenido grandes parones en su carrera.
– Los ha habido, pero mi balance no deja de ser positivo. Se me está dando la oportunidad de evolucionar y solo puedo sentirme agradecida. Él éxito para mí es eso. Me da vértigo subir mucho porque me asusta la caída, aunque puede que luego eso no pase. Siempre he sido de mirar para otro lado y desarrollar lo mejor posible mi trabajo al margen de los logros.
 
 

 
 
 
– Le llegaron bien pronto, a los veintipocos, en la pequeña pantalla de la mano de la serie juvenil Compañeros. ¿Siempre tuvo tan clara su vocación?
– Tal cual. De pequeña me disfrazaba y me miraba en el espejo mientras interpretaba personajes. Parecerá algo infantil, pero es real. No todas las niñas con esa afición son después actrices, pero yo ya lo sentía así. No me gustaba estudiar. Un día me planté y les dije a mis padres que terminaba el instituto y me venía a Madrid a prepararme para ser actriz.
 
– La reacción no fue buena, claro…
– Mi madre pensaba que con 12 años no lo decía en serio, que las cosas cambiarían, que no lo podía tener tan claro. Es cierto que era muy joven, pero al mismo tiempo muy mayor para saber lo que quería. Siempre me recuerdo en los mundos de Yupi, soñando todo el rato, imaginando. Cuando hacía obras de teatro en el colegio me pasaba horas dibujando los vestuarios que llevaría, el escenario, los movimientos. Iba más allá.
 
– ¿Basta solo con eso?
Solo sé que para dedicarte a esto te tiene que enamorar. Es una profesión tan cruel como hermosa. Cuando llegas a momentos dulces, como ahora me pasa a mí, es realmente brutal. Pero requiere mucho esfuerzo porque, de repente, te pasas un año entero sin curro. Tienes que amar mucho lo que haces para no desistir y darte cuenta de que este es tu lugar. También hay gente que no tiene un talento derrochador pero tiene algo especial. Es necesario todo. No solo vale una persona que llega, llora y profundiza; puede haber un cómico que sea más superficial, conecte igualmente y tenga un talento distinto.
 
 

 
 
 
– ¿Ser mujer en el mundo de la interpretación condiciona?
– En el de la interpretación y en el mundo en general. Hay mucho por hacer porque aún sigue sin haber igualdad. Eso lo sabemos todos, aunque la cosa cambia poco a poco. Las mujeres entre los 30 y los 40 somos más jóvenes ahora que antes, vemos las cosas de otra manera, y eso nos mantiene ahí durante más tiempo. Además, en este momento hay una hornada de mujeres fuertes en el oficio que pelamos.
 
– ¿Y eso se refleja en los papeles que interpreta?
– Últimamente me vienen personajes con carácter y una fuerza brutal que yo no tengo en mí día a día. Soy tranquila: puedo estar tres días en casa leyendo o pintando. Me fascinan esos personajes que me pillan tan lejos.
 
– ¿Son entonces sus predilectos?
– Todos aportan muchas cosas. Me cuesta elegir. Más que un personaje, prima el momento personal en el que estés. Es más una cuestión del día a día y del camino que del papel en sí mismo. Quizá te llega un personaje maravilloso, pero si no estás receptivo ni es el momento adecuado, no lo aprovechas. Así que si un casting no me sale, es que no era para mí.
 
 

 
 
 
– ¿Qué le tiene que aportar un personaje para acceder a interpretarlo?
– Pocas veces he tenido la oportunidad de poder elegir entre varios. Nunca rechazo un papel porque me parezca que no es completo o no está bien escrito. Básicamente porque no puedo permitírmelo. Me gustan los que tienen aristas y te permiten darles forma y pasión.
 
– Y si no tienen, ¿la pone usted?
– Siempre. Ocurre sobre todo en los papeles televisivos. Comienzan con un dibujo muy concreto. Luego eres tú la que manda: acabas conociendo mejor al personaje que el guionista que lo ha creado. He pasado por productos maravillosos donde me han hecho unos regalos impresionantes, pero en la televisión termina llegando un momento en que estamos sobrepasados porque grabamos casi una película semanal. Es entonces cuando recuperamos el testigo de los guionistas.
 
– Muchos de sus personajes han evolucionado de secundarios a protagonistas. ¿Cómo se les da lustre por igual?
– Ese es el objetivo. Me da igual que tenga dos frases o un monólogo de media hora: es mío y me parece igual de importante. Ignoro si eso es lo que ha hecho que papeles pequeños hayan crecido o si los creadores ya lo habían previsto. Yo lo miro desde la ilusión de tener tres frases y defenderlas a muerte. No sé lo que va a pasar mañana. Sé que hoy estoy aquí y que tengo eso. Hay que vivirlo. A veces piensas: “Daré menos para no cansarme”. Pero al final acabas dando el 120 por ciento. Me cuesta mucho recortar.
 
 

 
 
 
– ¿Cómo sabe que lo está haciendo bien?
– Esa duda la vamos a tener siempre. A mí me gusta contar con el director: me siento como si fuera un instrumento y, por tanto, alguien ha de coordinar a todos los participantes. En ocasiones tomaría otra dirección, pero si quien lleva la batuta lo considera de otra forma, pues lo acato. Me encanta sentirme dirigida.
 
– ¿Qué es lo que más le gusta de sí misma?
– Que lo que hago, lo hago con amor. En cada trabajo transmito todas las cosas bonitas que siento a los demás. Es un acto de dar: la interpretación no es solo un oficio, es una forma de vida. Dejas muchas cosas atrás para seguir en esto. Pero yo me lo paso tan bien y siento cosas tan bonitas que, cuando actúo, quiero que la gente reciba un mínimo de eso.
 
– ¿En qué más ha cambiado Begoña Maestre?
– Aunque sigo guardando mi esencia original, he cambiado muchas cosas. Y me alegro: siempre he sido una chica a la que le costaba decir no, enfadarse, valorarse. Está bien crecer. No hay que tener miedo. Los cambios siguen asustándome un poco, pero ese temor a no caerle bien a todo el mundo ya no me deja inmóvil. Que me quieran por cómo soy. Crecer y madurar es la parte buena de hacerse mayor. Y eso es bonito.
 
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