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30-05-2016 Versión imprimir

 
 
Benjamin Nathan-Serio


“Lo mejor, para la interpretación y para la vida, es saber escuchar”

 
Neoyorquino mediterráneo, guiri seductor, mago de la improvisación y agitador de conciencias. Entre otras muchas cosas
 
 
 
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
Hay algo de ensoñador, valiente y fascinante en la peripecia vital de Benjamin Nathan-Serio (Nueva York, 1981), un rubio manifiestamente acaparador de suspiros que hace diez años, cuando triunfaba en la escena alternativa del teatro de la Gran Manzana, lo dejó todo, agarró el macuto y puso rumbo a las Ramblas.
 
   ¿Cambiar la capital del mundo por el corazón del Mediterráneo? Había una historia de amor, sí, en el trasfondo de esta súbita migración, pero también una relación tan intensa con el hecho teatral que devino en agotamiento. “En aquella época trabajaba con los oprimidos de los barrios más chungos de la ciudad. Conocí a tantos niños atravesando situaciones tan horribles que me quedé seco, sin energía”, rememora con gesto aún compungido mientras saborea un té en Biocenter, un restaurante ecológico del Raval donde trabajó dos años como camarero y causaba revuelo entre las clientas, que cruzaban apuestas para averiguar su origen.
 
 
 

 
 
 
   Nathan-Serio (no acorten el apellido: su madre, la señora Nathan, se enfurecería) vive ahora a caballo entre Barcelona y Madrid, se ha convertido en un genio de la improvisación sobre las tablas y recorre la península de punta a punta ofreciendo teatro en inglés a niños y jóvenes que le contemplan sin pestañear. Es un doblador cotizado y el salto al audiovisual no se ha hecho esperar: tras la serie Refugiados y películas como Don’t Speak, este año estrena su primer papel protagonista gracias a In the box, donde encarna a una estrella del hockey sobre hielo que lleva mal lo de hacerse mayor. ¿Y quién no? “Cada vez que me afeito me toman por universitario. Tengo esa suerte. ¡Genética paterna!”, nos admite Benjamin, o Ben para los amigos, con amplia sonrisa. La primera de muchas.
 
 

 
 
 
– ¿Qué es eso de que se siente actor desde la cuna?
– Una evidencia. Mi primera memoria es la de sentirme un niño sensible, empatizar con la gente y gozar cuando llamaba la atención de los demás. Y la siguiente: un día, en la guardería judía, trajeron una capa para contarnos la historia de un príncipe. Yo me la puse y estaba disfrutando tanto sintiéndome otro que me negué a devolverla. Era demasiado divertido, aunque acabaran echándome de clase…
 
– Ese episodio suena a epifanía.
– Yo he vivido varias, sí. Son experiencias casi religiosas en las que te sientes un ser humano completo. Mis padres siempre apoyaron mi pasión, por mucho que consideraran más apropiado el mundo de las ciencias. ¡Pero a mí no se me daban bien los números! No soy actor por talentoso o por tío afortunado. En realidad, no sabría hacer otra cosa. Y he intentado labrarme una de esas vidas de 9 a 5. Trabajé durante un año para mi legislador local en Washington DC, pero no tengo la paciencia suficiente.
 
– Ha hablado de empatizar. ¿Es esa la clave del buen actor?
– Mi primer consejo, para la interpretación y para la vida, es saber escuchar. Siempre viene bien aprender del otro, aunque sea una práctica poco extendida. Me encanta hacer el ejercicio de “traducir” a tu interlocutor, de atender a sus palabras y descubrir, por el tono y el contexto, todo lo que realmente quería decir.
 
 

 
 
 
– ¿Fue reflexivo o impulsivo cuando decidió dejarlo todo y poner rumbo a Barcelona?
– Había muchas señales indicándome que lo hiciera. Había pasado un verano en Madrid y fue el mejor de mi vida. Llegué aquí con mi novia dominicana, que iba a cursar un programa de business en Esade, y con nuestro perro paraguayo, y mi salud física y mental mejoró instantáneamente según aterrizamos. La relación acabó, pero somos casi hermanos. Y el animal acaba de morir, pero sale en In the box y lo hizo de puta madre. Está enterrado en una finca de mi amiga Assumpta Serna en Guadalajara.
 
– Tras diez años europeizándose, ¿en qué nota que Estados Unidos aún nos saca ventaja?
– Quizá en que la gente no siempre cree que puede: suele ir hacia donde sopla el viento en lugar de tomar el volante de su vida. Y tampoco me gusta que Europa se encamine hacia la globalización mal entendida. Me gustarían menos Starbucks y Carrefour y más mercados de la Boquería.
 
 

 
 
 
– ¿Alguna vez le miraron mal por yanqui?
– A veces sentí rechazo y yo mismo llegué a sentir vergüenza de ser americano. Venía del país de los bombardeos indiscriminados al país que había salido a la calle para protestar por la guerra de Irak. Obama ha recuperado la honorabilidad para la presidencia de Estados Unidos, aunque hasta Bernie Sanders no he sentido que un candidato me representase casi al cien por cien.
 
– ¿Le fue difícil ganarse la vida nada más llegar?
– No del todo. Flipé al descubrir que podía vivir y viajar por cada rincón de España haciendo teatro para jóvenes y enseñando inglés. Hoy me enorgullece decir que vivo exclusivamente de la interpretación. Solo me disgusta hacer la declaración trimestral y me desespera enlazar la Ley de Morosidad a tantos clientes que no pagan con puntualidad… Pero me he hecho hombre en España.
 
 
 

 
 
 
– ¿Tuvo tiempo de aprender cosas con Sigourney Weaver en Luces rojas?
– Sí, descubrí que su gran secreto es ejercer como ser humano. Llegaba un momento, a partir de la segunda o tercera toma, en que dejaba de interpretar un texto memorizado para apoderarse de las palabras, hacerlas suyas. Fue, para mí, un aprendizaje definitivo.
 
– ¿Y con Dani Rovira en Ahora o nunca?
– Fue una gran impresión. No ya solo por majo y generoso, que lo es mucho, sino porque me di cuenta de que es miembro del club de los que nos gusta escuchar. Es un tipo con el que me gustaría pasar ratos largos.
 
– ¿Le frustró que Refugiados, su primera gran serie nacional, no cuajara en la parrilla de La Sexta?
– Inevitablemente, pero también enriquece fracasar justo cuando todos los factores (presupuesto, actores, realización, dirección de arte) parecían estar en su sitio. La semilla era muy buena; quizá el desarrollo del guion, no tanto.
 
 

 
 
 
– Ha fundado dos grupos de improvisación, BIG en Barcelona y Mad Impro en la capital. ¿Le seduce la sensación de vértigo?
– No veo la improvisación como miedo, sino como oportunidad de crear nuevos mundos. Porque vivir es sufrir…, ¡pero no todo el rato! Y a fin de cuentas, nuestra vida diaria es una improvisación. Usted mismo tendría previstas unas preguntas, pero no sabía qué tipo de persona era yo o adónde nos conducirían las respuestas.
 
– Seguramente a una última curiosidad. ¿Cuál es, a día de hoy, su máximo anhelo?
– ¡Hum! [Largo silencio mientras repite en un murmullo la palabra “anhelo”] Me gustaría formar parte de un equipo muy creativo implicado en el entretenimiento, la política y la vida social. Y sentir, al gusto de Brecht, que el teatro se convierte en el martillo con el que golpeas las conciencias y rompes los esquemas.
 
 
 

 
 
 
Un repóker a bocajarro

– ¿Barcelona o Nueva York?
– Estoy arraigado aquí, pero allí es donde me siento en casa. Con cuatro frases que intercambie con el chico de la cafetería ya vuelvo a estar integrado.

– ¿Su frase hecha favorita en castellano?
– “Ir por lana y volver trasquilado”. No soy el puto amo con el idioma, pero me defiendo bastante bien. 

– ¿Y su alias digital, SerioParadiso?
– Un guiño juvenil y sentimental a mi película favorita de entonces, Cinema Paradiso. Ahora soy más de Brazil, de Terry Gilliam. El paraíso es hacer lo que te apasiona, a ser posible rodeado de gente tan apasionada como tú.

– ¿Cuántas veces le han dicho que su nombre artístico es muy largo? 
– Así está bien. En las camisetas de hockey quisieron ponerme Ben Serio y mi madre, que aporta el Nathan, se enfadó bastante.

– ¿Y cuántas veces le han piropeado por guapo?
– ¿Piropeado? [Sonrisa seductora] ¡Jamás!
 
 
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